Me condenaron a veinte años de hastío
Por intentar cambiar el sistema desde dentro
Ahora vengo a desquitarme.
Hoy vengo un poco a calzón quitao, algo ideal para este agosto tórrido. El asunto a tratar me ronda continuamente la cabeza y también, por qué no decirlo, me atormenta un poco. Hoy quiero hablaros de ideología, de este sistema nuestro, de identidad y también de poder. En otras palabras, de la loca idea de intentar ejercer el anticapitalismo en un siglo XXI en el que, tanto en el mundo físico como en lo digital, casi cualquier posición política encuentra acomodo, siempre que no amenace seriamente las condiciones materiales que sostienen el negocio.
Me explico. El capitalismo acepta de buen grado todos los calificativos que le dedicamos. Podemos llamarlo voraz, tirano, inhumano, obsceno, violento o directamente criminal. Podemos publicar libros, canciones, películas, o escribir todas las newsletters que queramos denunciándolo. Podemos vender camisetas con claros mensajes antisistema, disfrutar viendo Wall-E, cobrar entradas para participar en congresos anticapitalistas, ir a un concierto de Los Chikos del Maíz, o abrir una newsletter con suscripción mensual desde la que explicar por qué el capitalismo nos ahoga y por qué debemos cambiar de modelo. El capitalismo acepta siempre bien la crítica, nunca la expulsa. La recibe con los brazos abiertos, la clasifica, la recomienda e incluso, si le interesa, la coloca antes de un botón naranja que dice…
El capitalismo contemporáneo no necesita prohibir el anticapitalismo porque le ha bastado con transformarlo en contenido. En SU contenido. Y en eso estamos tú y yo ahora mismo.
Escribiendo o leyendo desde Substack un texto que versa sobre los límites de escribir en Substack. Usando plataformas privadas para cuestionar el poder de las plataformas privadas. Republicando en otras redes sociales para denunciar que hemos entregado nuestra conversación pública al negocio de las redes sociales privadas. Consultando cuántas visitas ha tenido ese último artículo sobre la economía de la atención. Celebrando que el proyecto (este o cualquier otro) vaya bien solo porque los números vayan parriba. Escribiendo en agosto para que no se olvide de ti Don Algoritmo.
Ser anticapitalista en 2026 es complejo, porque no es solo una identidad a añadir a nuestras biografías junto a nuestras películas favoritas, ni tampoco es simplemente una especie de superioridad moral que se adquiere comprando en determinados lugares, evitando ciertas redes o aplicaciones, ni enumerando autores franceses que ya hablaron de todo esto mucho antes que nosotros. Antes de todo esto, ser anticapitalista debería ser eminentemente una práctica, casi como respirar. Algo que verdaderamente altere las relaciones de propiedad, de dependencia, de explotación y también, sí, de poder y de construcción de la identidad. Porque si no se pregunta quién posee, quién decide, quién trabaja, quién se apropia de lo producido y quién puede marcharse en el momento que decida marcharse… no es lo que dice ser.
La cuestión hoy no es tanto si se puede ser anticapitalista aquí o no, escribiendo desde un lugar privado, desde el jardín de otro, sino qué clase de proyecto, de visión sobre el mundo o de relaciones estamos construyendo mientras escribimos aquí... ¿Estamos aprovechando las herramientas del mercado para reorganizar nuestra forma de pensar, de escribir y de estar con los demás? ¿Transformamos algo? ¿O la infraestructura nos está convirtiendo en uno más de sus productos? Todo esto, queridos amigos y queridas amigas, me atormenta sobremanera casi a diario.
Casi coincidiendo con el origen de Viernes en Kiribati, decidí que iba a salir, poco a poco, de las pocas redes sociales que todavía utilizaba. Pensé que, si huía de ahí, ganaría tiempo para hacer cosas algo más personales, más creativas y, posiblemente, más provechosas… Y por eso me fui de Twitter, de Facebook y también de Instagram. No llegué a cerrar las cuentas, pero sí borré las apps del teléfono y, por contagio, empecé a dejar de frecuentarlas. Nunca les tuve demasiado apego, pero he de reconocer que, en algunas etapas de mi vida, posiblemente las usé más de lo que debía, compartí más de lo necesario y, posiblemente, también trabajé para ellas más de la cuenta, sin haberlo deseado.
Durante un tiempo dejé de usarlas, pero después pensé que quizá, desde un punto de vista utilitarista, podrían servirme para difundir mínimamente este proyecto que recién arrancaba. Un proyecto, el Kiribati, que nacía (¡Oh, vaya!) en otra plataforma privada: con sus algoritmos, sus dinámicas de captura de la atención, su parte social y toda su mierda intacta. Volví a todas ellas con una idea y una justificación que, a día de hoy (no lo sé mañana) todavía me parece razonable: utilizar las herramientas del sistema solo para hablar mal del sistema, para ir contra el sistema. Puede sonar algo muy de iluso, pero mi intención siempre fue (y es) la de aprovechar sus canales de distribución para hacer circular mi voz. Una voz que, con sus limitaciones, cuestionara la narrativa boba de las bondades de la conectividad, de la democratización de los accesos y de todas las supuestas ventajas que todas estas empresas nos ofrecen “gratuitamente” en sus plataformas. Usar sus canales y sus herramientas, a veces incluso parte de sus códigos, pero solo para ir contra ellas. Todo lo posible, en todo momento.
Alguien me podría tildar de hipócrita, y yo puedo serlo como individuo, pero creo que esa decisión no lo es. Porque la hipocresía exigiría fingir que las contradicciones no existen, y aquí en el Kiribati estamos, ya largos meses, exponiéndolas negro sobre blanco (o blanco sobre negro si eres ave digital nocturna). En cada texto, en cada escena de las que parto, en cada enlace compartido, en cada estadística y en cada referente teórico al que he aludido, la contradicción existe. Lo que no tengo tan claro es si reconocer esa contradicción basta para impedir que el sistema termine devorándote. Vamos, de nuevo, otra contradicción.
Os pongo un ejemplo. Ahora mismo ya hay casi 2500 personas suscritas a Viernes en Kiribati, una cifra humilde, pero que empieza a ser más grande de lo que hubiera imaginado hace escasos diez meses. Cuando pienso sobre todo esto, generalmente en horizontal y con los ojos cerrados, quiero hacerme creer que, si veinticinco de esas personas, tras leer, decidieran mirar algún asunto nimio de sus vidas desde una posición más crítica o más disidente, ya habría merecido la pena todo el proyecto. Pero en esa misma lógica, en esa misma ensoñación, aparece de nuevo el problema. Porque hasta para imaginar una pequeña victoria en términos políticos, me imagino a mí mismo calculando una tasa de conversión del uno por ciento. No se puede escapar. Nos imaginamos antes el fin del mundo que el fin del capitalismo.

Y me podrían dar igual las cifras, pero eso no sucede porque tengo todo esto en el tuétano como casi todos los que estáis leyendo, porque la ideología de mercado la llevamos grabada a fuego. Desde chiquititos. Uno escribe para que lo lean, y por lo tanto, es de algún modo lógico querer saber si alguien lo está realmente leyendo, porque una idea que no circula difícilmente puede intervenir en nada. Pero el problema real empieza cuando las normas o las lógicas internas de la plataforma dejan de describir nuestra actividad y comienzan a gobernarla. Cuando empezamos a performar la identidad que demanda el sistema y pasamos de los lectores a los suscriptores, de establecer relaciones a construir audiencia, de escribir con frecuencia a trabajar la retención, y de la conversación pública a la aspiración por el crecimiento, a ser posible, rápido e ilimitado. Compramos el pack CAPITALISM 101 sin que haga falta que nadie nos obligue a ello. Por simple exposición diaria a esos términos, a esas lógicas, a esas dinámicas y a otros perfiles que sí que consiguen lo que el sistema vende como éxito, lo hacemos costumbre.
No voy a decir que la pluralidad ideológica dentro de lo mainstream no exista, pero existe solo hasta cierto punto. A poco que buceamos por las grandes redes sociales, por los principales medios de comunicación audiovisual o por los periódicos de gran tirada, podemos ver que se defiende casi cualquier estilo de vida, se discuten los valores o las representaciones y se puede elegir entre una “gran” variedad de identidades políticas. Elige tu propia aventura: puedes ser conservador, progresista, socialdemócrata, liberal, libertario, ecologista, feminista, reaccionario o revolucionario. Siempre y cuando tu presencia pueda ser reconocida como un fragmento, pueda ser convertida en una categoría y también administrada como producto de mercado.
El sistema tolera bastante bien las ideas extremas, os dije antes. Y son las prácticas que cuestionan la propiedad, el control y la acumulación de la riqueza las que creo que gestiona peor. El capitalismo puede venderte una identidad anticapitalista, pero no puede ofrecerte poder anticapitalista real. Ese poder hay que hacerlo, hay que construirlo nosotros y nosotras, porque el anticapitalismo no se hace solo.
Históricamente, siempre hubo detractores para con la disciplina de las fábricas y las jerarquías inmóviles en cualquier organigrama, y pronto aparecieron la flexibilidad, el trabajo creativo y el empleo autónomo. También se denunció que la cultura de masas uniformaba, y llegaron los algoritmos de personalización, la búsqueda de los nichos y las recomendaciones individuales. Se cuestionaron los medios centralizados, y las plataformas nos prometieron que todos íbamos a poder crear, publicar y encontrar nuestra voz y nuestra audiencia. Así que sí, la fábrica alienaba al trabajador, la cultura de masas homogeneizaba y los grandes medios controlaban el acceso a la conversación pública… Y cambiamos… ¿y qué pasó después? Que buena parte de las respuestas terminaron produciendo “nuevas” formas de explotación. Sistémicas.
A la precariedad la llamamos flexibilidad, y confundimos autonomía con disponibilidad permanente. La creatividad empezó a obligarnos a la constante autopromoción, y a trabajar gratuitamente ahora lo llamamos participar. ¿Personalización? Pura vigilancia. Y la posibilidad de publicar y crear sin intermediarios no fue más que un cambio de dependencia, de señor feudal, ahora con mucha más opacidad que antes.
Las plataformas del tecnocapitalismo actual, esta desde la que escribo también, son entornos diseñados por empresas con intereses específicos. No sé cuántas veces repito esta frase al año, pero pocas me parecen. Cero neutralidad. Son ellas quienes establecen qué resulta visible, qué se premia, qué se mide y qué conductas parecen naturales. Libertad hay, se nos permite hacer muchas cosas (como escribir esto), por supuesto, pero al mismo tiempo el terreno sobre el que hacerlas está atado y bien atado.
Con ingenuidad de pobre, uno siempre puede pensar que utiliza tácticamente el territorio de otro, que puede apropiarse de una herramienta para utilizarla para fines distintos de aquellos para los que fue diseñada. La grieta se puede abrir, se puede desviar la atención o se puede hacer circular un mensaje incómodo para la propia plataforma. Esto se ha hecho siempre, porque no somos autómatas completamente guiados por las infraestructuras que habitamos, pero una cosa es utilizar una táctica y otra bien distinta controlar el terreno. Porque yo puedo escribir aquí contra Substack, y en las redes de Meta contra Meta, pero no debería confundir esa utilización circunstancial con una transformación estructural. Por mucho que hayas aprendido a usar el edificio para cuestionarlo de forma ingeniosa, no has dejado de tener casero, no has pasado a controlar nada, y cada mes… pagas.
El poder suele imaginarse como algo que alguien posee: una cuenta bancaria, una empresa, unas acciones, un servidor, una vivienda… También como una relación que funciona de arriba abajo, porque hay personas con capacidad para contratar y despedir, comprar y desahuciar, censurar o modificar unilateralmente unas condiciones de uso. En cualquier relación hay quien dispone de más poder y quien dispone de menos, y no ocupa la misma posición el propietario que el inquilino, el accionista que el trabajador despedido o la empresa que controla una plataforma que quienes dependen de ella para comunicarse. Tampoco nadie eligió democráticamente qué algoritmos rigen nuestra vida, y sin embargo, organizan y condicionan gran parte de nuestra conversación pública. Esta es quizá la imagen más clara e intuitiva del poder, que alguien lo ejerce y alguien lo padece. Pero hoy resulta radicalmente incompleta.
Porque aunque lo podamos imaginar vertical, no actúa exclusivamente desde arriba ni tampoco se limita a la prohibición. El sistema organiza y etiqueta, de forma obscenamente horizontal (y hasta participativa), todo lo que consideramos posible, razonable o deseable, y por el camino produce y consolida nuestros hábitos, lenguajes, expectativas, nuestros deseos y nuestras identidades. Vamos, que el sistema no tiene que decirte exactamente qué debes realizar, cómo te debes comportar, ni qué debes vociferar si consigue establecer de forma bien clara cuáles van a ser los criterios con los que se te va a evaluar, cómo te va a comparar con otros. Nadie necesita expulsarte si quien tiene el poder, quien manda, es quien decide el significado de la palabra éxito y de la palabra fracaso. El poder, sibilinamente, entraría de ese modo directamente en nuestra forma de entender lo que hacemos y cómo lo hacemos, incluso antes de que lo hagamos.
Por eso el enemigo está dentro, en todos nosotros. LTA, a través de cada poro. Hemos aprendido a mirarnos unos a los otros con y a través de las categorías del mercado, y nos autoconcebimos como proyectos que deben crecer (ilimitadamente), como marcas personales que deben buscar su sitio, como perfiles que necesitan visibilidad y como pequeñas empresas que tienen que rentabilizar cualquier capacidad, cualquier conocimiento y/o cualquier vínculo que construyan en todo momento. Y si puedo, te pisoteo.
El poder circula (a veces), pero en este sistema-mundo está muy mal distribuido, y además, estamos poco alfabetizados como para poder detectar que no lo tenemos. El neoliberalismo, además, ha conseguido algo horrorosamente extraordinario. Ya no nos vemos como trabajadores, como ciudadanos o como vecinos, somos simples administradores de nuestras empresas unipersonales. Invertimos en nosotros mismos, aumentamos nuestro valor, nos mantenemos visibles, publicamos estando en vacaciones y convertimos cada aspecto de nuestras tristes vidas en una posible fuente de rendimiento. En moneda de cambio. Y como siempre podemos estar aprendiendo, escribiendo, relacionándonos o generando oportunidades, el trabajo no termina nunca.
Y el descanso se convierte en contenido. E incluso la intimidad. ¡Qué digo! El anticapitalismo mismo puede convertirse en contenido.
Y yo ya no sé si quería escribir este texto, o no, o si la necesidad de mantener este proyecto activo, abierto y con intención de generar conversación pública también decide qué y cuánto escribo, cómo escribo o incluso qué partes de mí mismo pongo a circular.
Escribes y te preguntas si un tema “funcionará”. Y evitas ciertas ideas porque pueden provocar que haya quien se desuscriba. O fuerzas una polémica porque genera interacción. O empiezas a no distinguir del todo si algo lo has vivido o has producido el relato de haberlo vivido. Compartir identidad política puede ayudarnos a reconocernos, a encontrar voces aliadas y dar cierta continuidad a nuestras luchas y demandas, pero la línea es demasiado fina y pronto también podemos estar hablando de mercancía, de tener que usar una determinada estética coherente, unas estructuras, unos símbolos, una forma de hablar y de performar para comunicar quiénes somos (y qué no).
Fácilmente podemos terminar más preocupados por parecer anticapitalistas que por construir realmente prácticas, dinámicas y discursos realmente transformadores. Aunque en esto tampoco nos salvaría un mayor purismo o convertirnos en un asceta del capital. Porque buscar la pureza suele convertir las cuestiones de índole colectivo en exámenes permanentes de coherencia individual. Y así es muy fácil pasar de preguntarnos cómo organizar las instituciones, las infraestructuras y las formas de propiedad de forma distinta, a escudriñar si fulanito de copas compra en Amazon, escribe desde un iPhone o utiliza una plataforma yanqui para alojar sus fotos en la playa.
Nuestras decisiones importan, pero ningún inventario de renuncias personales sustituye a una buena estrategia política, colectiva y/o comunitaria.
¿Has decidido salir de Instagram porque has detectado que no te hace bien? Bravo, te felicito, pero no modifica nada sobre cómo Meta sigue teniendo el control y el poder para condicionar la construcción y circulación de todas nuestras identidades digitales. ¿Has decidido comprar en una pequeña librería de barrio y has cancelado el Prime de Amazon? Fantástico, this is the way, pero el acto no transforma por sí solo la estructura de la distribución literaria global. La pureza individual es solo política de mínimos, a veces únicamente una manera elegante de retirarse, sobre todo cuando se dispone del privilegio para hacerlo.
Puedes pensar que nada de lo que hago aquí es verdaderamente anticapitalista, que uso una plataforma del enemigo, que hablo de audiencia, que miro y cuido los números, y que tal cosa me sitúa inevitablemente dentro de las lógicas capitalistas que pretendo denunciar. Y posiblemente lleves razón, porque la difusión de ideas puede contribuir a una transformación relativa, pero no debe nunca confundirse con la transformación misma, tengas los suscriptores que tengas, llegues a la gente que llegues.
Sin organización, sin colectivizar recursos e infraestructuras, sin propiedad común y sin capacidades materiales para disputar el poder, todas estas críticas no son más que berrinches pseudointelectuales que corren el riesgo de convertirse en otro género cultural más. Pero busco y miro y tampoco hay ningún otro exterior limpio de mercado desde el que actuar. Y si existe, es invisible o está desapareciendo. De ahí que crea que esperar a estar libres de contradicciones para intervenir es equivocarse, precisamente porque las contradicciones son una de las condiciones materiales de nuestra vida misma.
La pregunta entonces, para no errar el tiro y para ir cerrando, no sería tanto si hemos conservado intacta nuestra pureza ideológica al entrar a una plataforma como esta, sino qué estamos construyendo, si estamos generando vínculos que sobrevivan a esta plataforma que algún día caerá, si estamos aprendiendo con profundidad, si estamos detectando los mecanismos que hay detrás y cómo nos cambian, si generamos comunidad que podamos trasladar, si estamos apoyando infraestructuras de lo común, públicas, cooperativas, o si estamos utilizando la visibilidad para fortalecer lo colectivo o únicamente para hacer más grande nuestro perfil o nuestro proyecto individual.
Puede que este texto no sea anticapitalista por el simple hecho de decir que lo es. Puede que ni siquiera exista algo así como una newsletter anticapitalista mientras su existencia dependa de las herramientas del puñetero sistema y de sus absurdas e infinitas formas de entender el crecimiento. Lo que sí puede hacer (me gustaría creer) es contribuir, modestamente, a que algunas personas reconozcamos las condiciones bajo las que vivimos y dejemos, poco a poco, de considerarlas inevitables. Tiene que haber una vía.
Me condenaron a veinte años de hastío, por intentar cambiar el sistema desde dentro. No lo conseguí, pero tampoco consta que haya dejado de intentarlo. Aunque sea con palabricas1.
No todo el mundo es tu enemigo, pero la lógica del sistema está en todas partes. Ten cuidaico. The enemy is everywhere.
Abajo el trabajo, y más en agosto. Nos vemos con más Kiribati en septiembre. Abrazos.



