Spotify decide qué escuchas. También quién cobra
Cómo recuperar el control sobre tu música, tu atención y tu dinero
Me gusta mucho Ramper. Creo que ya lo he dicho varias veces. No recuerdo exactamente cuál fue el momento en que los escuché por primera vez, pero sí recuerdo cómo llegué a ellos: a través de Hipersónica porque su álbum debut fue top 1 en el ranking de discos nacionales de 2020. Siendo granadino, además, operaba el factor chovinista. Estos chavales no solo eran (y son) buenísimos, sino que además son de la tierra… ¿Cómo queréis que no me guste lo que hacen? Todo remaba a su favor. Evidentemente, durante estos años he escuchado muchísimo sus dos álbumes (y alguna otra cosilla suelta que tienen por ahí, ojo a su versión de La caja del diablo o al directo grabado en los Teatros del Canal), he ido a sus conciertos y he comprado vinilos, camisetas y alguna que otra chuminá de merch más. Todo porque, como digo, me encantan y porque quiero que sigan haciendo música (ojalá tengamos noticias pronto de su tercer álbum).
El tema está en que, durante todos estos años, donde más he escuchado a Ramper ha sido en la plataforma de streaming que en ese momento estuviera pagando: hace unos años en Spotify, después en Apple Music. Entre medias hubo un breve periodo sin plataformas de por medio donde pillé sus discos en Bandcamp y los metí en mi propio servidor. Pues bien, un día, el bueno de Antonio, bajista de Ramper (el otro día escribía en la newsletter de Jesús Martínez Sevilla) y que de vez en cuando se deja caer por el Discord de Hipersónica, fue abordado por mí con la siguiente pregunta: “Oye, Antonio, ¿y de esto de las plataformas cuánto sacáis?”. La respuesta, si sabéis un poco de cómo va este tema, creo que os la podéis imaginar: me dijo que con lo que sacan de las plataformas no les daba ni para una cerveza a compartir entre los cuatro del grupo. “Lo que nos mantiene haciendo esto es la peña que viene a los conciertos y se lleva un disco o una camiseta. Y nuestros trabajos. Si te soy sincero, casi prefiero que la gente nos piratee y luego venga a vernos”. Tal cual me lo dijo. Spotify vino a acabar con la piratería y unos años más tarde, los artistas reciben tan poco que prefieren ser pirateados solo para llegar un poco más a la gente1.
¿Por qué? Porque de las plataformas, como de la petanca, no se puede vivir. O no al menos desde las periferias, desde el underground, desde el priorizar lo artístico sobre la venta de un producto, desde el barro de quien quiere crear música, no contenido. Y es que por más que yo escuche el fantástico Solo postres cien veces al mes, los diez euros de mi suscripción no van hacia los bolsillos de los cuatro fieras que conforman Ramper. El dinero, por el sistema pro-rata que implementan las plataformas de streaming musical, cae primero en un saco común, del cual Spotify se queda aproximadamente un 30% y, después, divide el resto entre los titulares de derechos según el porcentaje que cada uno supone sobre el total de reproducciones. Vamos, que mi fidelidad a un grupo o tu devoción por ese artista que apenas nadie conoce, no se ve recompensada de la misma manera que cuando les comprábamos un disco hace unos años. Puede que te guste Ramper, pero tu dinero posiblemente irá a Quevedo, a Ana Mena o a Saiko, por hablar de algunos de los artistas nacionales más escuchados de los últimos años. Los que sí pueden vivir de las plataformas. Y el común de los mortales desconoce esto cuando le da al play2.
Cada reproducción deja entre tres y cinco milésimas de euro, y si descontamos el porcentaje del sello o del distribuidor, el músico ve solo una fracción de esas milésimas. De hecho, si alguno de sus temas se queda por debajo de las 1000 reproducciones, ni eso, es la barrera mínima que pone Spotify para poder empezar a participar en el reparto3. De todo esto y de alguna cosa más estuve hace unas semanas dando una charla en el colectivo autogestionado La Carretilla de Elche, gracias a la invitación de mi amigo Ferraia (que además de escribir en Hipersónica, también tiene una newsletter fantástica aquí), y hoy voy a coger alguna de esas ideas y les voy a dar una vuelta, con la idea de lanzar el siguiente mensaje: si no queremos que Spotify elija por nosotros, tenemos que ser parte activa en el proceso y cuestionarnos adónde va nuestro dinero, dónde va nuestra atención y qué tipo de infraestructura cultural sobrevive a toda esta deriva digital del arte y la cultura musical.
Porque es bastante absurdo pensar que pueda existir una forma limpia de acceder a toda la música existente del mundo por apenas diez o doce euros al mes: porque la factura real es mucho mayor; porque el precio no cuadra con todo el trabajo que hay debajo; y porque el modelo plataforma de streaming es, en sí mismo, explotador por diseño. Aunque hoy más que un texto al ataque, teórico y sesudo, quiero plantear uno defensivo, es decir, uno acerca de cómo me las arreglo yo para que, dentro de lo malo, Spotify no decida por mí sobre lo que escucho o sobre lo que pago. Y cómo creo que podemos recuperar algo de control.
La música no es el cine
El otro día planteaba un texto similar a este de hoy, pero centrado en el consumo de cine y en cómo salir de la posible parálisis a la que nos empujan las dinámicas de las plataformas de vídeo. Aquí, en lo musical, no tenemos el problema del catálogo, que allí era central. En las plataformas de audio, en todas ellas, está (casi) todo. Generalmente no te frustran diciéndote “tu artista no está disponible aquí, busca en otra”. Los artistas deciden estar o no en las plataformas, y si están, están en todas. Las exclusividades, si las hay, son mínimas.
En el consumo musical los problemas son otros. Por ejemplo, que las plataformas priorizan el consumo de playlists sobre el consumo de discos completos, que te empujan hacia listas genéricas con música que ha entrado ahí sin que sepamos cuáles han sido las payolas, y que usan diseños de interacción que te empujan a eliminar todo silencio y todo proceso de pensamiento complejo sobre la elección musical4. Te montas al coche, le das al play y a funcionar, que la plataforma decida por ti. Fácil, ¿no?
Confiamos ciegamente en lo algorítmico, posiblemente más incluso que en la parte cinematográfica o de series. Creemos que, como llevamos equis años usando tal plataforma, esta sabe perfectamente qué música nos gusta y cuál no. Y en cierto modo es cierto, porque el algoritmo aquí no funciona mejor con el enfrentamiento y la confrontación, sino con la homogeneidad y la reproducción sobre raíles. Spotify difícilmente te va a empujar a nada nuevo o diferente a lo que ya escuchas, porque no se puede arriesgar a perderte por el camino. El algoritmo te va a devolver, sobre todo, más de lo que ya eres5. Porque, aunque presume de conocer tus gustos, no es más que una estantería con los productos colocados en un orden concreto, aquel que prioriza con los mejores huecos (los de mayor exposición) a quienes aceptan, a cambio, cobrar menos royalties6.
Y además de todo esto, lo sintético. Lo comentaba brevemente la semana pasada: 75000 pistas generadas con IA al día, según Deezer. Grupos y artistas en solitario que no existen, producidos en masa y esperando a que, por suerte o por casualidad, alguno termine viralizándose. Porque hasta un reloj estropeado da bien la hora dos veces al día.
En medio de todo ese ruido, la pregunta ya no es solo qué escuchamos, sino quién decide qué llega hasta nosotros y bajo qué condiciones. Y es ahí donde toca plantearse…
¿Cómo podemos recuperar el gesto?
Aviso para navegantes: al igual que pasaba con Letterboxd, ninguna herramienta digital, por sí misma, emancipa. Nos podemos abrir una, dos o cien cuentas en distintas apps y replicar el mismo tipo de consumo pasivo que queríamos evitar. Las herramientas digitales pueden ayudar, pero todo depende realmente de las lógicas de uso que uno decida marcarse y de la fuerza de voluntad que se tenga como para mantenerlas.
1. ¿Dónde va mi atención?
Si con el cine usaba Letterboxd, en música podemos usar servicios como RateYourMusic (RYM) o RecordClub. La primera no es una web nueva, lleva desde el año 2000 funcionando, y cuenta con millones de usuarios, reviews, puntuaciones, y una base de datos gigantesca. Al igual que pasaba con Letterboxd, RYM permite filtrar por descriptores, por subgéneros, por idioma, por sello, por década… Permite crear listas, navegar por charts concretos por años, por estilos… Permite conectar con otros melómanos y ver sus puntuaciones de forma sencilla. Es fea como un pie, y se ha quedado anclada en la internet de hace diez años (para lo bueno y para lo malo), pero funciona. Echo mucho de menos, eso sí, que no tenga una API en condiciones para poder utilizar su gigantesca base de datos, sobre todo en lo referente a los géneros musicales, para los cuales implementaron un sistema democrático y son los usuarios quienes tienen que elegir y debatir si un disco pertenece a un género, subgénero o estilo musical concreto o no. O que desde un móvil no sea un infierno utilizarla. Record.club, por el contrario, es mucho más reciente y, por lo tanto, aventaja a RYM en todo lo relativo al diseño, a la usabilidad, al poder ver bien la web en un dispositivo móvil (tiene app específica). Pero de momento es un proyecto que lleva pocos años, que no tiene la cantidad de usuarios de RYM y que depende directamente de lo actualizada o no que esté una base de datos de discos en abierto como es MusicBrainz, de donde obtiene directamente casi todos sus datos. En RC puntúas y reseñas discos, puedes llevar un diario de escuchas, sigues a quien te interesa, te añades discos a una cola que funciona como la watchlist de Letterboxd. Vamos, una monería7.

Pero hay más. Llevo unos años recomendando las dos páginas anteriores de descubrimiento y registro musical a mis estudiantes de Grado (doy clases de Educación Musical en la Universidad), sobre todo para realizar con ellos un ejercicio que llamamos “constelación musical”8. Les pido que partan de una canción actual que les guste de verdad, publicada en los últimos tres o cuatro años, y que intenten tirar del hilo hacia atrás en sus referencias, ya sea a través de un sample, un género, una influencia confesa, el uso de un instrumento concreto, un ritmo específico... Así, hasta armar una cadena de quince o veinte canciones que cruce, al menos, seis o siete décadas.
Y aunque generalmente los resultados son notables y merece la pena acercarse a ellos, lo verdaderamente importante de esta tarea es lo que se aprende durante el proceso: intentar salir de lo que el algoritmo coloca delante y coger las riendas de los propios gustos y elecciones musicales. Unos gustos que, si fueran realmente propios, probablemente no serían tan homogéneos cuando los analizas grupalmente. El objetivo no es más que escuchar con algo más de agencia, sin dejarse llevar siempre por lo primero que lance el shuffle.
También entender que cada canción, cada álbum y cada artista son el último eslabón de una cadena que los conecta con generaciones anteriores, con géneros previos y con otras formas de entender lo musical que pusieron su granito de arena para que hoy llegáramos hasta aquí. Para todo esto, les facilito el acceso a un puñado de herramientas que no son Spotify, que les resultan muy útiles para hacer la tarea y que creo que hoy pueden servirle a cualquier persona que quiera ser más consciente de sus procesos de escucha:
Every Noise at Once: una cartografía delirante de miles de géneros musicales, ordenados por “proximidad” sonora. Puedes pulsar sobre cualquiera de ellos para escuchar una muestra y seguir tirando del hilo hacia sus artistas, sus escenas y sus géneros vecinos. Una herramienta fascinante para comprobar que, por mucho que Spotify intente reducirte a cuatro etiquetas, el mundo musical es bastante más grande y extraño. No se actualiza desde 2023, pero parece que ya hay páginas similares que han cogido el testigo.
Musicmap: si EveryNoise es una selva, Musicmap intenta ponerle caminos, fechas y genealogías. Es un mapa interactivo de la historia de la música popular que permite ver cómo nacen los géneros, de cuáles proceden, contra cuáles reaccionan y qué relaciones mantienen entre ellos. Puede resultar abrumador al principio, pero es una herramienta fantástica para entender que ningún género aparece de la nada. Añade descripciones de cada uno y listas con artistas y temas esenciales.
WhoSampled: entras buscando de dónde sale un sample de una canción y puedes acabar dos horas después escuchando funk nigeriano de los setenta. WhoSampled conecta canciones a través de sus samples, versiones y remixes: te dice quién tomó qué fragmento, en qué momento aparece y qué otros artistas han reutilizado el mismo material. Una base de datos gigantesca, construida con el esfuerzo de la comunidad, que hace poco menos de un año fue adquirida por Spotify. Curioso que una página destinada a los homenajes y los pequeños hurtos musicales se nos termine arrebatando de esta manera. Spotify la ha integrado en su app en una cosa que llama SongDNA. La web, eso sí, sigue funcionando igual que antes de la adquisición.
SecondHandSongs: menos vistosa que WhoSampled, pero especialmente útil para investigar covers o versiones. Permite localizar cuál fue la grabación original de una canción, quién la compuso y cuántos artistas la han reinterpretado después. Ideal para descubrir que ese tema que pensabas que era original es, en realidad, la cuarta o quinta vida de otro mucho más antiguo.
AllMusic: posiblemente esta web termine muriendo más pronto que tarde, pero de momento sigue siendo una enciclopedia musical al estilo del viejo internet, con biografías, críticas de discos, créditos, discografías y clasificaciones por géneros, estilos, estados de ánimo y temas. Su diseño no invita precisamente a quedarse a vivir, pero sigue siendo muy útil cuando quieres entrar en la obra de un artista y no sabes por qué disco empezar, qué etapa merece más la pena o quién tocaba exactamente en aquella grabación.
Discogs: catastro mundial del material físico. Su base de datos distingue entre ediciones, reediciones, países, años, sellos, formatos y hasta variaciones casi imperceptibles de una misma tirada. Sirve para catalogar tu colección de discos y/o vinilos, consultar créditos, comprobar qué versión tienes entre las manos o encontrar ese LP que juraste que nunca comprarías por 80 euros hasta que acabaste comprándolo por 80 euros.
Genius: una gigantesca base de datos de letras de canciones acompañadas por anotaciones de la propia comunidad y, en ocasiones, de los artistas. Es especialmente útil para seguir referencias, juegos de palabras, dobles sentidos y alusiones culturales que se te habían escapado. La calidad de las explicaciones es desigual, como suele ocurrir con cualquier proyecto colaborativo, pero cuando funciona permite escuchar una canción con otras orejas.
Gnoosic o Music-Map: dos puertas de entrada al mismo proyecto, Gnod. En Gnoosic introduces tres artistas que te gustan y la herramienta te va proponiendo otros para que le digas si acierta o se le ha ido completamente la flapa. Music-Map hace algo parecido de forma visual: escribes el nombre de un grupo o solista y genera a su alrededor un mapa de artistas supuestamente cercanos. Cuanto más próximos aparecen, mayor sería la afinidad. No son gran cosa, son proyectos sencillos y algo rudimentarios, pero precisamente por eso bastante divertidos.
Cada año me resulta realmente fascinante ver cómo chicos y chicas de 20-21 años, que mayoritariamente solo escuchaban música latina en español, con el paso de las semanas o los meses, se van acercando a multitud de géneros, de estilos o de artistas que nunca jamás ningún algoritmo les había puesto cerca. Solo por eso ya merece la pena.
Y, por supuesto, para que Spotify no capture toda nuestra atención, también podemos tirar de espacios donde prima la prescripción humana sobre la algorítmica:
KEXP o NTS: radios para darle al play y dejarse llevar por personas que saben lo que están poniendo. KEXP combina programas y magníficas sesiones en directo; NTS emite las veinticuatro horas desde decenas de ciudades y puede llevarte a lugares musicales totalmente inesperados. También puede ser Radio 3, claro, con alguno de sus programas no dominados por el indietex.
dublab: radio independiente sostenida por sus oyentes, especializada en música electrónica, experimental y sonidos que difícilmente encontrarían hueco en una radio convencional.
Bandcamp Daily: revista editorial de Bandcamp que publica recomendaciones, entrevistas y reportajes sobre escenas musicales de todo el mundo. Un buen lugar para encontrar discos pequeños antes de que una playlist decida que existen.
The Quietus: revista británica independiente de crítica musical y cultural, especialmente atenta a los márgenes, la experimentación y los discos que no aparecen en los billboards de turno. Sus listas de fin de año son siempre interesantes.
Hipersónica: no pienso decir nada más de esta gente, creo que he hablado de ellos en el 80% de los textos del Kiribati. Están sordos, pero son MIS sordos.
Anthony Fantano (The Needle Drop): probablemente el crítico musical más conocido de YouTube. Publica reseñas de discos casi a diario y, aunque suelo discrepar mucho con él, sirve para asomarse rápidamente a lo que está actualmente en el candelero.
b.p.m.: newsletter escrita desde Graná, con reflejo en prensa escrita local, sobre músicas populares, con críticas de discos, la escena underground y atención a artistas que suelen quedar fuera de los grandes medios. Jesús escucha mucho, bien y sabe contarlo, algo que no es fácil.
Stereogum: uno de los pocos grandes supervivientes de la prensa musical nacida en la internet. Combina actualidad, canciones nuevas, entrevistas, críticas y columnas periódicas sobre indie, pop, rap, metal, electrónica o jazz.
The Honest Broker: Ted Gioia escribe sobre música, cultura, medios y tecnología. A veces se pone demasiado tremendo, y otras analiza bastante bien la realidad. Como tal, no recomienda demasiada música, pero casi siempre plantea ideas que merece la pena leer y discutir.
2. ¿Dónde va mi dinero?
En esto, el gesto más sencillo es también el más radical: dejar de alquilar y empezar a poseer. El lugar número uno para todo esto es Bandcamp, donde llegas al perfil de una banda que te gusta y te llevas un archivo .zip lleno de archivos FLAC (máxima calidad) sin DRM, para que luego hagas con ellos lo que quieras. Los puedes grabar en un disco, meter en un pendrive, lanzar desde un servidor propio… Son tuyos para siempre. Bandcamp se lleva de cada venta digital un 15%, un poco menos si superas los 5.000 dólares y, en Bandcamp Friday, un día al mes en el que la plataforma renuncia a su comisión, el dinero llega íntegramente al artista. Para que entendamos las dimensiones: una compra de un álbum digital por 10 € en Bandcamp suele generar para el titular de los derechos, generalmente el artista, lo mismo que unas 3.000 reproducciones en Spotify; un disco de diez canciones tendrías que escucharlo completo unas 300 veces. Vamos, que no hay color.
Además de Bandcamp, empiezan a surgir otras iniciativas en el underground aún más interesantes: Mirlo es, básicamente, una especie de Bandcamp, pero en formato cooperativa de trabajadores, con código abierto y comisiones bajísimas o nulas. O Subvert, nacida el año pasado, también una cooperativa de la que ya son copropietarios miles de personas y sellos independientes de los que realmente importan. Por supuesto, son lugares imperfectos, con poco catálogo, pero que proponen un cambio de modelo y tienen bastante claro que hay que cuestionarse no solo a quién pagas, sino quién manda en la herramienta con la que pagas.
Mientras tanto, Spotify sigue siendo número uno en esto de las plataformas de streaming musical9, pero en los dos últimos años no ha parado de acumular polémicas y noticias que no la dejan en buen lugar. Acuerdos que facilitan la proliferación de música sintética hecha íntegramente por IA, inversiones en drones militares y apoyo a Israel, subidas continuas de precios a sus suscripciones… Argumentos suficientes como para replantearnos continuar con nuestra suscripción o para que nos preguntemos cuánto de nuestro dinero llega realmente a los artistas que escuchamos, que respetamos y que queremos que sigan creando. Porque si lo que quiero es que vaya a parar al músico, el gesto está fuera de la plataforma: en las salas pequeñas y los sellos independientes. Si pienso en Granada, pienso en el Plantabaja, en la Copera, en El Tren… y si pienso en sellos, se me vienen a la cabeza Humo Internacional, BCore, Elefant… Una entrada para un concierto, una camiseta o un vinilo comprados en una sala le dan a un grupo lo que no le dará jamás ningún pool prorrateado de ninguna plataforma. ¿Os gusta que algo se mantenga? Hay que apoyarlo con la cartera, porque el dinero que le pagas a Spotify generalmente no va a ir al artista que escuchas.
3. ¿Dónde vive mi música?
Una vez que decides prestar atención de otra manera y gastar el dinero de forma un poco más consciente, queda una última pregunta: ¿cómo lo hago y dónde? Porque no es lo mismo depender por completo de una plataforma que conservar una parte de tu biblioteca bajo tu control, comprar discos, ir a conciertos o registrar tus escuchas en servicios que no intentan venderte algo a cada paso que das.
Aquí tampoco hay una fórmula perfectamente coherente. Yo sigo pagando una plataforma de streaming, compro música cuando puedo, autoalojo una parte de mi colección y tiro de buscar en el Kiribati más de una vez. Lo único que puedo contaros es cómo intento organizar ese equilibrio.
Ahora mismo pago Apple Music, que sé que no es la plataforma ideal (porque tiene vínculos con el puñetero sionismo y porque no es precisamente barata), pero por mi trabajo necesito en muchas ocasiones escuchar algo “al vuelo”, sin tener que descargarlo ni gestionarlo de ningún modo. Además, la sub-app de música clásica vinculada a Apple Music es sencillamente espectacular. Nunca en ninguna otra plataforma de streaming se había almacenado tanta música clásica, de tantos sellos importantes, con tanta calidad de audios y con tanto cuidado en la organización no solo por intérpretes, sino también por compositores (algo de lo que carece Spotify, por ejemplo)10.
Soy padre de dos criaturas pequeñas y dispongo de poco tiempo como para ir a conciertos, pero siempre que puedo me escapo, sobre todo a escuchar a grupos pequeños, independientes, en salas pequeñas. Y si puedo, les compro material físico sin intermediarios, que es como sé que verdaderamente los estoy apoyando.
Ripeo ese material a FLAC y lo que compro en Bandcamp lo meto en mi propio servidor en Plex. Otra gente usa Navidrome, que se puede instalar de forma muy sencilla en un mini-PC en casa, y que después permite hacer streaming desde fuera de casa, a través de tu red, con aplicaciones como Symfonium. Un pequeño Spotify personal.
Utilizo servicios como last.fm o ListenBrainz para scrobblear lo que escucho. Es decir, para dejar un registro de qué temas y qué artistas han pasado por mis orejas. Pero para uso personal, no para tener que compartir el puñetero Wrapped de Spotify en un acto puramente performativo. Estas dos webs también te pueden ayudar a descubrir nuevos artistas mediante la comparación que hacen de tu perfil con otros similares. La principal diferencia radica en que en estos servicios nadie te está colocando productos pagados en huecos ni hay un algoritmo intentando empujar nada. Exportar las escuchas de servicios como ListenBrainz permite, además, que te puedas ir con tus datos donde quieras cuando quieras.
Y luego está el tema de surcar el Kiribati: aplicaciones P2P como Soulseek siguen existiendo y tienen un catálogo inigualable. Compra en Bandcamp, apoya al artista y al sello pequeño, autoaloja lo que compres, ve a conciertos… pero piensa que, si solo vas a escuchar música verdaderamente independiente, da un poco igual que uses Spoti o un método menos legal: ambas opciones le van a reportar al artista una cantidad muy similar, posiblemente cercana a cero11.
Todo esto tiene que ver, al final, con recuperar un gesto bastante sencillo: el de decidir qué queremos escuchar antes de que una plataforma lo decida por nosotros. Recuperar parte de la soberanía cultural perdida. Podemos seguir usando Spotify, Apple Music o la que toque, pero procurando que no ocupen todo el espacio: que no se queden con toda nuestra atención, que no decidan por completo adónde va nuestro dinero y que no conviertan nuestra relación con la música en una sucesión infinita de canciones que apenas hemos elegido.
La próxima vez que te montes en el coche o que el cuerpo te pida música, quizá puedas esperar un momento antes de enchufar Spotify con lo primero que aparezca. Busca un disco nuevo, recupera un artista que te fascinó hace años, tira del hilo a partir de una canción que te encanta o escucha algo que alguien (humano) te haya recomendado de verdad. Puede que así descubras que sigue haciéndose muchísima música extraordinaria (tanta como siempre) y que el problema estaba, en parte, en que llevábamos demasiado tiempo esperando que Spotify nos la pusiera delante.
Porque total, para escuchar cada día la misma lista salida de M80 Radio, tampoco hace falta pagar una suscripción, ¿no?
No hace falta que pirateéis a Ramper, sus discos están en “name your price” en su bandcamp.
Meyn, Kandziora y Albers (2022), con datos de 3.326 personas y la API de Spotify cuantificaron que pasar del pro-rata al modelo user-centric reasignaría cerca de 170 millones de euros al año solo en Spotify, mayoritariamente desde los géneros mainstream hacia los nichos, que son precisamente quienes más lo necesitan. https://doi.org/10.1007/s11747-022-00875-6
Hay un porcentaje altísimo de canciones que no superan esa barrera.
Vuelvo a recomendar el mismo texto que en semanas anteriores: Liz Pelly lo explica todo muy bien en Mood Machine: The Rise of Spotify and the Costs of the Perfect Playlist.
Para quien quiera indagar más: Anderson, Maystre y Anderson (2020) cruzaron escuchas reales de Spotify y vieron que lo que uno pone por su cuenta sale más diverso que lo que sirve el algoritmo, y que quien amplía gustos con los años lo hace soltándose de la recomendación algorítmica. Holtz et al. (2020) vieron que personalizar las sugerencias subía el consumo casi un 29 % y, a la vez, estrechaba la diversidad de cada usuario un 11,5 %. Aunque mirado en conjunto, el acceso a catálogos enormes parece ampliar algo la diversidad cultural y no reducirla (Coavoux y Aussant, 2024), la trampa está en que ese ensanche engorda sobre todo a quien ya partía con la despensa cultural llena. La recomendación algorítmica sigue siendo un cuello de botella.
Actualmente existe una demanda colectiva (realizada en 2025) que califica el Discovery Mode de “payola moderna”, ya que ofrece mayor empuje algorítmico a los artistas a cambio de que acepten cobrar menos regalías. Spotify vende como “orgánicas” recomendaciones que no son tal cosa.
El diseño es básicamente el de Letterboxd pero aplicado a lo musical. Vamos, que lo han fusilado tal cual.
Lo de las constelaciones musicales no deja de ser una adaptación a lo musical de la idea de las constelaciones literarias de Guadalupe Jover, que un día tuvo a bien enseñarme mi mujer.
Principalmente porque sigue siendo de las pocas que sigue ofreciendo un plan gratuito sin anuncios. La chavalada sin pelas siempre empieza por aquí.
Si no quieres prescindir del streaming, posiblemente Deezer, Qobuz o Tidal sean mejores opciones que Apple Music si lo que te preocupa es no alimentar las cuentas de una macromultinacional tirana y villana.
No se puede hablar de surcar el Kiribati sin dejar el enlace de enlaces, en esta ocasión, solo para temas de audio.




Me voy a permitir el lujo de compartir un post, que ilustra en una experiencia real, todo lo que se comenta aquí.
https://www.tinkernet.es/p/this-machine-kills-fascists-una-camino
Surge de muchas conversaciones contigo, ya lo sabes.
Nada me ha hecho más feliz en este tiempo que salir de Spotify y el streaming, aunque luego terminase pagandl Qobuz, lo uso para cosas muy concretas que me requieren demasiado esfuerzo.
Gracias por seguir construyendo disidencia.