¿Qué dicen los reels/shorts de nosotros?
Diez tipos de vídeo corto, evidencias de putrefacción cognitiva y estrategias para salir de la espiral del doomscrolling
En la última década, el consumo audiovisual ha ido mutando sutilmente hasta incrustarse bien dentro de nosotros con formatos brevísimos y ocupar casi cualquier hueco del día. En 2024, Meta afirmó que el 50% del tiempo que pasamos en Instagram se iba en reels. Y en YouTube, los shorts han pasado de 70000 millones de visualizaciones diarias en 2024 a 200000 millones en 2026: casi un x3 en dos años. ¿Bajas a por pan? Te ves dos reels por el camino, aunque eso haga que casi te caigas por las escaleras. ¿Te sientas en el autobús o en el metro rumbo al trabajo? Sacas el móvil y te enchufas unos cuantos shorts para matar el tiempo. ¿Te aburres en una sala de espera? Otra vez p’adentro, a la espiral del vídeo corto. Al final, todas o casi todas las plataformas han terminado adoptando este formato (breve, vertical), que parece hecho a medida de esta vida nuestra acelerada a trozos; y su gramática (que voy a intentar desgranar) habla de nosotros y nosotras más de lo que a veces nos gustaría admitir. Sin hacer juicio de valor sobre el contenido mismo de los vídeos, hoy, en el Kiribati, nos ponemos delante del espejo y dejamos que el reflejo sea la estructura de esos vídeos cortos que nos devuelve el feed de nuestra red social favorita. Da igual cuál elijas.
Estos formatos, uno de los más consumidos ahora mismo por la chavalada y por quienes ya no somos tan chavales, hablan de nuestro umbral de paciencia y, de fondo, también pueden ser vistos como política de la percepción (individual y colectiva). Cuestiones tan simples como que hayamos aceptado tragarnos material audiovisual en vertical por cómo agarramos los móviles (pasamos del clásico 16:9 al 9:16) dejan de ser meros detalles estéticos y se convierten en escenarios discursivos donde, de repente, importa menos el contexto y más el impacto. En estos clips verticales de los que hoy hablamos, lo periférico (dónde estoy, de dónde viene esto, qué hay alrededor) queda fuera por diseño. En un reel, el mensaje sustituye al mundo mismo durante un puñado de segundos. Y eso, claro está, tiene sus consecuencias.

Además, esa amputación de contexto se intensifica porque, en las plataformas principales (Instagram, TikTok, YouTube), el contenido nos llega muchas veces sin marco autoral ni conexión con nuestros perfiles ni con lo anterior que estuviéramos viendo. Los vídeos cortos aparecen como piezas desancladas, fuera de su lugar original, empujadas por un feed algorítmico que se encarga de alimentarnos a base de fragmentos que nosotros decidimos seguir viendo o deslizarlos hacia arriba.
No hace falta ponerse especialmente conspiranoico con esto. Todos sabemos qué funciona y por qué. Las propias plataformas han explicado (cada una a su manera) que recomiendan contenido priorizando vídeos según distintas señales de interés: interacciones, historial y, sobre todo, permanencia de quienes los consumen. TikTok lo dice de forma bastante directa: ver un vídeo de principio a fin es el indicador más fuerte para que lo recomienden. YouTube describe su sistema como un conjunto de señales (historial, feedback, likes y satisfacción) que optimiza lo que probablemente vas a ver y disfrutar y, por tanto, lo que te mantiene dentro y no te expulsa, lo que no te libera. Lo mismo que en TikTok e Instagram. En ese contexto, quienes deciden crear estos vídeos simplemente se adaptan a los caprichos de las métricas. La forma del reel es, por lo tanto, una respuesta “natural” al incentivo. Otra mierdificación más de las plataformas1.
Pero el texto de hoy no va tanto de que Internet esté para tirar por esa adaptación a las métricas, sino de mirar el formato, la estructura, la forma misma de los reels… como si fueran pistas forenses para intentar explicar que puede que seamos nosotros, por consumir esto de forma acrítica, quienes estamos para tirar. Llevo un tiempo asomándome a la lupita de Instagram, a YouTube y ocasionalmente a TikTok, y voy a intentar enumerar y describir los tipos de reels que me he encontrado, para leerlos como síntomas de una atención entrenada para el microenganche, el cierre rápido y la búsqueda continua de nuevos estímulos. Después os hablaré de algunos estudios que evidencian ciertas asociaciones entre consumo de vídeo corto y conductas de inatención (sin convertirlo en causalidad automática, pero tampoco en casualidad), y también os recomendaré brevemente alguna que otra herramienta/plugin para intentar romper con ciertas rutinas de consumo, que espero que tras leer este texto, pasen a ser no deseadas. Pero primero, los diez tipos de reel/shorts que he identificado:
El que te hace spoiler de lo que vas a ver escasos 30 segundos después: un vídeo corto cortísimo que, a pesar de su duración, te coloca al inicio un resumen con “lo mejor”. Asume que no le vas a conceder ni medio minuto de confianza sin garantías. Te da el momento clave, el clímax, antes de construir nada, como si la atención fuera un contrato que hubiera que cerrar previamente. Además de un truco narrativo barato, se puede ver como una adaptación al entorno plataforma donde “quedarse hasta el final” es la principal señal que se valora para recomendar y mostrar el vídeo a otros, y por tanto quien lo crea aprende a comprarte con un tráiler dentro del propio vídeo. Da por hecho que el espectador carece de atención como para quedarse si no tuviera gancho, algo que entrena a nuestros cerebros impacientes para exigir siempre adelanto, evidencia, recompensa inmediata.
El del loop perfecto que te devuelve al principio sin que te enteres: el reel de estructura circular está diseñado para que el cierre del vídeo encaje milimétricamente con la primera imagen o frase, como un truco de prestidigitación que convierte el final en un nuevo arranque. En apariencia es narrativamente más elegante que el anterior, pero en realidad no es más que otra artimaña que busca retención. Al conectar el último segundo con el primero, el vídeo se autorreproduce sin que tu cerebro registre del todo que ha terminado, y con ello puede que le regales alguna visualización extra. No te engancha por lo que cuenta, sino por cómo se niega a acabar. Si el sistema premia “verlo entero” y alargar el tiempo de visionado, el loop es la forma más limpia de inflar la métrica sin añadir contenido. Lo que dice de nosotros es incómodo: que a veces no buscamos respuestas, relatos o historias que cierren, a veces solo nos dejamos caer en una rueda que gira sola y nunca para.
El que te pide que aguantes un poco más: este se limita a reservar un giro o sorpresa para el final. Ni siquiera necesita enseñártelo, como hace el primero: le basta con anunciarlo desde el arranque, como quien deja un cebo con fecha y hora (a lo, ¡alerta, persona mayor!, Aquí hay tomate). Ese “espera al final” convierte la atención en una promesa de recompensa inmediata, pero diferida lo justo para que no te vayas: diez, quince, veinte segundos de contrato tácito. No confía en el relato, confía en tu FOMO doméstico: la sospecha de que, si te sales, te pierdes “lo bueno”. El cliffhanger anunciado funciona como un seguro anti-scroll. No te quedas por curiosidad natural, sino por presión suave, por esa pequeña deuda que el vídeo te instala (“ya que has llegado hasta aquí…”). Al final, pesan más sobre nosotros los sistemas de sujeción que el contenido en sí. Para cuando llega la decepción por lo inane de la resolución, ya has visto el vídeo completo.
El que se acompaña de una barrita de progreso o una cuenta atrás: este sería el equivalente audiovisual a ponerle ruedines a la atención. No es tu interés el que te pide que te quedes, sino que te tranquilizan con una promesa visual de fin cercano. La barra o el contador funcionan como sedante cognitivo: reducen la incertidumbre (“¿cuánto falta?”) y convierten el visionado en una micro-tarea con recompensa garantizada. Es revelador porque delata una dependencia creciente de andamiajes externos: si no hay señal clara de avance, el cuerpo interpreta el vídeo como un túnel sin salida y activa el gesto aprendido del abandono (deslizar hacia arriba). La barra o el contador sirven para añadir tolerancia. Y eso es lo inquietante: que nos preguntemos si, para sostener treinta segundos de atención, ya necesitamos un indicador de progreso o una señal de que este cierra y que el próximo estímulo viene pronto.
El que viene con teleprompter, intolerancia al silencio y ansiedad discursiva: el reel de subtítulos gigantes y frases cortas ya no es una excepción. Casi todos vienen subtitulados, como si escucharlos fuese un extra prescindible. En teoría podría ser una buena noticia (por temas de inclusión, accesibilidad, para gente con dificultades auditivas o que simplemente prefiere leer), y ojalá esa fuese la razón principal. Pero cuesta creerlo cuando el diseño está claramente pensado para garantizar el consumo sin escuchar, sin audio: el texto ocupa la pantalla, guía el ojo, comprime ideas en ráfagas y reduce al mínimo cualquier fricción. El creador, de nuevo, vive plegado a una lógica de métricas. Si la plataforma premia que te quedes y completes el vídeo, el subtítulo se convierte en mecanismo antideserción para un público que navega en silencio, en multitarea, o con la atención dividida. Otro andamio al que agarrarse. Cultura visual como sustituto de una escucha que el propio formato ya da por perdida. Además, casi todos los reels van a una velocidad casi cómica: dicción de metralleta, cortes cada dos segundos, respiraciones eliminadas, cero pausas, como si el silencio estorbara. El montaje está al servicio del miedo a que te vayas: cualquier microvacío se interpreta como ventana de escape para el dedo. Por eso también encajan tan bien con el consumo a 1,5x o 2x. El espectador empieza a ajustar el ritmo del relato al de su tolerancia a la impaciencia. Lo que dice de nosotros es duro pero reconocible: hemos entrenado una atención que tolera mejor la saturación que la pausa, y que necesita estímulo continuo para no sentir, literalmente, el vacío.
El de la doble pantalla: mi favorito por absurdo y por representar como nadie la atrofia total de la atención. El reel con vídeo partido (arriba alguien hablando, abajo un coche dando volteretas en el GTA o una carrera infinita de un juego tipo Subway Surfers) es una confesión brutal: un solo estímulo ya no nos basta. La parte “útil” (la voz, el relato, el consejo, la historia…) viene acompañada de un sedante visual continuo, hipnótico, para que el impulso dactilar de buscar un nuevo estímulo no se active. Nada tiene que ver un vídeo con el otro. Dos canales simultáneos para sostener lo que antes aguantábamos con uno: escuchar un “mensaje” mientras algo se mueve sin parar, como si el silencio visual fuese intolerable. Y aquí los creadores de nuevo están plegados a la métrica: saben que la atención se fuga en milisegundos, que el abandono es la norma, y por eso añaden un segundo foco que mantiene ocupada la mirada mientras el discurso intenta colarse por el oído. Imaginaos el nivel de atrofia de la atención al que hemos llegado para que esto sea toda una tendencia en el mundo del reel.
El del ragebait: el clásico vídeo que busca que no puedas pasar sin confrontar. Opiniones formuladas para polarizar (frases absolutas, ataques velados, caricaturas ideológicas, graves errores forzados por actores pésimos, mensajes que atentan contra los derechos más básicos…) con un objetivo simple: activar la indignación como pegamento. Que saltemos. Porque la rabia es una emoción de alta energía y baja complejidad: engancha rápido, exige respuesta (“no puede ser esto que estoy viendo/escuchando”), y convierte el comentario en extensión del vídeo (véase el siguiente tipo). Aquí el contenido es casi secundario, lo importante es provocar fricción social medible. El creador aprende que el desacuerdo genera más señales que el matiz: más respuestas, más duelos dialécticos, más tiempo en pantalla. La confrontación genera viralidad porque las plataformas lo premian. O mejor dicho: las plataformas potencian la confrontación porque esta genera viralidad, y esto, para ellas, es tiempo y dinero. Y lo que dice de nosotros es, de nuevo, poco heroico: que a veces nuestra atención no se organiza alrededor de ideas, sino alrededor de impulsos básicos; no seguimos argumentos, buscamos el conflicto. Posiblemente décadas de consumo periodístico lleno de clickbait, cebos y columnas polémicas que solo buscaban la reacción visceral han allanado el terreno para esto. Del sometimiento al SEO al sometimiento al algoritmo de plataforma.
La reacción sin contenido: vídeos donde casi no importa lo que ocurre “de verdad” y donde lo central es una segunda cara gesticulando al reaccionar a otro vídeo. Son el síntoma de una cultura que ha externalizado el criterio. No miramos el vídeo original: miramos cómo hay que mirarlo. La reacción funciona como subtítulo emocional: te indica cuándo sorprenderte, cuándo indignarte, cuándo reírte, y te ahorra el trabajo de interpretar. En continuidad con el ragebait, es perfecto: la plataforma no solo te vende una opinión polarizante, te vende también el manual de la respuesta en formato ceja levantada y boca abierta o indignación supina. Y el creador, otra vez, juega a la métrica: una cara humana retiene, humaniza, reduce la tasa de abandono y convierte cualquier contenido en compañía. Lo que dice de nosotros es claro: nos cuesta sostener una experiencia sin un mediador; necesitamos a alguien “encima”, como si tuviéramos que ver el mundo con un comentarista permanente que nos diga qué pensar.
El de la píldora premium: “3 cosas que nadie te dice de…”, “los 3 productos secretos de Mercadona”… Microdosificación de información con envoltorio de exclusividad. No venden conocimiento, sino la sensación de acceso a un secreto, a un atajo, a una versión “no oficial” que te ahorra tiempo y te hace subir un peldaño simbólico. Por eso funcionan tan bien: cada punto es un mini-golpe de recompensa, una unidad cerrada que puedes consumir sin contexto y sin continuidad. El problema es que esa forma favorece el detalle suelto sobre el marco: te llevas tres datos que suenan valiosos, pero rara vez el contexto para entenderlos porque no hay desarrollo. Y, de nuevo, quien crea se ajusta a las métricas. Dividir en ítems multiplica ganchos dentro del propio vídeo (si el 1 no te atrapa, igual te quedas por el 2), y convierte “lo que querías conocer/aprender” en otra prueba contra el scroll. Solucionismo recetario. Lo que delata de nuestra atención es inquietante: preferimos insights empaquetados a procesos lentos de comprensión, como si pensar fuese demasiado caro o laborioso. El coste de oportunidad. Resultado sobre proceso.
El que directamente es bazofIA: los reels hechos íntegramente con IA (voz sintética, imágenes imposibles, personajes sin alma, incoherencias visuales, deepfakes, micro-tramas absurdas, música pegajosa/genérica, subtítulos chillones, tipografías con erratas…) son el formato perfecto para una economía donde el contenido cuesta casi cero y lo caro es tu atención. Funcionan como “relleno optimizado”: no necesitan decir algo, solo necesitan retenerte el tiempo suficiente para que el sistema lo premie y lo replique. Por eso se parecen tanto entre sí: son variaciones baratas, probadas en masa, hasta que una engancha. No parece importar llenar los centros de datos con esta basura, uno de mil terminará siendo viral. A este tipo de consumo se le ha llamado brain rot precisamente como causa y efecto de tragarnos material “trivial o poco exigente” en bucle. Y el giro reciente es que ahora ese bucle puede producirse sin humanos en el circuito creativo: una montaña de AI slop que coloniza los feeds por volumen y por métricas, no por valor cultural, artístico o de ningún tipo. Lo que dice de nosotros es incómodo: que hemos creado un ecosistema donde el formato ideal no es el que conmueve o explica, sino el que, aun siendo hueco, falso, irreal, no te deja ir. [Aunque tengo cierta esperanza en que este tipo de reels termine produciendo un éxodo masivo de las plataformas. Mi padre, que antes consumía reels/shorts, me ha dicho que ya no ve ni uno, porque está harto de ver cosas que “no son verdad” o que “pudieran no ser verdad”. Chapeau por la IA entonces]

¿Y qué dice la ciencia de todo esto? ¿Se nos está pudriendo un poco el cerebro con tanto reel? Pues parece que algo hay, que se empieza a observar un patrón consistente de peor rendimiento cognitivo y peor autorregulación asociado a un mayor consumo de vídeo corto. La mejor foto panorámica es una revisión sistemática con meta-análisis publicada recientemente en Psychological Bulletin que viene a decir: a mayor uso de reels/shorts, peor cognición, destacando la merma que producen en atención e inhibición/autocontrol. En paralelo, también aparece asociación con peor salud mental: especialmente estrés y ansiedad. Y ojo, los propios autores insisten en que hay muchísima evidencia correlacional2.
Cuando bajamos de la panorámica a la cuestión específica, la cosa cuadra inquietantemente con la propia descripción de cómo son los reels. Otro estudio sugiere que las personas con mayor tendencia a engancharse al vídeo corto muestran señales más débiles de control ejecutivo en la corteza prefrontal cuando la tarea exige gestionar conflicto o interferencias. Traducido: el “sistema de freno” (el que te ayuda a sostener la atención y a no dejarte arrastrar por el estímulo más llamativo) parece trabajar con menos margen. Lo interesante es que, en algunos casos, el rendimiento visible en la tarea (acertar o no acertar) no cambia tanto. Puedes seguir “dando la talla” en las pruebas, pero a nivel neural estás pagando más por conseguirlo. Como si aún pudieras correr al ritmo que deseas al entrenar, pero con el corazón a más pulsaciones por minuto: la tarea sale, sí, pero el coste interno de mantener el control y la atención sube3. De un modo similar, otro trabajo reciente distingue entre uso pasivo del vídeo corto (mirar y deslizar) y uso activo (dar likes, comentar, guardar, compartir) y encuentra que cuanto más “activo” es el consumo, peor funciona la alerta/vigilancia, la forma más básica de atención: estar listo y mantenerte estable sin desconectarte. Además, en el cerebro en reposo aparece más acoplamiento entre zonas de control atencional y la red por defecto (la que se activa cuando la mente divaga), como si el sistema que debería sostener el foco estuviera más mezclado con el de la deriva mental. En cristiano: no es solo una sensación, hay señales claras de que la atención se vuelve menos eficiente al consumir estos vídeos, y por eso los reels te meten barritas, ganchos y mensajes de esperar al cliffhanger como muletas para que no te vayas4.
En los estudios que utilizan neuroimágenes empieza a colarse, con cautela, un lenguaje parecido al de las adicciones conductuales: cuanto más “enganche” al vídeo corto declara una persona, aparecen más asociaciones con cambios en zonas del cerebro implicadas en valorar recompensas y en controlarse (las que ayudan a decir “paro” o “sigo”)5. Y, ya en 2026, otro estudio encuentra algo bastante kiribatesco sobre la construcción del gusto y libertad de elección: durante el visionado inmersivo de vídeos preferidos, se observa desactivación de nodos de control cognitivo frente a vídeos menos preferidos que la gente abandona antes. En cristiano: el visionado al que te quedas pegado puede ir de la mano de un debilitamiento momentáneo de las áreas que normalmente ponen límite y control6.
Y luego está la vía indirecta, pero igualmente devastadora: los efectos sobre el sueño. Hay estudios con muestras grandes en adolescentes donde la adicción a reels se asocia con peor calidad de sueño, y parte del efecto pasa por variables como ansiedad social7. En universitarios se ha encontrado un patrón similar, con efectos que, además, se vinculan con una mayor tendencia a la procrastinación y al deterioro de la actividad física8. Y todo esto importa porque el vínculo sueño-cognición no es algo opinable: numerosos estudios llevan décadas mostrando que dormir mal deteriora la atención, la memoria de trabajo y las funciones ejecutivas. En definitiva, que el vídeo corto no solo compite por tu tiempo, sino que puede estar comiéndose el descanso que tu atención necesita para no ir renqueando al día siguiente… y esa atención renqueante, a su vez, es la que pide formatos todavía más cortos o “andamiados” (barra de progreso, loops, doble pantalla) para aguantar. La pescadilla que se muerde la cola, mientras se nos pudre el cerebro.
¿Se puede escapar de este tipo de consumos? Quiero creer que sí. Últimamente también se observa en redes una cierta búsqueda de la simplicidad y un cierto hartazgo algorítmico. Hay quien habla de desplataformización, y hay ciudadanos (me incluyo) que apuestan y claman por una educación algorítmica crítica de mayor intensidad. Pero si decidimos no romper del todo con ellas, resulta bastante difícil por ser una cuestión que viene inserta en la interfaz misma de las plataformas. El formato te atrapa por diseño, y por lo tanto, una de las pocas maneras eficaces que hay de escapar (si obviamos la de salir por completo de las plataformas) es desactivarlo también por diseño. Si navegas desde un ordenador es relativamente sencillo anular todo esto (la experiencia es siempre más modificable y libre desde un PC que desde un dispositivo móvil cerrado, aunque de esto hablaremos otro día). Con Firefox/Chrome y una serie de plugins (Unhook, DF Tube o Remove Shorts) puedes lograrlo. Hay otras herramientas que permiten amputar reels o la parte de la lupa en Instagram (IGPlus, Antigram, No More Reels). Aunque también he visto al propio sistema intentando capitalizar todo esto con dispositivos distraction-free y suites completas vía suscripción (cosas como Balance OS) pensadas para “reducir distracciones” y bloquear elementos. O cosas como Dumb Phone, one sec o Freedom, apps que (vía suscripción) añaden bloqueos o una capa de fricción antes de entrar en las redes sociales que marques. Para desintoxicarte. El mismo sistema que te atrapa vendiéndote la escapatoria.
En fin, cualquiera de estas herramientas convierte tu feed en un sitio más aburrido y, por lo tanto, más habitable. Pero claro, casi todas desde el PC, y el problema es casi siempre el consumo desde el móvil. Mi opción preferida, sin embargo, es otra: desinstalar toda plataforma que no necesites. Actualmente, de hecho, intento limitarme a usar mis cuentas en redes/plataformas para compartir los textos que escribo aquí. Me autoengaño del siguiente modo: utilizo la plataforma para ir, de algún modo, en contra de la plataforma. Pero el simple hecho de tenerlas a veces hace que entre y picotee en el fango de lo algorítmico. Si no quieres cerrar del todo el grifo, existe la vía técnica de poner límites duros por tiempo/horario: en escritorio, extensiones tipo LeechBlock NG bloquean webs por franjas o por minutos acumulados; y en Android/iOS, las apps nativas de “tiempo de uso” permiten fijar límites por app/categoría y hacen que se bloqueen al terminar el cupo marcado. Por si ves que son demasiadas horas las que empleas en esto.
Al final, pararse a analizar estos vídeos cortos no es otra cosa que intentar hacer pedagogía diaria de la percepción, tanto individual como colectiva. Su consumo te enseña a tolerar el mundo a mordiscos descontextualizados, a preferir el impacto al contexto y a normalizar una impaciencia que luego se te cuela en todo lo demás. Por eso las soluciones que planteo suenan a poca cosa: aburrir el feed, amputar el acceso fácil, devolverle fricción al gesto. Eso, o romper con todo y salir del mundo plataforma. Poco a poco o de golpe, tú eliges. Todo por ganar higiene mental y, sí, también por una cuestión política: porque una atención domesticada fabrica una ciudadanía domesticable. Y no me escondo: como decía, yo también caigo, yo también pico. Lo he hecho más frecuentemente de lo que hubiera preferido y de vez en cuando lo sigo haciendo; pero escribir esto es mi manera de ponerle nombre al mecanismo y a lo que arrastra detrás, y de recordarme que a veces hay que pelear contra la trampa de la dopamina fácil (que puede venir con merma cognitiva). Si te quedas con algo, que sea esto: la próxima vez que la espiral del reel te haga guiños, prueba a no contestarle. Frena. Borra la app. Mira al horizonte. Toca césped. A veces, lo más radical es recuperar el derecho a que no pase nada: aburrirte un rato… o, yo qué sé, hablar con alguien que tengas al lado.
https://capitanswing.com/catalogo/mierdificacion/ | Este mes (23 de marzo) sale traducido al español el libro de Cory Doctorow.
https://doi.org/10.1037/bul0000498 | Revisión sistemática y meta-análisis con modelo de efectos aleatorios, análisis de moderadores/sensibilidad y evaluación de sesgo de publicación (98299 participantes a través de 71 estudios).
https://doi.org/10.3389/fnhum.2024.1383913 | Estudio de laboratorio con 48 adultos jóvenes: cuestionarios de tendencia a adicción a vídeos cortos (MPSVATQ) y autocontrol (SCS). Registro EEG durante el Attention Network Test (ANT), extrayendo índices oscilatorios para operacionalizar control ejecutivo y su relación con las medidas conductuales.
https://doi.org/10.1016/j.neuropsychologia.2025.109291 | Estudio observacional que distingue uso activo vs pasivo de vídeos cortos y lo relaciona con los tres componentes atencionales (alerting/orienting/ejecutivo) medidos con ANT. Se complementa con conectividad funcional en reposo (redes a gran escala) para vincular patrones de uso con métricas de atención y conectividad.
https://doi.org/10.1016/j.neuroimage.2025.121029 | Estudio multimodal que estima síntomas de short-video addiction y los vincula a sustratos cerebrales mediante MRI estructural (morfometría/GMV) y fMRI en reposo (actividad espontánea), usando Inter-Subject Representational Similarity Analysis (IS-RSA). Integra además análisis transcriptómicos y celulares para mapear firmas génicas asociadas a los correlatos neuroanatómicos.
https://doi.org/10.1016/j.neuroimage.2026.121722 | Estudio con 56 adultos jóvenes: 1H-MRS en reposo para cuantificar glutamato y GABA en dACC, y fMRI durante visionado libre de vídeos cortos (preferidos vs menos preferidos). Analiza desactivación dACC/dlPFC y cambios de conectividad funcional dACC–dlPFC durante el visionado, en relación con los metabolitos medidos.
https://doi.org/10.1186/s40359-024-01865-9 | Estudio transversal con encuesta a 1.629 adolescentes (3 institutos): escalas de adicción a vídeos cortos, ansiedad social y calidad del sueño. Análisis con correlaciones de Pearson y modelo de mediación mediante SEM en AMOS (con bootstrap para efectos indirectos).
https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1287735 | Encuesta online transversal a 337 universitarios: Short Video Addiction Scale (14 ítems), PSQI (sueño), PARS-3 (actividad física) y Aitken Procrastination Inventory. Análisis en SPSS (incl. test de sesgo de método común de Harman) y mediación en cadena con PROCESS (Modelo 6) controlando edad, género y curso.


