Tres meses navegando hacia el Kiribati
El clásico capítulo recopilatorio de sitcom, o un cuaderno de bitácora de este último trimestre de 2025
Previously on Viernes en Kiribati… Brindamos por el proyecto que nacía, nos dio sed el vasto océano digital, montamos un servidor casero, exigimos silencio a Spotify, descubrimos los trackers privados, nos perdimos en maratones de series, diagnosticamos un internet hecho mierda, paseamos por primera vez por el siglo del ruido, la inteligencia artificial intentó vendernos la moto, lloramos la muerte de Robe, vimos a la IA colarse en un TFG… y acabamos buscando (y encontrando) un “internet guay”. Casi nada, ¿eh?
¡Feliz 2026 a todos y a todas! Este pequeño espacio de la red cumple tres meses y me voy a permitir un pequeño alto en el camino para hacer recap (a.k.a. un refrito) antes de continuar con lo que tengo previsto en este año nuevo (cojo la idea del fantástico blog de Eva Guijarro). Es una parada (en festivo, os puede pillar de resaca y no quiero abusar) para mirar el mapa de lo andado, saborear lo aprendido y agradeceros a todos y todas los que cada semana estáis al otro lado. Porque si algo ha dado sentido a este experimento es la microcomunidad generada: desde el primer brindis hasta el último texto, me he sentido acompañado. He sentido ser leído. Y eso, al menos en el mundo del que yo procedo, frecuente no es. Esa ida y vuelta, pequeña pero constante, ha sido el mejor regalo de este trimestre inaugural.
En las series de televisión clásicas solía haber un episodio recopilatorio cuando alcanzaban cierto capítulo; pues bien, aquí estamos, escribiendo el nuestro. No prometo flashbacks en blanco y negro ni risas enlatadas, pero sí una mirada panorámica a estos primeros meses en Kiribati, una visión de conjunto. En estos últimos noventa días, he publicado trece textos distintos (la gran mayoría de ellos con una extensión considerable, ahora lo veremos) y he abordado distintas temáticas, creo que de interés, que llevaba un tiempo teniendo en la cabeza y no sabía dónde volcarlas. Hoy voy a intentar establecer un mapa que explique un poco mejor el proyecto que es esta web/newsletter/blog/whateva, ahora que ha echado a andar.
A principios de octubre empecé, animado por otra gente que ya andaba por este rincón de la red (lean a Serge, a Jesús, a Javi, a Progger, a tinkernet, a María, a mohorte, a Ferraia, a Peluso, a Hipersónica…), con una idea un pelín a contracorriente: ¿y si en plena era de la distracción creo un rincón semanal de lectura densa, crítica y sin prisa? Reconozco que el jueves que lancé el primer “viernes” tenía tantas ganas como dudas. ¿Leerá alguien una especie de ensayo de 2500 palabras un jueves por la mañana? Tres meses después, estadísticas, mensajes de apoyo y mucho cariño mediante, puedo decir que sí. Por eso, antes de zambullirnos en 2026, apetece repasar el camino hecho: qué temas han salido a flote, cómo los he contado, qué tal han ido las cifras (sin ponerme excesivamente pesao con esto, porque me da un poco igual), y hacia dónde podría navegar esta barquita en el nuevo año. Sirva también este texto para todos aquellos que me han dicho eso de “mucho texto” cuando publicaba un post; para ellos (hola, papá) aquí va un resumen, una versión breve de cada Kiribati. Como decía, el típico episodio recopilatorio que nos recuerda de dónde venimos y por qué seguimos remando.
¿De qué se habla en Viernes en Kiribati?
Después de trece entregas, creo que este espacio va dibujando su propia cartografía temática. Mi historia profesional, vinculada a la investigación de corte cualitativo, me lleva a intentar categorizar lo escrito y a comprobar, al hacerlo, que los textos han girado en torno a tres grandes ejes bastante entrelazados entre sí: primero, la infraestructura de internet (la soberanía tecnológica y el procomún); segundo, la atención y el tiempo (cómo nos lo disputan las plataformas, cómo gestionamos nuestros hábitos); y tercero, la cultura y la educación en los fascinantes tiempos actuales de la IA (lo humano, lo encarnado, la fricción frente a la automatización…).
Bloque I — Infraestructura, soberanía y procomún. Arrancamos poniendo el foco en las “tripas” de la red: servidores, cables, nubes… y quién tiene el control de todo ello. El diagnóstico inicial podía parecer duro: en Internet de mierda lancé la idea de que la web no se está volviendo tóxica por casualidad, sino que la están “ensuciando” a conciencia. Hablamos de la “mierdificación” para describir cómo un modelo económico extractivo va matando la calidad de la red: contenido sintético por doquier, SEO por encima de utilidad, redes sociales convertidas en granjas de indignación… En resumen, un panorama donde las herramientas que antes nos servían (¿recordáis cuando Google funcionaba?) hoy parecen mercadillos de mentiras y basura. Ante ese panorama desolador, daba una respuesta más técnica y comunitaria que ludita o conformista: recuperar la soberanía sobre la infraestructura (o al menos parte de ella).
En Morir de sed en el océano digital se abordó la gran mentira de la abundancia cultural en la era del streaming. Aquí hablé como un náufrago que se niega a beber agua salada, describiendo la paradoja de tener acceso infinito a la cultura pero acabar atrapados en un "archipiélago de espejos" donde siempre vemos lo mismo. La tesis fue que la libertad que nos venden las plataformas es una ilusión gestionada por la psicopolítica: ya no nos coaccionan, nos seducen para que nosotros mismos nos vigilemos y entregamos nuestra atención como materia prima. No quise centrarme en el lamento tecnófobo, sino en la urgencia de asesinar al "CEO interior". Si convertimos nuestro ocio en métricas y eficiencia, matamos el misterio. Si delegamos el gusto en el algoritmo, delegamos nuestra identidad. Nos arriesgamos a un "culturicidio" de lo periférico, aceptando un menú precocinado por intereses financieros que nada tienen que ver con el arte o la cultura.
En Compartir para existir (y también en el primer Brindis) desmonté el relato corporativo que pinta el intercambio P2P como piratería y poco menos que terrorismo cultural. Nos fuimos al ejemplo de una película medio perdida para ilustrar cómo, cuando Netflix o Amazon deciden que algo “ya no renta” y lo borran de sus catálogos, solo la comunidad de compartidores logra salvar ese patrimonio digital. Lo llaman el procomún digital: usuarios corrientes que, con sus discos duros y mucho amor al arte, impiden que ciertas obras desaparezcan en un agujero negro cultural. Destripamos la ética de los trackers privados, donde “compartir es vivir” es la norma, no un dicho: si descargas, luego tienes que sembrar, subir tú también para los demás. Esa pequeña arquitectura técnica (seeders, leechers, ratios…) esconde una arquitectura moral de solidaridad que las plataformas de streaming han aniquilado (allí el usuario es un cliente pasivo, nunca un nodo activo).
En Pon un server en tu vida llevamos esta idea al terreno doméstico: ¿y si montamos nuestra propia “parcelita” de internet? Un texto, con excusa aparentemente techie (hablar de un servidor NAS casero), que intenté, en el fondo, que fuera un manifiesto político. Vino a decir: basta de ser inquilinos precarios en los feudos de Zuckerberg, Musk y Bezos. Mejor convertirnos en propietarios de nuestros datos y nuestras comunidades online. La imagen era sugerente: pasar del “piso de alquiler” en la red social de turno a la casita con huerto propio en internet. Hablamos de montar tu nube personal, de cultivar un huerto digital en tu jardín privado. Quizás sea la única manera de asegurar que nuestras fotos familiares, nuestros escritos y recuerdos digitales no desaparezcan cuando a una empresa le apetezca cambiar sus términos o cerrar el chiringuito. Al final, autohospedarse (tener tu propio servidor) aparecía no como el capricho de un friki, sino casi como necesidad cívica para mantener la agencia en el siglo XXI. Este bloque I, en definitiva, ha tratado de infraestructura y poder: quién manda en el tinglado de internet y cómo recuperar una pizca de esa soberanía técnica desde abajo, algo que en nuestra vida cotidiana se puede traducir en gestos como usar software libre, apoyar redes comunitarias o, por qué no, animarse a trastear con un servidor casero.
Bloque II — Atención, tiempo y hábitos. Otros textos han girado sobre el bien más escaso que tenemos: nuestra atención (y por tanto nuestro tiempo). Si la infraestructura era el territorio, la atención es el recurso natural que todas las plataformas quieren extraer, a base de minería cognitiva. Aquí nos pusimos algo más intensos (desde lo psicológico, lo sociológico y lo cultural), analizando cómo la tecnología moldea nuestros hábitos diarios, a veces de forma casi invisible.
Por ejemplo, en El derecho al silencio expusimos la guerra estructural contra la pausa que libran servicios como Spotify. Autoplay infinito, crossfade entre canciones para que no haya hueco, radios algorítmicas que encadenan temas eternamente… Horror vacui musical: el silencio se ve como un enemigo, porque en la economía de la atención un segundo “en blanco” es un segundo perdido (no monetizable). En ese texto defendimos algo ridículamente revolucionario: reivindicar el botón de stop. En un mundo donde todo suena sin parar, tomarse un minuto de silencio es subversivo. Recordamos que en música el silencio, la pausa, es tan importante como la nota, porque sin pausa no hay digestión emocional ni capacidad de asimilar lo escuchado. En pocas palabras: si vivimos sin silencio, vivimos sin reflexión. ¿Y quién quiere ciudadanos reflexivos cuando de lo que se trata es de tener usuarios enganchados? Fue una invitación a que en nuestra rutina nos permitamos momentos off, de apagar el autoplay de la vida. Un derecho al silencio, que bien podría equipararse al derecho a la desconexión.
Como padre de dos criaturas pequeñas, con La vaca Lola está robándole el futuro a tu hijo me metí en un jardín delicado: la infancia ultra-conectada. Descendimos a los abismos de YouTube Kids, ese territorio aparentemente inocente de canciones infantiles animadas, para hablar de algo (a mi parecer) perturbador. No era una simple crítica a la canción de “La vaca Lola” por repetitiva (que lo es); fue un análisis de cómo estos contenidos se han convertido en chupetes digitales de alta eficiencia, diseñados para capturar la atención de los peques desde la cuna. Desmenuzamos la canción en términos técnicos: voces sintéticas y sonidos MIDI chillones (el niño se acostumbra a lo artificial desde bebé), una dinámica de audio hipercargada donde todo suena fuerte (adiós a cualquier matiz, hola fatiga auditiva), y un ritmo mecánico sin alma que elimina el groove humano. La conclusión: este tipo de productos no educan, adiestran. Normalizan la hiperestimulación constante y pueden atrofiar la capacidad de niñas y niños para procesar narrativas más complejas o tolerar el más mínimo aburrimiento. Y ojo, aprender a aburrirse es importante: sin vacío, sin aburrimiento… no surge la creatividad ni el pensamiento propio.
El tercer ejemplo de este bloque fue From Lost to the Binge-river, un juego de palabras para comparar dos formas de consumir series: la de antes (episodios semanales, esperar el capítulo comentando teorías con amigos) y la de ahora (maratón en solitario de temporada completa en Netflix). Usamos la serie Lost como símbolo de la vieja era: ¿quién no recuerda el ritual de ver el capítulo semanal y luego rajar sobre él en el café o en foros? Esa fricción temporal de esperar creaba comunidad, convertía la serie en un evento compartido. En cambio, el modelo Netflix, con su cuenta atrás de escasos segundos para el siguiente episodio, nos empuja a tragarnos temporada tras temporada casi sin respirar, solos en el sofá a las tres de la mañana. El texto señalaba cómo esta compulsión por el binge-watching disuelve el tejido social en torno a las historias. La ficción se convierte en un simple contenido de fondo, en un ruido más para tapar el silencio (volvemos al horror vacui) o la ansiedad existencial, pero ya no es algo que nos importe. Devoramos más horas de series que nunca, pero irónicamente nos emocionan menos. Seguro que más de uno se vio reflejado en esa apatía posmaratón: acabas diez capítulos seguidos y te quedas igual, vacío y preguntándote por qué antes una serie te marcaba y ahora apenas te dura la emoción unos minutos. La moraleja de este bloque es clara: en la vida diaria, nuestra atención es oro. O la protegemos (poniendo límites, creando pausas, eligiendo con calma qué vemos/escuchamos, recuperando nuestra agencia cultural) o habrá mil plataformas encantadas de explotarla hasta la última gota.
Bloque III — Cultura, educación y lo humano en la era de la IA. El último conjunto de textos miró de frente al fantasma en la máquina, al elefante en la habitación: la irrupción de la inteligencia artificial generativa y su impacto en nuestra cultura, nuestra forma de aprender y nuestra idea de lo humano. Aquí el tono intenté que fuera de defensa apasionada de lo real frente a lo sintético, pero sin menospreciar las increíbles posibilidades que tienen (o podrían tener) estos avances.
En La IA te quiere vender la moto destapamos la parte menos visible del boom de la inteligencia artificial: su modelo de negocio. Analizamos los números rojos de empresas como OpenAI y sus costes disparatados, para concluir que la única forma en que estas IAs serán rentables es intentando vendernos la burra en la intimidad generada. Es decir, convertir a ChatGPT (o quien venga) no en una simple herramienta, sino en un amigo virtual, un terapeuta, un compañero que te susurre consejos… y de paso, colarte publicidad conversacional. Hablábamos de un futuro próximo en que tu asistente de voz te recomiende un seguro de salud no con un banner pesado, sino aprovechando que le cuentas que te duele la espalda. Ese escenario da escalofríos: es la mercantilización definitiva del afecto y la confianza. El texto fue mitad investigación económica, mitad advertencia ética. Y es que más allá del brillo tecnológico, hay una realidad de capital riesgo y de empresas buscando desesperadamente cómo hacer caja con la IA, aunque para ello tengan que hacerse pasar por tus BFF digitales. Imaginar al futuro “compañero de piso virtual” como un ente de IA siempre presente en tu casa, charlando contigo de tus problemas, mientras en segundo plano te convierte en consumidor perfecto es ciencia ficción de cercanía, pero cada vez menos ficticia.
En el último Kiribati hasta hoy, El internet guay, se abordó la posibilidad de seguir aprendiendo y conviviendo en una red cada vez más hostil, saturada de ruido sintético y spam algorítmico. Aquí desempolvé mi vieja tesis doctoral para defender que un servidor de Discord o un foro de nicho son más valiosos que cualquier feed infinito. Ante la "enmierdificación" de las plataformas y la irrupción de una IA que amenaza con contaminar la búsqueda de información, estas comunidades funcionan como "ecologías de aprendizaje" y "terceros lugares" vitales: refugios donde el conocimiento se preserva gracias a la fricción humana, el cuidado mutuo y la confianza, lejos de la optimización del engagement. Lo planteé como una estrategia de supervivencia activa: una retirada táctica al "bosque oscuro" de la red, esos espacios no indexados donde los depredadores de atención no entran del todo. El texto puso el dedo en la llaga de la soledad adulta y la automatización del saber: frente a la respuesta rápida e imprecisa del chatbot o el buscador deficiente, la verdadera resistencia es curar una red de personas reales y entender que hay que cultivar la buena conversación para aprender de verdad.
En Este TFG lo ha hecho la IA se abordó el impacto de ChatGPT y compañía en la universidad. Aquí hablé como profesor preocupado, contando un experimento en primera persona donde básicamente dejé que la IA escribiera un Trabajo de Fin de Grado mejor que muchos alumnos apurados. La tesis fue que el sistema educativo basado en ensayos y trabajos de investigación está haciendo aguas: si un estudiante puede generar su tesis en cuestión de horas y nosotros, profesores, apenas notarlo, ¿qué estamos evaluando realmente? No quise centrarme en que copiar es malo, sino en la pérdida de la fricción intelectual. Escribir es pensar. Si delegamos la escritura en la máquina, delegamos el pensamiento. Nos arriesgamos a criar una generación que, obsesionada con la eficiencia y el atajo, renuncia al verdadero aprendizaje. El texto puso el dedo en la llaga de un pacto de mediocridad latente: profesor finge que enseña y hace la vista gorda, alumno finge que escribe algo original (la IA se lo sopla), y todos contentos con el proceso… hasta que rascas y ves que no hay base, no hay sustento.
En este recorrido también hay espacio para dos versos libres. En De paseo por el siglo del ruido #1 me desvié un poco del “Kiribati central”. Lo escribí por interés y filias personales (me flipa la música académica del siglo XX), para reivindicar el valor del ruido, la imperfección y la aspereza en la cultura. Frente a lo pulcro y plastificado, tiré de Cage, Xenakis y Messiaen para recordar algo sencillo: el ruido es señal de vida y toda música tiene enlaces en el pasado, a veces donde no esperamos. Donde el algoritmo busca la media cómoda, la disonancia abre camino. En cristiano: sin rarezas, no hay creatividad. Sin pasado no hay presente. Sin humano no hay máquina.
Se ha muerto Robe fue el otro desvío, un texto escrito a bote pronto, a contrakiribati, una elegía escrita desde el golpe íntimo: la noticia llega en lo cotidiano y, a partir de ahí, un artista que te ha marcado toda la vida deja de ser “un músico” para convertirse en una forma de biografía compartida. El texto recorre tres conciertos como tres estaciones de una misma vida (adolescencia, adultez que se asoma, paternidad), y plantea a Robe y su música como refugio y problema a la vez, como alguien capaz de colar poesía por la puerta de atrás y de ensanchar el repertorio emocional de toda una generación. En relación con todo este bloque, lo más importante es su tesis de fondo: hay una cultura que no se puede sintetizar ni optimizar, porque depende del cuerpo, el desgaste, la memoria, y el duelo; por eso renuncié al análisis “rollo Kiribati” aquí y me quedé en lo humano básico: poner un disco bien alto y sostener, en común, lo que la máquina no puede vivir por nosotros.
¿Cómo han sido los textos de Viernes en Kiribati?
Pasamos del “qué” al “cómo”. Desde el principio quise que Viernes en Kiribati tuviera un estilo híbrido: ensayo + narración. Esto no es un blog académico (aunque a veces sobrecite, perdón), pero tampoco es un compendio de posts pensados para redes sociales. He intentado moverme en un punto intermedio: textos con sustancia teórica pero salpimentados de ejemplos cotidianos, alguna que otra escena personal y referencias a la cultura pop. Vamos, que lo mismo hablamos de un concepto de Byung-Chul Han que de la serie Plur1bus o de Baby Shark, y no pasa nada. Esa mezcla un poco ecléctica refleja mi manera de pensar: conectar filosofía con memes de internet es mi rollo.
En cuanto al tono, creo que ha predominado una voz cercana, en primera persona, como de colega que te cuenta algo tomando una cerveza. He intentado evitar tanto el tono de gurú iluminado como el moralismo apocalíptico. Sí, he sido crítico con el estado de las cosas, pero he intentado no caer en el cinismo ni en el “está todo perdido”. De fondo siempre ha latido cierta ironía esperanzada. También me he permitido usar metáforas náuticas de vez en cuando como guiño temático (¡estamos en Kiribati, un atolón en medio del océano digital!), pero procurando no convertir los textos en una fiesta verbal de bucaneros.

Y sí: los textos han sido largos, a veces muy largos (este también se me está yendo de madre). Pero no es un accidente ni una pose. En un ecosistema hecho para el golpe rápido (el short, el hilo, el scroll continuo), mandar un ensayo pausado al buzón es también una decisión cultural y política: reclamar tiempo, continuidad y respiración. Leer Viernes en Kiribati pide atención (van ya más de 50000 palabras escritas si sumamos todos los textos), lo sé, pero sería incoherente (y un poco hipócrita) hablar de deriva digital, ruido y economía de la atención y, a la vez, empaquetar estas ideas en “píldoras” listas para consumir. Esto intenta ser otra cosa: un texto que no te acelera; que no compite por tu clic inmediato; que puedes dejar para el fin de semana; pasar al Kindle como hace carlospdl; o leer, si te termina apeteciendo, cuando tengas hueco o ganas. Si hay gente que lo hace, aunque sea a su ritmo, ya es una pequeña victoria contra la prisa.
Cada texto ha sido como un capítulo con estilo propio pero hilados por un mismo espíritu crítico. Si algo define la forma en Kiribati es que propongo un pequeño viaje: inicio, nudo, desenlace y algunas paradas curiosas o interesantes por el camino. Puede ser la historia de una canción infantil o la de una tecnología emergente, pero siempre intento que al terminar de leer queden un par de ideas dando vueltas, un par de preguntas abiertas y alguna chispa para la conversación o la introspección.
¿Qué tal las cifras hasta el momento?
No soy muy amigo de las métricas vanidosas, pero los datos, mirados con cabeza, también cuentan una historia. La sala de máquinas de Substack dice que, justo en este momento, hay 318 personas suscritas a Viernes en Kiribati. En total, los trece textos suman unas 14500 vistas en los últimos 90 días. La tasa de apertura de los correos ha oscilado entre el 41% y el 79%, muy por encima de la media de newsletters (que me dicen suele rondar el 25-30%). Dicho de otra manera: casi la mitad (o más) de vosotros abre religiosamente el email del Kiribati o lee el post en Substack cada semana. Gracias. Los textos más leídos y comentados hasta el momento son El derecho al silencio (1340 visitas) y La IA te quiere vender la moto (1240 visitas). Los menos: De paseo por el siglo del ruido #1 (467 visitas) y Compartir para existir (449 visitas).
¿Qué nos dicen todos estos números? Para mí, validan parte de la hipótesis con la que arrancó el proyecto: no necesito millones de seguidores para ser relevante; me basta una pequeña tribu fiel, un nicho. En el internet mainstream, el éxito se mide en clics vacíos y likes automáticos; en este humilde rincón que estamos construyendo, lo medimos en conversaciones y en debate. Y de esto ha habido. Mucho más de lo que esperaba. Cada respuesta recibida a cada texto, cada audio de un colega comentándome lo que pensaba, cada comentario reflexivo en el Discord de Hipersónica o a través de mensaje privado contándome “esto me hizo pensar en X”, vale más que mil likes de bots. Y estas señales cualitativas son las que valen. Al final, las métricas cuantitativas importan (y estoy contento con lo que hay), pero las cualitativas (el feedback real de la gente de carne y hueso) importan el doble. Saber que hay gente que comparte los textos en grupos de WhatsApp, que hablan del blog con sus conocidos, o que hay padres y madres que reenvían el texto de La vaca Lola… a su grupo de familias del cole, esas son las “estadísticas” que me hacen sentir que esto merece la pena.
¿Y en 2026 qué?
Un experto en SEO, en marketing digital o en cualquiera de esas cosas que no me importan lo más mínimo, miraría esos datos de antes con profundidad y diría: hay que escribir más de lo que funciona y menos de lo que no. Pues bien, creo que voy a hacer justo lo contrario. Ya tengo en borrador varios textos para continuar los “Paseos por el siglo del ruido”, y para hablar de cuestiones específicas de hardware y software para ganar agencia cultural y digital. Justo lo que peor “ha funcionado”, pues ahora DOS TAZAS.
Honestamente: no tengo una hoja de ruta cerrada ni quiero encorsetarme con un plan rígido. Parte de la gracia de un proyecto así es ir explorando según me vaya pidiendo el cuerpo. Tengo algunas ideas flotando en el cuaderno, un pequeño menú de temas que me gustaría abordar el próximo año. Por ejemplo: me apetece escribir más sobre cine, pero no como escapismo, sino como una forma de pensar lo educativo desde otro ángulo. También quiero meterme en destripar alguna discografía (o incluso en un subgénero concreto) y mirarlo con lupa sociocultural; o recorrer la filmografía de un director o una directora leyendo sus ritmos, sus silencios y sus obsesiones desde la óptica de la atención y la cultura digital. Y sí: también tengo ganas de montarme un nuevo servidor y contarlo con detalle, paso a paso, con esa mezcla de ilusión y contabilidad doméstica que exige la soberanía tecnológica cuando la RAM está a precios prohibitivos. A partir de ahí, lo de siempre: otros temas que irán asomando semana a semana, sin calendario cerrado, según pida el cuerpo.
Como veis, más que promesas cerradas son intenciones abiertas. Lo que sí mantengo es el compromiso con la filosofía que nos trajo hasta aquí: la lentitud radical, la profundidad aunque a veces cueste, la fricción que nos hace pensar y el humanismo digital frente a la moda tech de turno. Seguiré escribiendo textos largos aunque el mundo vaya a saltitos de quince segundos, y seguiré intentando mantener la frecuencia semanal. Continuaremos, cómo no, navegando hacia el este cada “viernes”, hacia Kiribati, ese lugar remoto donde amanece antes que en ningún otro sitio.
No me enrollo más. Solo quiero cerrar dando de nuevo las gracias a quienes os habéis subido a esta barquita en 2025. Gracias por remar conmigo, por leer, por cuestionar y por compartir. Sin comunidad, este proyecto sería solo un monólogo perdido en el océano. Con comunidad, es un diálogo en alta mar, pequeño pero nuestro.
Os deseo un feliz año nuevo lleno de curiosidad y espíritu crítico. Y nos leemos el próximo jueves, rumbo a nuevas ideas. Si os apetece contarme qué os gustaría ver en Viernes en Kiribati en 2026, podéis dejar un comentario o escribirme por privado. ¡Hasta pronto y un abrazo! 🇰🇮
(4400 palabras, otra vez, la madre que me parió…)




¡Qué puedo decir más que esta fue mi primera lectura completa del año! En la mañana del primer día del año me senté durante media hora a leer completo y lentamente este resumen de los tres primeros meses. Compartí el vínculo de este texto y lo apunté en mi Block de notas, apunté mentalmente algún capítulo que no leí porque empecé con El derecho al Silencio y ahora un rato de silencio al sol y mirar el paisaje. Mi saludo, mi deseo de buen año y mis gracias. ¡Hasta el próximo jueves o viernes!