¡No, Paco, no! La música de ahora no es peor que la de antes
Y, si de verdad lo fuera, no es por lo que piensas
“La música de ahora es una mierda”, “ahora canta cualquiera”, “ya no se hace música como la de antes”, “ni cantan, ahora berrean”, “todo suena exactamente igual”… Seguro que estas frases te suenan, ¿verdad? Puede que incluso tú mismo las hayas dicho o lo hayas pensado alguna vez. Es un tema de conversación bastante habitual. Suena algo (da un poco igual el qué: Bad Bunny, Rosalía, Billie Eilish, Bad Gyal…) y viene alguien (hoy lo voy a llamar Paco) y te dice: “¡Basura! Led Zeppelin sí que hacía música de verdad”. Un tipo de afirmaciones que suele ser una mezcla de nostalgia, costumbre y una cierta tendencia a comparar una parte reducida del pasado con lo más visible del presente. Y, aunque es una conversación que parece sencilla, en realidad esconde bastantes más matices de los que solemos reconocer. Por eso hoy quiero detenerme un momento en algunas de esas ideas, intentar entender de dónde vienen y mirarlas desde una óptica más Kiribati, es decir, poniendo el contexto (presente y pasado) sobre la mesa. Porque no, la música de ahora no es “peor” que la de antes, por mucho que Paco repita la cantinela.
La situación es especialmente cómica porque no es cosa de una persona, mi Paco, ni exclusiva del momento actual. Lo cómico es que lleva pensándose, palabra por palabra, desde que existe la música popular o de mercado. Se dijo del jazz, que era ruidoso y desordenado; se dijo del rock & roll, que pervertía a la juventud; y, posteriormente, del punk, del metal, del hip hop, del reguetón y de prácticamente cualquier género o estilo que se os ocurra. Los años han pasado y parece que el veredicto no cambia mucho, algo que ya nos debería ir dando pistas. Porque, cuando una frase sirve para condenar sin excepción a todas las generaciones siguientes, probablemente hable más de quien la pronuncia que de las propias canciones.
Hace poco escribí sobre por qué es normal que a tu hijo o a tu hija no le guste tu música. Me centré en hablar de aspectos neurológicos e identitarios y sobre la idea de “matar al padre” con las herramientas propias de alguien que tiene quince o dieciséis años. Lo que hoy vengo a contaros sería una especie de upside down de aquello mismo. El mismo mecanismo, pero al otro lado de la mesa. Un lado en el que se escucha con demasiada frecuencia eso de “aquello sí que era música”. Así que sí, hoy quiero detenerme precisamente ahí: en esa sensación tan extendida de que la música actual ha empeorado y en las razones por las que, probablemente, las cosas son bastante más complejas de lo que parecen.
Cambiar no es necesariamente empeorar
La frase “la música de ahora es peor” contiene una trampa de manual: intentar colar dos cosas distintas como si fueran una sola. La primera parte de la frase, el sujeto, deja caer que ha cambiado. La otra, el predicado, que ha empeorado. La primera es cierta y, además, como veremos en este texto, cuantificable: las canciones son más cortas, las letras más repetitivas, los procesos de producción son otros… La segunda es un juicio de valor que no está conectado con la primera, y no lo va a estar por mucho que insistamos. Que algo sea distinto de como era cuando uno tenía quince o veinte años no lo hace peor; lo hace, como mucho, distinto a los productos que nos marcaron en nuestra adolescencia, distinto de aquella explosión hormonal. Porque no, nuestra adolescencia cultural, con todo el cariño, Paco, no es una unidad de medida estética.
Como decía hace unos meses, una cosa es que cada generación se aferre a la música que la marcó en su juventud (ahí operan la biología humana, los picos de reminiscencia, el cerebro grabando con mucha intensidad las canciones durante unos años…) y otra muy distinta es que cada generación afirme que la música de la siguiente es objetivamente peor. Eso ya no es biológico ni psicológico: es pura política, pura conformación de la identidad. Porque conformamos los gustos a partir de los desprecios, y los desprecios suelen ser antes identitarios que estéticos. Quien afirma que algo “no es música” o que “es una mierda”, más que hacer crítica musical, está plantando una bandera con la que define quién es y quién no.
Así que hoy, para intentar desmontar esto poco a poco, voy a ir cogiendo una a una esas afirmaciones un tanto cuñadescas y voy a intentar desmontarlas tranquilamente. No para proclamar que todo lo actual es maravilloso, que no lo es, sino para separar lo que es un cambio real de lo que es pura evocación de la nostalgia disfrazada de “criterio”, que no es tal cosa. Aviso de que al final de este texto hay girito, porque sí puede que haya un cierto empeoramiento de la música actual, pero no por las razones que generalmente se esgrimen y, desde luego, no por culpa de los chavales que las hacen o las escuchan.
1. “Las canciones de ahora son más simples y están hechas para el algoritmo, no como antes”
Los datos de los que disponemos nos dicen que esto puede ser cierto. Vaya, Paco, parece que empiezas ganando. Según distintos estudios, en cuestión de un par de décadas, los principales éxitos de las listas británicas han pasado de una media de 4 minutos y 16 segundos en 1998 a poco más de 3 minutos en 2019: más de un minuto menos por canción1. La duración de las intros se ha desplomado, pasando de los veinte o veinticinco segundos instrumentales típicos del inicio de una canción de hace unas décadas a unos cinco segundos en la actualidad2. Y las causas de todo esto son puramente económicas. En un mercado cultural dominado por las plataformas, que pagan por número de reproducciones efectivas3, si quieres vivir de tu música te juegas el sueldo en esos primeros treinta segundos y haces lo normal: meter el gancho cuanto antes. La conducta humana en esto de la escucha es curiosa: aproximadamente un 25 % de las canciones se saltan en los primeros cinco segundos y un tercio antes de llegar al medio minuto4. Podría parecer que sí, que la música ahora, en parte, se escribe para no ser saltada.
Pero esto no es algo nuevo.
Porque, aunque odio profundamente Spotify y las dinámicas de las plataformas de streaming actuales, pensar que antes la música flotaba libre y pura hasta que estas empresas la recortaron es solo una fantasía. Los medios de distribución siempre han moldeado la forma de las canciones. ¿Por qué duran las canciones pop aproximadamente tres minutos? Por puras condiciones materiales de su época, no estéticas: el disco de pizarra de 78 rpm, medio dominante durante la primera mitad del siglo XX, aguantaba más o menos eso por cara. Aquella limitación física se convirtió en convención artística y ahí sigue, mucho después de que esas limitaciones físicas desaparecieran. La radiofórmula de los hits y las listas de éxitos, desde los años cincuenta, quería canciones cortas por la misma razón mercantil por la que Spotify quiere ganchos rápidos: cuanto más breve fuera la canción, más canciones y, por lo tanto, más anuncios entre ellas por hora. Las canciones largas tenían sus propias versiones radio edit, adaptadas a esos minutos. Las gramolas también priorizaban “lo corto” porque significaba más monedas. Aquello que se definió como “gusto” era, en buena medida, simple gestión económica, igual que ahora, pero sesenta años antes y sin que a nadie le pareciera el fin de la civilización por culpa del deterioro estético.
Los formatos y los medios de distribución siempre han apretado. El algoritmo y las dinámicas de captura de la atención son los discos de pizarra de 78 rpm de nuestra época: restricciones materiales con las que los músicos negocian, como han negociado siempre. No es el fin de nada, sino el enésimo soporte que moldea lo artístico.
2. “Ahora suena todo igual, no como antes”
Vamos a ver si los datos vienen a darte la razón esta vez, Paco. En 2012 se publicó un análisis que cuantificaba más de medio siglo de música popular occidental y que encontró tres tendencias claras: timbres más homogéneos, una variabilidad armónica más restringida y el volumen subiendo sin parar5. Traducido al román paladino: que ahora se usa una menor variedad instrumental, que las canciones recurren a un puñado de acordes habituales y exploran menos armonías algo más extrañas, y que la industria compite continuamente por sonar más fuerte. Paco podría leer brevemente el abstract y sentenciar: “¿Ves? Lo de ahora es peor”. Pero el paper no afirma tal cosa, simplemente describe la evolución de la música. Una evolución que siempre ha existido vinculada a la tecnología disponible en cada momento histórico.
El estudio habla de “convencionalismo” para describir la estabilidad de los patrones, y dice que cada década tiene su propio vocabulario y su propia sonoridad (los doce compases del blues, los cuatro acordes del pop, el “atún con pan” del reguetón…). Reconocemos ese vocabulario sonoro y eso nos hace decir “suena ochentero” o “suena actual”. Lo más cerca que está el texto de establecer un juicio de valor es al advertir que la guerra del volumen podría empobrecer la dinámica de las canciones si sigue aumentando, cosa que de momento no ha sucedido. De que la música sea peor, por supuesto, no dice nada, porque no mide tal cosa si es que tal cosa se pudiera medir. El mismo estudio dice que una canción de hace sesenta años puede sonar “nueva y a la moda” con solo un par de retoques de producción. La distancia entre el “antes” y el “ahora” es más superficial y técnica que artística o relacionada con la “calidad” de las canciones. Otra investigación reciente vio que, en contra de la cantinela de que todo suena cada vez más igual, las canciones de hoy no son más parecidas entre sí que lo eran hace medio siglo, ni en melodía ni en ritmo ni en nada6.
De hecho, hay estudios para todos los gustos. En 2015, otro texto analizó unas diecisiete mil canciones procedentes de las listas de Billboard entre 1960 y 2010 y concluyó justo lo contrario de lo que repite con inquina el nostálgico Paco. No halló ningún tipo de homogeneización progresiva, sino tres revoluciones estilísticas claras: una en 1964, otra hacia 1983 y, la mayor de todas, hacia 1991, con la explosión del hip hop7. ¿Sabéis cuál es, según el estudio, el año de menor diversidad musical de todo ese periodo? 1986, justo en pleno apogeo de una de las décadas que más se idealizan en el entorno de nuestro Paco. Así que no, la música no es menos diversa ahora. O, al menos, no es algo que esté demostrado, es algo que podemos debatir. De hecho, se sigue debatiendo, sin mucho acuerdo, en la propia literatura académica8. El pasado, además, podría parecer mejor porque no solemos recordar todo el pasado, sino su versión seleccionada, editada, consagrada y repetida. Lo que se conoce como canon, pero de eso ya hablaremos otro día.
Lo que sí puede existir de verdad es un problema de descubrimiento. Nunca hubo tanta música disponible ni tan accesible, y nunca fue tan difícil que algo nuevo despuntara ni tan fácil quedarse escuchando para siempre ligeras variaciones de lo que uno ya escucha. Pero esto no es un problema de calidad de la música, sino un problema de distribución y de poder. Que las lógicas algorítmicas te mantengan en carriles estrechos porque eso beneficia económicamente a las plataformas no dice nada de las canciones. Y que conste que esto está medido, no es cosa mía: en los datos de millones de usuarios de Spotify, cuanto más se tira de recomendación algorítmica, más estrecha es la dieta; los que se abren a cosas nuevas lo consiguen, justamente, saliéndose del carril y volviendo a buscar a mano9. Las canciones, dentro o fuera de esos carriles, podrán gustarte más o menos, podrán estar hechas con mayor o menor gusto, pero el problema es otro. Aquí opera, además, otro matiz de clase, según otra investigación reciente, porque tener grandes catálogos no es sinónimo de ensanchar la escucha de todo el mundo por igual. Las plataformas, lejos de igualar, agrandan la distancia entre quien tiene poso cultural para explorar y quien no10. Acceder a todo y descubrir algo son cosas distintas, y el responsable de que descubrir cueste no es Bad Bunny, sino quien diseña las cintas transportadoras que llevan la música hasta tus oídos.
3. “Si cantan con autotune, eso no es música. Antes los artistas cantaban”
Mira, hablando de Bad Bunny… El autotune no es más que otra técnica de producción. Te podrá gustar más, te podrá gustar menos, pero no es más que una de las últimas de una genealogía larguísima de supuestas “trampas” que después terminaron formando parte natural del lenguaje musical. Su origen es curioso. Fue creado por Andy Hildebrand, un ingeniero que había pasado años procesando señales sísmicas para intentar encontrar petróleo bajo tierra. Un día, un colega le dijo de broma que tenía que inventar algo para que su mujer cantara afinada y, ¡eureka!, Hildebrand inventó el autotune aplicando al sonido, para corregir el tono, los mismos algoritmos que había utilizado para procesar las señales sísmicas.
Lo demás seguro que lo conocéis. Cher fue la primera en utilizarlo en 1998 con su megahit “Believe”, no para enmascarar su voz, sino como una decisión estética, tan consciente de las consecuencias futuras como aquella que os contaba de Dave Davies rajando a navajazos el altavoz de su ampli en 1964 para “inventar”, sin querer, la distorsión de guitarra moderna. Desde entonces, el autotune se ha utilizado muchas veces para “tapar” las carencias de voces que, de otro modo, no habrían triunfado. Pero también como funcional recurso creativo. Sea como fuere, nada invalida la herramienta ni la convierte en una suerte de estafa, igual que la existencia de novelas pésimas no condena a la imprenta.
Repito, hay que intentar entender siempre las cosas en su contexto y asumir que todo forma parte de una misma historia, porque, siguiendo la misma lógica de Paco acusando al autotune de ser algo “no musical”, se podrían rechazar herramientas como los micrófonos, que permitieron a gente como Sinatra cantar susurrando en vez de aprender a proyectar la voz como un verdadero tenor de ópera; los estudios multipista, que permiten grabar una voz cien veces y quedarse con la mejor sílaba de cada toma; el reverb, el vocoder, la edición de los defectos en los solos de guitarra en los discos de tus grupos favoritos… Cantar de forma “natural” en un disco ha sido siempre una construcción puramente tecnológica desde que existe la grabación. No hay un edén acústico anterior a la “trampa” del autotune, solo otras “trampas” que envejecieron bien y a las que hoy en día llamamos arte.
4. “Ahora parece que puede hacer música cualquiera”
Conecto directamente esta afirmación con la anterior, porque precisamente el autotune como técnica y la facilidad que existe hoy en día para grabar en casa con unos niveles de calidad bárbaros han permitido una gran democratización del proceso creativo musical. Y claro, sí, ahora puede hacer música cualquiera, pero uno debería preguntarse: ¿por qué es eso malo exactamente? Que haya bajado la barrera de entrada (un portátil, una interfaz barata, un programa de grabación y la distribución directa a plataformas sin pedirle permiso a nadie) significa que los medios de producción son ahora accesibles para casi cualquiera. Antes no grababa solo quien tenía algo que decir, sino quien podía pagar un estudio, quien venía tocado por la varita de un artista consagrado, quien podía caerle en gracia a un productor, fichar por un sello o sonar en una radio que se vendía al mejor postor… Los supuestos filtros no medían el talento, sino los accesos, los contactos y el dinero. Y eso, de nuevo, no mide la calidad de las cosas.
Podemos trazar aquí varias líneas paralelas. El punk: tres acordes y al escenario a funcionar, precisamente contra el rock sinfónico de ultravirtuosos. Y, más atrás, como decía antes, la imprenta, que también llenó el mundo de panfletos infames y, de paso, de todo lo demás que hoy veneramos. Quien se queja de que “ahora puede hacer música cualquiera” no defiende estándares de calidad, sino los gremios y los privilegios de quienes decidían quién entraba y quién no. De la apertura y de la democratización puede salir mucha morralla, eso es seguro, pero también sucedía antes, cuando el que producía mediocridades musicales tenía medios económicos y contactos a su disposición. Ahora pobres y ricos pueden producir esa canción que tan poco te gusta. Te aguantas, Paco.
5. “Ahora las letras son zafias, explícitas, repetitivas, machistas…”
“Venga, Ramón, no me digas ahora que las letras de hoy no son mucho peores que las de antes”. A ver, acepto que hay mucho machismo, violencia y bastante miseria moral en muchísimas letras actuales. Y sí, varias investigaciones ya apuntan en esa línea: un texto de 2024 afirma que las letras del pop se han vuelto más simples, más repetitivas y emocionalmente más negativas a lo largo de cinco décadas11.
Pero no, esto tampoco es nada nuevo.
La idea de que las letras de antes eran más elevadas o más respetuosas se cae con solo rascar un par de temas de todos esos artistas sagrados que hoy tenemos canonizados. Run for Your Life, por ejemplo, de los Beatles, decía en 1965: “Prefiero verte muerta, pequeña, antes que con otro hombre”. Armonías preciosas, magnético pop sesentero hecho con delicadeza de orfebre, pero tan detestable como muchas de las letras actuales. Under My Thumb, de los Rolling Stones, celebra haber domesticado a una mujer hasta el punto de controlar incluso cómo se viste. Delilah, de Tom Jones, coreada siempre en sus conciertos, narra con detalle el asesinato a cuchilladas de la amante infiel. La hiperconocida Every Breath You Take, de The Police, esa que sonó en tu boda, Paco, no es más que la canción de un acosador vigilante y posesivo disfrazada de balada romántica. Medio cancionero de coplas, tangos y rancheras está construido sobre la propiedad del hombre sobre la mujer. El machismo en la música no nació con el reguetón. Basta con que mires cualquier lista de grandes discos de la historia para encontrártelo.
Aquí, de nuevo, opera un doble rasero. El nostálgico Paco aplica a “la música de ahora” una vara de medir que jamás usaría con los clásicos que ama. Las letras explícitas de Bad Bunny son una prueba de decadencia; las de los Stones, si las entiende, rebeldía y autenticidad. Y es que “más simple” o “más explícito” no equivale a peor, ni moral ni artísticamente. Del mismo modo que la repetición de la que habla el estudio de antes es también simplemente un recurso compositivo de esta época (que se lo digan a la música house, al minimalismo o a cualquier groove que te haya hecho bailar alguna vez). El machismo, la degradación de la mitad de la población a la categoría de objeto, es criticable hoy y siempre, en Benito Antonio Martínez Ocasio y en Mick Jagger por igual. Lo que no es de recibo es usar el machismo de unas cuantas canciones de ahora para condenar a una generación entera mientras se le pasa la mano por el lomo a medio siglo de auténticas barbaridades cantadas en el rock y el pop que se venera. Por cierto, posiblemente gracias a la democratización del acceso a la producción, nunca ha habido tanta música con letras contrahegemónicas y combativas como ahora, ni tantas canciones cantadas desde la perspectiva de esa mitad de la población que ha sido históricamente maltratada. Otra cosa es que no te las estés poniendo, Paco, que te gusta demasiado ponerte M80.
Pero sí que hay ahora una música peor
Hasta aquí he defendido que ningún rasgo de la música actual (corta, repetitiva, autotuneada, explícita, hecha en una habitación…) la hace peor. Pero como avisaba, hay girito: sí que hay una música que es peor, y no es precisamente la que escuchan los chavales y odia Paco12. Y no es peor por una razón que tenga que ver con la edad ni con la tecnología que se usa, sino con la intención que la empuja.
Liz Pelly, en Mood Machine (2025), desveló que Spotify tiene un programa interno llamado Perfect Fit Content con el que pretende poblar sus playlists de ambiente (esas que te pones para estudiar, para concentrarte, para ir al gimnasio…) con música de stock encargada a productores anónimos y mal pagados, en lugar de recurrir a artistas que cobrarían regalías13. Una veintena de compositores estarían detrás de más de 500 perfiles de “artistas fantasma” con millones de reproducciones. Da igual la música, porque nunca miraron por lo artístico. Lo único que quiere Spotify es bajar la factura sustituyendo a los músicos por pseudoproductos artísticos que dan la sensación de un catálogo infinito.
Como puedes esperar, el siguiente paso lógico es la IA: música infinita, baratísima, sin ningún tipo de biografía, sin artistas que se sindiquen o tengan que pagar un alquiler, sin nadie que les pida después royalties. Las cifras ya empiezan a marear un poco. Deezer, posiblemente la única plataforma que se está preocupando realmente de esto, informó de que las pistas generadas íntegramente por inteligencia artificial pasaron de unas 10.000 diarias en enero de 2025 a casi 75.000 en abril de 2026, casi la mitad de la música que se sube a diario. Las plataformas se inundan con este catálogo que, además, según Deezer, está conectado con la industria de las granjas de bots que falsifican las reproducciones para intentar convertir algo en viral. En esos mismos datos, Deezer afirma que, pese a representar casi la mitad del catálogo, sus reproducciones apenas suponen entre el 1 % y el 3 % del total de escuchas14.
Pero para mucha gente, desgraciadamente, esto ha pasado a ser algo completamente indistinguible. Una encuesta de Ipsos para Deezer en 2025 encontró que el 97 % de los oyentes no acertaba a distinguir una canción enteramente generada por IA de otra hecha por humanos1516. Y claro, miras la distancia entre ese 97 % y el 1 % o 3 % de escucha real y puedes pensar: la gente no nota la diferencia cuando la pones a prueba y, aun así, cuando elige "libremente", sigue yendo hacia lo humano. De momento. Porque el miedo es real: ya hemos tenido casos de artistas de IA “de éxito”, como The Velvet Sundown, y las redes sociales empiezan a plagarse poco a poco de reels de canciones creadas con IA y vídeos hiperrealistas de cantantes generados con IA que empiezan a tener cierto éxito.
¿Qué están haciendo las grandes discográficas? Primero entraron en la guerra, demandando en 2024 a plataformas como Suno o Udio por haber entrenado sus modelos con catálogos protegidos sin haber pagado un duro, y apenas un año después varias firmaron licencias con ellas: Warner pactó con las dos a finales de 2025; Universal firmó con Udio, pero seguía pleiteando con Suno; Sony aguanta en los tribunales, pero siempre con declaraciones tibias… vamos, puro y viejo capitalismo. A la IA no se le están poniendo límites: se está institucionalizando en manos de quienes ya tenían el poder de la industria. La propia Spotify anunció hace poco más de un mes un acuerdo con Universal para que los usuarios puedan empezar a hacer remezclas con IA de sus artistas y canciones favoritas17. Ya no les basta con llenar el catálogo de mierda, sino que te van a permitir que conviertas en mierda la poca música que te gusta.
La música no ha empeorado, Paco, no. Ha empeorado el sitio donde casi todos vamos a buscarla. Tu enemigo no es Bad Bunny ni Bad Gyal, Paco, ni el autotune ni que tu sobrino escuche cosas que no entiendes. El enemigo, de todos y especialmente de los artistas, es un modelo de negocio que premia el relleno barato, ya sea música de stock o generada por una IA, frente al músico que cobraría, y que, al hacerlo, entierra “lo bueno” bajo toneladas de estiércol funcional.
Lo que se ha degradado no es la música como objeto, sino las condiciones que la rodean. La precariedad del músico, que cobra fracciones de céntimo por cada escucha y tiene que reconvertirse en creador de contenido a tiempo completo para poder sobrevivir en el sistema tirano y explotador actual. La captura del descubrimiento por cuatro plataformas que deciden qué llega a tus oídos y cobran peaje por cada segundo que pasas dentro de ellas. La payola de siempre, solo que ahora algorítmica: pagar por aparecer, aunque ahora se vista de “herramienta de promoción”. La concentración del negocio en muy pocas manos. Todo eso es real, todo eso es criticable y nada de eso se arregla quejándose de que los jóvenes de ahora no saben cantar o no saben tocar un instrumento.
La nostalgia es casi siempre un problema porque utiliza continuamente los mismos mecanismos de desvío: convierte problemas políticos (quién tiene el poder para decidir qué va del estudio a tu oído, quién se queda el dinero y quién limita tu capacidad de decisión) en problemas generacionales (la juventud actual escucha música de mierda) que te enfrentan a tus vecinos. El desvío es cómodo porque no obliga a ponerse frente al poderoso, solo frente a unos chavales, pero es tremendamente miope. Escucha la música que quieras, Paco, pero posiblemente la tuya sea tan mala como esa que dices que no te gusta, y los jóvenes no te están dando la tabarra con eso.
Datos de Ostereo para PRS for Music (2019), sobre los números uno del Reino Unido. https://www.recordoftheday.com/news-and-press/pop-songs-are-getting-shorter-and-longer-songs-are-becoming-less-popular-according-to-record-label-study
Hubert Léveillé Gauvin, “Drawing listener attention in popular music: Testing five musical features arising from the theory of attention economy”, Musicae Scientiae, 2018. https://doi.org/10.1177/1029864917698010 || Resumen divulgativo: The Ohio State University, https://news.osu.edu/has-music-streaming-killed-the-instrumental-intro/
El stream solo cuenta a partir de los 30 segundos de reproducción: Music Business Worldwide (2023), https://www.musicbusinessworldwide.com/spotify-is-changing-its-royalty-model-to-crush-streaming-fraud
Paul Lamere, “The Skip”, Music Machinery, 2 de mayo de 2014 (datos de The Echo Nest, ya filial de Spotify): 24,14 % de saltos en los primeros cinco segundos y 35,05 % antes de los treinta. https://musicmachinery.com/2014/05/02/the-skip/
Joan Serrà et al., “Measuring the Evolution of Contemporary Western Popular Music”, Scientific Reports, 2012 (datos del Million Song Dataset, 1955-2010). https://doi.org/10.1038/srep00521
Thomas Parmer y Yong-Yeol Ahn, “Evolution of the Informational Complexity of Contemporary Western Music”, Proceedings of ISMIR, 2019. https://archives.ismir.net/ismir2019/paper/000019.pdf
Matthias Mauch et al., “The evolution of popular music: USA 1960–2010”, Royal Society Open Science, 2015 (~17.000 grabaciones del Billboard Hot 100). https://doi.org/10.1098/rsos.150081 || Resumen y dato de 1986 como año menos diverso: Queen Mary University of London, https://www.qmul.ac.uk/media/news/2015/se/first-evolutionary-history-of-50-years-of-music-charts-using-big-data-analysis-of-sounds.html
Bernhard Steinbrecher, “Mainstream popular music research: a musical update”, Popular Music, 2021. https://doi.org/10.1017/S0261143021000568
Ashton Anderson et al. “Algorithmic Effects on the Diversity of Consumption on Spotify”, 2020 (usando datos internos de Spotify, millones de usuarios). https://doi.org/10.1145/3366423.3380281
Samuel Coavoux y Abel Aussant, “Streaming Platforms, Filter Bubbles, and Cultural Inequalities. How Online Services Increase Consumption Diversity”, Sociological Science, 2025. https://sociologicalscience.com/articles-v12-24-572/
Emilia Parada-Cabaleiro et al., “Song lyrics have become simpler and more repetitive over the last five decades”, Scientific Reports, 2024. https://doi.org/10.1038/s41598-024-55742-x
Liz Pelly, Mood Machine: The Rise of Spotify and the Costs of the Perfect Playlist (Hodder & Stoughton, 2025). Reportaje original que destapó el PFC: “The Ghosts in the Machine”, Harper’s Magazine, 2024. https://harpers.org/archive/2025/01/the-ghosts-in-the-machine-liz-pelly-spotify-musicians
Deezer, comunicado “AI-generated tracks now represent 44% of all new uploaded music” (20 de abril de 2026). https://newsroom-deezer.com/2026/04/ai-generated-tracks-represent-44-of-new-uploaded-music || https://techcrunch.com/2026/04/20/deezer-says-44-of-songs-uploaded-to-its-platform-daily-are-ai-generated
Encuesta Deezer/Ipsos (noviembre de 2025, 9.000 personas en 8 países): https://newsroom-deezer.com/2025/11/deezer-ipsos-survey-ai-music
¿Quizás porque las canciones hechas por humanos son prácticamente indistinguibles de aquellas hechas por IA, eh, indietex español?
TechCrunch, “Spotify and Universal Music strike deal allowing fan-made AI covers and remixes” (21 de mayo de 2026). https://techcrunch.com/2026/05/21/spotify-and-universal-music-strike-deal-allowing-fan-made-ai-covers-and-remixes || https://www.billboard.com/pro/spotify-and-umg-strike-licensing-deal-for-ai-covers-remixes



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