Un brindis por el Kiribati
Sobre cómo la piratería democratizó el acceso cultural, por qué el streaming la está resucitando y qué pasa cuando los algoritmos deciden por nosotros
En mi pueblo, a casi un centenar de kilómetros de la capital, éramos no más de seiscientas personas y el ancho de banda era más bien escaso. Internet era, para muchos, solo la redecilla de sus bañadores de verano. A mis manos llegó, prestado, un Princo rotulado que rezaba Scenes from a Memory. Intrigado, lo puse en un Discman conseguido a base de numerosas súplicas y en ese momento empezó una obsesión enfermiza. Solo muchos años después entendí lo que en aquel momento ni me paré a pensar (porque casi todo era como ese Princo pirata): que jamás habría escuchado a Petrucci o a Portnoy encadenar solos endiablados sin aquel noble acto de piratería y de préstamo entre colegas. Aquella copia, algo físico, tangible, era mucho más que un disco, era un portal que trasladaba a un chaval lleno de desconocimiento a otro lugar. Era la prueba de que existía un universo cultural vasto, complejo y apasionante más allá de los límites geográficos y económicos de mi realidad inmediata.
Poco después llegó internet a casa, en deplorables condiciones si las comparabas con las de la ciudad. Aprendimos a querer ese módem de 56k, el teléfono inoperativo con continua ruidera (niño, apaga el ordenador, que tengo que llamar) y sus lucecitas parpadeando sin parar, como un pequeño faro, en la mesilla del salón. A partir de ahí, muchos más discos de ida y vuelta, decenas de Verbatines en la grabadora y un eMule que pedía (mucha) paciencia y, sobre todo, fe. Una semana entera pasó el ordenador encendido para bajar el recién publicado Train of Thought allá por 2003: a tres kilobytes por segundo si el viento digital soplaba a favor. Veías cómo la descarga se atascaba al 93 % y había que volver a empezar con ese paquete de datos. Y yo, mientras, escuchaba con ansia el zumbido de la torre grabando el disco duro como quien oye el parte de madrugada. Cuando por fin terminó (tras días de incomunicación telefónica, todo sea por el metal progresivo) el ritual solía tener un orden concreto. Primero, Nero Burning ROM para quemar el disco, portada y contraportada impresas en papel que se arrugaba de tanta tinta como absorbía, y finalmente el disco rotulado con permanente y directo al Discman. Mi primer álbum descargado de principio a fin, nunca lo olvidaría, puesto que sonaría hasta la extenuación durante meses. Qué digo meses, años.
Recuerdo aquella época con cariño, particularmente por un tipo de escucha concreta, la lenta, pausada y repetitiva, sin el zapping compulsivo que el streaming ha normalizado. Nada te hacía cambiar de disco; no podías, y si querías otro nuevo que habías leído en la Kerrang! o en la Metal Hammer, tocaba esperar otra semana completa de descarga. Esta limitación tecnológica, característica de aquellos tiempos y de aquellas periferias mías, forzaba un gran compromiso. Tener tan poco obligaba a que los consumos fueran profundos, algo que la actual abundancia ha vuelto (casi) imposible. Hace veinte años, cada disco, cada álbum era una inversión de tiempo y de recursos, algo cultural que se desentrañaba siempre poco a poco, capa por capa, pista a pista, escucha tras escucha. Por aquel entonces nos hacían pensar que estábamos robando a las bandas, varios spots (y Bustamante) así nos lo vendían, pintando al “pirata” como un criminal que hundía la economía con sus sucias artimañas. Decían continuamente que nuestros actos deliberados de apropiación indebida causaban terroríficos estragos en la industria creativa. O al menos, eso nos hacían creer.
Oficialmente nos hablaban de que esto derivaba en un problema económico y social que frenaba la creatividad y desmotivaba a los creadores, y se situaba la práctica como un acto de robo puro y simple, sin más coordenadas que esas, que perjudicaba a todos en la cadena de valor. Con el paso del tiempo, como no podría ser de otro modo, uno se despierta y empieza a comprederlo todo: escuchar (y obsesionarme con) Scenes y Train me llevó después a pagar cuatro veces por ver a Dream Theater en directo, a comprarles merch en los conciertos (a precios prohibitivos, recuerdo 35 € por una camiseta en 2007) y a hacerme con su discografía completa en CD y/o en vinilo. Pagué después, cuando pude, lo que antes solo podía “robar”, por economía propia de la juventud y también por dónde habitaba. Mi caso no es (ni era) una anomalía, y contradice los cuentos simplistas de la industria, que a veces ha equiparado cada descarga ilegal con una venta perdida. Algo falsísimo. Para muchos de mi generación, la piratería fue solo el principio de una relación de por vida, a veces tóxica, con sus artistas favoritos. Fue una inversión a largo plazo en la creación de un fan, de un cliente futuro que, una vez dentro del sistema económico, devolvería (con creces) el valor de aquella copia inicial que se hizo con parche en el ojo. Aquel acto, lejos de ser un freno a la creatividad, fue el motor que garantizó mi participación futura y legítima en el ecosistema cultural. Pero ese ecosistema, amigos y amigas, es también cosa del pasado.
Este espacio/blog/whateva no se llama “Viernes en Kiribati” por puro exotismo. Me gustaría entender Kiribati como metáfora para hablar de periferias, de un lugar pasado donde el mercado cultural no llega o llega tarde y donde el acceso no se organiza por la disponibilidad de los catálogos, sino por favores, cintas, discos grabados y carpetas compartidas. Paradójicamente, elijo Kiribati porque es, geográficamente, uno de los primeros lugares donde sale el sol con un nuevo día. Y eso, en la era de los lanzamientos globales sincronizados, significa que a las costas de esta nación, la periferia más absoluta del globo terráqueo, llegan, antes que a ningún otro lugar, la música, el cine, las series y demás novedades de la industria cultural vía plataformas (cuando en el mundo entero es jueves, en Kiribati ya es viernes, día de nuevo material). Compréndase Kiribati de este modo, y también como isla mental, una en la que se tiene la certeza de que hay algo grande ahí fuera y de que, si quieres formar parte, tendrás que construir tu propia barquita con lo que tengas a mano, sea legal o no. Zarpar como acto de pura logística. Por eso, aquí hablaré un poco de todo lo que me gusta: de música, de cine, de literatura, y también de cómo conseguir estas cosas cuando todo está en contra.
Hace unos meses leía por aquí que la piratería digital dinamitó la jerarquía de acceso. Fue quien permitió que cualquier desde cualquier localidad pudiera, con un pendrive y un cyber, reventar de golpe la frontera de clase y ver, leer o escuchar lo mismo que alguien con los bolsillos llenos. El acceso y el poder adquisitivo ya no estaban vinculados del todo, y para muchos todo esto fue una válvula de escape genial de un sistema que generalmente distribuye regular. ¿Os acordáis de aquello de la democratización del conocimiento? Comparto con el texto compartido que la piratería no es (ni fue) el problema, sino el síntoma. Y que el verdadero problema es convertir el acceso a la cultura en privilegio y no en derecho.
Si has nacido en los ‘80 o en los primeros ‘90, estas escenas de precariedad en los márgenes las reconoces: el top manta lleno de triunfitos, el primo que “te baja cosas”, películas en dvdrip que había que ver lejos del monitor para que la falta de definición no fuera un problema, carpetas con .mp3 del Kazaa o del Ares con las tags completamente descuajeringadas y bitrates a 128 que se escuchaban peor que el altavoz de un Tamagotchi. No quisiera frivolizar con tal carencia, pero esas redes llevaron cultura a donde la cadena oficial de valor no iba a llegar de ninguna manera. La industria, además, apenas intentó frenar esto más allá de criminalizar los actos. Debieron intuir que, como dejaba entrever antes, ese “pirata” del ayer podría ser un gran cliente del mañana. También muchos diseñadores, músicos o programadores empezaron sus trayectorias creativas utilizando herramientas digitales a través de copias no oficiales. Años despues, el pago, la licencia, la suscripción, la dependencia… Ida y vuelta. La primera siempre es gratis, dicen. No se puede escapar del capitalismo. La piratería aumentó afortunadamente el capital cultural de casi todos y todas, pero también el habitus del homo consumericus.
A casa de mis padres, lejos de cualquier cine, tardó en llegar el ADSL como para poder pensar en bajar una película. Cuando lo hizo, se celebró con regocijo y acumulación diogenesca. Centenares de CDs y DVDs fueron grabados con filmografías completas de esos directores que descubrías poco a poco en FilmAffinity. Cuando hubo la posibilidad, se cambió el DVD virgen por la edición legal. Casi un millar de DVDs y Blu-rays que hoy todavía pueblan mis estanterías, y que no desaparecen de las mismas aunque se caduquen las licencias de explotación. Después llegaron las plataformas, y poco a poco la piratería entró en crisis. Catálogos amplios, comodidad y precios “razonables”. Una ilusión que duró más bien poco. La avaricia y la necesidad imperiosa de siempre crecer, de contentar a los inversores, han hecho que este panorama cambie. Las suscripciones no paran de subir de precio y la realidad es que cada vez pagamos más por menos, y que el dinero que pagamos va a muy pocas manos, tanto en la industria musical como en la cinematográfica. Se suben precios, se recortan costes, se paga poco y mal a la grandísima mayoría de los artistas.
Os pongo un ejemplo claro. Paul Thomas Anderson acaba de estrenar nueva película, y un fulano cualquiera podría querer ver su filmografía al completo porque ha salido extasiado de ver Una batalla tras otra en el cine (Obra maestra, vayan). Pues bien, por la vía legal a través de plataformas podría ver Licorice Pizza (Filmin y Prime Video), Punch-Drunk Love (Filmin), El hilo invisible (Movistar Plus+) y Magnolia (Movistar Plus+). El resto, tendría que pasar por la carísima vía del alquiler-compra digital, o por la búsqueda de ediciones físicas. Pero hasta teniendo esa vía en cuenta hay una excepción: The Master, que, supongo que por un tema de licencias y de rotación de catálogos, no está ni en alquiler, ni en compra, ni digital ni en formato físico. En España, ahora mismo, es prácticamente imposible ver esta película por vía legal (salvo alguna tienda pequeña que la tenga en stock, las santas bibliotecas/filmotecas, o el mercado de segunda mano). En este escenario, la piratería emerge como un mecanismo disruptivo para la adquisición de capital cultural. Para aquel fulano en la periferia social y económica del sistema, descargar la filmografía de un director de culto (imagínense otros y otras con mucha menos exposición que PTA) es un acto, un intento, de acumular el capital cultural que el mercado oficial le niega por barreras económicas y/o de facilidad de acceso. Acceder a su obra, zarpar al Kiribati, le permite participar en conversaciones culturales, entender referencias, formar su gusto y, en definitiva, moldear su habitus de una manera que de otro modo le estaría vedada.
Son muchos los textos que han escrito sobre esto, y hoy para arrancar este blog no voy a acumular datos, pero sí quiero hacer hincapié en una idea: cuando el sistema te exprime, es obligación moral formarse para exprimir al sistema, y aquí el fin sí justifica los medios. Un chaval o chavala cualquiera, por justicia social, debería poder tener la posibilidad de escuchar con calidad un disco al completo, en orden y sin anuncios; o poder ver una filmografía completa de su directora favorita sin tener que pagar por cuatro servicios de suscripción distintos que, además, tampoco garantizan que pueda hacerlo.
Este contexto no justifica nada, pero deja claro que si la puerta legal se cierra por precio o por troceo, las periferias vuelven a inventar barcas que navegarán al Kiribati. Algunas legales (bibliotecas públicas, filmotecas, ediciones de segunda mano, Bandcamp) y otras no tanto. Gioia plantea una hipótesis de futuro en la que las empresas actuarán así, tensionando los precios de las plataformas y exprimiendo al usuario “hasta que encuentren resistencia real”. La pregunta, entonces, es cómo resistimos, qué infraestructura pública, comunitaria y cooperativa estamos dispuestos a construir para que el acceso deje de ser un lujo. El celo por la propiedad puede acabar matando lo que dice proteger, pero las redes informales, con todos sus claroscuros, han hecho también trabajo de archivo y de memoria. Eso no quiere decir que la única solución sea piratear para conservar. Digo que sin políticas de acceso, archivo y circulación robustas, lo valioso se pierde, y lo que nos queda es confiar (otra vez) en los barquitos de la periferia. Buscar en el Kiribati para poder tener control total sobre qué ver, qué escuchar, qué leer. Decidir, pero de verdad.
Tener el control sobre lo que uno quiere consumir es afrontar con fiereza la algorítmica nueva realidad que merma nuestra capacidad de decisión sobre el gusto propio. La lucha por el acceso a la cultura, que comenzó como una cuestión de logística y economía en la era donde la radio aún reinaba, se ha transformado en una batalla más profunda y existencial: la lucha por la autonomía del yo en la era del control de los grandes paquetes de datos. Byung-Chul Han habla de tiempos de psicopolítica, que a diferencia de la coerción y vigilancia del cuerpo foucaultiana, es mucho más sutil y eficiente. Aquí no hay opresión manifiesta como en análisis previos, sino seducción y explotación de nuestra propia libertad. Con las redes y plataformas nos sentimos sujetos libres, empresarios de nosotros mismos, sometidos voluntariamente a un sistema de autooptimización. Esclavos del Big Data y lo algorítmico. Entregamos voluntariamente nuestros clics y nuestras elecciones, nos hipercomunicamos y alimentamos un sistema que dice poder predecir y condicionar nuestro comportamiento a un nivel prerreflexivo. Nadie puede decir que está siendo manipulado por no ver algo que, ¡oh, vaya!, no está disponible en Netflix.
Los algoritmos de recomendación hoy se nos presentan como herramientas para el descubrimiento, como ayudas para navegar ante lo abrumador de los catálogos. Y, sin embargo, como ejemplo perfecto de psicopolítica en acción, la función de estos algorítmos es solo la de optimizar nuestro comportamiento para fines concretos de la plataforma. Es decir, para maximizar el tiempo de permanencia de los usuarios, para asegurar la renovación de la suscripciones que cada año suben de precio y, lo más importante, para recopilar más datos que sirvan para refinar el modelo predictivo que vendrá a por las siguientes generaciones de usuarios. Un plan sin fisuras. El algoritmo (aunque ya hablaremos en profundidad en semanas venideras) crea ilusiones de elección infinita mientras nos guía sutilmente por pasillos mucho más predefinidos de lo que aparentan, construyendo burbujas de contenido (¡AGHH!, el contenido) que refuerzan nuestras preferencias existentes (con lo que esto supone en términos políticos) y nos aíslan de lo azaroso y del desafío de enfrentarse a aquello que no conocemos ni comprendemos. Vamos, que el algoritmo no nos prohíbe ver una película iraní, simplemente, no nos la muestra. Y a su vez, Spotify y Netflix (entre tantas otras) se llenan de productos generados por inteligencias artificiales o creados a partir de métricas de consumo global extraidas de esos mismos usuarios que, supuestamente, determinan qué nos gusta. La pescadilla que se muerde la cola.
Butler diría que nuestros gustos son cuestiones identitarias que performamos, no algo innato. Las películas que vemos, la música que escuchamos, los libros que leemos, son esencialmente actos repetidos una y otra vez a través de los cuales construimos y comunicamos quiénes somos a los demás. Con la repetición continua de todas estas elecciones uestra identidad cultural se va forjando. Y claro, si nuestra identidad se construye de forma performativa a través de nuestro consumo cultural, y el campo de nuestro consumo cultural está siendo gestionado y optimizado por algoritmos de naturaleza psicopolítica, entonces el algoritmo deja de ser (spoiler: nunca lo fue) un simple recomendador de contenido. Nunca fue neutro ni objetivo, porque siempre fue un arquitecto de la identidad, un hacedor de ciudadanía. Al limitar sutilmente el universo de lo visible y lo accesible, el algoritmo restringe el repertorio de nuestros posibles actos performativos, empobreciendo así la complejidad potencial de nuestras identidades mismas. Vamos, que nos limita y que somos mucho menos libres de lo que creemos ser.
En este contexto, cuando tomamos consciencia, el viaje de vuelta a Kiribati (el acto consciente, deliberado y a menudo difícil de buscar cultura o entretenimiento fuera de los seductores jardines preciosos y huecos del algoritmo) adquiere nuevos significados. Construir la propia barca, la que combata esa automatización del gusto, ya sea a través de una biblioteca pública, del intercambio con iguales, del mercado de segunda mano o de las redes P2P es un acto de insurrección contra la psicopolítica y contra el diseño de las herramientas tecnocapitalistas. Es resistencia. Disidencia. Reclamación de agencia sobre la formación del propio gusto, curación de la propia memoria y, en último lugar, soberanía sobre la performance automatizada del propio ser. Es una declaración política de que no voy (no vamos) a permitir que nuestra identidad sea un producto optimizado por la opacidad de unos algoritmos, sino que queremos que sea el resultado de búsquedas activas, desordenadas, complejas, con fricción y, sobre todo, algo más libres. Vamos, pura supervivencia cultural.
¡Bienvenidos y bienvenidas a Viernes en Kiribati!






Sobreviviremos pues. Muy fino, muy identificado ❤️
Este tema lleva tiempo rondándome la cabeza, me encanta el texto 🥲❤️