El capitalismo vive de generar tecnodependencia
Sobre la muerte de lo físico, cómo la "comodidad" digital nos convierte en clientes perpetuos, e ideas para combatirlo
Ayer, 1 de julio de 2026, Sony anunció que dejará de producir discos físicos para todos los nuevos videojuegos que lleguen a consolas PlayStation a partir de 2028. En un vergonzoso comunicado, la compañía afirma que su decisión responde a las “preferencias cambiantes de los consumidores” y a la “dirección natural” de la industria. Los datos que presentan parecen legitimar su decisión: cuatro de cada cinco juegos vendidos en las consolas de Sony en el último año fiscal ya fueron digitales. Y, por tanto, se podría pensar que Sony se está limitando exclusivamente a seguir el camino que todos nosotros, los jugadores, habríamos “elegido”.
Pero esa explicación es falsa (hay otras cifras que no apuntan en esa dirección1) y, además, dice mucho sobre cómo funcionan las grandes compañías del tecnocapitalismo voraz en estos años de deriva digital. Ellas nos lo cuentan como si las preferencias del consumidor no hubieran estado continuamente condicionadas, como si aparecieran sin más. Parece que nadie ha diseñado durante la última década consolas sin lector, descuentos exclusivos para las versiones digitales, catálogos de suscripción, tiendas integradas (e hiperpresentes) en los diseños de los sistemas, juegos que, a pesar de tener el disco, necesitan conectarse a internet y actualizaciones del tamaño de Brasil. Tampoco esas mismas compañías han reducido el espacio dedicado al formato físico en los comercios, ni han invertido cantidades obscenas de dinero en convencernos de que levantarnos del sofá para cambiar un disco era una cosa del pasado.
Hemos elegido la comodidad, dicen. Y vale, puede que tengan algo de razón. Porque sí, descargar un juego a las 00:00 del día de lanzamiento, en vez de esperar a la mañana a que abra la tienda, puede ser algo realmente gustoso; también escuchar cualquier álbum durante un paseo sin tener que esperar a que llegue el vinilo, o ver una película sin buscarla por los pasillos de unos grandes almacenes. Pero, en realidad, no hemos elegido esa comodidad por nuestra cuenta ni con plena libertad: de alguna forma, han decidido convertirla en la única opción posible y, poco a poco, lo digital está pasando a ser, además, la única infraestructura. Vamos, el horror.
Porque a mí siempre me gustó lo físico: los cartuchos de la NES, los UMD de la PSP, los DVD de mi colección de películas… Puede que estos formatos no nos concedan una propiedad absoluta sobre las obras (al fin y al cabo, el plástico se termina jodiendo con los años y, por ejemplo, muchos videojuegos necesitan actualizaciones además de lo grabado en el disco), pero al menos nos dejaban (nos dejan) el objeto: algo que mirar, que conservar, que prestar, que regalar o que vender. Y es precisamente esta última posibilidad la que menos gusta a empresas como Sony, aunque aquí me vale cualquiera: todas van a matar al formato físico antes o después. El mercado de segunda mano no les genera ningún beneficio y, con las licencias digitales, personales e intransferibles, ese mercado directamente desaparece. Con ellas, en realidad, no te venden nada: solo te ceden una licencia de uso a cambio de un “módico” precio.
Como si de la mierdificación de Doctorow se tratase, detrás del anuncio de Sony hay un patrón que se repite, casi de forma sincronizada, en el videojuego, el cine, la música y también en la industria del hardware. La principal obsesión del tecnocapitalismo contemporáneo consiste en sustituir las ventas cerradas por relaciones comerciales que no terminen nunca. Un producto que compro una vez y utilizo durante veinte años es un negocio limitado; un acceso que depende de una cuenta, una tienda, un servidor, una suscripción y unas condiciones de uso cambiantes convierte el ocio en una fuente recurrente de ingresos. La muerte del formato físico elimina el mercado de segunda mano y el préstamo, concentra la distribución y permite controlar mejor los precios al limitar la competencia. Sony (y compañía) no está acabando solo con el plástico: está minando la autonomía del comprador. El capitalismo tecnológico actual ha convertido la dependencia en su modelo central de negocio. Y hoy voy a poner cuatro ejemplos que apoyan esta tesis.
Grand Theft Auto VI (el GTA de toda la vida) llegará el próximo 19 de noviembre y se ha anunciado que la edición “física” del juego no incluirá disco, sino un código de descarga dentro de la caja con el que podrás bajártelo. Un cartón con un puñado de numeritos. La caja existe porque posiblemente vaya a ser el regalo por excelencia de estas navidades, y hay que llenar las estanterías de la Fnac y el MediaMarkt de turno. Una caja de plástico con un cartón dentro: el futuro de los videojuegos. Detrás de todo esto está la dependencia de unos servidores que no sabemos durante cuántos años seguirán activos (la historia nos dice que las tiendas digitales y los servidores de las consolas antiguas acaban cerrando). El código del cartón, además, queda vinculado a tu cuenta de usuario y, por lo tanto, pasas de ser propietario (como ocurría con el disco) a inquilino por tiempo indefinido, hasta que el casero decida chapar. Y como la mayoría de las ventas de PlayStation y Xbox ya son digitales, la ausencia de disco difícilmente hará que se resientan las ventas. Vamos, que ya nos tienen donde querían.
Las películas digitales que compras nunca fueron tuyas y nunca lo serán. En agosto de 2025 se presentó en un tribunal federal de Washington una demanda colectiva contra Amazon en la que los demandantes sostenían que Prime Video los engañaba al hacerles creer que “compraban” una película cuando en realidad solo obtenían una licencia de visionado que en cualquier momento la empresa puede revocar. Si Amazon pierde los derechos de un título (algo que pasa día sí y día también por cómo mercadean con los catálogos), la película desaparece de tu biblioteca, aunque pagaras por ella. Pagaste, estaba en tu espacio dentro de la plataforma, y de un día para otro, ya no está. En esa línea, Sony también la ha liado esta semana, confirmando que el 1 de septiembre de 2026 borrará de sus bibliotecas de PlayStation más de quinientas películas y series, incluidas las compradas, sin ningún tipo de reembolso o compensación, solo porque venció el acuerdo de licencia. Sí, aunque suene paradójico, la misma empresa que jubila el disco físico para empujarte al digital te enseña que en el digital es mejor que no te encariñes con nada, que no eres dueño ni de lo que pagaste.
La música, pionera en todo esto. Como decía Attali, hay que fijarse en la potencia sismográfica de lo musical, porque es capaz de anticiparse a los demás cambios: de la partitura que se poseía al disco que se compraba, y del disco al acceso que se alquila. El pasado septiembre, Spotify volvió a subir sus tarifas y, a principios de 2026, repitió la jugada en Estados Unidos. Con una comunidad gigantesca de unos 710 millones de usuarios y 280 millones de suscriptores de pago, Spotify sabe que puede apretar las tuercas porque ha generado la dependencia suficiente como para que su rebaño no se mueva2. Y si algún día dejas de pagar, no te queda ningún bien cultural propio: ni un disco ni un archivo. Hasta tus listas seguirían encerradas en una plataforma cuyas condiciones, funciones y catálogo no controlas. Antes, si dejabas de comprar vinilos, dejabas de escuchar música nueva; ahora, si dejas de pagar Spotify y no eres capaz de ver alternativas, escuchas el silencio. Y no el que queremos.
El precio de la RAM sigue subiendo y cada vez es más difícil poder montarse un ordenador con potencia real. La dependencia no se construye únicamente eliminando los soportes físicos, también se fomenta dificultando que podamos poseer la infraestructura necesaria para almacenar y ejecutar nuestros propios archivos. Ya hablamos de esto en su momento, pero por ahora no hay señal alguna de mejora; todo lo contrario3. El precio de la RAM (y también de los discos duros) se ha vuelto delirante. Todos los ordenadores, por piezas o premontados, han sufrido un encarecimiento sin precedentes debido al consumo de toda la producción de DRAM por parte de los centros de datos para inteligencia artificial. Los señores tecnofeudales acaparan la tierra (ahora, los materiales para construir los componentes) y al pequeño vasallo se le sube tanto el precio de entrada que la única opción “sensata” que le queda es alquilar capacidad de cómputo en la nube del señor. Justo cuando más falta hace montarse un ordenador potente, de verdad, para ser soberano con tu biblioteca, con tus archivos, con tus propias aplicaciones en tu propio servidor… menos posibilidades te brinda el capitalismo para que lo puedas adquirir. ¿Para qué vas a comprar? Alquila. ¿Dependencia? Toda la del mundo.

Sé que estas formas de resistencia tecnológica individual tienen un alcance limitado y que, en el estado actual de degradación, pueden parecer casi inútiles. Aun así, quiero creer que no todo está perdido y que todavía podemos ejercer alguna forma de disidencia frente a un modelo que nos empuja, cada vez con más fuerza, hacia la dependencia. Cierro este texto, por lo tanto, con un breve “decálogo” de lucha contra la comodidad digital, nueve ideas (+coda) sobre las que podemos ir construyendo, un poquito entre todos y todas, para intentar resistir a las dinámicas tecnoasquerosas del mercado actual:
Posee, no alquiles. Compra cuando puedas, no pagues por licencias o permisos temporales de acceso. Físico (en tiendas de barrio) o digital sin cadenas (GOG, Bandcamp, libros a editoriales que venden EPUB sin DRM). Si mañana cierra la empresa, ¿te queda algo?
Lo local antes que la nube. La nube es siempre el ordenador de otro. Móntate un servidor, no dependas de servidores en California.
Comprueba que puedes salir antes de entrar. Antes de encariñarte con una plataforma o un servicio, comprueba que puedes exportar todo lo que metas (tu biblioteca, tus notas, tus diarios de registro…). Si no te lo permite, es mejor que te quedes fuera.
Si algo es gratis, desconfía. Por norma general, en el capitalismo actual, si algo es “más cómodo”, es porque va a terminar generándote sobredependencia que va a terminar monetizándose. Salvo zarpar al Kiribati, el único gratis bueno.
Haz inventario de tus suscripciones. Dediqué un post entero a esto. Hazte la pregunta: si dejas de pagar mañana, ¿qué te queda? ¿Y si hubieras empleado todo ese dinero en comprar algo físico? ¡Qué buenas estanterías tendrías!
Cuida y alarga la vida de tus dispositivos. No renueves por costumbre. Estira lo que puedas el ordenador que tienes, el móvil, la tablet. Con los precios disparatados, toca reparar, comprar de segunda mano, reutilizar. Casi cualquier cosa que compres ahora va a ser peor y más cara que lo que ya tienes.
Guarda copias de lo que ya es tuyo. Haz copias de seguridad, ripea tus discos, guarda en varios sitios aquello a lo que le tienes especial aprecio. Para que dentro de veinte años puedas escuchar ese disco o ver esa película sin tener que pedirle permiso a nadie. Preservación, como si fueras una biblioteca.
Elige bien programas y formatos. Archivos estándar, software libre y de código abierto, formatos comunes. Cosas que se puedan abrir con apps que no dependan de la supervivencia de una empresa. Guarda tu vida en tus cajas con tus llaves.
Sostén lo común. Comparte. Usa y apoya bibliotecas, filmotecas, tiendas de barrio, sellos pequeños, colectivos independientes. Lo colectivo y lo público son la alternativa real, pequeña, sostenible, situada. Participar en todo ello es la mejor defensa.
Pero las nueve anteriores se quedan en nada si no somos capaces, además, de politizar colectivamente nuestra vida digital. La salida no puede depender únicamente de que cada cual se compre un NAS, ripee sus discos o revise sus suscripciones. Necesitamos luchar juntos y juntas para conseguir leyes que protejan a quienes compran, garanticen el derecho a reparar, combatan la obsolescencia programada, obliguen a la interoperabilidad y aseguren la preservación de toda nuestra cultura en todas sus formas. La soberanía digital no puede ni debe ser un lujo solo para gente con tiempo, dinero y conocimientos técnicos.
Esto deja de ir solo de discos, de pelis o de jueguicos. Si nuestra identidad y nuestra subjetividad se construyen a través de la música que escuchamos, del cine que vemos o de los mundos virtuales que habitamos, dejar que una macroempresa decida cuándo se apagan esas experiencias es, en última instancia, permitir que privaticen nuestra memoria. Es perder una batalla cultural. Que un disco vuelva a ser tuyo parece poca revolución, pero recuperar el control material sobre nuestros artefactos culturales es una de las condiciones esenciales para imaginar una justicia social que, para serlo de verdad, tendrá que ser también digital.
Según el Financial Times, las discográficas llevaban meses presionando a Spotify y Apple Music para que subieran precios, porque el streaming musical “sigue barato” comparado con Netflix; JPMorgan calcula que un dólar más al mes en EE. UU. supone unos 500 millones de ingresos extra al año. (FT, 25/11/2025, vía Music Business Worldwide)
Y no es necesario ni siquiera acudir a los analistas: lo dice la propia Micron (uno de los tres fabricantes que se reparten el mundo) en la transcripción de sus resultados. La demanda de las IA “supera significativamente” a la oferta, admiten que reorientan sus fábricas hacia la memoria de los centros de datos a costa de la de consumo, y avisan de que la escasez durará “más allá de 2027”. Mientras tanto, tienen márgenes por encima del 80% y beneficios récord. Tu escasez es su negocio del siglo. (Micron, Fiscal Q3 2026 Earnings Call, investors.micron.com)






Artículo de lo más necesario en estos tiempos que corren.
Me encanta la idea de "comunizar el contenido", asociaciones vecinales, grupos de amigos y centros educativos montando bibliotecas y videotecas en comunidad para compartir. No tomar lo físico como mero consumismo y materialismo, sino como reclamo de reunión y comunidad.
No puedo evitar también pensar en aquel mensaje tan denostado por los capitalistas pero que tanta razón lleva: "si comprar no es poseer, piratear no es robar". ¿Cuánta gente está dejando de lado las suscripciones y yendo a Stremio o similares? ¿Cuánta base cultural ha sido creada principalmente sobre los cimientos de Emule, Torrent y cía? Si el tardocapitalismo quiere comernos la tostada y seguir apostando todo al mito del Progreso, la sociedad contestará, poco a poco, de forma gradual.
¿PlayStation no tendrá formato físico? Bueno, como la consola saldrá a 1.500 euros por culpa de la crisis de la RAM que ellos mismos han causado, tampoco es que vayamos a poder comprarla.