Cuando Montessori solo significa madera
La colonización capitalista de la crianza respetuosa
Si abrimos Instagram un domingo por la tarde y dejamos que el algoritmo nos lleve por la madriguera de conejo de la crianza contemporánea, es muy probable que acabemos viendo reels con imágenes estéticamente perfectas, casi hipnóticas. Machacaremos las retinas con vídeos que nos muestran estanterías bajas de madera de abedul inmaculadas, cestas de fibras naturales tejidas a mano, juguetes geométricos en tonos tierra (ese horroroso y omnipresente beige triste) y una atmósfera de calma monacal, casi litúrgica. No hay plásticos estridentes multicolor ni caos, no hay gritos ni suciedad. Actualmente, esa imagen, en el imaginario colectivo de la siempre aspiracional clase media a la que creemos pertenecer, ha dejado de ser una simple decoración para convertirse en una promesa de salvación. Y a eso, muchísima gente lo llama “Montessori”.
Sin embargo, lo que hoy consumimos bajo esa etiqueta es más una categoría de consumo y un marcador de estatus que un método pedagógico. La palabra Montessori actúa hoy como un significante flotante que denota buen gusto, poder adquisitivo y, sobre todo, la tranquilidad moral de estar ejerciendo una “buena” crianza. Pero claro, a poco que rascamos, surgen las contradicciones y los choques ontológicos con la realidad. Si pudiéramos tomar a una de esas madres o padres influencers de la era digital, devotos del hashtag #Montessori, y transportarlos al epicentro histórico donde todo esto comenzó, el shock sería estético pero, sobre todo, profundamente político. Porque Maria Montessori no diseñó sus materiales para decorar lofts en Silicon Valley ni pisos reformados del centro de Madrid; los creó para sobrevivir en la miseria de San Lorenzo, en Roma.
Es fundamental recordar, para no perdernos entre catálogos de juguetes, que Maria Montessori llegó a la educación desde la medicina, la psiquiatría y la antropología física. Su mirada era clínica y social, jamás consumista ni pedagógicamente edulcorada. Cuando a principios del siglo XX aceptó el encargo de trabajar con los niños de San Lorenzo, su objetivo no era criar a los futuros CEOs de una startup ni potenciar la creatividad de una élite aburrida. Su misión era ofrecer higiene mental, física y moral a una población infantil que vivía en riesgo de exclusión social severa, rodeada de insalubridad y abandono. La verdadera génesis de la Casa dei Bambini, casa madre de lo que hoy conocemos como “lo Montessori”, dista años luz de la estética boutique que actualmente nos venden. Aquello era solo una respuesta educativa de urgencia frente a la pobreza.

El famoso “ambiente preparado” y las actividades de “vida práctica” (como limpiar mesas, tender la ropa o lavarse las manos) eran simplemente herramientas de supervivencia y dignidad radical. Esos niños necesitaban autonomía para no enfermar, para cuidarse a sí mismos cuando nadie más lo hacía. Pero la narrativa contemporánea ha higienizado este origen sucio y real. Hemos permitido, como bien señala la crítica cultural Jessica Winter1, que una intervención de salud pública y justicia social se desplazara hacia la exclusividad privada, olvidando que el milagro pedagógico de Montessori floreció observando científicamente la carencia y los márgenes, no el privilegio.
Lo que ha ocurrido no es más que un proceso (otro más) de gentrificación pedagógica. Al cruzar el Atlántico y popularizarse en décadas posteriores, el ethos original de la psiquiatría social fue desplazado por las aspiraciones del individualismo liberal. La vocación de servicio público se diluyó ante unas barreras de entrada económicas brutales: materiales exclusivos, maderas nobles y formaciones costosas. Y se consolidó una terrible paradoja: el sistema diseñado para rescatar a los marginados de Roma se convirtió en un mecanismo de distinción para las élites, vaciando de contenido político su promesa de justicia social. Hoy, la “vida práctica” o los “ambientes preparados” no son más que una performance. Vemos a niños con kits de limpieza de madera de haya que cuestan cincuenta euros, simulando limpiar una casa que ya limpia una Roomba y/o un servicio doméstico, evidenciando cómo la utilidad social ha sido devorada por una vacua estética del desarrollo.
En la gramática del mercado actual, “Montessori” ha dejado de funcionar como un sustantivo propio que designa una ciencia, una pedagogía, un modelo… para convertirse en un adjetivo que dispara el precio de cualquier cosa. Vemos “camas Montessori”, “ropa Montessori” e incluso “snacks Montessori”. Esta adjetivación masiva es un síntoma de manual de lo que Marx denominó el “fetichismo de la mercancía”2. Bajo esa lógica, padres y madres actuales atribuimos al objeto inerte (al arcoíris de madera o al bloque de construcción) un poder educativo mágico. Creemos que el objeto educa por sí mismo. El mercado suplanta la funcionalidad pedagógica por una estética sin significado. Compramos madera porque promete bienes escasos en nuestra modernidad líquida: tiempo, silencio y conexión con la naturaleza. Pero, en realidad, estamos realizando un acto notorio de consumo que solo señala nuestro capital cultural y nuestra capacidad para rechazar la cultura de masas “vulgar” del plástico y las pantallas.
Este mercado global de juguetes educativos, que se ha apropiado de lo “alternativo” para convertirlo en mainstream, es hoy una industria multimillonaria en expansión agresiva. Resulta (de nuevo) paradójico que, en un contexto de descenso demográfico donde cada vez nacen menos niños en el primer mundo, el mercado de lo infantil crezca. La explicación es sencilla y perversa: se ha intensificado la inversión de capital por cada niño. El hijo, que ya no es solo un hijo, se reconfigura como un activo de inversión, como un proyecto. Y en este escenario, el sistema capitaliza la ansiedad parental. Transforma nuestra búsqueda de autenticidad en un nicho de mercado lucrativo que explota la promesa de que, si compramos el juguete adecuado en el mes adecuado, nuestro hijo tendrá una ventaja cognitiva sobre los demás.
Esta lógica alcanza su máxima sofisticación en algunas empresas que, copiando el modelo de suscripción de Netflix o Spotify, han convertido la crianza en un servicio por cuotas3. Empresas que nos envían a casa, trimestralmente, una caja con los juguetes “exactos” que el cerebro de nuestro hijo necesita en ese momento. Utilizan una terminología pseudo-clínica sobre “ventanas de oportunidad” y “optimización neurológica” para fidelizarnos en lo que es una clara taylorización del juego infantil: el objeto lúdico pierde su fin intrínseco de placer para convertirse en una herramienta de productividad. Este sistema externaliza nuestra carga mental, sí, pero también nos reduce a meros ejecutores de un currículo prefabricado, convirtiendo la maravillosa incertidumbre de ver crecer a una criatura en una necesidad ansiosa de recursos comerciales cronometrados. Si la caja no llega o si al niño no le interesa lo que hay dentro, quizás sentimos que estamos fallando en su desarrollo.
Además, el coste elevado de estos materiales actúa como una barrera que cristaliza la distinción de clase. La madera sostenible frente al plástico masivo transforma el juguete en un marcador moral. El consumo de estos bienes se interpreta erróneamente, insisto, como una credencial de “buena paternidad”. Algo que genera una culpa sistémica en quienes no pueden acceder a dicho mercado, invisibilizando las condiciones materiales reales bajo una capa de ética estética. La madera deja de ser materia prima para operar como un símbolo de virtud, confirmando que el acceso a una infancia “no contaminada” es hoy un privilegio de clase.
Pero, ¿por qué nos tragamos todo esto? La adhesión a estas narrativas se podría explicar desde la lógica de lo que se conoce como paternidad o maternidad intensiva. Si compramos la peligrosa idea neoliberal de que el Estado del bienestar ya no garantiza el futuro de nadie, surge asociado a esto un mandato neurodeterminista: creemos que el éxito futuro del niño depende exclusivamente de cuánto lo optimicemos en sus primeros años. Esta presión, exacerbada por la ruptura de las redes de apoyo tradicionales, instaura una inseguridad profunda en las familias. No sabemos qué hacer, y el mercado coloniza nuestras dudas. El juguete de diseño “científico” o “pedagógico” no se consume entonces solo por su utilidad, sino como un ansiolítico para los padres. Es un talismán. Al redefinir el hogar como un laboratorio de estimulación y a nosotros mismos como técnicos del desarrollo, despolitizamos la crianza. Dejamos de exigir mejores escuelas o mejores horarios laborales y nos centramos en comprar el rompecabezas correcto.
¿Y con todo esto, qué tipo de sujeto estamos creando? Foucault describió con precisión el paso de las sociedades disciplinarias (basadas en el encierro y el castigo externo: la escuela antigua de filas rectas y reglazos) a las sociedades de control. Y Maria Montessori, paradójicamente, fue pionera en liberar el cuerpo del niño, eliminando los pupitres fijos. En la práctica, pudo favorecer una disciplina interna mucho más sutil y eficaz, que curiosamente se adapta perfectamente a las necesidades del capitalismo moderno aunque no lo pretendiera. En el aula Montessori ideal (y en el hogar moderno que la imita), el niño no es coaccionado por un adulto que grita o impone. El niño elige trabajar. El niño elige el silencio. El niño interioriza el orden. Vamos, el sueño húmedo de Marie Kondo y del neoliberalismo: un sujeto que se auto-explota voluntariamente, que encuentra placer en la productividad y que no necesita capataz porque lleva al capataz dentro de su cabeza. Niños y niñas que no necesiten jefes, sino que se autogestionan.
Esta lógica se traslada también a la gestión emocional, a lo que conocemos como crianza respetuosa. Bajo la misma lente crítica, a menudo esta filosofía se malinterpreta y se practica como un modelo de “atención al cliente”. Hemos pasado de la autoridad patriarcal vertical (el nefasto “porque lo digo yo”4) a la gestión horizontal del manager emocional. En este esquema, el padre o la madre se convierte en un proveedor de servicios cuyo objetivo es garantizar la satisfacción del cliente (la criatura) y minimizar las fricciones. Si el niño llora o se frustra en el supermercado, lo interpretamos como un fallo nuestro: no validamos suficientemente la emoción, no anticipamos la transición o no usamos el tono de voz correcto. Y esto, como no podría ser de otro modo, genera una dinámica de auto-explotación agotadora. Debemos estar perpetuamente disponibles, calmados y validantes, gestionando las emociones del niño como un agente de call center gestiona a un cliente enfadado para que no le puntúe mal en las evaluaciones: con guiones preestablecidos (”veo que estás triste porque querías la galleta”), manteniendo una calma artificial y evitando el conflicto a toda costa. La negatividad del “no debes” ha sido reemplazada por el exceso de positividad del “tú puedes”, la misterwonderfullización de la vida misma. El progenitor quemado actual es víctima de su propio ideal de perfección pedagógica, no hay jefe externo que oprima. Nos explotamos a nosotros mismos creyendo que nos estamos realizando como padres y madres conscientes. Respuestas patológicas a un sistema que no tolera la negatividad.
Y es que en este afán de hacer todo “amable” y “lúdico”, corremos el riesgo de eliminar la resistencia de lo real. El niño criado en un entorno beige, protegido y curado, donde todo es suave y nada ofrece una resistencia “fea”, puede perder la capacidad de enfrentarse a la alteridad, a lo que es distinto de él. Si cada frustración es inmediatamente validada y procesada por el adulto, ¿cuándo experimenta el niño la soledad, la pena o el aburrimiento profundo? Y mientras nos agotamos intentando ser la madre o el padre perfecto, el mercado sigue ocupando espacios. El capitalismo aborrece el vacío como aborrece el silencio. Donde antes había tribu, comunidad, madres y abuelas, ahora hay transacciones. ¿No tienes quién te enseñe a dar el pecho? Contratas una asesora de lactancia. ¿No tienes vecinas con quien desahogarte? Pagas un grupo de crianza o una suscripción a una comunidad online. ¿No hay parques públicos seguros o cerca de casa? Pagas por materiales para convertir tu casa en un chiquipark respetuoso. La crianza respetuosa, que en sus orígenes teóricos abogaba por recuperar lo humano y la interdependencia, ha sido fagocitada por esta dinámica de sustitución. La “tribu” es ahora un servicio premium.
Hay quienes incluso denuncian cómo el “apego” mismo se ha convertido en un eslogan comercial. Se vende la idea de que el vínculo seguro se logra a través de performances externas: el porteo con fular de cien euros, el colecho en cama de diseño, la lactancia prolongada hasta la extenuación de la madre... Pero si estas acciones no van acompañadas de una revisión de las propias “sombras” (de nuestras propias carencias, rabias y tristezas), son meras puestas en escena. De nuevo, todo performances5. Podemos portear a un bebé todo el día y estar emocionalmente desconectados, rumiando nuestra ansiedad. El mercado nos vende los accesorios del apego, pero no el tiempo de introspección ni la calma necesaria para vincularnos de verdad. Hemos sustituido la conexión real (que es sucia, laboriosa, compleja y ambivalente) por una checklist de consumo “natural” para sentirnos buenas personas.
Montessori corre el riesgo inminente de morir de éxito (si no lo ha hecho ya), asfixiada bajo toneladas de madera pulida y filtros de Instagram. Lo que nació como una respuesta radical a la miseria se ha convertido en un lujo. Pero el problema, huelga decirlo, no es la madera. La madera es un material noble, cálido y maravilloso para la infancia. El problema es la ideología que se ha incrustado en ella. El problema es creer que la buena crianza se compra. El problema es pensar que la duda inherente a la vida se soluciona con datos y productos, y no con comunidad. El problema es ver al niño como un cerebro a optimizar y no como un sujeto político con derecho al presente.
Para descolonizar la crianza, quizás debamos volver a mirar a San Lorenzo, pero quitándonos las gafas del romanticismo consumista. Allí no había estética minimalista; había batas sucias y mesas manchadas de tanto usarlas. No había neurociencia de mercado; había observación respetuosa y humilde. No había padres ni madres buscando validación en redes; había tiempo disponible y una comunidad intentando sobrevivir y dar dignidad a sus hijos. Recuperar el espíritu de Montessori hoy no significa comprar más juguetes caros, sino quizás comprar menos y observar más. Significa politizar los cuidados: exigir menos trabajo y más tiempos de vida compatibles con la crianza (no para optimizar a las criaturas, sino para estar con ellas), luchar por escuelas públicas de calidad que incorporen estos principios para todos y todas (no solo para quien pague la privada de turno), y reconstruir la tribu en los barrios.
Mientras Montessori solo signifique madera y exclusividad, será solo un adorno más en el gran escaparate del capitalismo tardío. Y la educación, como la entendía Maria, debía ser algo más, debía ser “una ayuda para la vida”. Para toda la vida y para todas las vidas.
Post scriptum. Para desengrasar, os dejo con alguien que explica brevemente esto mismo, pero con la gracia y el salero que a mí me falta. Salud.
https://www.newyorker.com/books/under-review/the-miseducation-of-maria-montessori | Versión completa del texto archivada en archive.is
https://lovevery.eu/products/the-play-kits | Una empresa, como ejemplo, que se dedica a esto de ofertar juguetes Montessori por suscripción.
Pido perdón a mis hijos por usarlo más lo que debería.
https://psicologiaymente.com/psicologia/laura-gutman-la-crianza-con-apego-se-ha-convertido-en-un-eslogan | Laura Gutman desarrolla esto en “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”.




Los que hemos estudiado a Maria y estamos en la educación no podemos más que aplaudir este post
Fantástico análisis. Me imagino que otras pedagogías, como Waldorf, estarán sujetas a patrones similares.