En este 2025 que se acaba (¡Feliz Navidad a quienes se acercan a leer!), el vasto continente digital que alguna vez se imaginó como un ágora global se ha seguido erosionando y acidificando a una velocidad preocupante. En los últimos años, las grandes plataformas se han convertido en entornos hostiles de vigilancia comercial, protofascismo y ruido algorítmico, donde navegamos a la deriva, con la atención atrofiada y bajo un diluvio de contenido sintético y/o de bajísima calidad. Sin embargo, hoy mismo, a un clic de distancia, aún persisten paisajes distintos parecidos al internet pre-plataforma. Entrar en un pequeño servidor (insisto en lo de pequeño) de Discord o en un foro hiperespecializado es como hallar una cala iluminada tras la oscura tormenta. Allí, lejos del mar digital impersonal de las redes actuales, alguien te saluda por tu nick, varias personas conversan con entusiasmo sobre un álbum o una película, otros hacen bromas internas que no entiendes (aún) y algunos comparten links de otros lugares cuidadosamente elegidos. Como en los good old days del IRC, sientes el contraste inmediato con lo algorítmico y ruidoso de IG o TikTok, porque pasas a un rincón bastante más habitable, más humano y con más memoria. Es lo que llamo el “internet guay”, un refugio con sus muros y normas propias que nos recuerdan que la red puede ser, aún, un lugar deseable, un espacio donde quedarse.
Hace más de una década, cuando el optimismo tecnológico aún no se había agriado del todo, comencé a escribir una tesis doctoral fascinado por un concepto que entonces empezaba a despuntar con fuerza en el mundo educativo, el de las “ecologías del aprendizaje”. Intento explicar de qué iba en pocas palabras: en un mundo complejo, líquido, acelerado, el conocimiento (y el aprendizaje), bajo este concepto de las ecologías, no residía únicamente en los recintos sagrados de las aulas, sino que estaba vivo, disperso y conectado en red. Estas ecologías, además, se definían como sistemas complejos donde lo formal y lo informal se hibridan, entornos donde aprender deja de ser un acto instruccional para convertirse en una experiencia ubicua, mediada por tecnologías pero sostenida, ante todo, por relaciones significativas. Vamos, que lo importante aquí no era la plataforma digital, sino prestar atención a los organismos vivos formados por personas y contextos que expandían la educación más allá de los muros institucionales, permitiendo que el saber fluyera y penetrara como agua en estructura porosa.
Hoy, ciertas comunidades nicho (subreddits específicos, servidores de Discord privados, foros de aficionados, repositorios de GitHub, grupos de Telegram…) serían las experiencias comunitarias que funcionan de una forma más similar a aquellas ecologías de aprendizaje de las que hablaba en mi tesis a partir de cursos MOOC. Por ello, voy a intentar contaros que estos espacios son, a mi parecer, infraestructuras críticas donde se preserva el conocimiento humano (contra la entropía de la IA y el puñetero SEO), donde se mitiga la epidemia de soledad adulta y donde, además, se reactiva la agencia económica y personal a través de la conversación entre pares. En un internet que se hunde bajo el peso de su propia rentabilidad extractiva, encontrar tu tribu en un atolón digital es otra estrategia de supervivencia que sumamos a las de semanas anteriores. Hoy abandonamos ligeramente el vinagrismo de la deriva digital y nos adentramos en el fascinante mundo del internet guay. Que haberlo, haylo.

El contexto: extracción sistemática y huídas lógicas
Pero antes de hablar de estas comunidades, de ese internet guay, conviene mirar primero el agua que las rodea y contextualizar el entorno. Esa sensación extendida de que “internet está empeorando” no tiene por qué explicarse como mera fatiga, ya que, tal y como vimos en otros Kiribatis, responde sobre todo, a incentivos económicos. En el mundo digital vivimos esencialmente en plataformas que intermedian entre dos lados (usuarios y anunciantes por uno, compradores y vendedores por otro), y ahí el valor se extrae por diseño progresivo. La mierdificación no ocurre de golpe, sino mediante microajustes continuos. Las plataformas retocan parámetros aparentemente pequeños (qué se ve, cuánto cuesta llegar, cuánta publicidad entra o qué se prioriza) para arañar márgenes incrementales, ridículos al principio, pero que terminan generando bola de nieve. La experiencia de usuario, con el tiempo se resiente porque no sabemos nunca si lo que aparece primero es lo más útil o lo más rentable para alguien (bueno, quizás sí lo sabemos). En cualquier buscador de cualquier plataforma, por ejemplo, la capa visible de “lo más relevante” suele quedar colonizada por SEO agresivo, afiliación, contenido industrial y, cada vez más, spam generado a escala y de forma artificial generativa. En redes sociales, el feed pasa a ser un dispositivo de optimización de engagement y rentas publicitarias, y por ello, las plataformas dejan de funcionar como herramientas de orientación, socialización y aprendizaje (si alguna vez lo fueron) y se parecen cada vez más a un entorno de casa de apuestas, donde se calculan las probabilidades en tiempo real, solo que el usuario paga en atención, tiempo y frustración.
Y claro, a medida que la capa “útil” de las grandes plataformas se contamina, se erosionan también propiedades básicas que tradicionalmente definían a los públicos en red. danah boyd1 describió cuatro affordances2 clave de los entornos sociales online: 1) visibilidad (audiencia potencial), 2) persistencia (lo publicado perdura como archivo), 3) propagabilidad (el contenido se comparte y circula) y 4) buscabilidad (es localizable). Durante un tiempo, esas características parecían virtudes emancipadoras de la esfera digital, pero hoy muchas se han vuelto problemáticas o han desaparecido. Por ejemplo, la hiper-visibilidad degeneró en vigilancia y escrutinio tóxico o la propagabilidad indiscriminada facilitó la desinformación viral. Por eso, solo podía suceder una cosa, que la reacción defensiva frente al ruido llevara a dinámicas de enclaustramiento de las poblaciones afectadas. Ante el spam indiscriminado, las mentiras y la polarización, miles de comunidades huyeron del ámbito “público” de las plataformas hacia jardines amurallados más seguros (servidores privados de Discord, grupos de Telegram o foros cerrados a cal y canto). Esta migración a la “web acogedora” (la cozy web también lo llaman), un entramado de espacios semi-privados donde uno interactúa a salvo de miradas no invitadas, bots y trolls, sin duda mejora el clima conversacional debilitando las otras dos cualidades decisivas de la información: la buscabilidad y la persistencia.
Se suele decir que, en estas comunidades, lo valioso queda fuera del alcance de quien no está dentro y que, además, muchas conversaciones e información valiosa se pierden en el flujo. Y es verdad, pero quizá esa pérdida es una condición sine qua non para que el espacio funcione. Porque, seamos honestos, la buena conversación no escala bien. En la masividad todo tiende a volverse más ruidoso, más performativo y más fácil de colonizar por dinámicas externas que lo estropean. En cambio, en el nicho (en lo pequeño, lo micro, en lo cuidado…) es donde se puede sostener la confianza y el desacuerdo con cierta calidad. Y ahí es donde aparecen los atolones que merecen la pena, no porque sean “abiertos”, sino porque son específicos. Un lugar para los que aman las aventuras gráficas, para gente que vive con pasión el mundo del ganchillo, para obsesionados de la microelectrónica o para fans del black metal nórdico. Hay sitios para todos, espacios que no buscan ser masivos o gustar a todo el mundo, sino servir bien a alguien que no encontraba su lugar.
Uno de los dilemas estructurales de estas microcomunidades es el equilibrio, porque si crecen demasiado, mueren por exposición (el ruido escala, llegan los incentivos equivocados, la conversación se performativiza y el espacio se vuelve colonizable por lo que precisamente intentaba evitar). Pero si cierran demasiado sus puertas, mueren por inactividad (la renovación se corta, la energía se agota, la memoria se vuelve endogamia y, poco a poco, el lugar se apaga sin conflicto, por no airearse). Navegar entre esos dos ríos es probablemente la tarea más difícil de cualquier espacio digital. Diseñar una hospitalidad selectiva lo bastante permeable como para que el acceso no dependa de tener la llave, y lo bastante exigente como para que la dinámica no derive en plataformización. Porque en esas condiciones (permeabilidad controlada, archivo, reglas y moderación) se hace posible el aprendizaje.
El “bosque oscuro” de internet3 lo llaman. Un mundo de comunidades ocultas o semiocultas, no indexadas en Google, donde los depredadores (anunciantes, bots o influencers hambrientos de atención…) no suelen perseguirnos. Refugios que nos devuelven una conversación más humana, “despresurizada” de métricas, pero con la contraparte de que la web abierta se vacía de muchas de las mejores conversaciones. Es decir, la retirada hacia espacios semiocultos también reordena dónde se produce, se contrasta y se transmite el conocimiento. Si las mejores conversaciones dejan de estar indexadas, entonces aprender en internet ya no consiste en “buscar contenidos”, sino en encontrar y sostener lugares donde el saber pueda circular con contexto y corrección mutua entre pares. Todo esto tiene también una cara pedagógica.
Buscando una ecología de aprendizaje para sobrevivir
Si el entorno macro y abierto se está degradando, ¿cómo seguimos entonces aprendiendo en Internet? La respuesta pasa por construir (o formar parte de) ecologías de aprendizaje autogestionadas: redes de personas, prácticas, herramientas y lugares donde el conocimiento circula con contraste, debate, fricción productiva y criterios compartidos. Lejos de las aulas formales, el aprendizaje adulto en internet se entiende mejor con marcos que ponen el acento en la participación, la conexión y la práctica situada: no aprender SOBRE algo, sino aprender EN un entorno donde ese algo se hace, se discute y se corrige.
Las comunidades digitales funcionan como lo que en el campo de la educación llamamos “comunidades de práctica”4. En ellas se aprende entrando poco a poco en una práctica social real, no consumiendo información en abstracto. El proceso, en una comunidad sobre un software específico, por ejemplo, suele ser el siguiente: al principio el recién llegado “merodea” leyendo guías, observando errores ajenos, absorbiendo jerga y normas tácitas (pura socialización cognitiva, nunca una pérdida de tiempo). Con el primer intento de intervención (bugs, errores, un script que no compila, un fallo de configuración…) aparece la comunidad como infraestructura pedagógica (los veteranos del espacio diagnostican, proponen hipótesis, recomiendan ajustes…) A base de iteración, el novato cambia de identidad y pasa de consumidor a practicante, y de practicante a referencia. Una transición sostenida por tres dimensiones que, cuando existen, vuelven más robusto el aprendizaje, a través del compromiso mutuo (interacción continuada), una empresa conjunta (un objetivo compartido de mejora) y distintos materiales/espacios compartidos (recursos, wikis, métodos, historias y un lenguaje común).
Esa participación en espacios de afinidad5 (gente que se congrega por una pasión o problema compartido) es más importante que la propia pertenencia a un grupo. En un Discord de una “distro” de Linux, por ejemplo, importa menos quién eres y más qué aportas (tu configuración, tus logs, tus tutoriales, tu manera de explicar un fallo...) Esa “afinidad por el esfuerzo y la práctica” puede erosionar barreras típicas de los espacios presenciales (la edad, el estatus o tus credenciales) y favorece combinaciones fértiles entre conocimiento intensivo (expertos de nicho) y extensivo (gente con visión amplia que conecta piezas). Además, el espacio no se limita a distribuir información, sino que actúa como generador de producción cultural y técnica (tutoriales, mods, scripts, documentación), de modo que aprender y contribuir se vuelven el mismo gesto.
Todo esto converge en lo de las ecologías6. Una “ecología de aprendizaje” como el tejido que cada persona construye por sus interacciones con otros, porque el aprendizaje adulto eficaz en el mundo digital suele ser fronterizo y multimodal. Es decir, que salta de un vídeo a un repositorio, de un foro a una conversación o de una lectura rápida a una práctica lenta… Y en cada salto el usuario reconfigura su “mapa” de recursos, personas, espacios y rutinas. Orquestar todo esto, es decir, saber qué fuente sirve para qué, cuándo pedir ayuda, cuándo experimentar o cuándo documentar lo aprendido para no perderlo, es lo realmente importante. Es simplemente una competencia de supervivencia, porque quien aprende en esta red degradada nuestra no espera a que la institución o la plataforma “empaquete” el conocimiento, sino que diseña su propio circuito de aprendizaje, con puertas de entrada, rutas de profundización y sus propios mecanismos de verificación.
La teoría del Conectivismo de George Siemens7 es, sin embargo, la que realmente pone nombre a los aprendizajes de nuestra época, porque cuando el cambio es ultrarápido, “saber más” depende menos de almacenar contenidos y más de conectar nodos fiables. Aprender en el siglo XXI se parece a saber gestionar una red donde fuentes, comunidades, herramientas, criterios y personas interactuan continuamente. Y es aquí donde podemos entender que la mierdificación de las plataformas introduce un giro práctico, porque si los nodos algorítmicos dominantes (búsquedas atrofiadas o feeds optimizados solo para el engagement) se corrompen, el aprendiz conectivista debe curar y controlar agresivamente su red, priorizando nodos humanos de alta confianza (esas comunidades nicho de las que hablaba, por ejemplo) y reduciendo dependencia de nodos opacos y/o mercantilizados (ya sean plataformas, buscadores o IAs). El verdadero valor termina estando en la capacidad de mantener una red viva, verificable y útil, y estas comunidades online, cuando se cuidan, funcionan perfectamente como bancos de confianza en medio del océano.
La soledad contemporánea y el refugio digital
Más allá del aprendizaje técnico, estas comunidades funcionan como infraestructura social en un momento en el que la adultez es especialmente frágil en términos de conexión. No solo que tenemos menos tiempo, sino que los engranajes cotidianos que antes producían encuentro (véanse los vecindarios, asociaciones o las rutinas compartidas con otros, por ejemplo) se han debilitado. En ese contexto, lo digital, más que un “sustituto inferior” de lo presencial, se comporta como un intento (a veces torpe, a veces sorprendentemente eficaz) de reconstruir pertenencia, continuidad y conversación en un mundo donde el contacto casual se ha vuelto logísticamente complejo o directamente inexistente.
Hay quien ha escrito, y mucho, de los “terceros lugares”. Esos espacios que no son ni hogar ni trabajo (cafeterías, plazas, bares, bibliotecas…), y que sostienen la vida democrática y el bienestar precisamente porque permiten relación sin agenda, conversación sin productividad y presencia sin obligación. ¿El problema? Que muchos de esos lugares se han ido erosionando también por presiones económicas, cambios hacia lo urbano y estilos turboneoliberales de vida, y todo ello ha provocado un “adelgazamiento” de lo común. Por eso, porque lo físico falla, tiene sentido que ciertos espacios digitales (cuando están bien diseñados) puedan operar como terceros lugares. Por ser accesibles 24/7, relativamente horizontales (menos jerarquías visibles), y por permitir atmósferas donde simplemente “estar” y charlar es parte del fin. En el caso concreto de Discord, como plataforma que después veremos, su diseño (a pesar de ser una app de una empresa gigantesca que también tiene la experiencia bastante mierdificada) puede facilitar experiencias de “tercer lugar” en comunidades online de forma relativamente sencilla.
Otro límite es simplemente biológico y temporal. Ni podemos (ni queremos, a lo mejor) sostener infinitas relaciones ni intensificarlas todas. La literatura sobre redes personales8 describe capas típicas de vínculo (un núcleo muy pequeño y círculos progresivos hasta un entorno más amplio) y subraya que la intimidad exige mantenimiento regular. Vamos, que la amistad profunda requiere tiempo acumulado como ahora vamos a ver. El trabajo empírico de Jeffrey Hall9 estima distintas órdenes de magnitud (decenas de horas para pasar de conocido a amistad y del orden de cientos para cercanía real), lo que, con trabajo, familia, crianza y fatiga, convierte la amistad en un proyecto a construir con dificultad, no en algo que suceda con facilidad ni de forma espontánea. Si compramos ese marco, lo online tiene dos ventajas prácticas, porque permite mantener lazos débiles con bajo coste (los vínculos “periféricos” que aportan información y oportunidades de aprendizaje) y, a la vez, facilita “presencia compartida” sostenida (canales de texto y voz, co-working, participaciones en juegos, dinámicas de aprendizaje, rutinas…), que es justo lo que hace falta para que aparezcan lazos fuertes cuando la logística presencial no se puede dar.
La última capa para este subsección es pura salud pública. El propio servicio de salud de Estados Unidos ha advertido que la soledad y el aislamiento social se asocian con mayor riesgo de mortalidad prematura y otros impactos relevantes, y lo formula como un problema sanitario y comunitario de gran magnitud, no como algo individual10. Por lo tanto, despreciar las comunidades online como “menos reales” es una bobada, porque para mucha gente (por distancia, precariedad, movilidad, marginalidad o simple falta de terceros lugares accesibles) estos espacios son la única infraestructura disponible para sostener conversación, reconocimiento y continuidad. Sobre todo cuando tus intereses son muy de nicho. Posiblemente no son una solución perfecta (también pueden amplificar los conflictos, generar dependencia o potenciar el ruido digital), pero en un archipiélago social disperso, pueden ser el puente que evite que cada isla se convierta en algo completamente aislado. Pueden salvarnos.
Crónicas de un sordo: el discord de Hipersónica
Para que estas teorías no se queden en un mapa sin territorio, basta con mirar un caso tan cercano como mi propia ecología de aprendizaje y pertenencia en el Discord de Hipersónica. Un espacio digital hipercomplejo, creado como complemento comunitario a una web fantástica de crítica cultural, con capas, subcanales e hilos que se abren como pasillos en un edificio que no termina nunca. En sus subcanales hallamos conversación sobre música en múltiples escalas (novedades, clásicos, placeres culpables a.k.a. calabozo de sordos), cine, libros, videojuegos, fútbol (¡FURBO!), ciclismo, política, memes, chascarrillos, vida cotidiana, debates que derivan… Y, sin embargo, la complejidad no vuelve estos espacios fríos e impersonales. La estructura permite que la gente se distribuya sin disolverse, que el ruido no lo invada todo y que cada conversación encuentre su clima. Lo que se ha ido forjando ahí (durante años, en mi caso) se parece mucho a una familia virtual en la que orbitan una serie de personas con inquietudes muy próximas a las mías (pocas, un par de decenas), que ocupa buena parte de mis tiempos online y que, en la práctica, funciona como un tercer lugar, es decir, un sitio al que se entra a estar, no a consultar. Mis “amigos de pago”, dice mi mujer11.
Lo más interesante es que este atolón hipersónico más que como un repositorio de información, opera como una máquina cotidiana de sentido. ¿Que quiero saber si una película merece la pena o si es puro humo? ¿si el nuevo disco de Fulano de Copas es interesante o no? Pregunto y en minutos/horas aparece un diagnóstico colectivo con referencias, comparaciones, matices, advertencias de expectativa (“si vienes buscando X, aquí hay Y”) e incluso desacuerdos útiles. ¿Que necesito una recomendación de libro, un juego o una escucha para un lunes que se complica? Se vuelve a activar una cadena de respuestas que mezcla memoria cultural, gusto entrenado y experiencia situada (también memes y mofas varias, que el humor es importante). Conversaciones que, además de sugerirte títulos, te explican (si llevas tiempo dentro) por qué podrían encajar contigo, porque la comunidad se termina conociendo. Alguien filtra, otro afina, un tercero pone un contraejemplo, y en ese ir y venir se aprende a discriminar, a argumentar, a escuchar o ver “mejor” o, al menos, con más contexto.
En términos de aprendizaje, en Hipersónica y su comunidad online la identidad pesa menos que la contribución, y la competencia no se exhibe como jerarquía sino como disponibilidad para pensar en voz alta. Se entra muchas veces desde la periferia (leyendo, observando cómo se discute, qué se considera una buena justificación, o qué tono se tolera y cuál no), y con el tiempo, también se participa (compartes una recomendación, señalas una conexión, corriges un dato, o preguntas con más precisión) La recompensa, además de saber, es aprender a estar: a compartir y debatir sin convertir cada intercambio en un duelo, a sostener la discrepancia, a reconocer cuándo una opinión es gusto y cuándo es argumento y contexto, o a hilar e hibridar conversaciones entre música y cine, entre política y cultura, entre fútbol y sociedad. Para mí, es una escuela informal de criterio y de convivencia. El mejor GAES que me puedo permitir.
Y, por supuesto, no me puedo olvidar del componente afectivo que sostiene la persistencia, porque lo que hace valiosa a una ecología de aprendizaje es su capacidad de hacerte volver sin que eso se sienta como obligación. En este Discord, la inteligencia colectiva funciona porque hay confianza acumulada, es decir, porque conoces el estilo de escritura y de lectura de cada quien, sus sesgos, sus filias o su modo de argumentar, y porque el vínculo no se reduce al intercambio instrumental. También porque sus canales de política, música, cine… no son nada parecido a un feed, sino lugares donde florecen conversaciones con personas concretas, con memoria y lore compartidos o donde se puede calibrar la temperatura, relativizar, matizar y, sobre todo, aprender… En un océano digital degradado por la optimización y la extracción, este tipo de atolón no elimina del todo el ruido del mundo, pero sí ofrece algo imprescindible, un lugar donde la atención y el criterio todavía se tratan como bienes comunes no cuantificables. F**k las métricas y los KPIs.
Internet no está roto, está colonizado por el capitalismo
Si algo deja claro este recorrido que he planteado es que el deterioro de la red es esencialmente un problema de arquitectura política y económica, y que cuando casi todo el espacio digital se organiza para extraer valor de la atención y/o la transacción comercial, lo que antes era conversación hoy se vuelve rendimiento, lo que antes era búsqueda se vuelve posicionamiento, y lo que antes era encuentro hoy se vuelve exposición. En ese marco, tristemente no navegamos la red, sino que somos navegados, y por eso mismo, no es extraño que el océano se sienta turbio, ruidoso e irrespirable, porque el diseño del mundo plataforma mismo premia el volumen y castiga el matiz.
Precisamente por eso importan tanto las comunidades online que sobreviven (o que construimos) al margen del conteo de likes, de la publicidad y de la compraventa, incluso aunque se asienten en grandes plataformas como Reddit o Discord (quizás el siguiente paso lógico sea migrarlas al fediverso o autoalojarlas en espacios más libres y autogestionados). Porque estas comunidades son puras ecologías de aprendizaje y terceros lugares donde se restaura una condición básica de lo humano en red, que es poder hablar sin que cada frase esté obligada a “funcionar”. Cuando esto sucede, la conversación se despresuriza y la inteligencia colectiva florece. Y en esa lógica, espacios como el Discord de Hipersónica no son un “refugio” porque estén aislados del mundo, sino porque devuelven construyen un lugar digital donde la atención y el criterio vuelven a ser, modestamente, bienes comunes.
De modo que el cierre hoy no puede vincularse a la resignación (“internet es una mierda y ya”) ni a la nostalgia (“internet era mejor antes”), sino a una tesis más simple y más práctica. La que dice que, incluso en un ecosistema dominado por dinámicas extractivas turbocapitalistas, existen formas de internet que recuerdan su promesa original, no como utopías ingenuas sino como posibilidades concretas. De nosotros depende elegir nodos, cuidar comunidades o tender puentes mínimos para que el conocimiento no se pierda y para que el refugio no se convierta en secreto estéril que termine muriendo. Porque cuando un espacio se parece a un foro humano (cuando se intercambia, se conecta, se dialoga y se aprende) no solo mejora tu experiencia, sino que se te devuelve la evidencia de que la red de redes, como invención puramente humana y lejos de las dinámicas de mercado, no estaba (ni está) tan mal.
¡Felices fiestas desde el Kiribati!
danah boyd prefiere que tanto su nombre como su apellido se escriban con minúscula.
affordances puede traducirse como “posibilidades de acción” (o “posibilidades de uso”) que un entorno ofrece e invita a realizar. No tiene traducción directa al español.
Yancey Strickler saca este término de un concepto que usa Liu Cixin en El problema de los tres cuerpos.
Lave y Wenger hablan de participación periférica legítima.
J.P. Gee fue el primero en definir estos espacios de afinidad en 2004.
aquí me cito a mí mismo, sorry por el spam. En el capítulo 1 de mi tesis doctoral (De qué hablamos cuando hablamos de ecologías) podéis explorar esto en detalle.
una de las primeras teorías del aprendizaje que se escribieron pensando en el nuevo contexto tecnológico del siglo XXI.
esencialmente los textos de Dunbar.
pago por la suscripción a Hipersónica como newsletter, pero el Discord es gratuito, que son muy majos ellos.




Lo mejor es que internet sigue admitiendo espacios para "jugar al viejo internet" depende de nosotros construirlos o habitarlos.
acabo de empezar a leer y hasta me emociono un poco, voy a seguir leyendo pero con mucha calma, esto es una joyita que me acabo de encontrar en el mar digital, soy Aelita (código lyoko) y acabo de encontrar algo maravilloso; una posibilidad. qué ganas de seguir leyendo!!!!