Hoy soy quien soy porque ayer pirateé
Arrrr... memorias de un pirata de pueblo en tiempos de plataformas y mierdificación
En el primer texto de Viernes en Kiribati, dejé caer la palabra “piratería” para echar a rodar este proyecto. La nombraba como algo que define mi identidad, pero sin atreverme a abrir del todo el cajón de los truenos ni, por supuesto, a profundizar en mi historia personal. La p-word estaba, pero no ocupaba todo el espacio que merecía. Si la invoqué fue, sobre todo, para situarme, desde el inicio, en una especie de trinchera periférica (cultural, económica y geográfica) donde el acceso a todo lo que hoy me gusta jamás fue un privilegio de cuna.
Vuelvo unos meses después a ese lugar, pero despojándome un poco del tono teórico habitual para probar a escribir un texto mucho más autobiográfico. Me apetece confesar mi trayectoria como tremendo piratilla. La historia de alguien que, desde que tiene uso de razón, ha recurrido una y otra vez a vías irregulares o directamente ilegales para nutrirse. Y no lo hago (solo) para articular una defensa romántica del mundo de la descarga amparada en mi extinta precariedad juvenil, ni para mitificar aquellas torres de tarrinas de CDs grabados con archivos de dudosa calidad y pésimo etiquetado. Mi intención es solo plantear algo elemental: que la piratería funcionó durante mucho tiempo, para mí y para tantos otros, como la principal infraestructura de acceso cultural de nuestras vidas.
Pensemos en mi contexto: un chaval criado en un pueblo minúsculo de apenas seiscientos habitantes, donde las tiendas de discos, los videoclubs, las librerías y los cines quedaban a una distancia tan física como mental. Una hora de coche para comprar un disco o un DVD no parece un abismo cuando dispones de coche, tiempo y dinero. Sin embargo, a los catorce o quince años, con los bolsillos vacíos y dependiendo absolutamente de la logística paterna, nada de esto era posible. La cultura estaba ahí, por supuesto, pero no se encontraba exactamente “disponible”. Existía del mismo modo que existían tantas otras promesas en los noventa y principios de los dos mil: en los anuncios, en las revistas, en la televisión y en las conversaciones con unos y con otros. Sabías que esos discos, películas, videojuegos y libros habitaban en alguna parte; hojeabas catálogos publicitarios y revistas con auténtica devoción, pero el acceso material casi siempre se te escurría entre los dedos. Frente a esa aridez, la piratería (con todas sus zonas grises y sus innegables contradicciones) se erigió durante años como la única vía de escape. Para alguien como yo, que padecía tanta sed, fue la manera definitiva de burlar la escasez.
Mis primeros recuerdos culturales, sin embargo, esquivan esa clandestinidad pirata. Pertenecen a un ámbito mucho más doméstico y estrictamente legal. Mi padre era (y es) profundamente melómano, así que en cada trayecto la rutina del coche consistía en hacer sonar siempre las mismas ocho o diez cintas: Triana, Pink Floyd, Supertramp, Dire Straits, Mike Oldfield y Joaquín Sabina. Casetes originales, ajados por el uso (algunos los había comprado en la mili), que sonaban en bucle en cualquier viaje. Más adelante llegó a casa la primera minicadena con reproductor de CD y, escoltándola, un pequeño lote de discos también originales. Había algo de los Beatles, de Bob Marley, y álbumes de Andrés Segovia pensados para nutrir la escucha de aquel niño que empezaba a pelearse con la guitarra en el Conservatorio. El repertorio lo cerraban un par de recopilatorios promocionales llenos de canciones de películas del Hollywood noventero; discos en sobrecitos de cartón cuya procedencia exacta, a día de hoy, sigo sin tener clara.
Si hablamos de cine, en cambio, la cosa era mucho más simple: en mi casa se veía lo que daban por la tele. Fin. Mis padres durante mucho tiempo rechazaron comprar un reproductor de VHS porque, según ellos, no hacía falta. “¿Para qué, si ya está la tele?”. Una frase muy de economía doméstica de la época. Cada aparato nuevo tenía que justificar su existencia ante un pequeño tribunal familiar en el que los hijos podían tener voz, pero no voto. ¡Ojo! Nunca me faltó de nada esencial, siempre he sido un privilegiado absoluto; sería hipócrita venderme como alguien criado en una familia pobre o con grandes carencias, porque no es cierto. Pero digo esto porque me chocaba que en mi casa no se viera la necesidad de comprar un reproductor de vídeo, aunque casi todos mis compis del cole ya tuvieran uno. Para mis padres, aquel cacharro no formaba parte de lo imprescindible. Solo eso.
La primera persona cercana que compró un aparato de vídeo fue mi tía Loli (sí, la misma que me regaló la GameBoy del INCIDENTE), y aquello, para mí, fue una de las primeras revoluciones culturales de mi vida. Con el paso del tiempo, empezó a reunir una pequeña colección de cintas (todas originales) con grandes títulos de los noventa: Titanic, El pacificador, Nada que perder, Mejor imposible, Matilda, Space Jam… Al mismo tiempo, y aquí está lo importante, también compraba cintas vírgenes para grabar películas que se emitían en la tele. No era la única, aquello era una práctica muy común en la época, un ritual casi inocente, pero visto desde la actualidad era algo muy parecido al VOD actual, solo que DIY: casero, económico y artesanal.
Mi tía hacía, además, una cosa maravillosa: grababa las películas quitando los anuncios. Mientras las veía, pausaba, esperaba y volvía a grabar. Maravillosa ingeniería del cuidado. Incomodidad en el momento de la grabación para que luego otros, con quienes compartía la cinta, disfrutaran de la experiencia sin cortes. Peli buena que echaban de madrugada, peli buena que quedaba disponible después para su sobrino en un horario más adecuado que el nocturno. Hubo muchas, pero recuerdo especialmente Se7en. La grabó porque sabía que era buena y, obviamente, tras verla, escondió la cinta para que yo no la descubriera en una de las visitas a casa de mis abuelos. Pero en un descuido la busqué, la encontré y, por supuesto, la vi. Me traumatizó un poco, no podía ser de otro modo. Quizá Fincher, y en concreto este Fincher, no sea el más adecuado para un niño de diez o doce años, aunque tampoco conviene subestimar lo que uno aprende cuando ve antes de tiempo cosas que escandalizan o que no termina de entender.
Aquello de grabar la tele no era piratería. O al menos, no se vivía como tal. Era “solo” recoger lo que se emitía para volver a degustarlo en otro momento. Era desobediencia cultural doméstica de baja intensidad. Pero ya contenía algo importante: la idea de que la cultura podía desplazarse de su horario comercial, de su canal, o despojarse de los anuncios con los que el director no había contado cuando la rodaba. Que una película no tenía por qué pertenecer solo al momento exacto en que alguien que la había comprado decidía emitirla. Que se podía guardar. Que se podía compartir. Que se podía ver de otra manera. Y eso hicimos durante años, sobre todo a partir de que mis padres decidieran comprar, tras mucho insistirles, un reproductor de VHS.
Aprendiendo a surcar los mares entre princos y verbatines
La cosa pirata también cambió de escala con la llegada a casa de otros dos aparatos: un Discman y una PlayStation. El Discman, del que ya os hablé en aquel primer texto, fue mi primer dispositivo verdaderamente personal. Nunca tuve Walkman. Este reproductor me permitía escuchar música en cualquier sitio, a cualquier hora, con esa mezcla de fragilidad y futurismo barato que tenían aquellos cacharros. Había que colocarlos con cuidado, no moverlos demasiado, rezar para que no saltara mucho aquel CD que parecía que alguien había arrastrado por el suelo. Pero toda esa fricción generaba ritual, y lo recuerdo con especial cariño. Fuera donde fuera, el discman iba conmigo, ya fuera para escuchar a Slipknot a través de los cascos, o con una especie de casete con cable minijack que me permitía escuchar los CDs en los altavoces del coche de mis padres, que solo reproducía casetes. Todo para que mi padre me dijera a los dos minutos que quitara a Slipknot.
CDs originales tenía unos cuantos. Alguno de Iron Maiden, los discos de la minicadena de mi padre y otros que fui comprando poco a poco por catálogo en las Tiendas Tipo. Pero aquel Discman comió muchísimo más que eso. Centenares, quizá miles de discos grabados pasaron por ahí. Mis colegas heavies, sobre todo Jonathan (que en paz descanse) y Juan Carlos, me pasaban todo lo que tenían: Stratovarius, Blind Guardian, Rhapsody, Metallica, Children of Bodom, Dream Theater, In Flames, Symphony X, WarCry, Avalanch… O me los grababan ellos, porque tuvieron grabadora antes que yo, u otros colegas que podían hacer copias. Luego llegó la grabadora a casa y me convertí en autosuficiente. Disco que entraba, disco que se copiaba. Me gustara o no. Se escuchara o no.
Ahí apareció una lógica curiosa que todavía hoy me acompaña, aunque haya cambiado de forma: acumular para poder consumir en otro momento. Tener buena despensa cultural. Poseer el disco era casi tan importante como escucharlo. Tenerlo significaba que el mundo se ensanchaba, que en algún momento futuro podía llegar la tarde exacta en que aquel disco de aquella banda copiada sin demasiada convicción se convirtiera en una revelación. ¿Qué pasaba con esto? Que muchas cosas no llegaban nunca a escucharse del todo, o con la atención necesaria, porque no había habido un gran desembolso económico para acceder a ellas. Pero estaban ahí, disponibles, en decenas de archivadores de CDs que eran, a su manera, una gran biblioteca de posibilidades. Algo que mi contexto, periferia de las periferias, no podía ofrecer de otra manera.
Con los jueguicos pasó algo parecido. Para la PlayStation (esa que quiero arreglar/modificar en algún momento) solo tuve Wipeout 2097 y Final Fantasy VII originales, dos juegos que ya justificaban media adolescencia. Pero cuando, como a tantos amigos, alguien con parche en el ojo nos chipeó la consola por cinco mil pelas, el catálogo se volvió inabarcable. Princos, Verbatines, carátulas fotocopiadas, nombres escritos con rotulador. Juegos que funcionaban, juegos que no venían con el parche de Paradox y se quedaban colgados, juegos japoneses imposibles de entender, juegos a los que dedicabas diez minutos antes de meterlos en otro archivador y olvidarlos para siempre. Vamos, de la “escasez” a la más absoluta abundancia. Por esas fechas, además, llegaron también los emuladores en CDs copiados y recopiados, que a su manera abrieron otra puerta: jugar a consolas que nunca tuve ni habría podido tener. Numerosas tardes jugando al Metal Slug de la NeoGeo con mi amigo Sergio, máquinas enteras reducidas a un .exe y a un puñado de ROMs. Sin aquella abundancia, seguramente no sería el friki videojuerguil consumista que soy hoy.
Y es que esto, visto desde el presente, me hace gracia. Porque aquella pulsión de acumular no desapareció cuando empecé a comprar legalmente. Solo se volvió “respetable”. Hoy tengo (acumulo) más de mil juegos en Steam, todos adquiridos legalmente, y tristemente una cantidad obscena de ellos apenas los he tocado. Lo que antes era un archivador lleno de CDs piratas, ahora es una biblioteca digital fabricada a base de bundles, ofertas y compras impulsivas. La tara es la misma. Solo ha cambiado la economía que la sostiene.
Pero aquel ecosistema pre-Internet no se nutría únicamente de música, cine y videojuegos; también pirateábamos enciclopedias. Aún recuerdo copiar la Encarta o la enciclopedia Vox de aquellos colegas cuyos padres se habían dejado un pastizal en una veintena de tomos imponentes que, como gran reclamo, traían un CD-ROM donde se aglutinaba todo. Aquellas copias me salvaron, literalmente, la inmensa mayoría de los trabajos del colegio y el instituto. Tengo grabadas a fuego aquellas tardes enteras bicheando entre artículos, mapas, cortes de audio, vídeos y animaciones. La Encarta poseía un magnetismo que hoy parece haberse esfumado: la estimulante sensación de habitar un entorno interactivo que, aun sabiéndolo finito y cerrado, resultaba lo bastante vasto como para permitirte el lujo de perder el rumbo explorando. No era Internet, claro, pero funcionaba como una maqueta a microescala de la red. Una pre-Wikipedia. Una suerte de pequeño museo digital encapsulado en un solo disco. Y para un niño de pueblo, condicionado por aquella lejanía que nos separaba de los grandes estímulos, aquello suponía abrir de golpe una ventana colosal al mundo.
Antes de tener acceso a la red, la piratería fue sobre todo física. Mano a mano. Alguien traía algo, alguien lo copiaba, alguien lo dejaba. Había una dimensión comunitaria que ahora, con tanta interconectividad y tanta hiperpollada, resulta hasta tierna. Los discos circulaban, los juegos circulaban, las películas circulaban. Nadie tenía todo, pero entre todos se iba armando una especie de archivo desordenado, pero colectivo. Uno accedía a la cultura y al entretenimiento por vecindad, por amistad, a base de oportunidad y paciencia.
Internet abrió el grifo y puso a prueba la paciencia
Luego llegó la red de redes, aunque a mi pueblo llegó tarde y mal. Kazaa, eMule, Ares… Nombres que hoy suenan casi a arqueología digital1, pero que durante un tiempo fueron puertas a un mundo tan gigantesco que no cabía en casa. Con una conexión bastante miserable, descargar una canción era una pequeña aventura, y descargar un disco entero podía ser un auténtico suplicio. Un archivo comprimido de 200 megas tardaba semanas. A veces meses. A veces no llegaba nunca. A veces llegaba y no era lo que decía ser. Obtenías un máster en gestión de la frustración con todo aquello: esperar, comprobar, renombrar, borrar, volver a intentarlo. Algo completamente distinto a la cultura del “clic y a funcionar” de hoy en día.
Y si bajar discos era complicado con mi conexión chusca, las películas en DivX eran algo directamente imposible. En otros lugares, con mejores conexiones y mejores ordenadores, ya circulaban CDs con películas enteras comprimidas en 700 MB. Cuando me las prestaban, eran casi magia para mí, pero mi ordenador no podía con ellas. Había sido de los primeros de mi clase en tener PC, un hermoso MMX a 166 MHz, lo cual sonó muy moderno durante un tiempo, hasta que dejó de serlo. Los que compraron ordenador a sus hijos unos años después disponían de Pentiums de tercera generación a 700 u 800 MHz y ellos sí que podían reproducir esas películas. Envidia total. El mío, vanguardia en su momento para un tierno niño de nueve años, ofrecía años más tarde una experiencia cinéfila cercana a lo experimental: audio de la peli correcto, ok, pero en vez de vídeo fluido… una sucesión de diapositivas. Largometrajes a dos o tres fotogramas por segundo porque el procesador no podía respirar cuando intentaba cargar el archivo. Creo recordar que alguna llegué a verla así: Gladiator si no me falla la memoria. Una cosa es ver cine lento y luego está ver una peli a saltos en un ordenador que está pidiendo la extremaunción. Penitencia de las penitencias.
Cuando por fin cambié de ordenador y llegó el ADSL (lento, pero infinitamente mejor que lo anterior), el mundo se abrió de golpe. The Pirate Bay pasó a ser prácticamente página de inicio del navegador. Torrents, descargas directas, foros para compartir, subtítulos, packs por directores, ripeos buenos y otros bastante petecander. También virus, troyanos, malware y archivos mal etiquetados. La abundancia era mejor que la escasez, pero nunca vino limpia del todo. Había que aprender a desconfiar, a mirar los comentarios, a no abrir de primeras todo lo que descargaras y a entender que en Internet había mucho sinvergüenza con ganas de jorobarte el ordenador.
En esos años también sufrimos la moda de los camrips, que tenían una función extraña. Eran copias grabadas directamente en salas de cine, con cámaras reguleras, imagen oscura, sonido infame y a veces cabezas cruzando la pantalla. Vistas hoy resultan casi intolerables. Pero hace dos décadas, en un pueblo donde el cine más cercano estaba a ochenta kilómetros, podían parecer un lujo. El retorno del rey acababa de estrenarse en salas y, si no podías ir, verla en el salón de casa, aunque fuera con una calidad nefasta, tenía algo de acontecimiento. Funcionaba como un parche que aliviaba el no estar donde pasaban las cosas. La cultura del top manta, por supuesto, también contribuyó mucho a la difusión de estos camrips.
Poco a poco, a mediados de los dos mil, la descarga se fue volviendo más sofisticada. Torrents, eMule y, como novedad, webs de descarga directa. Megaupload fue durante un tiempo un paraíso de velocidad (sobre todo para aquellos que también subíamos material), hasta que dejó de serlo de golpe: en 2012 las autoridades estadounidenses actuaron contra el servicio, un nido lleno de material con copyright, y lo cerraron. Entre medias apareció YouTube, 2005, y en muy poco tiempo se llenó de fragmentos, videoclips, directos, rarezas y material subido por usuarios antes de que la industria terminara de entender qué estaba pasando. Poco a poco, con la mejora de las conexiones y de la velocidad de los servidores, se empezaba a dibujar algo parecido a la lógica del streaming actual, aunque todavía no la llamáramos así. La promesa era que quizá algún día no haría falta poseer archivos, ni esperar descargas, ni grabar discos. Bastaría con darle al play.
Y entonces llegó Spotify y cambió la relación de todo el mundo con la música.
Spotify fue una especie de amnistía cultural, al menos durante un tiempo. Se lanzó en 2008, y aunque al principio tenía limitaciones, anuncios, restricciones de horas de uso y condiciones cambiantes, ofrecía algo que a quienes veníamos del mp3 mal etiquetado nos parecía ciencia ficción: escuchar casi cualquier disco al instante. ¿Quién querría volver a piratear un CD si podía escucharlo cuando le diera la gana? Durante esos años, mi piratería musical prácticamente desapareció. Cuando años más tarde tuve trabajo, pagué el Premium, y lo pagué con gusto para no consumir música con anuncios. No porque un día me levantara como el más legal del barrio, sino porque el servicio resolvía razonablemente bien varios problemas del mundo ilegal. Y porque podía pagarlo. Lo diría mejor Gabe Newell, el dueño de Steam, en 2011: la piratería es casi siempre un problema de servicio, no de precio. Si el pirata te ofrece algo cómodo, disponible en todas partes y a cualquier hora, y el vendedor legal te lo bloquea, te lo retrasa o te obliga a dar tres vueltas, el consumidor se va con el pirata. Spotify ganó esa partida durante unos años, sin más, porque ofrecía una experiencia mejor que la del circuito pirata. No tengo claro que esto siga siendo así.
Con las consolas también cambié. Ni la PS3 ni la PS4 las modifiqué. Los juegos que jugué fueron comprados legalmente. El auge del juego online tuvo que ver, claro: si piratear podía dejarte fuera del juego en línea, la ecuación cambiaba. De todos modos, esta etapa también coincide, vitalmente, con un consumo mucho menor de videojuegos. Me interesaba mucho más el cine, la música, salir, beber, el rollo de siempre y, por supuesto, la literatura.
La lectura también ha tenido un idilio con la piratería en mi historia de vida. Siempre compré libros. Mis padres me compraron libros. Mis tíos me compraron libros. Fui a bibliotecas. Pedí prestado. Leí todo lo que pude. Pero allá por 2012 me compré un Kindle, y empezó a cambiar mi relación con este consumo cultural. Lo confieso, la inmensa mayoría de libros que he leído con este dispositivo han sido siempre obtenidos de forma no legal. Epublibre, Anna’s Archive, Biblioteca Secreta… Lo digo sin impostada penitencia. Me costaba, y me cuesta, pagar por un archivo epub o azw que no sentía del todo mío, especialmente cuando todavía no tenía estabilidad económica. Por eso del apego material a las cosas físicas. Muchas veces ocurría algo curioso: leía el libro pirateado en el Kindle y, si me importaba, terminaba comprándolo en papel. O compraba el libro en papel y luego me descargaba una copia digital para leerla en la cama, en un viaje o sin cargar peso.
No era legal. Lo sé. Pero no quiero fingir que la legalidad agota la discusión moral. Durante muchos años tuve más deseo lector que dinero. Y la piratería impidió que la falta de dinero se convirtiera en falta de mundo. Después, cuando la vida se estabilizó, compré con creces parte de aquella cultura (u otra) que antes había consumido de manera irregular. De todo: libros, discos, entradas, películas… y no por compensar contablemente cada archivo descargado (no se me ocurriría llevar un Excel de pecados y absoluciones), sino porque, cuando pude, quise sostener todo aquello que me había sostenido.
Un apunte que casi se me queda en el tintero: el software. Porque ahí también pirateábamos con avaricia. Hablo de suites ofimáticas enteras, antivirus, Photoshop o programas de grabación, todo regado con generadores de keys y cracks a cholón. Ya no era solo una cuestión de no tener un duro; es que a esa edad no tenías tampoco una tarjeta de crédito o un miserable PayPal que poder usar. Y, francamente, dudo mucho que alguien quisiera enviarte el Nero Burning ROM (qué genialidad de nombre, por cierto) por correo a contra reembolso, como sí hacían con los discos (y las camisetas) las Tiendas Tipo. Sin ponerme estupendo con el tema, lo cierto es que infinidad de vocaciones creativas y técnicas arrancaron manoseando herramientas que nos estaban totalmente vetadas. Aprendimos a editar, a componer (benditas copias piratas de Sibelius o Finale), a maquetar, ripear o comprimir simple y llanamente porque logramos colar en el ordenador programas de precios prohibitivos. Ya después aterrizaron las licencias, las alternativas de código abierto, los sueldos y la dictadura de las suscripciones. Pero nuestra verdadera alfabetización digital se forjó en esa escuela corsaria y tosca donde media generación aprendió informática básicamente a base de “robar” y romper cosas.
Y si damos el salto al mundo académico, la hipocresía roza directamente lo obsceno. Me pasó redactando la tesis. De entrada, quise agotar las vías lícitas: tirar de biblioteca universitaria, bases de datos institucionales, préstamos interbibliotecarios... Nada de nada. Asfixiantes muros de pago everywhere, y ahí es donde te salvan la vida herramientas como Sci-Hub o LibGen. No me voy a parar a explicar cómo funcionan. Cualquiera que haya investigado un poco sabe la cara de tonto que se te queda cuando te topas con un carísimo muro de pago justo delante de ese paper que necesitas sí o sí. Cuarenta o cincuenta euros por un pdf de ocho páginas. Es un delirio absoluto: investigaciones sufragadas con dinero público, revisadas gratis por otros colegas de la academia y, al final del túnel, un oligopolio editorial secuestrando el texto y cobrándote por acceder a lo que la propia comunidad genera y evalúa. El capitalismo académico es un maestro absoluto a la hora de privatizar el conocimiento público a base de peajes, pero mira, de ese melón ya nos ocuparemos otro día.
Como decía, muchos textos de mi tesis llegaron por vía pirata. Ignoro cuánto dinero ahorré; seguro que varios miles de euros. Aquí la piratería se revela como síntoma de un sistema completamente roto. Cuando el conocimiento necesario para investigar queda asfixiado bajo tarifas inasumibles, desobedecer y piratear no puede ser visto como una infracción: es un deber moral.
Pagar, piratear y no pedir perdón
Volvamos al mundo de la cultura y el entretenimiento, que la Academia es aburridísima. Con Netflix me ocurrió tres cuartos de lo mismo que con Spotify. Ignoro cuándo pasé por caja por primera vez, pero debió ser cerca de su desembarco en España, allá por octubre de 2015. Durante un tiempo, aquello asomó como el antídoto civilizado contra el inframundo de las descargas, las webs cutres infestadas de banners y el sablazo de los formatos físicos. Fue automático. Frenó en seco la piratería y, desgraciadamente, también la compra compulsiva de DVDs y Blu-rays. Abonaba mi cuota religiosamente y a correr. La trampa es que luego se abrió la veda y nos llovieron mil más: HBO, Prime Video, Filmin, Disney+, Apple TV+... o la que tocase. Creo que las he probado prácticamente todas. Durante años mantuve mínimo un par de ellas. Por rachas, unas cuantas más. Posiblemente demasiadas.
El problema radica en que sus promesas fundacionales acabaron rompiéndose en mil pedazos. No fue una traición repentina, sino un deterioro paulatino, por pura acumulación. Los catálogos comenzaron a resquebrajarse: lo que ayer habitaba en una plataforma, hoy se esfumaba sin dejar rastro. Las películas saltaban de un servidor a otro o, directamente, se quedaban en la calle; las versiones originales eran sustituidas en silencio. Los discos se evaporaban de Spotify o quedaban mutilados, reducidos a una única remasterización impuesta. En el fondo, las plataformas jamás quisieron construir una biblioteca sólida como la de mi tía. Eran y son simples mercaderes del ocio y la cultura que se limitan a alquilarnos el acceso para que financiemos el estado actual de sus negocios. Y ese alquiler, por su propia naturaleza rentista, es revocable: puede retirarse, encarecerse, degradarse, sepultarse bajo un alud de anuncios o secuestrarse tras una nueva tarifa aún más premium al puro estilo Black Mirror. Es el ciclo de la mierdificación; a estas alturas, si has leído varios Kiribatis, ya te lo sabes de memoria.
Ahí empezó mi etapa pirata actual. Primero usé el PC como media hub. Me pasaba días enteros descargando filmografías completas de la extinta RARBG. Luego compré mi primer NAS. Después vinieron Plex, Jellyfin, los trackers privados, automatizaciones con la suite Arr, discos duros, copias, más servidores domésticos… Una infraestructura que vista desde fuera puede parecer una cosa técnica turbofriki, pero que para mí tiene una dimensión política muy sencilla: quiero decidir qué veo, cuándo lo veo y en qué versión lo veo. Si estoy leyendo un libro de Mark Cousins sobre cine y menciona una película de los años cuarenta que no está en ninguna plataforma, quiero verla. No voy a dejar de buscarla porque no exista en ninguna plataforma legal. Nadie me va a impedir piratearla. Si una edición concreta de un disco desaparece porque la plataforma solo conserva la remasterización, quiero escuchar la que busco. Esa y no otra. Si una obra existe pero el mercado no sabe qué hacer con ella, no acepto que eso equivalga a su inexistencia.
Y luego estaría el “furbo”, ese ejemplo perfecto de cómo una industria puede empujar a la gente hacia la ilegalidad continuamente mientras se indigna con que esa misma gente busque atajos. Mi padre es muy aficionado, pero no tanto (ni tan acaudalado) como para pagar más de cien euros al mes por ver partidos. En casa ha habido épocas de todo: de Movistar legal, de parabólica y decodificadores piratillas, códigos que había que actualizar cada día, inventos que funcionaban hasta que dejaban de funcionar, enlaces chuscos plagados de publi obscena, IPTV de legalidad más que discutible... Mi caso, de nuevo, no es modelo de nada. Simplemente intento ser sincero. Si ver fútbol dependiera de una suscripción razonable, clara y que pudieras pagar sin empaquetarte fibra, móviles, ficción, motos, toros y todo aquello que se os ocurra, mucha gente pagaría. Pero cuando el acceso mismo se diseña como un abuso, no conviene sorprenderse de que aparezcan formas abusivas de esquivarlo. Además, LaLiga lleva un tiempo ordenando a las operadoras que bloqueen durante los partidos las IP de Cloudflare, y con ello tumban cientos de webs legítimas que comparten esa infraestructura, con un coste intolerable para muchos servicios y/o empresas. Tebas te rompe medio internet para que veas su liga y todavía espera aplausos y que le lances los billetes a la cara2. Puede esperar sentado.
Hace tiempo que dejé de ser aquel chaval sin un duro que copiaba discos por pura imposibilidad material. De hecho, hoy adquiero más cultura legal que nunca: en casa entran constantemente libros, vinilos, cómics, entradas, películas y videojuegos. Paso por el aro de las plataformas cuando el pacto me resulta mínimamente razonable. Trato de priorizar Bandcamp; si una banda pequeña lanza un álbum, prefiero sostenerla directamente comprándolo, pillando merchandising o acudiendo a salas, antes que aliviar mi conciencia dándole al play en Spotify para generarles unas miserables milésimas de céntimo. En definitiva: ya no pirateo para no pagar. Hoy, cuando recurro a las descargas, lo hago porque me niego a que las dinámicas homogeneizadoras del mercado dicten por mí qué cultura merece existir y bajo qué condiciones debo consumirla.
Todo ello lo digo siendo plenamente consciente de que los creadores, los trabajadores culturales, los pequeños sellos, las editoriales independientes, las librerías y los cines necesitan dinero real para sobrevivir. Y en consecuencia, actúo con la cartera. Pero una cosa es defender a capa y espada la sostenibilidad material de la cultura, y otra muy distinta agachar la cabeza ante la imposición de que nuestro acceso quede secuestrado por prácticas oligopólicas de señores tecnofeudales. Resulta inaceptable normalizar un ecosistema apuntalado en la lógica de las ventanas de explotación, con catálogos mutilados, muros de pago, suscripciones asfixiantes y mecanismos extractivistas que convierten cada uno de nuestros clics en datos listos para ser vendidos.
La piratería me hizo quien soy porque me permitió llegar a donde mi yo del pasado no podía. Me dio discos que no habría podido comprar, películas que no habría podido ver, juegos que no habría podido probar, libros que no habría podido leer, artículos que no habría podido consultar. Me dio exceso, sí. También ruido, síndrome de Diógenes digital y alguna película vista en la peor de las condiciones posibles. Pero, sobre todo, me dio una educación cultural que no estaba prevista para alguien en mi lugar y en mi tiempo. Amplió enormemente mis mundos posibles.
Quizá por eso me irrita tanto la superioridad moral de cierta gente que habla pestes de las copias piratas como si todo el mundo hubiera nacido con una FNAC debajo de casa, una biblioteca infinita, padres con dinero, buena conexión y una suscripción familiar a cada servicio. La legalidad es importante, pero también lo son las condiciones materiales desde las que uno accede a la cultura. No todos llegamos al mismo sitio desde la misma puerta. Hay quien tiene que entrar por las rendijas para intentar igualar un poco. Y es que:
la cultura no puede quedar a merced de una plataforma que decida qué mostrarte, qué venderte, qué sepultar o, directamente, qué arrebatarte;
el criterio propio jamás se forja pastando dócilmente dentro de catálogos algorítmicamente optimizados;
acceder también exige aprender a buscar; y
la periferia no es una simple coordenada geográfica, sino una posición vital desde la que uno comprende, a base de carencias, que la disponibilidad cultural nunca está garantizada.
Por eso, como reivindicación de la soberanía cultural, hoy me apetecía tanto compartir con vosotros esta pequeña biografía del pirata cojo, con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo…
La piratería nunca supuso, para mí, un desprecio hacia la cultura; fue, fundamentalmente, mi manera de alcanzarla. Con los años aprendí a pagar, a sostener proyectos, a comprar y a cuidar del ecosistema. Pero me niego en rotundo a renegar del sendero que me ha traído hasta aquí. No soy quien soy a pesar de haber pirateado. Soy, en esencia y para bien o para mal, la persona que soy gracias a que ayer pirateé3.
Ojo que eMule sigue funcionando maravillosamente bien, sobre todo para material en español: emule-project.com
Dudo que leas esto, Javier, pero si lo lees, que sepas que la IPTV sigue funcionando perfectamente aunque cortes Cloudflare. No sé cómo lo haces, pero deja “todo” de funcionar, menos lo que intentas parar. No se puede esperar más que incompetencia de un militante de Fuerza Nueva.
No puedo cerrar un texto sobre piratería sin recomendar, una vez más, el enlace de enlaces: freemediaheckyeah




Maravilloso repaso a mi adolescencia y primera joventud, todo lo que no me dio mi entorno me lo dio la piratería.