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Avatar de Jorge Pérez

Acabo de mirar la miniserie «The Madison» (de lo mejor de los últimos tiempos) La serie trata de una adinerada familia de Nueva York que debe viajar a un pueblo de Montana a orillas del río Madison. Además de espléndida interpretaciones y una incomparable fotografía en esas praderas infinitas, la serie remarca los contrastes entre la vida de los newyorquinos y la de los lugareños.

Pero lo que viene a lo nuestro son las conversaciones que se suceden y que pasan casi desapercibidas en un ambiente donde casi no hay cobertura de internet. En una de ellas una atractiva y liberada divorciada newyorquina trata de ganarse al apuesto sheriff local y le pide una cita, el hombre le ofrece un picknik junto al río y ella lo considera una ingenuidad, ¿que hacen los pueblerinos si no tienen ni un restaurante para salir de noche? . Entonces el hombre le pregunta que hacen los citadinos para invitar a salir a una mujer. Ella le contesta que la invitaría al cine, al teatro y después si todo va bien a cenar a un restaurante. La respuesta del hombre en su simpleza es contundente: «entonces ustedes se conocen sentándose uno al lado de otro escuchando hablar a los demás».

Recomiendo esa serie The Madison.

Avatar de Horacio Hidalgo Ledesma

Muy acucioso análisis, empero hay matices de índole coyuntural y regional (Latinoamérica) que me gustaría introducir a propósito de la mierdificación; y digo “regional” con plena conciencia de que al decirlo estoy, incluso, estirando una reflexión hacia países que no son el mío y cuyas realidades podrían presentar aspectos no recogidos en este comentario.

La Feria Internacional del Libro - Lima 2025, por ejemplo. Acudí en dos ocasiones, la primera para la presentación del libro de un amigo, y la segunda para la presentación de una novela mía que acababa de ser publicada pocos meses atrás. No puedo decir que me llamara mucho la atención lo que encontré, pero la escala me dejó preocupado: pasillos abarrotados de gente, anuncios ruidosos por los altavoces, afiches promocionales de algún espectáculo musical que tendría lugar allí mismo, a pocos pasos de donde se celebraban conversatorios y exposiciones; y lo peor, el patio de comida (rápida) estaba a punto de reventar, las colas para comprar churros aventajaban con mucho a las pocas para comprar libros, la gente se tomaba selfies posando con un libro que luego dejaba en la misma ruma de donde lo había tomado. A mi presentación acudieron apenas algunos familiares; a la presentación de mi amigo, poco menos que eso. La Feria había dejado de ser el lugar de encuentro entre autores y lectores para convertirse en un inmenso comedor popular.

Difícil decir que los más pudientes hayan acudido a un espacio tan masivo, pero no por ello debe deducirse que sean más leídos y escribidos que los que sí; porque, entre otras cosas, no hay en el Perú espacios que realmente configuren aquella burbuja gracias a la cual pueda uno sustraerse a la vorágine tecnológica, salvo cuando uno se decanta por ello merced a un acto de rebeldía y soberanía individual. Lo digo con conocimiento de causa: estudié en un colegio de clase media-alta y opté por el título profesional en una de las mejores universidades del país; la lectura y la escritura, sin embargo, son actividades que comparto con apenas un puñadito de mis compañeros de aula, y puedo estar exagerando. La mayoría tiene celulares de alta gama; sus hijos, a quienes han matriculado en colegios top de Lima, viven amarrados a las pantallas de sus tablets. En eso no parecen diferenciarse mucho del hijo de la casera del puesto de fruta, que lo hipnotiza con la pantalla de su celular para que el hijo "no la joda” mientras está trabajando.

Eso ocurre por estos pagos. Me animo a decir, además (y a sabiendas de que puedo estar equivocado) que ni siquiera en Madison opera la lógica de la burbuja en un ciento por ciento: basta cruzar una avenida para respirar fuera de ella, aunque tales o cuales privilegios tengan la virtud de regresar al excursionista sin daño aparente. En el mundo de hoy, la integración opera, al parecer, como una paradoja insoluble donde no cabría descartar el acto individual como un posible motor de cambio.

Eso nada más. Muchas gracias por tan brillante publicación. Me mantendré atento a tus siguientes entregas. Saludos.

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