Imagina que vas un buen día caminando por tu ciudad o por tu pueblo y, de repente, un carrito de bebé de esos que valen casi un salario mínimo te llama la atención desde la lejanía. Tu miopía no te deja ver todavía con precisión la escena, pero te asustas porque parece que sale humo del carro. Y piensas: “Oh, vaya, lo mismo se ha prendido fuego algo y el bebé está en peligro”. Pero cuando te acercas ves que no, que la situación está “controlada”. El niño, que no llega a los dos años, va tan contento en su carrito y, entre balbuceos y primeras palabras, le mete buenas caladas a un piti. Sus padres, cerca, ni se sorprenden ni se escandalizan. Fueron ellos quienes le dieron el cigarro. Dicen que así va más tranquilo.
Si una escena así fuera real, todos nos escandalizaríamos. Nadie defendería que esa familia tiene derecho a educar a su hijo de esa manera o que cada cual hace lo que puede. Lo más probable es que alguien llamara a las autoridades o a los servicios sociales, porque para el común de los mortales sería algo intolerable. Ahora bien, si en vez de un cigarro es un teléfono o una tablet en la que se suceden sin parar vídeos de colores, canciones repetitivas y juegos diseñados para ser ultraadictivos, ahí ya no hay problema alguno. Habrá quien lo justifique como una manera de conseguir la tan deseada tranquilidad adulta, quien diga que es una solución al nerviosismo propio de la infancia y hasta quien lo celebre como una forma de preparar a los niños para el mundo digital. No dudarán en soltar un mira qué bien maneja el móvil Fulanito, que todavía no sabe ni andar ni hablar…
Lo sé, estoy exagerando. Pero la exageración me ayuda a poner el dedo en la llaga porque el problema existe. Y no es tanto el móvil en sí como el hecho de que todo esto ya no lo vemos como algo raro. Está naturalizado. En el fondo, el problema, más que las pantallas, es la falta de respeto que tenemos hacia la infancia, continuamente supeditada al servicio e intereses del mundo adulto. La exponemos continuamente en nuestras redes sin su consentimiento, la entretenemos con productos nefastos para su desarrollo para que no llore, no le dedicamos el tiempo que necesitan y no nos importa a quién vendemos su atención. Y, ojo, que no soy el único que hace la analogía con los pitis. En diciembre de 2024, un comité de 50 expertos creado por el Ministerio de Juventud e Infancia no solo pidió que no hubiera pantallas de 0 a 3 años y que se desaconsejaran hasta los 6, sino que pidió que los dispositivos llevaran en la etiqueta un aviso de que pueden ser perjudiciales para la salud1. Exactamente igual que las cajetillas de tabaco.
A ver, comencemos con las situaciones más comunes donde ahora vemos todo esto. Una mesa en un restaurante. Hace una década, en un estudio, cualitativo y observacional, muy anterior al desarrollo de las plataformas con diseños algorítmicos realmente adictivos, un grupo de médicos en Estados Unidos se quedó observando a 55 personas que comían con niños pequeños en cadenas de comida rápida. Cuarenta de ellas usaron el teléfono, y observaron que las más enganchadas a la pantalla tendían a responder con más brusquedad cuando el niño les pedía algo2. El niño ni siquiera se tiene que comportar “mal”, solo compite con un teléfono y ahí tiene las de perder.
Hoy, el niño con teléfono también es una situación común en esa mesa. Y el “coge esto para que estés tranquilo” también podemos narrarlo a través de lo que nos cuentan algunos estudios. Jenny Radesky y su equipo siguieron durante seis meses a 422 familias con hijos de entre 3 y 5 años. En los niños varones y en los de temperamento más impulsivo, usar dispositivos para calmarlos se asociaba con una mayor reactividad emocional en el futuro. Su interpretación explicaba que les estamos quitando la oportunidad de aprender a calmarse3. Es decir, que el chupete electrónico funciona hoy, pero mañana (posiblemente) se cobrará los intereses. Otro estudio con 2.441 niños en Canadá encontró que a más tiempo de pantalla a los 2 y 3 años, peores resultados en pruebas de desarrollo en el futuro. Nunca a la inversa4. Vamos, que casi toda la investigación va por el mismo camino.
Lo he llamado domesticación en el subtítulo de este texto porque en el fondo es lo que estamos haciendo: domesticar la infancia. No les estamos enseñando a esperar, a aburrirse o a gestionar la frustración. Solo los estamos calmando. Ya sea en el restaurante, en las urgencias de un hospital o en el carrito. Y lo hacemos porque nos beneficia a nosotros, no a ellos.
El teléfono del niño, además, no es más que una extensión del nuestro. Se han inventado hasta un término para esto: technoference, la interferencia de la tecnología en la relación padres-hijos. Brandon McDaniel y Jenny Radesky la estudiaron en 170 familias con niños de 3 años aproximadamente. A mayor uso problemático del móvil por parte de los padres, más interrupciones en la relación con sus hijos; y, a su vez, cuando las interrupciones eran frecuentes con las madres también se relacionaban con más problemas de conducta en los niños5.
En otro estudio encontraron que la relación funcionaba en ambas direcciones: si el niño era más difícil, los padres usaban más el teléfono, y eso hacía que el niño tuviera más problemas6. Un círculo vicioso. Un metaanálisis publicado en 2025, con 53 estudios y más de 60.000 participantes, encontró una correlación entre la technoference de los padres y el uso problemático de pantallas en los hijos algo más mayores7. Y es que claro, los niños no hacen lo que decimos, hacen lo que hacemos, y estamos enganchados hasta las trancas. Por eso creo que no es del todo disparatada la petición que han hecho algunos expertos sobre también limitar el uso de dispositivos por parte de los adultos delante de niños menores de 6 años8. No se trata de prohibirselos a ellos (que también), sino a nosotros mismos, y precisamente por eso esta sea seguramente la recomendación más difícil de aplicar. Nos están pidiendo que les demos tiempo y atención a nuestros hijos, algo que las apps de nuestro teléfono nos roban constantemente. Nos piden, simplemente, que no le echemos el humo del cigarro a la cara.
Después podríamos seguir hablando de domesticación con el tema del respeto sobre su imagen, donde las faltas de respeto a la infancia también son continuas. Esa foto de la ecografía, el primer baño, el primer biberón, el primer día de colegio con el uniforme y el nombre del centro a la vista. Hay muchos estudios sobre sharenting y la mayoría llega más o menos a la misma conclusión: muchos niños tienen presencia masiva en internet antes siquiera de saber decir sí o no9. Durante mucho tiempo hablamos de esto en clave de privacidad, huella digital y qué pasará cuando sean mayores. Pero la conversación ha cambiado, porque el contexto también ha cambiado.
En septiembre de 2023, más de veinte niñas de Almendralejo se dieron cuenta de que circulaban por grupos de WhatsApp y Telegram imágenes de ellas desnudas generadas con una app que usaba inteligencia artificial. Los autores eran chicos de su entorno de entre 12 y 14 años. El caso acabó con una condena de un año de libertad vigilada10. Casi a la vez, en Ayamonte, un chico de 16 años hizo lo mismo con unas veinte compañeras usando las fotos que ellas colgaban en redes sociales11. Le bastó con una foto pública y una app gratuita.
Hago esta conexión con cautela. Los culpables son y serán siempre quienes generan y comparten estas imágenes, no la familia que publica una foto de cumpleaños. Pero necesitamos saber que vivimos desgraciadamente en un mundo donde existen los deepfakes, los timos de la estampita y los depredadores sexuales, y publicar en abierto la imagen de un menor ha dejado de ser un acto inocente. Estamos sobreexponiendo a nuestros hijos y lo estamos decidiendo por ellos. Se ha llegado a pedir (en el mismo informe que he citado antes) incluso que se regulara el sharenting de los creadores de contenido que hacen uso y abuso de sus hijos y que se prohibiera exponer a menores en actividades económicas digitales. Que todo esto se tenga que “pedir” dice mucho de dónde estamos.
Y es que si las familias los exponen, las plataformas los explotan. Casi todas tienen o han tenido una versión kids: YouTube Kids desde 2015, Messenger Kids desde 2017 e incluso un Instagram para menores de 13 que tuvo que aparcarse en septiembre de 2021 tras la presión de algunos legisladores y de los benditos colectivos que se preocupan de esto12. Cuando salió Messenger Kids (también de Meta), varios expertos criticaron que no cubría una necesidad, que solamente la creaba. Y es que se venden como plataformas seguras (más o menos), pero sirven como puerta de entrada a la plataforma adulta. Y ni siquiera son seguras a pesar de estar pensadas para niños: un estudio de 2020 comprobó que un niño pequeño que navega por YouTube a partir de vídeos inocentes tiene muchas probabilidades de llegar a contenido denominado “perturbador” para su edad13.
Por no hablar de cómo funcionan plataformas para adultos con ellos, las que oficialmente dicen que no permiten menores de 13-14 años (dependiendo del país). En 2019, Google y YouTube pagaron 170 millones de dólares para cerrar el caso con la FTC y el estado de Nueva York por obtener información de menores sin el permiso de sus padres y mostrarles publicidad personalizada. Según la denuncia, YouTube decía a algunos anunciantes que no tenía menores de 13 años en su plataforma y a otros les decía que su plataforma era the new Saturday morning cartoons14. Los dibujos del sábado por la mañana, pero ahora con captura de toda su conducta y anuncios hiperpersonalizados.
Y todo esto no son casos aislados. Un grupo de investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard estimó que seis grandes redes sociales obtuvieron casi 11.000 millones de dólares en publicidad en 2022 gracias a los usuarios de entre 0 y 17 años en Estados Unidos. De esos, más de 2.000 millones vinieron de niños de 12 años o menos, y YouTube se habría llevado unos 959 millones de esos niños15. De menores de 13 años que, recordemos, no deberían estar ahí. En Reino Unido, la agencia reguladora de comunicaciones Ofcom estima que 4 de cada 10 menores de 13 años tienen una cuenta en alguna red social16. Prohibido en sus términos de uso, pero permitido en su bolsillo. En España, la edad de consentimiento para el tratamiento de datos sigue en los 14 años y aún no se ha elevado a los 16. La ley se presentó en el Congreso en marzo de 2025 y a finales de septiembre de 2026 seguía aún en ponencia en la Comisión de Justicia17. Aunque de eso ya hablamos por aquí. Mientras tanto, los niños siguen siendo, para los señores tecnofeudales, un gran negocio.
Desde un posicionamiento algo inocente podríamos preguntarnos… ¿por qué les interesa tanto un público que no tiene capacidad económica? La respuesta es sencilla: si les enseñas de pequeños a consumir así, van a seguir consumiendo de mayores. Estamos criando a los mejores clientes del futuro posibles: veloces, impacientes y poco reflexivos. Aún es pronto para tener estudios concluyentes sobre el efecto de los vídeos cortos, por ejemplo, pero los resultados de momento no son buenos. La adicción a los vídeos cortos ya se relaciona con peor capacidad de atención y con más procrastinación18. Parece que incluso altera nuestra percepción del tiempo19. Justo lo que quieren, que no te des cuenta de que llevas dos horas viendo vídeos de la más absoluta nada.
Imaginad a un niño que ha crecido así. Una clase de 50 minutos, una película sin cortes o una tarde sin hacer nada le parecen una tortura, porque la vida a su ritmo es demasiado lenta comparada con el mundo reel. No tengo ningún dato que relacione los reels con el futuro consumo adolescente de Monster y otras bebidas infames, pero tampoco tengo muchas dudas. Lo que sí dejo por aquí son datos sobre esa misma lata, porque son bastante alarmantes. Según la encuesta ESTUDES 2023, casi el cuarenta por ciento de los niños entre los 12 y 13 años, consumen este tipo de bebidas como algo normal20. En Galicia está prohibida su venta a menores desde marzo de 2026, Baleares se ha sumado en agosto y el Gobierno prepara una ley para prohibir su venta a menores de 16 años, y a menores de 18 en las de mayor contenido en cafeína21. La sociedad parece que ha decidido que un menor necesita ser protegido de una lata de Monster. Me parece bien. Lo que me extraña es que sigamos debatiendo si hay que protegerlos de todo lo digital que les ha hecho creer que la vida debe ir más rápida. Posiblemente la industria Big Tech sea más compleja de batallar normativamente hablando que la de las bebidas energéticas, por lo que sea.
Cierro volviendo a la imagen del bebé en el carrito. Tardamos muchos años en comprender que lo del tabaco no era una decisión individual, que existía una industria que vendía un producto altamente adictivo y nefasto para la salud, y que era consciente de ello. Hoy no es que no permitimos que un niño fume, es que prácticamente nadie fuma cerca de un bebé sin que alguien le mire raro. Y lo importante no fue solo el cambio de una ley, sino el cambio de mirada (progresivo) de la sociedad.
Con las pantallas y, sobre todo, con las plataformas de diseños adictivos dentro de esas pantallas, estamos en los inicios. Una vez más, desde esta orilla del Kiribati, vuelvo a pedir que necesitamos leyes que obliguen a esas gigantes empresas tecnológicas a dejar de lucrarse con niños y niñas que no pueden dar su consentimiento, y para eso necesitamos familias que hagan presión al respecto. Pero hoy quiero terminar poniendo el foco en ese papel familiar, en que ninguna ley nos va a devolver las horas que no estamos con nuestros hijos porque estamos mirando otra cosa a través de una pantalla. Respetar a la infancia es entender que los niños van a estar incómodos, que se van a aburrir, que van a llorar en el restaurante y que necesitan que los miremos y les prestemos atención. Por encima de todo. Sin plataformas de por medio.
Es un proceso largo, duro y no da likes. Pero nos va el futuro en ello.
Comité de personas expertas para el desarrollo de un entorno digital seguro para la juventud y la infancia (Ministerio de Juventud e Infancia), informe presentado al Consejo de Ministros el 3 de diciembre de 2024.
Radesky, J. S., Kistin, C. J., Zuckerman, B. et al. (2014). «Patterns of mobile device use by caregivers and children during meals in fast food restaurants». Pediatrics, 133(4), e843–e849. 10.1542/peds.2013-3703
Radesky, J. S., Kaciroti, N., Weeks, H. M. et al. (2023). «Longitudinal associations between use of mobile devices for calming and emotional reactivity and executive functioning in children aged 3 to 5 years». JAMA Pediatrics, 177(1), 62. 10.1001/jamapediatrics.2022.4793
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Magistral. Realmente digno de estudiar en familia y sociedad. Tengo 2 hijas pequeñas y no conocen las pantallas aún. Pero lamentablemente, en eventos, cumpleaños, etc. son el bicho raro. Son las aburridas.
Es muy duro como padre luchar contra esta corriente, y más aún, hacer que el niño entienda que uno realmente lo está haciendo por su salud. En esos eventos también está la mirada y discurso de esos padres, -los mismos que siguen fumando delante de ellos- que soy exagerado, antiguo, desconectado, lo cual desde luego me importa un huevo, pero me preocupa el sentido común de la sociedad.
Gracias por este artículo, especialmente yo, lo necesitaba luego de una semana complicada. Ha sido una palmadita en la espalda que sirve para reflexionar.
Nos leemos!
Un abrazo.
as veces escribes contos de terror emocional. plano xeral da sala de picnic electrónico cotiá en calquera bar ou domicilio. plano curta da serpe que avanza sen facer ruído, e a familia ... de merenda