¡Corre!
Pensar con las piernas y opacar las horas
Tras terminar de atarme las zapatillas, el cuerpo todavía no ha decidido si está de acuerdo con lo que le voy a pedir. Generalmente no lo está. La primera zancada siempre negocia con mi mente: los gemelos protestan con educación, el pecho pide aire como si llevara semanas sin entrenar, y la cabeza intenta colar la idea de que debería estar haciendo otra cosa más importante que ponerme a correr. En los primeros quinientos metros aún voy acompañado por el ruido constante del trabajo, de las distintas (pre)ocupaciones del día y de la deriva digital de nuestros tiempos. Un ruido que pesa sin que haga falta mirar el móvil para sentirlo. El dispositivo que sirve el menú de interrupciones está ahí, en el bolsillo de atrás del pantalón, esperando a que frene y atienda ese correo tan importante, ese WhatsApp, esa oferta flash de Amazon o ese meme tan gracioso que enviaron por Discord hace un rato.
Pero he aprendido a no parar, a olvidarme de (casi) todo y a abandonar el mundo digital por un rato, por un par de horas si tengo suerte. Llevo varios años corriendo, y siento que correr me estrecha el foco y me hace priorizar. Compruebo que la respiración exige su sitio, el apoyo del pie reclama atención, y el exterior (ese bordillo que no te quieres comer, un charco, un semáforo o el fantástico olor a panadería de la esquina) se impone con terquedad a todo aquello que pudieras tener en mente antes de dar el primer paso. A los diez o quince minutos suelo ir al ritmo que deseo, y en ese punto el cuerpo ya no discute y la mente deja de pedir explicaciones. Sin mucha épica, cuerpo y mente se alinean, se ajustan. Y en ese ajuste dejo de sentirme “disponible” para cualquier cosa en cualquier momento. En la rutina normal de un día ordinario, cada notificación, cada demanda, cada email… reclama una pequeña parte del día y, por acumulación, entre todos se terminan quedando con el día entero. Y claro, como he repetido muchas veces en anteriores posts del Kiribati, en la economía de la atención, esa disponibilidad tiene un valor económico. Correr (o cualquier otra actividad física que requiera al 100% tu atención) corta esa disponibilidad, así de simple.
Cada día tengo más claro que corro más por autodefensa mental que por salud física. Empecé a correr para perder peso, pero ahora no lo hago tanto para sumar años o calidad de vida como para recuperar minutos/horas enteras, sin fragmentos robados. En el mundo actual, los días se llenan de tiempos mordisqueados, parciales: diez segundos aquí, un audio o un mensaje de WhatsApp allá, una app que se abre “solo para mirar” y que, sin violencia, te roba media hora. Y la atención se administra como si fuera una cartera. Se invierte, se liquida, se dispersa. No somos más que gestores de riesgo del propio pensamiento. Correr, así lo siento, me da un bloque temporal relativamente opaco. Correr me opaca las horas. Digo “relativamente” porque todo se captura si se insiste lo suficiente, y porque el propio corredor también aprende a capturarse, luego lo veremos. Pero aun así, durante una hora u hora y media sé que pasa esto: no hago scroll, no respondo, no salto de un estímulo a otro (solo atiendo a mi pareja si me llama, por si le pasa algo a mis hijos). Para todo lo demás, me vuelvo torpe para la fragmentación a la que invita el sistema.
No tengo datos para afirmar que la gente corra para huir del ruido de sus vidas (como yo hago), y sería forzado presentarlo como una certeza. Lo que sí se percibe con bastante claridad, dentro y fuera del mundo runner, es otra cosa: que en algunas carreras conseguir dorsal se ha vuelto muy difícil, que el equipamiento se ha encarecido por la demanda y que, desde la pandemia, la práctica del correr vive una expansión gigante, coexistiendo con una mayor centralidad cultural del correr como forma de comunidad y experiencia compartida. Mi hipótesis conecta con eso, pero intenta no confundirse con ello. No sostengo que exista una prueba concluyente de que corramos para desconectarnos del secuestro digital de la vida cotidiana, ya sea en su versión laboral o social. Sostengo algo más prudente: que el auge de estas prácticas encaja bien con una época saturada de conexión, notificaciones y fatiga atencional, y que parte de su atractivo podría estar precisamente en ofrecer una forma material, corporal y relativamente opaca de salir de ese régimen. El fenómeno, además, desborda lo local o lo nacional: correr se ha convertido, a escala global, en una de las maneras más visibles de volver a ocupar el espacio público con el cuerpo.
He de decir, en todo caso, que la identidad runner actual me resulta bastante anecdótica. Lo que realmente disfruto de correr, sobre todo cuando salgo solo, es esa posibilidad de pensar sin interrupciones. Algo de eso contaba Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr: ese estado de fondo, entre vacío mental, constancia y claridad, que también alimenta la escritura y la creatividad. Pensar de verdad. Hay días en que salgo con un nudo en la cabeza: una frase que no encaja, un argumento que se enreda, una discusión poco fructífera o un conflicto administrativo que de pronto adquiere proporciones de tragedia. Si me siento ante una pantalla en ese estado, puedo pasarme una hora entera girando sobre el mismo párrafo, entre la ansiedad y una cierta sensación de descontrol. Corriendo, en cambio, ese bucle suele aflojar. No porque en el kilómetro tres aparezca una solución brillante, sino porque dejo de empujar. El problema cambia de sitio, pierde ruido. A veces surge una salida lateral, casi obvia. Otras no, pero al menos baja el nivel de estrés.
Creo que pienso con las piernas. Literal, como dice la chavalada. Siento que el pensamiento se vuelve algo cinético. Cuando llevo un rato corriendo noto cómo se activa ese mecanismo al tener el cuerpo encargado de una tarea repetitiva y absorbente (lo suficiente como para impedir que la cabeza se dispare a la dispersión), pero no tan exigente como para secuestrarlo todo. Ese equilibrio que da el saber correr sin desfondarse es, para mí, toda una incubadora de ideas. Muchos de los Kiribatis que he escrito, de hecho, no nacen de darme cabezazos contra una pantalla o un papel, sino de correr con tranquilidad por la ciudad o por mi pueblo.
También parte de mi tesis doctoral de la que hablé hace unos meses salió de ahí. Durante el proceso hubo bloqueos reales, de esos en los que uno suele engañarse diciendo “me falta bibliografía” cuando lo que realmente falta es una estructura que no termina de cuajar. De los trotes solía volver con alguna idea conectada que otra, pero sobre todo, volvía con más orden. Sobre esto, una investigación en 2022 encontró un efecto positivo de la actividad física sobre el rendimiento en tareas de ideación creativa. Los autores fueron prudentes y reclamaron más investigación antes de concluir nada, pero la idea central de su texto era sugerente para lo que quiero trasladar: mover el cuerpo no solo despeja, sino que puede facilitar producción de ideas1. Y luego estaría el tema de la incubación de ideas: dejas un problema a un lado y, sin “trabajarlo” de manera frontal, notas que algo se reconfigura. Otro artículo sobre escritura creativa exploró ese territorio y discutió cómo el deambular mental durante una pausa o durante el ejercicio puede asociarse con mejoras posteriores, con la cautela de quien sabe que los resultados de estas investigaciones dependen de muchas otras variables2. En mi caso puedo decir que correr me sirve (y me sirvió) para que algunas ideas se vayan recolocando solas. No corro con la intención central de pensar o de crear nada, pero siento que las ideas se ordenan.
Y es que correr es algo primitivísimo. Respiras, avanzas, repites. El repertorio de microdecisiones que hay que tomar es ridículamente pequeño. La actual vida digital, sin embargo, está llena de multitud de pequeñas decisiones que lo emborronan todo. Perder el foco es hoy más fácil que nunca por todas las cuestiones que os llevo comentando meses. Respirar, avanzar, repetir tiene algo de higiene corporal y mental. Correr despeja y ordena la mente, la vuelve menos interferida. Y te hace volver, regresar a sentir tu propio cuerpo: tu sueño, tu cansancio, esa respiración que indica que has dormido mal… Algo que también te recuerda el exterior: la cuesta que viene (de esto sabemos mucho en Graná), el viento que te da de cara, la lluvia que te empapa, los obstáculos de la ciudad… Coges, te ocupas de todo esto, y las preocupaciones del día a día se vuelven claramente más manejables.
Cuando corro solo, recupero continuidad. Cuando corro con otros, recupero algo que a veces se da por hecho y que, en la práctica, está en peligro de extinción: una forma de presencia compartida con muy poca mediación. La sociabilidad del running, cuando funciona de verdad, tiene algo lateral y ligero. Se habla sin ceremonia; no hay mesa, no hay pantallas, no hay una interfaz organizando la relación. Ni cervezas ni un partido de fondo. Basta con compartir el ritmo, la respiración y el esfuerzo. La conversación, además, encuentra pronto su medida: con el paso de los kilómetros se vuelve más sobria, admite silencios, descansa. Si hablas demasiado llegado el momento, te ahogas. Y eso, en el fondo, depura bastante el vínculo.
Frente a tantas formas de sociabilidad contemporánea mediadas por la exhibición, la distracción o el cálculo, correr con otros devuelve algo más físico y más sencillo: la copresencia. Un grupo atravesando la ciudad, o dando vueltas en un parque, no necesita grandes filtros ni muchas escenificaciones del yo. Lo que hay es sudor, fatiga, espera, alguna broma breve, alguna clase suelta de filosofía (saludo desde aquí a Agustín, por si me lee), preocupación por una lesión, nervios antes de una carrera o alegría por una mejora en las marcas. La exigencia del cuerpo rebaja bastante la pose y deja a la vista una versión menos decorativa de cada uno. Por eso, cuando todo va bien, ahí aparece algo que se parece bastante a una comunidad: durante un rato dejan de importar las diferencias entre las personas que corren y lo que manda es la experiencia compartida de sostener el esfuerzo.
Pero claro, hasta aquí todo suena demasiado limpio, y la vida actual no lo es. Escapar del tecnocapitalismo no resulta tan sencillo. La misma práctica que a veces me regala opacidad viene también con su propio dispositivo de captura. El mercado ha encontrado en el running contemporáneo un nicho excelente, y se nota en la obsesión por medirlo todo: ritmos, zonas, calorías, pulsaciones, VO₂ máx., tiempo de recuperación… Garmin, o la marca que toque, convierte el cuerpo en una sucesión de paneles, métricas y gráficas compartidas. Parte de ese seguimiento tiene sentido si uno quiere entrenar con cierta cabeza o evitar lesiones, y no me interesa hacer aquí tecnofobia barata, pues yo soy el primero que usa, y con gusto, uno de estos dispositivos. Pero aun así conviene preguntarse algo: ¿en qué momento la experiencia de correr empezó a necesitar validación externa para sentirse real? Porque parece que, si no queda registrada, da la impresión de que no ha ocurrido. Hay incluso quien no corre si se le queda el reloj sin batería.
En esa tensión habita Strava. Por un lado, facilita hábito, grupo y regularidad; por otro, convierte la práctica en una forma especialmente pulida de plataformización. Mientras su informe de 2025 celebra más de 180 millones de usuarios, cerca de un millón de clubes y el lema, bastante autosatisfecho, de “Doomscrolling is out, movement is in”, conviene no comprar del todo su relato. No porque el dato sea necesariamente falso, sino porque veo la operación poco sutil y bastante obscena: solo convierte el cansancio de una plataforma en combustible para otra. Con Strava no salimos del régimen de plataforma, solo cambiamos de interfaz. Dejamos atrás una lógica de exposición para entrar en otra que también nos pide registrar, comparar, reaccionar y compartir. La carrera ya no basta con correrla: hay que subirla, titularla, recibir kudos, y convertirla en señal social. De algún modo, transforma al corredor en gestor de su propia marca personal. El cuerpo deja de ser un espacio de resistencia y opacidad para transformarse en un activo que genera rendimiento social y digital. La experiencia íntima queda, permítanme la exageración, expropiada. La promesa de comunidad viene pegada a la datificación de la experiencia y a una forma de sociabilidad en la que lo vivido parece incompleto mientras no se vuelva dato, publicación y rastro exportable. Strava no puede ser la solución al doomscrolling porque solo hace la captura de la atención algo más deportiva, agradable y moralmente presentable.
Además, la hiperconectividad y el hiperconsumo son dos caras de la misma moneda. Strava genera la necesidad de exhibición, y esa exhibición exige una estetización del esfuerzo, haciendo que la mercantilización también entre por todo lo accesorio: el equipamiento convertido en identidad, el influencer con códigos promocionales en Prozis, los clubes cada vez más uniformados, el dorsal que compras por puro FOMO porque siempre parece haber otra carrera esperándote a la vuelta de la esquina. Una práctica que, en el fondo, podría ser sencilla y barata (el ser humano ha corrido siempre y de cualquier manera) aparece hoy rodeada de capas de pago, como si para salir a correr hicieran falta geles, sales, ropa técnica carísima, zapatillas con placa de carbono que duran un suspiro y toda una liturgia de consumo alrededor del cuerpo en movimiento. Puede que en algunos casos parte de eso tenga sentido, pero no hace falta pasar por caja en todos esos escalones para comprobar hasta qué punto ese imaginario acaba ordenando la práctica y definiendo, de forma bastante interesada, qué cuenta como correr “bien”.
Aun con todo esto, cada vez que corro vuelvo a casa bien sudado y menos fragmentado. La contradicción sigue ahí: correr puede abrir un pequeño margen de fuga frente a la hiperconectividad y, al mismo tiempo, quedar rodeado por las lógicas del rendimiento, la cuantificación y el consumo de las nuevas plataformas deportivas. El sistema acecha siempre esa frontera, dispuesto a convertir una práctica elemental en suscripción, en biometría o en escaparate. Pero creo que la captura nunca es total cuando nos estamos moviendo. Cuando uno desactiva un poco el ruido, cuando deja de correr para el registro, para el gráfico o para la pequeña escenificación del rendimiento, queda todavía algo difícil de absorber del todo: el cuerpo enfrentado al espacio, la respiración buscando su sitio, la fatiga como experiencia material... Hay ahí una fricción irreductible, una forma de presencia que rechaza tanto la plataformización como lo algorítmico.
Por eso me interesa correr. Lo que a veces recupero corriendo es simplemente una manera más sobria y física de estar en el mundo. Una sola tarea, un solo pulso, un par de ideas que se ordenan sin que yo las fuerce. En una economía de la atención que intenta convertir cualquier gesto en rendimiento, visibilidad o dato, esa hora que sudas sin una pantalla delante no se deja compartir del todo, no se deja medir del todo, no se deja rentabilizar del todo, por mucho que Strava se empeñe.
¡Corre! A veces basta con correr.
https://doi.org/10.1186/s40798-022-00444-9 | Revisión sistemática con meta-análisis multinivel que integra estudios observacionales y de intervención sobre actividad física y rendimiento en ideación creativa.
https://doi.org/10.1038/s41598-025-09736-y | Estudio en el que los participantes escribieron dos relatos separados por una pausa de incubación de 10 minutos con distintas condiciones experimentales.




Toqué fondo en mi profunda y larga depresión en 2012. Recién terminadas las carreras, tras muchos años de dolorosísimo, solitario y silencioso esfuerzo dislexico y con tantos fracasos que solo era capaz de verme capitulos de los soprano uno detrás de otro sin parar. Acababa de llegar de pasar el año más increíble de mi vida en París y verme atrapado en La Cañada fue como atravesarle el corazón. Del Bataclán a ese descampado.
Así que reuni lo que me quedaba del préstamo que pedí y me compré una bicicleta de BTT que me permitiese pedalear tan fuerte y tan rápido que no me importase nada más. Una en la que nadie me paternalizase, me dijese lo que no estaba entendiendo o no estaba haciendo bien. Incluso después de tener un aparatosisimo accidente que me dejó una cicatriz de casi diez centímetros en la cara, nunca lo dejé de hacer, excepto los últimos años.
Al leerte, he vuelto a experimentar toda esa liberación. Aunque en diferido. Si no hubiese comprado esa bici, me habría matado (da igual que sea literal o figuradamente, porque no hubiese salido de allí)
Dejé de correr hace poco más de un año, y ahora, cuando he intentado retomar, no me da la respiración ni para dos kms a trote😞😞😞
Todo por hacerle caso a un médico traumatólogo que pesa 150kg.