Los últimos hijos del ordenador de sobremesa
O cómo el "nativo digital" no sabe dónde están sus archivos o sus carpetas
Mi pareja es profe de secundaria, creo que lo he comentado alguna vez, y una de las pequeñas cosas por las que me enamoré perdidamente de ella fue su solvencia tecnológica. Millennial y un poco nerd como yo, e hija de una persona amante de la tecnología y, en especial, de los ordenadores, Ana siempre tuvo su PC propio y prácticamente nunca necesitó a nadie para romper y arreglar cosas, para formatear sus dispositivos o para sacar un proyecto digital palante. Especialmente espectacular era (y es) su dominio de las suites ofimáticas: cuando los demás estábamos peleándonos con las tablas y los estilos, ella ya había diseñado macros y hacía funcionar sus documentos de Word como nadie. Vamos, que la quiero un montón (no solo por esto, claro está) y me apetecía un montón empezar este Kiribati hablando de ella, que es la mejor. A ver si me lee. El caso es, y vuelvo al tema, que tanto ella como yo estamos observando que en los últimos años tenemos serias dificultades para que nuestros estudiantes (secundaria y universidad) sean capaces de resolver cuestiones digitales básicas: descomprimir un archivo, gestionar la instalación de un software que no existe en ninguna tienda de apps, manejar una suite ofimática con soltura… Al principio pensábamos que era cosa nuestra, deformación profesional de pareja un poco friki. Pero no, parece que la cosa va mucho más allá de nuestras aulas.
A la astrofísica Catherine Garland le pasó algo similar hace unos años. Estaba dando clase a sus estudiantes de ingeniería y les pidió que localizaran los archivos de las simulaciones que estaban haciendo. Para su sorpresa, nadie encontró nada. Les preguntó que dónde los habían guardado y descubrió que la propia pregunta carecía de sentido para la gran mayoría de ellos: el concepto mismo de carpeta o de directorio les era tan ajeno como la palabra discman, VHS o casete1. Para aquella chavalada, todos sus documentos vivían en un mismo sitio indiferenciado, una especie de cesto de la ropa de piso de estudiantes (a veces también de piso de adulto supuestamente funcional, ejem, culpable) del que la barra de búsqueda rescataba lo necesario cuando lo necesitaban. Vamos, que la máquina que bautizamos como ordenador funciona hoy para las nuevas generaciones como un (des)ordenador de propósito general por contagio de los dispositivos móviles: todo al cesto, y que doña lupita con esteroides busque lo que haya que buscar.
Esta escena, con la que hoy arranco este texto que quiero que sea algo más breve que de costumbre (nunca lo consigo), es también bastante paradójica. Porque esos mismos estudiantes que no saben encontrar dónde están sus archivos son hoy los que editan audio y vídeo en sus móviles con una soltura que humilla a la generación anterior, “gestionan” sus perfiles en tres redes sociales a la vez y resuelven en segundos cualquier trámite si hay una app pensada para ello. Ahora, pídeles que te instalen un software desde el terminal (termiKHÉ!), que instalen y firmen con el certificado digital, o que borren algo en la carpeta “Archivos de programa”, y se hace el silencio. Como decía, no creo que esto sea una escena que solamente hayamos vivido nosotros. La “brecha” generacional digital es real, y no es para nada como nos la contaron.
Durante muchos años nos dijeron que esto no iba a pasar, que no iba a ser un problema. En 2001 Marc Prensky acuñó el término “nativos digitales”2 para describir a las generaciones nacidas entre tecnología, supuestamente dotadas de competencias innatas que sus mayores, pobres “inmigrantes digitales”, jamás alcanzarían. Desde el punto de vista educativo, la idea era difícil de no comprar, porque explicaba el mundo y su relación con la tecnología a partir de una sola variable, la fecha de nacimiento, y con ello eximía a todos y todas de la molestia de tener que enseñar cuestiones de informática básica. El mito del nativo digital tiene hasta su propia escena que seguro que has vivido: la criatura de dos años haciendo scroll con el dedito mientras un adulto afirma con vehemencia, admirado: “hay que ver cómo controlan la tecnología desde pequeñitos”. Cuando lo único que controla la criatura es el puñetero scroll, que es exactamente lo único que la app le deja controlar3.
El cuento de los “nativos digitales” se terminó en cuanto la investigación se puso manos a la obra. Ya en 2008, varios académicos revisaron la evidencia disponible y negaron la mayor: aquello de los nativos digitales hablaba más de los miedos de las generaciones anteriores que de nada empírico4. Otros textos, en años venideros, afirmaron que la edad no sirve para explicar por sí sola la competencia digital, y que lo realmente importante es la experiencia, la amplitud de usos y el contexto social de la persona que utiliza la tecnología5. Paper tras paper, la pamplina de los “nativos” se iba desmontando. En 2017, además de cargar contra lo del nativo, se incidió en desmontar otra pamplina, la de que podemos ser eficaces en multitarea, otro de los mantras hiperpresentes6. Vamos, que durante años, la investigación se ha empeñado en repetir lo siguiente: usar mucho una tecnología y comprenderla son dos cosas distintas, algo que además se ha ampliado con el contexto tecnológico actual de deriva digital.
Si nos vamos a lo numérico, los datos son aún menos amables con este mito de los nativos. En 2023, el estudio ICILS, que evaluó la competencia digital de más de 130000 estudiantes de 14 años en 34 países, encontró que casi la mitad de ellos no alcanzaba el nivel 2, el umbral de las tareas básicas con información digital. España, que también participaba en ese estudio, quedó algo por encima de la media (495 puntos frente a 476), pero cuando miras el detalle se observa que había grandes diferencias entre el alumnado más favorecido socioeconómicamente y el que menos (69 puntos de diferencia)7. Porque la competencia digital (al igual que decíamos de lo de la desconexión) no solo se enseña: también se compra y se hereda socialmente. No tiene nada de innata.
Entonces… si la fecha de nacimiento no explica nada, ¿qué puede explicar que una gran parte de la generación X y de la generación millennial sí tuviera cierta soltura técnica? Mi hipótesis (no demostrada, por supuesto) es que fuimos una especie de anomalía histórica. Nos tocó un escenario y un momento concretos, donde el ordenador doméstico era relativamente accesible y asequible, y era todavía abierto8, imperfecto y manipulable. Llegamos en un momento en el que la máquina se dejaba tocar (a veces te obligaba), por fuera y por dentro, y nuestra juventud terminó justo cuando empezaron a cerrar toda esa apertura.
Quien tuvo un PC en los noventa o en los primeros dos mil recordará que usarlo siempre tenía algo de tensión y de negociación. Te llegaba una copia piratilla del FIFA 99 y el juego te pedía una versión de DirectX que no estaba en el disco, o que no era compatible con tu hardware, y tus sueños de viciado se esfumaban rápidamente. Formateabas tu ordenador porque iba más lento que el caballo del malo y, de repente, a la impresora le faltaba el driver, que había que buscar entre el puñado de CDs que guardabas en un cajón desde que los sacaste de las cajas donde venían las piezas de tu PC. Si tenías algo de suerte y tu economía (o la de tu familia) te permitía acceder a internet, te dabas tortas buscando en foros la solución al problema. El disco duro se llenaba y había que decidir qué borrar, lo cual te obligaba a ser medio ordenado y a saber dónde estaba cada cosa. Cuando formateabas, ese fantástico rito de paso, era como estrenar máquina nueva, y en todo el proceso aprendías más sobre sistemas operativos que en cualquier curso de informática. Y, por supuesto, todo lo que aprendimos con el fascinante mundo de la piratería, aunque para eso ya tengo un texto bien extenso al que os remito.
Conviene, no obstante, no ponerse nostálgico en exceso, porque aquella informática era también frustrante, insegura y bastante excluyente: exigía tiempo libre (¡cuánto tiene uno cuando es joven!), paciencia y, a menudo, un amigo/conocido/familiar que “supiera” de ordenadores. Tres cosas que siempre han estado repartidas de forma desigual, como todo lo demás. Pero esa inseguridad y esos fallos tenían también una virtud que a veces no se tiene en cuenta. Cuando el ordenador se colgaba, fallaba delante de nosotros. En local. Cada error hacía visible una capa del sistema. Y en ese proceso aprendimos de las máquinas: porque por aquel entonces, todavía, las máquinas nos enseñaban las tripas, porque sus adentros estaban en nuestras casas, no en California.
Aquella informática desnuda duró poco. El móvil y la tablet sustituyeron al PC como puerta de entrada a lo digital, y cada paso de esa transición fue una decisión de negocio vendida como evolución natural. Con su llegada aparecieron las “tiendas de aplicaciones” como única fuente de software, la nube como destino por defecto de cualquier documento y la sincronización automática como norma. Por supuesto que el sistema de archivos sigue existiendo debajo de cada interfaz, pero cada vez está más oculto, creo que a conciencia, bajo la máxima de que la experiencia de usuario mejora cuando el usuario deja de ver cómo funcionan las cosas. En estos entornos opacos, encontrar algo es tan fácil como darle a buscar en una lupita que es capaz de mirar entre varios dispositivos, varias cuentas y varias nubes. Por eso lo que proponía la profesora del principio del texto era tan innecesario. ¿Y qué pasa cuando las cosas se vuelven innecesarias? Que la gente deja de aprenderlas.
Aclaro bien los términos antes de seguir disparando. A muchos jóvenes se les ha exigido ser competentes en un mundo digital sin dejarles realmente tocar, romper, abrir ni administrar casi nada de ese mundo. Y sí, claro que hay zetas que actualmente programan, montan servidores y editan con más criterio que cualquier millennial promedio, igual que hay cuarentones que son incapaces de adjuntar un PDF a un correo. Aquí no juzgo a ninguna cohorte: lo único que quiero derribar es el mito que dio por supuesta una competencia que nadie enseñaba y, sobre todo, el diseño industrial que la volvió casi imposible de adquirir actualmente. Porque casi todas las cosas en esta vida se aprenden lentamente, por las malas, a base de ensayo y error, con tiempo y con esfuerzo, como las aprendimos hace veinticinco años.
Por supuesto, este calentón en el texto de hoy está conectado con lo que os comentaba la semana pasada de cómo el capitalismo actual nos quiere tecnodependientes. Porque no hay mayor tecnodependencia que no saber qué está haciendo el dispositivo que tienes entre las manos, sobre todo si no te permite indagar en sus adentros, tanto en términos de hardware como de software. Y es que si analizamos la secuencia completa da hasta un poco de vértigo: primero dejamos de administrar nuestros ordenadores, después dejamos de instalar los programas y finalmente vamos a terminar dejando de poseer hasta los archivos. El siguiente paso… ¿qué podría ser? ¿dejar de conocer el procedimiento, pedir el resultado y que el sistema decida cómo producirlo? Ejem, eso creo que también está ya entre nosotros. Cada escalón es más cómodo que el anterior y, a su vez, permite conocer menos sobre lo que hay debajo. Algo perfecto para que los de siempre se enriquezcan.
¿Prefiero un iPad actual a los pantallazos azules de un pretérito Windows 98? Posiblemente sí, pero como educador no puedo pensar solamente en la comodidad de uso o en evitar los problemas técnicos, sino en lo que aprendemos por el camino. Lo realmente sensato sería tratar la alfabetización digital como lo que la investigación dice que es: una competencia que hay que enseñar de forma explícita, material y, a ser posible, algo incómoda (es decir, de forma crítica). Que un estudiante termine secundaria sabiendo qué es un archivo, dónde vive, qué cede exactamente cuando acepta unos permisos, qué es un algoritmo realmente, cómo se hace una copia de seguridad de lo importante sin depender de una empresa, qué formatos le van a permitir en el futuro llevarse sus cosas a otra parte sin estar secuestrado y qué derechos tiene para reparar los aparatos que ha pagado. Todo eso, por lo menos. Vamos, nada extravagante: casi todo cabe en el marco europeo de competencia digital que los sistemas educativos y sus normativas dicen seguir9. Pero para eso hay que olvidar el mantra ese de que la chavalada nace sabiendo y ponerse un poco de frente, disidente, con según qué lógicas del sistema.
La generación más conectada de la historia de la humanidad vive rodeada de máquinas en las que casi nada interno es accesible. Sus generaciones anteriores, posiblemente, no seamos más espabiladas con la tecnología, pero sí tuvimos la fortuna de ser los últimos a quienes los ordenadores obligaron a aprender algo sobre ellos. Aquella ventana se cerró vía dispositivos móviles opacos, sistemas operativos cerrados y plataformas que ocultan sus algoritmos y sus dark patterns. Reabrirla hoy es una tarea de índole educativa y también política, porque cada vez que un chaval se queda mirando la pantalla de un PC sin saber dónde está el archivo que acaba de descargar y vuelve a su cómodo TikTok, conviene recordar que esa incompetencia favorece al de siempre.
Chin, M. (2021). “File not found: A generation that grew up with Google is forcing professors to rethink their lesson plans”. The Verge.
https://www.theverge.com/22684730/students-file-folder-directory-structure-education-gen-z
Prensky, M. (2001). “Digital natives, digital immigrants. Part 1”. On the Horizon, 9(5), 1-6.
https://doi.org/10.1108/10748120110424816
Pobres criaturas, de verdad. Los servicios sociales tendrían que actuar con mucha mayor intensidad en todos estos casos, pero de eso también hablaremos otro día.
Bennett, S., Maton, K. y Kervin, L. (2008). “The ‘digital natives’ debate: A critical review of the evidence”. British Journal of Educational Technology, 39(5), 775-786.
https://doi.org/10.1111/j.1467-8535.2007.00793.x
Helsper, E. J. y Eynon, R. (2010). “Digital natives: Where is the evidence?”. British Educational Research Journal, 36(3), 503-520. https://doi.org/10.1080/01411920902989227
Margaryan, A., Littlejohn, A. y Vojt, G. (2011). “Are digital natives a myth or reality? University students’ use of digital technologies”. Computers & Education, 56(2), 429-440. https://doi.org/10.1016/j.compedu.2010.09.004
Kirschner, P. A. y De Bruyckere, P. (2017). “The myths of the digital native and the multitasker”. Teaching and Teacher Education, 67, 135-142.
https://doi.org/10.1016/j.tate.2017.06.001. La pamplina de que somos multitarea ya la abordaremos también en el futuro.
IEA (2024). An International Perspective on Digital Literacy: Results from ICILS 2023. https://www.iea.nl/studies/iea/icils/2023. La próxima edición llegará en 2028.
Para España: INEE (2024). “Resultados de ICILS 2023: informe español”. Ministerio de Educación, FP y Deportes. https://inee.educacion.es/2024/11/12/resultados-de-icils-2023-informe-espanol/
Y cuando digo abierto no me refiero solo a Linux: un PC con Windows o un Mac también valen. Cualquiera de los tres era (y sigue siendo) más abierto que el sistema operativo de un móvil, por muy Android que sea.
Vuorikari, R., Kluzer, S. y Punie, Y. (2022). DigComp 2.2: The Digital Competence Framework for Citizens. Publications Office of the European Union.
https://doi.org/10.2760/115376




Maravilloso texto, me encanta la capacidad y equilibrio a la hora de tratar el tema, porque es difícil ni caer en la nostalgia o el edadismo. Bravo