¡Hasta las narices de suscripciones!
Ya no somos dueños de nada. Auditoría del consumo digital y nueve grietas para escapar del tecnovasallaje.
Hace dos años y pico, con el nacimiento de mi segunda criatura, decidimos renovar el coche. Teníamos que cambiar sí o sí: con las gigantes sillas de seguridad de los críos y mi desproporcionada estatura (1,98, por si no lo había contado), en el “viejo” Toyota Auris ya no cabíamos. Compramos un SUV grande de Volkswagen donde sillas, niños y adultos podemos más o menos convivir sin ir encogidos como sardinas. El coche va fenomenal. Nos lleva y nos trae, y de momento no ha dado un solo síntoma de envejecimiento. Pero hace unos meses, justo cuando soplaba sus dos velas, nos llegó un mensaje a través de la app de la marca: "Tu suscripción VW Connect Plus caducará en quince días. Renueva por 259€ cada dos años para seguir disfrutando de todas las funciones".
El coche, al salir del concesionario, nos había recibido con un puñado de funciones que ahora íbamos a perder: radio online, actualización de la navegación, señalización de estaciones de carga, apertura y cierre remoto, geolocalización del vehículo... Ninguna imprescindible. Tan poco imprescindibles que decidimos no pagar y seguir usando un coche que, por lo demás, cumple su función estupendamente. Pero la experiencia ya no es la misma. La experiencia de usuario ha sido mierdificada. El hardware del coche puede físicamente seguir haciendo lo que hacía, y muchas de las funciones ni siquiera dependen de servidores de VW; pero la marca ha decidido empeorarla impidiendo que lo haga. Ha decidido ponerte contra la pared con la navaja en los intestinos y decirte: paga.
No pagué los 259€, pero podría haberlos pagado, como seguramente paga una parte de las familias que reciben el mensaje. Porque el coste es "pequeño" si lo comparas con el del vehículo, porque es lunes, porque necesitas mínimamente alguno de los servicios a los que te han acostumbrado durante dos años, porque cancelar es a veces más complejo que continuar... Qué sé yo, mil razones. El tema es que el coche lo pagamos a tocateja en su momento y, de repente, parecía que había plazos pendientes. El coche había sido mutilado. Parecía que era nuestro, pero solo lo era a medias.
Y entonces, con las manos en el volante, empecé a pensar: joder, no sé ni cuántas cosas pago al mes, algunas que no uso ni al 10%, qué sistema tan tirano el que nos ata a una mensualidad a sabiendas de lo limitado de nuestro tiempo, cómo lo tienen montado para empujarnos siempre de la tarifa mensual a la anual... Vamos, que pensé en escribir este Kiribati, porque estoy hasta las narices de suscripciones. Así que de eso va el texto de hoy, de hablaros un poco sobre este tema, empezando por auditar mis propios gastos digitales.
El inventario del vasallo moderno
Esta semana decidí abrir una hoja de cálculo y enumerar todos los servicios que pago, mensual o anualmente, con el objetivo de calcular cuántos euros se van al año. Este es el resultado en formato de ticket anual. Como lo llamaría algún personaje salido de Pantomima Full: la dolorosa.

Más de mil euros al año en servicios de suscripción. 86€ al mes. Mucho o poco dependiendo de los servicios que tú tengas contratados. En mi caso, más del doble del dinero que pago a la empresa que me proporciona Internet en casa y dos teléfonos con datos y llamadas ilimitadas. Si me preguntan, una auténtica barbaridad. Pero vayamos desgranándolo uno a uno, porque además mi ticket tiene trucos en varias de sus categorías. Sin truco, la cantidad sería muchísimo mayor.
Empezamos por la categoría más cara: la inteligencia artificial. Ahora mismo pago por Claude, la IA de Anthropic, en su suscripción más barata (el tier Pro). Hace unos meses pagaba por ChatGPT, pero la sustituí por esta (mismo precio, más o menos el mismo servicio). 261 euros al año que, posiblemente, están rentabilizados en cantidad de tiempo que me ahorran a la hora de traducir algún material, investigar, buscar y comprobar fuentes, de lidiar con ciertas tareas burocráticas del trabajo, pequeños informes, actas, de corregir ortotipográficamente textos y de alguna que otra tarea menor de programación o vibecoding a nivel usuario (algún día puede que os hable de los usos aprovechables de la IA para un docente como yo). Me sirve también, por supuesto, para experimentar y estar un poco al día para cuando tengo que hablar de cuestiones de IA, para no hablar de oídas. Tengo también acceso gratuito a una cuenta de Gemini Pro porque regalaron un año a quienes tuviéramos correo universitario. Solo la uso para alguna búsqueda/estudio con NotebookLM y para hacer algún meme con Nano Banana: no la pagaré cuando venza el año, no me satisface ni me sale a cuenta. Tampoco Perplexity, de la que compré, por experimentar, un año por 8€ en una oferta que vi en Reddit y que llevo medio año sin abrir (ni siquiera la he puesto en el ticket ahora que lo pienso, pero es que es algo que tampoco voy a renovar).
Si entramos en la sección de plataformas de vídeo, comprobaréis que los precios no son los estándar de 2026, sino inferiores. Pago 5,49€ al mes por HBO Max porque mi cuenta está acogida a una promoción del 50% “para siempre” que hubo hace unos años. De momento, cumplen su promesa. Con Filmin pasa algo similar: hace un par de años por Black Friday ofrecieron un plan de 60€/año “para siempre” a sus suscriptores, y es el que tengo (esta sería la última plataforma que me quitaría). De Disney+ comparto una cuenta con un amigo (de momento nos funciona a pesar de las restricciones que iban a añadir supuestamente), del plan más básico con anuncios, que sale a 3,50€/mes por familia (un precio más que aceptable para que mis hijos puedan ver Bluey los fines de semana). Y, por último, he metido Prime Video, que apenas uso (tiene infinitos anuncios, es prácticamente inusable) y que he estado varios años previos sin tener, pero que ahora pago por tres motivos: primero, por el tema de los envíos en Amazon (aunque he hecho promesa de comprar a Bezos solo lo imprescindible, lo que no encuentre en tiendas físicas); segundo, para lanzarle mi suscripción Prime de Twitch a la buena gente de Chiclana & Friends, un podcast/espacio audiovisual que lleva años acompañándome en mayor o menor medida según el lío que tenga en casa y en el trabajo, y con el que siempre me río mucho (lanzándoles el prime ya rentabilizaría la suscripción completa, porque según tengo entendido les llega algo más de 30€/año a ellos por mi suscripción); y tercero, porque no sé por qué Amazon se piensa que sigo siendo estudiante y me cobra su tarifa a mitad de precio (24,99 en vez de 49,99). No me pienso quejar de esto último, que siga así. En el momento en el que tenga que pagar la tarifa completa, esta suscripción se irá fuera. La última incorporación al bloque es casi testimonial: 0,99€ trimestrales por una app para iPhone/iPad llamada Video Lite que me permite ver YouTube en el móvil sin anuncios. Una ganga1. En total, casi 200€/año en una categoría en la que, como habéis visto, no pago ninguna suscripción a su precio completo actual. Si las pagara, nos iríamos por encima de los 400-500€ al año; y si sumara Netflix, mucho más allá.
He dejado Apple One en una categoría aparte porque, además de Apple TV, incluye almacenamiento en la nube (principalmente para backups de dispositivos y para sincronizar mi vault en Obsidian), Apple Arcade y, sobre todo, la app que más utilizo: Apple Music. En el ticket figura por 156€/año porque he dividido el precio total entre dos, al ser un plan familiar que podría ser compartido (de hecho, aquí lo comparto con mi mujer).
Después vienen pagos menos convencionales. En videojuegos pago el servicio Humble Choice a Humble Bundle, una empresa que ofrece keys de juegos para Steam a precios bastante irrisorios: por 134,99€ anuales, te dan entre ocho y nueve juegos digitales al mes, casi cien al año para ir llenando la biblioteca. ¿Lo bueno? Son claves que te dan acceso al juego para siempre. Si dejas de pagar, el juego sigue siendo tuyo (no como pasa con PSN de Sony o con el Gamepass de Xbox). De las grandes compañías del mundo del videojuego, el único servicio online que pago es el Nintendo Switch Online + Paquete de Expansión, que comparto con otros siete colegas y nos sale a unos razonables 8,75€ al año a cada uno. Por si algún día hay que echar unas carreritas online al Mario Kart.
El resto son gastos que decido políticamente: porque me gustan los proyectos, porque quiero apoyar al desarrollo independiente de software o porque, además de lo anterior, necesito sus servicios para mantener la infraestructura de mis servidores. Letterboxd, por ejemplo, donde pago el tier Patron para llevar un registro del cine que veo, ver recomendaciones de otra gente y oler por dónde van los tiros de la comunidad. Record.club, para algo parecido con la música2. Pago también mdblist, eweka y opensubtitles porque me vienen bien sus servicios para mis instalaciones de Radarr, Sonarr y Bazarr. Y 49,99€ al año a Strava, a los que además de dinero les regalo mis datos biométricos cuando corro. Shame on me (este pago es el más eliminable de todos en posibles revisiones de mi gasto; dudo que lo continúe el año que viene).
En último lugar, 60€ al año a Hipersónica (poco me parece para lo mucho que los leo) y 22€ al año al Podcast Reload de AnaitGames (poco me parece para lo mucho que los escucho, sobre todo cuando limpio o cocino los fines de semana). Gastos innegociables que, a pesar de pasar por dos plataformas que se llevan su bocado (Substack y Patreon), apoyan la creación de textos y podcasts de dos proyectos que admiro y que llevan acompañándome mucho tiempo.
Aquí, por supuesto, no he incorporado los pagos digitales que hago una sola vez, porque (sobre todo cuando no hay demasiada infraestructura detrás soportando la carga con servidores y personal) es el modelo de venta digital que defiendo. Apps que cumplen su función, como Helmarr o Infuse, que te dan la opción de pagar una suscripción o hacer un pago único para disponer de ellas para siempre. Comprar una cosa, no alquilarla. Tampoco he metido los servicios de suscripción a los que estamos apuntados como familia pero que no cuentan para esta auditoría digital porque lo que compramos son productos físicos: revistas infantiles, cuentos y figuritas con audiolibro para los peques.
Mi auditoría, en último lugar, es tramposa por otro motivo: por mi trabajo me ahorro alguna suscripción que posiblemente pagaría si no me la facilitaran, como Office 365 o un Google Drive con más capacidad3. Pero aun con eso, incluso haciendo trampas al solitario, pagar más de mil euros al año por servicios digitales me parece, repito, una auténtica barbaridad.
Mierdificación, no-cosas y hardware secuestrado
Creo que lo que os he comentado al analizar el ticket anual no es un problema mío de mala gestión doméstica. O al menos, no del todo. Es la forma en que funciona hoy una parte importante del capitalismo digital, y tiene nombre. Pura mierdificación, pura avaricia turbocapitalista. Netflix en España ha subido un 67% sus precios desde 2015. Y ha metido anuncios. Disney+, un 71%. También metió anuncios. Spotify ha roto los 9,99€ después de quince años haciendo de esa cifra una especie de constante cósmica. Amazon Prime, un 38,6%. Los precios suben; el catálogo baja, se llena de molestos ads o se degrada en compresión de la imagen; las funciones que eran gratis se empaquetan en planes premium; y cada año descubres que tu plan de antes ya no existe y que el de ahora ofrece menos cosas. Y claro, no dejas de pagar porque, cuando lo haces, tienes en propiedad un total de CERO cosas.
Apple, Amazon o Google son los nuevos señores feudales, dice Yanis Varoufakis en Tecnofeudalismo, donde describe un sistema en el que ya no compramos mercancías a empresas capitalistas, sino que pagamos rentas a señores de plataformas por acceder a tierras digitales que nunca serán nuestras. Hipersónica, AnaitGames, Letterboxd, o este Viernes en Kiribati que estás leyendo, están construidos sobre tierras que no son suyas. Substack, Patreon, la App Store: todas plataformas que cobran su diezmo al pasar el puente levadizo. El vasallaje moderno no es impuesto, te lo vende una interfaz amable, hermosas animaciones, y la promesa de que, si pagas, todo será más fluido. El diseño conductual de este nuevo feudalismo se basa, precisamente, en erradicar cualquier fricción. Nos anestesian con la comodidad de la renovación automática y el pago invisible porque saben que la fricción (el acto consciente de sacar una tarjeta, validar un cargo mensual o enfrentarse a un muro de pago explícito) es lo único que nos permitiría pararnos un momento a pensar si aquello que estamos pagando nos merece la pena.
Pero volvamos al coche. Lo que le pasa a mi VW es la punta visible de un movimiento de toda la industria. En julio de 2022 BMW empezó a cobrar 17€ al mes por activar los asientos calefactables en coches que ya venían con la resistencia física instalada bajo la tapicería. El cable estaba ahí, y estaba pagado. Lo que te alquilaban era el permiso para usar algo que ya era tuyo. La cosa duró catorce meses: en septiembre de 2023 BMW tuvo que retirar la suscripción después de un linchamiento público. Mercedes sigue vendiendo por 900 dólares al año un Acceleration Increase que desbloquea por software unas décimas de aceleración que el motor ya es capaz de dar. Tesla, desde enero de 2026, solo ofrece su FSD (Full Self-Driving) en modalidad de suscripción: ya ni siquiera puedes comprarlo de una vez; lo alquilas por meses, para siempre. Y Volkswagen, mi precioso coche alemán, además del plan Connect que os contaba, ha montado un catálogo llamado Upgrades que permite activar y desactivar funciones del coche con tarifas mensuales o anuales. Funciones físicas que están, que no hay que llevar el coche al taller para que las instalen. Vamos, en argot videojuerguista, un DLC de los que te venían ya instalado en el juego base, pero que había que volver a pagar para hacerlo funcionar.
El problema de fondo es sencillo: durante cien años compramos coches completos. Ahora nos venden la carrocería y nos alquilan todo lo demás. A veces, incluso el acceso a ciertas partes de esa carrocería. Y lo que vale para el coche vale para también para algo tan mundano como una impresora. En enero de 2024, un CEO de HP declaró sin despeinarse que los clientes que no compran tinta original son “clientes no rentables” y que el objetivo a largo plazo de la compañía es “convertir la impresión en una suscripción”4. Clientes no rentables. Un cliente que compró una impresora, pagó por ella su precio y decide, por ejemplo, rellenar los cartuchos con una solución menos contaminante para el planeta es, para HP, un fallo del sistema que hay que corregir. Un error a cerrar por vía de software. Pocas cosas quemamos.
Aquí es donde el círculo con el coche se empieza a cerrar. No es que VW, BMW, Mercedes, Tesla, HP o los demás estén haciendo cosas distintas: están haciendo lo mismo. Lo que antes se llamaba producto (algo que comprabas, te llevabas a casa, reparabas cuando se rompía y revendías cuando te aburría) se está convirtiendo en un servicio del que el hardware es una mera terminal. El objeto físico se transforma en lo que Han llama una no-cosa: algo que parece un objeto pero cuya sustancia vive en otro sitio (en un servidor, en un contrato, en una renovación automática…). Aunque ya hay algunos datos actuales que resumen que el ambiente está cambiando: según un estudio de Smartcar de 2025, el 76% de los conductores rechaza las suscripciones del coche. La industria insiste, pero la calle, al menos tres cuartas partes, dice que no.
Las cifras del hartazgo
En su último texto en The Honest Broker, “Did Streaming Subscription Prices Just Hit the Wall?”, Gioia parte de un dato: el 55% de los consumidores estadounidenses quiere cancelar suscripciones ahora mismo, y el 40% ya ha recortado alguna en el último trimestre. Parece que ya no estamos ante la fatiga de suscripción (una sensación difusa que llevábamos un par de años sobrevolando) sino ante lo que Gioia llama subscription exhaustion. Agotamiento. La pared. El momento en el que la goma no da más de sí.
Lo interesante del texto de Gioia no es tanto el diagnóstico (que comparto) como las tres estrategias de explotación que identifica y que explican por qué hemos llegado aquí. La primera: que todo se ha convertido en suscripción. Software que antes comprabas, ahora se alquila. Servicios que eran gratis, ahora se pagan. El almacenamiento en la nube, la IA, las redes sociales que están ya coqueteando con el modelo premium (Meta lo está testando en Instagram, Facebook y WhatsApp) e incluso la tinta de la impresora. De la suscripción a la cuasi extorsión.
La segunda estrategia es el castigo. Si no pagas la versión premium, te meten más publicidad (YouTube ya ha anunciado que los anuncios serán más largos y no podrán saltarse) hasta que la experiencia gratuita sea tan insoportable que acabes claudicando. Es la versión digital de un clásico de las peores prácticas comerciales: empeorar deliberadamente el producto barato para empujar a la gente al caro. Y la tercera sería la captura de audiencia. Las plataformas ya no compiten en calidad ni en servicio; compiten por capturar usuarios y, una vez capturados, los exprimen.
Aquí engancho con mi propia contabilidad. Los números dicen que no estoy solo en el volante. C+R Research calculó hace un par de años que los estadounidenses pagan de media 219 dólares al mes en suscripciones, aunque creen que pagan 86, un ejercicio de amnesia financiera que solo puede sostenerse porque el 72% tiene la renovación automática activada y el 74% reconoce olvidarse de al menos un cargo. Yo mismo he tenido que recurrir a los extractos del banco para compilar el ticket de este post: también pensaba que pagaba menos de mil euros al año. El 42%, de hecho, paga por servicios que no usa. Deloitte cifra en un 73% a los usuarios frustrados con el modelo, y el 61% cancelaría su servicio favorito si le subieran el precio cinco dólares. No uno cualquiera: el favorito, el que más les gusta. Y las consecuencias de este hartazgo ya son estructurales: tras bautizar como serial churners a esa legión de usuarios que se da de baja nada más terminar su serie (y que pasó de ser un 3% a dominar el mercado en apenas cuatro años), Antenna confirmó en su informe anual de 2025 el fin de la era del crecimiento a doble dígito. Por primera vez en la historia, el crecimiento de suscriptores en el sector ha caído a un pírrico 7%, sobreviviendo casi en exclusiva de la gente que concentra sus altas (y bajas) en periodos de rebajas como el Black Friday. En España, Barlovento contabilizó 4,4 millones de bajas en un solo cuatrimestre, con un gasto medio de 38€ por hogar al mes. La gente no es tonta. Va haciendo cuentas. Está cancelando. Y quiero creer que el tecnofeudalismo empieza a tener problemas para cobrar la renta.
Nueve grietas para ir cambiando el modelo
No voy a salir de esto mañana ni pretendo que nadie lo haga. Pero llevo meses obsesionado con esto de las suscripciones y he recopilado aquí varias posibles soluciones/estrategias para escapar un poco, o al menos para autoconcienciarnos. Os dejo con un breve inventario de lo que hago yo, de lo que quiero hacer, y de lo que sigo haciendo mal.
Auditar los consumos digitales con extractos del banco, no con memoria. El ticket de este post me ha llevado varias tardes. Mi cabeza decía que pagaba dos terceras partes de lo que pago. Sin los apuntes delante es imposible verlo. Hoja de cálculo, dos años hacia atrás, te haces un Excel que duela.
Matar lo que no se ha tocado en quince días o en un mes. Si no has abierto una app o no has usado un servicio en treinta días, no lo vas a echar de menos el treinta y uno. Quita la suscripción. Si lo echas de menos, te vuelves a suscribir. Que te duela poco cancelar una suscripción, sobre todo cuando el dinero va a parar a una empresa mastodóntica. Si solo tienes tiempo de ver un par de capítulos de una serie o 5-6 películas al mes, no necesitas seis plataformas. Ve rotando, aunque sea incómodo ir cancelando y suscribirte de nuevo. O haz cálculos, podrías tener una estantería fantástica llena de Blu-rays.
Cancelar ante las subidas y los abusos. Es el gesto más pequeño y más poderoso. La próxima subida de precio, aunque sea de un euro, la trato como una prueba de que estoy cautivo. Baja inmediata, sin melancolía ni un “me lo pienso”.
Cancelar de farol, una vez al año. Lo cuenta Gioia y yo también lo he vivido: das de baja y aparece mágicamente la oferta del 50%. En mi caso, cuando cancelé ChatGPT para pasarme a Claude, OpenAI me regaló un mes completo más a cambio de no cancelar la suscripción (la cancelé un mes más tarde). Un recordatorio anual para fingir la baja de cada suscripción también es un acto de higiene. Y si no aparece oferta, sabes que el servicio no te necesita (ni tú a él) tanto como creías.
Pago único siempre que exista, si no es abusivo. Helmarr, Infuse o Plex tienen licencia de por vida; las uso. Cada vez que una alternativa gratuita o de pago único compita de verdad con la que solo tiene suscripción, toca migrar. Aunque duela la semana de aprender la nueva herramienta.
Biblioteca pública antes que suscripción. eBiblio cerró 2024 con más de cuatro millones de préstamos en España y más de 200 mil usuarios activos. eFilm presta cine en streaming con el mismo carnet de biblioteca. Infraestructura cultural pública, pagada con nuestros impuestos, que funciona. RTVE Play también. Usarla es recuperar algo que ya pagamos.
Self-hosting de andar por casa. No hace falta ser administrador avanzado de sistemas para levantar un Jellyfin, un Navidrome o un pequeño Nextcloud en un mini-PC de segunda mano. Fricción de la buena: un fin de semana, un tutorial y algún cabezazo. Lo contrario exacto de la fluidez que te venden las suscripciones. Pero en el proceso siempre se aprende, y ganas económicamente y en soberanía.
Hardware con la menor inteligencia posible, software de código abierto siempre que se pueda. La próxima impresora, tonta. El próximo router, tonto. El próximo coche, a ser posible, sin suscripción obligatoria para abrir las puertas. Cada firmware cerrado es una hipoteca a plazos. Si Schleswig-Holstein, uno de los estados federados de Alemania, ha migrado el 80% de sus 30000 puestos de trabajo a LibreOffice y calcula ahorrar más de 15 millones al año, algo tendremos que aprender los demás; la Gendarmería francesa lleva años con el 97 % de sus 82000 puestos en GendBuntu, una distribución propia de Linux, con un ahorro anual de 2 millones de euros; la DINUM francesa ha ordenado la migración total a Linux de la administración para otoño de 2026. Los gobiernos empiezan a echar cuentas y han descubierto que el tecnovasallaje no solo es incómodo: es carísimo.
Ejercer los derechos nuevos. Desde diciembre de 2025, la ley obliga en España a avisar con quince días de antelación antes de cualquier renovación automática y a que la baja sea “sencilla y sin impedimento alguno”. Si una empresa no cumple, reclamación a Consumo. Cuesta un cuarto de hora y hace daño donde duele: en las cuentas anuales de estas empresas. Funciona mejor si la denuncia es colectiva.
Termino donde empecé. En el coche. Con el aviso de VW Connect Plus parpadeando al abrir la app y mi crío mayor pidiéndome la banda sonora de Las Guerreras K-Pop, que ya tengo alojada en local para no depender de que un servicio externo me falle. Nada de esto me sitúa fuera del sistema: seguiré pagando Apple One, Claude y Substack para que Hipersónica reciba su parte, aunque sea pasando por el diezmo plataformero. Y otros servicios dejaré de abonarlos. Pero escribo este texto, precisamente, para invocar cierta fricción; para auditar mi forma de estar en este mundo y resistirme a su deriva digital. Porque la fricción es el antídoto contra la fluidez. La fluidez es que el coche renueve solo, que el algoritmo decida solo, que la tarifa suba sola y que el recibo se cuele en la tarjeta a las tres de la mañana de un martes cualquiera. Y la fricción es el instante en que uno detiene el motor, abre una hoja de cálculo, suma, se asusta y se exige comprender qué está pasando. Me gustaría que Kiribati fuera land of the free-cción (perdonadme el yanquijuego de palabras), un atolón en medio del ruido. Sin pretender ser un refugio (si es que tal cosa existe hoy en día), sino un lugar donde fondear un rato, mirar el océano y decidir en qué balsa embarcarse de nuevo y con qué rumbo. Sin cogerle cariño a nada que no sea estrictamente nuestro.
Llega un momento en que el vasallo baja al patio, mira el castillo desde fuera y se da cuenta de que la muralla, vista con luz de mediodía, no es tan alta como parecía desde dentro.
EDIT: Después de tener el texto escrito, me he dado cuenta de que también pago Bitwarden, un gestor de contraseñas. Unos 20 euros más al año. Pero no iba a rehacer el ticket con la chufladora de Claude solo para añadir esto.
Si no queréis gastaros ni esos cuatro euros, la app móvil de Brave hace algo muy similar a coste cero.
Ojo, las dos plataformas son perfectamente funcionales sin pagar nada; lo hago porque quiero y porque me gustan mucho los dos proyectos. Utilizo sus apps y webs a diario.
O usaría LibreOffice y la nube en mis servidores.
Aquí podéis ver el fragmento de entrevista donde lo comenta. Como dicen en comentarios, para no comprar una impresora HP jamás.



El problema es que somos animales de costumbres, nos acostumbramos a algo y luego nos duele quitarnos 'por unos pocos euros', sin darnos cuenta de que pagamos montones de 'pocos euros'.
Cuando he leido lo de darse de baja de una suscripcion cuando suben injustificadamente tarifas no he podido evitar pensar que ojalá lo hiciera más gente. Aceptamos demasiado maltrato.