A favor de la prohibición de las redes sociales a menores de 16 años
Aunque la medida se quede muy corta
Pedro Sánchez anunciaba el pasado martes que el Gobierno de España quiere prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años, y claro, cuando aparece un tema así, algo me toca decir desde el atolón reflexivo del Kiribati, aunque sea por cercanía temática. El título del texto ya lo deja claro: elevar la edad de consentimiento digital a los 16 años (actualmente en catorce) y prohibir el acceso a estas redes por debajo de este umbral es, sin duda para mí, una medida necesaria. Sin embargo, también peligrosa si nos detenemos en el aplauso fácil a la propuesta, porque corremos el riesgo de caer en la ingenuidad política. Celebrar esta prohibición como la solución es como poner una valla coja de una pata en un acantilado mientras el suelo bajo nuestros pies se desmorona de tanta lluvia como está cayendo. Vamos, que te vas a matar como te asomes mucho.
La medida me parece correcta, sí, pero también roza lo epidérmico. A mi juicio, se ataca el acceso al síntoma, pero se deja intacta la arquitectura de la enfermedad, porque el problema no es solo que un menor de 14 o 15 años (o incluso menos) acceda a TikTok o a Instagram, sino que hemos permitido que las corporaciones transnacionales más tiranas del mundo, las que rigen estas redes, diseñen infraestructuras digitales cuyo modelo de negocio depende biológica y económicamente de la erosión continua de nuestra capacidad cognitiva. Si limitamos la edad, ponemos una especie de cortafuegos en un incendio, pero tendríamos también que estar pensando por qué motivo estamos permitiendo que se esté vertiendo gasolina en las mentes de la ciudadanía. Y aquí no me limito solo a los de dieciséis.
Casi una década lleva la literatura científica alertando de cambios estructurales y funcionales en nuestros cerebros y en cómo los usamos, derivados de los dispositivos y de los mecanismos que usan todas las plataformas que viven de la economía de la atención. Por ejemplo, en 2017, un estudio titulado Brain Drain: The Mere Presence of One’s Own Smartphone Reduces Available Cognitive Capacity evaluó el desempeño en memoria de trabajo e inteligencia fluida bajo tres condiciones sencillas: con el teléfono en el escritorio, en el bolsillo o en otra sala. Sus resultados, bastante aterradores, indicaban que la mera proximidad física del dispositivo (incluso silenciado y boca abajo) reducía drásticamente la capacidad cognitiva disponible de los participantes. Parece que el cerebro, acostumbrado a la tendencia a la hipernotificación de las redes, se veía obligado a destinar recursos atencionales (finitos, que la atención es limitada) a inhibir el impulso de uso, generando un coste de oportunidad cognitivo que operaba de forma inconsciente y automática. Imaginad, solo como hipótesis, si esto ocurre en adultos, cuál es el impacto en la neuroplasticidad adolescente, todavía en pleno proceso de desarrollo y de poda sináptica1.
Dos años más tarde, una revisión titulada The 'online brain': how the Internet may be changing our cognition advirtió también acerca de cómo los flujos de información fragmentada y las recompensas variables intermitentes (aquí estaríamos hablando del scroll infinito de las redes, los reels aleatorios o de las puñeteras dinámicas algorítmicas de recomendación…) se asociaban con alteraciones en las estructuras del lóbulo prefrontal, encargado del control inhibitorio y la planificación a largo plazo. Vamos, que con las RRSS estaríamos, literalmente, entrenando a la ciudadanía del futuro para la impulsividad y la incapacidad de procesar la complejidad en cualquiera de sus formatos2.
Quienes somos educadores, lo vemos en las aulas, donde cada día nos encontramos más resistencia a la lectura profunda y pausada, más ansiedad ante el silencio y más dificultad para sostener argumentos que requieran más de treinta segundos de ilación lógica3. Pienso que permitir que algoritmos depredadores colonicen las mentes en formación de la ciudadanía del futuro es una cuestión esencialmente de salud pública, no tanto de libertad de mercado y, a medio/largo plazo, es también una clara amenaza a la calidad democrática (escuchaba en la SER ayer por la mañana una muy buena pregunta… ¿acaso habría llegado Trump al gobierno sin redes sociales?).
Sobre esa “crisis de salud pública” de la que hablo también hay un trabajo reciente interesante que siguió durante varios años trayectorias personales de uso adictivo (de redes, móvil y videojuegos) en miles de adolescentes y detectó que casi un tercio presentaba una trayectoria creciente de uso adictivo de redes sociales (sobre todo a través del móvil) a lo largo de cuatro años. Esto, per se, ya es interesante y preocupante, pero el estudio iba más allá, porque indicaba que, además, quienes estaban en trayectorias crecientes mostraban riesgos significativamente mayores en sus conductas, peor salud mental y también ideas suicidas, mucho más en comparación que sus compañeros que tenían trayectorias decrecientes de uso4.
Y no, lo de la amenaza a la calidad democrática tampoco es una exageración o una cuñadez kiribatesca, porque se sabe que el orden algorítmico de los feeds en las redes sociales puede mover bien rápido la aguja de la polarización afectiva (es decir, lo que sentimos hacia los que piensan distinto a ti). En un estudio reciente publicado en Science se presenta un experimento con más de mil participantes en Twitter (me niego a llamarlo X), en el que se usa un método independiente al de la plataforma para reordenar lo que ve la gente en su feed. Con ayuda de un clasificador propio (y no del mecanismo algorítmico opaco de la plataforma) se identifican y reordenan publicaciones que expresan actitudes antidemocráticas y animosidad partidista. Al reducir esa exposición a esos tuits (en solo 10 días), observaron que aumentaba de forma medible la “calidez/tolerancia” hacia la ideología contraria, y al aumentar la exposición, ocurría lo inverso. Vamos, que es fácil entender cómo puede ser esto un mecanismo de manipulación política claro. Los peligros son evidentes porque es la propia infraestructura de la red social la que decide qué emociones se activan y con qué intensidad, y dependiendo de lo que convenga, según interese vender (o no) polarización y odio, puede amplificar o amortiguar el resentimiento intergrupal. Dicho con otras palabras, que no tienen que “convencerte” con argumentos, que simplemente con que te reordenen lo que ves, son capaces de cambiarte el paisaje emocional de lo que consumes a diario. Por eso es tan importante para las plataformas el ranking, el orden, lo que priorizan para que lo veas primero, y por eso nunca podemos decir que sean neutrales, ni ellas como plataformas, ni sus empresas, ni los algoritmos que las hacen funcionar5. Por eso hay que hacer mucho más que poner una simple valla.

La medida se queda corta. La prohibición a los 16 años es insuficiente porque trata a las redes sociales como un "lugar" al que se entra, y no son solo eso, son sistemas extractivista que operan sobre la subjetividad de los individuos y sobre la conformación de ciudadanía, que es después, precisamente, la que nos permite convivir con los demás. El modelo de negocio de Meta (Instagram y Facebook), X (Twitter) o de Alphabet (Google) dejó hace mucho tiempo de ser el de ofrecer un servicio, y actualmente es la minería de datos conductuales y la venta de futuros comportamientos humanos, y para maximizar esto, necesitan capturar la atención de forma agresiva tan pronto como sea posible. Al igual que las industrias químicas del siglo XX vertían residuos en los ríos sin coste alguno, estas plataformas vierten continuamente "residuos cognitivos" (ansiedad, polarización, dismorfia corporal o déficit de atención…) en la sociedad. Hay quien lleva tiempo señalando que estamos ante una época de externalidad negativa masiva, porque las tecnológicas privatizan las ganancias (producidas por miles de millones de horas de atención capturada) y socializan las pérdidas (sistemas públicos de salud mental colapsados, fracaso escolar, agencia individual mermada, radicalización política o la temida erosión democrática…).
El Estado, por tanto, debería ser radicalmente más punitivo y también, por qué no, fiscalmente creativo. Si la lógica es el mercado, usemos las herramientas del mercado para corregir sus fallos, porque no basta con multas por protección de datos o con exigirles mecanismos que garanticen la edad necesaria para acceder. También necesitamos parar las campañas de publicidad institucional en redes (ni un duro al salvaje oeste digital) y, además, una fiscalidad pigouviana aplicada a la economía digital. Igual que gravamos el tabaco, el alcohol o las emisiones de carbono porque reconocemos que nos están jodiendo y que el Estado debe luego subsanar sus daños, debemos implementar un impuesto al despliegue y a la opacidad algorítmica, o un canon por contaminación cognitiva.
¿Que cómo funcionaría todo esto? Pues me aventuro:
Fuertes gravámenes al diseño adictivo: si sus plataformas utilizan los denominados patrones oscuros (es decir, que no conocemos nada de tus algoritmos porque los has metido en cajas negras) o tienen scroll infinito y/o mecanismos de reproducción automática (que está comprobado que anulan el autocontrol) deben pagar una tasa impositiva draconiana. Si su producto daña la cognición, su despliegue debe ser fiscalmente doloroso. Y si con esto se plantan y no quieren proporcionar sus “servicios” en nuestro país, adios muy buenas, todos y todas ganamos.
Análisis de tasas de toxicidad algorítmica: fuertes auditorías externas que midan la promoción de contenidos polarizantes o dañinos. Impuestos, además, progresivos: a mayor viralidad artificial de contenidos nocivos, lesivos o en contra de los derechos humanos, mayor carga fiscal.
Impuesto a la disonancia lucrativa: tolerancia cero con la hipocresía del target. Si una plataforma estipula en sus términos de uso que su servicio no es para menores (porque la ley lo fuerza a ello), pero simultáneamente permite a los anunciantes segmentar campañas hacia ese grupo demográfico (o hacia sus patrones de consumo e intereses específicos), se deberían aplicar sanciones automáticas. Es inadmisible que las tecnológicas se escuden en una barrera de edad completamente falsa, performativa, para eludir responsabilidades legales mientras monetizan por la puerta de atrás una audiencia que, según sus propias normas, “no existe” dentro de sus plataformas. Si vendes su atención, asumes su protección.
Mayor responsabilidad social: deberán también asumir el coste de los tratamientos de salud mental infantiles y juveniles, al menos de parte de todo lo que provocan. Parte de la recaudación de los impuestos anteriores iría directamente a reforzar la psicología clínica en la sanidad pública y a programas de alfabetización digital y algorítmica crítica en escuelas y centros de formación para combatir todo esto. Prevención.
Es bastante sencillo. Soberanía cognitiva o barbarie. La medida de Sánchez es un primer paso, un reconocimiento tácito de que el laissez-faire digital que hemos vivido ha fracasado. Y esto se celebra, pero prohibir a los menores de 16 años el acceso sin atacar el modelo de negocio subyacente es solo ganar tiempo si no les combatimos el terreno.
Si no somos capaces de regular la infraestructura misma (los algoritmos de recomendación y la arquitectura extractiva de la adicción), esos jóvenes de 16 años llegarán a las redes igual de vulnerables, solo que un poco más tarde. La defensa de la capacidad cognitiva es la defensa de la libertad y de la humanidad misma, porque un ciudadano incapaz de concentrarse, de leer profundamente o de resistir un impulso emocional, es un ciudadano fácilmente manipulable. ¿Necesitamos educación digital crítica y una mejor alfabetización en y para lo digital? Por supuesto, pero no solo. También necesitamos mecanismos de salud pública, y estos deberían ir antes que los educativos, porque son los que permiten que haya escenario donde poder pensar.

Seamos duros y punitivos con la estructura misma del tecnofeudalismo actual, por favor. Por humanismo y por pura supervivencia intelectual de la especie. Lo explicito por última vez: si las tecnológicas quieren operar en nuestro territorio, que paguen el precio de la limpieza cognitiva que sus productos exigen. ¡Ah!, y que dejen a la infancia en paz.
Salud.
Acceso al texto completo: https://doi.org/10.1086/691462 | La investigación estableció tres condiciones experimentales: teléfono en el escritorio (boca abajo), en el bolsillo/bolso o en otra habitación. Los resultados mostraron una jerarquía lineal de deterioro: a mayor proximidad física, menor rendimiento cognitivo, siendo el grupo con el móvil en otra sala el único que mantuvo su capacidad intacta. Un hallazgo crítico para el debate educativo es la ausencia de consciencia metacognitiva: los participantes afectados negaron sentirse distraídos, lo que confirma que este drenaje cognitivo es un proceso automático que escapa a la introspección y al control voluntario del sujeto.
Acceso al texto completo: https://doi.org/10.1002/wps.20617 | Esta revisión sintetiza hallazgos de estudios de neuroimagen funcional (fMRI) y conductuales. Además del déficit atencional, el estudio destaca dos fenómenos críticos no mencionados en mi texto: 1) la consolidación de una "memoria transactiva", donde el cerebro reduce su capacidad de retención de datos al confiar en la nube como almacén externo (el conocido Google effect); y 2) evidencias de reducción de materia gris en el córtex cingulado anterior (ACC) en usuarios con alto uso de media multitasking (multitarea mediática), un área clave para la regulación emocional y la detección de errores, lo que sugiere un deterioro físico de las estructuras de autocontrol.
Este texto sobre mind wandering aporta luz al respecto: https://doi.org/10.1016/j.cedpsych.2022.102098
Acceso al texto completo: https://doi.org/10.1001/jama.2025.7829 | Otro hallazgo crítico de este estudio es la distinción ontológica que establecen los autores entre "tiempo de pantalla" y "uso adictivo": el estudio demostró que el tiempo total de exposición no se asoció significativamente con los resultados suicidas o de salud mental. La variable predictiva determinante fue exclusivamente la sintomatología adictiva (compulsión, dificultad para desconectar, angustia ante la privación), lo que sugiere que la intervención pedagógica y clínica debe centrarse en los patrones de vinculación con el dispositivo (el cómo) más que en la cronometría del uso (el cuánto).
Acceso al texto (se necesita acceder con cuenta institucional): https://doi.org/10.1126/science.adu5584 | Aquí la clave no es solo la reducción de la polarización, sino la validación de que el reordenamiento algorítmico (bajar la prioridad visual del contenido tóxico sin eliminarlo ni censurarlo) es una palanca causal suficiente para alterar la percepción del "otro" político, demostrando que la polarización afectiva es, en parte, un artefacto de la arquitectura de curación de contenidos y no solo una propiedad intrínseca de los usuarios. En el estudio lo hacen “para el bien”, imaginad cuando se hace para lo contrario.



Wow, me has volado la cabeza con muchas de las propuestas que viertes en este artículo. Ojalá el debate generalizado pudiera tener este nivel de profundidad cuando las medidas son tan controvertidas.
Me gustaría compartirte la única duda que me generan este tipo de prohibiciones, desde la experiencia micro y que no hago extensible al conjunto poblacional, porque carezco de la información para hacerlo. Desde la subjetividad, en resumen.
Como persona queer, lo que antes llamábamos redes sociales (ahora más plataformas de contenido o de venta online), me permitieron acceder a una gran cantidad de personas que me acompañaron y a las que acompañé durante momentos cruciales en mi desarrollo emocional. La familia, en estos casos, no siempre es el grupo primario que debería ser y la empobrecida actividad comunitaria existente en territorios como el mío, en la zona sur de una isla, no era punto de apoyo alguno. Ante esto, asumiendo que esta realidad la hayan vivido otras personas con características similares, me pregunto, ¿no estamos condenando a la chavalada a aprender a usar VPNs o a la soledad no elegida?
Entiendo que tenemos que elegir y sopesar reducción de daños pero, al mismo tiempo, me mueve la emotividad de pensar en lo que soy gracias a que existían estos espacios virtuales, ahora canibalizados hasta el extremo por el tecnocapitalismo.
Nada, solo una reflexión vaga.
Gracias por seguir escribiendo.
Esto es lo mejor que he leído sobre el tema y, en general, de lo más sensato, elocuente y educativo que he leído en mucho tiempo en Substack. Gracias, de corazón.