Cada tres años tenemos la misma cantinela en este nuestro país (y supongo que en tantos otros). Sale el informe PISA y las tertulias se llenan de tópicos y simplezas: los chavales ya no leen, ya no se valora el esfuerzo, las familias pasan de todo, es por la llegada de la IA, la culpa es de tanta ley educativa… y este año el tema central del debate parece ser “las pantallas”: lo malas que son, lo engachada que está la chavalada a sus dispositivos… Vamos, puro análisis de barra de bar llenando horas de programación televisiva, de radio y también muchas páginas en prensa escrita. Tertulianos, políticos, periodistas y demás tropa que, posiblemente, ya tenían el discurso montado mucho antes de abrir las páginas del informe PISA de este año. Lo cual, tratándose de comprensión lectora, pues tiene su gracia, no se lo voy a negar.
Hoy, como profe que vuelve al ejercicio por septiembre, voy a proponer que invitemos a alguien más al reparto de responsabilidades, voy a pedirle a Zuckerberg y compañía que pasen por Kiribati a recoger sus notas. Hoy lanzo la piedra y no escondo la mano: el diseño de sus plataformas tiene una responsabilidad enorme en gran parte de nuestras miserias sociales y cognitivas, dos miserias distintas que cada vez parece que van más de la mano. Vamos, que este cateo tiene nombre y apellidos.
¿Puede PISA demostrar esta acusación? Bueno, la OCDE no va a decirnos que Meta o TikTok han provocado una caída concreta de decenas de puntos en comprensión lectora, ni con todos los datos al completo podemos establecer una causalidad tan limpia. Pero una cosa es exigir prudencia antes de atribuir causas y otra muy distinta concederle a toda una industria tecnológica (una de las más poderosas y rentables del planeta) el privilegio de desaparecer del debate público ante sus tropelías. Entre ambas cosas queda un trecho enorme. Y ese terreno debemos ocuparlo.
PISA 2025 nos cuenta, entre muchas otras cosas, que la lectura ha perdido entre 2018 y 2025 una media de 25 puntos en los 35 países de la OCDE, con datos comparables entre ediciones. Casi todos los sistemas educativos analizados retroceden en los dos últimos informes. Por supuesto que podemos criticar muchísimas cosas de la LOMLOE, de la anterior LOMCE, de la LOE o de la LOGSE si queréis, pero el análisis que hace la OCDE de los datos ataca (casi) por igual al resto de patios educativos de los países estudiados.
No diré que las leyes no importan, porque mentiría. Importan mucho, como importan los recursos destinados, la reducción de las desigualdades, las condiciones del profesorado o, posiblemente también (aunque no se esté hablando mucho de ello en esta ocasión), haber sorteado educativamente como se pudo una pandemia global. Pero claro, todas estas cosas importan hasta cierto punto cuando lo que observamos en el cuadro macro es un deterioro muy extendido en las principales competencias y en sistemas educativos muy distintos. Y de un país a otro cambian mucho los ministerios, las políticas y los currículos, pero cambian muy poco las aplicaciones que los chavales y las chavalas llevan instaladas en sus móviles. La gran variable que nuestras guerras educativas nacionales dejan fuera es que todos nuestros sistemas escolares están intentando enseñar dentro del mismo ecosistema cognitivo: uno diseñado por Silicon Valley para interrumpir, acelerar, fragmentar y monetizar la atención.

Lo verdaderamente espectacular de PISA 2025 no es solo cuánto han bajado los estudiantes, sino “cómo” están fallando. En los anexos de la parte de la comprensión lectora, el informe detecta dificultades graves cuando los textos superan las 400 palabras, e incluso pone nombre a un tipo de lector, el apresurado o hasty reader, que pasa del 6,6% al 11,4% entre 2018 y 2025. Estudiantes de 15 años que responden deprisa y se equivocan cuando se enfrentan a un texto de un par de párrafos y no a un reel al que pueden hacerle swipe up. Leen rápido, responden rápido y, por supuesto, responden mal.
No hablamos de mis tochos de 5000 palabras aquí en el Kiribati ni de leer La montaña mágica en un fin de semana. Estamos hablando de escasas 400 palabras. Me niego a llamar a eso texto “largo”. Pero a pesar de no ser demasiado extenso, en él muchos se pierden, abandonan, renuncian a comprenderlo… porque posiblemente difiera mucho del modelo de consumo de “narrativas” o “historias” que pueden encontrar en sus redes de Instagram o de TikTok.
En varios textos de hace unos meses ya planteaba esta tesis: la mayoría de reels y shorts no son más que una sucesión de cebos, provocaciones, adelantos y recompensas dopamínicas en las que el contexto estorba porque amenaza con que alguien se marche. Explicar las cosas necesita paciencia, calma, sosiego, TIEMPO, y las interfaces en las que la chavalada vive (pregunten cuántas horas dedican a usar estas plataformas1) siempre esperan otra cosa: algo más rápido, más gracioso, más provocador o más indignante. Hemos construido una escuela basada en la atención sostenida dentro de una sociedad en la que algunos obtienen pingües beneficios destruyéndola.
Es por eso que me indigna tener que escuchar a todos esos tertulianos de medio pelo culpar a “las pantallas” así en general. Convendría que, la gente que realmente tiene altavoz, precisara qué está metiendo en el mismo saco. Leer en un ebook, aprender en un subreddit o en Stack Overflow sobre un tema de nicho, consultar Wikipedia, emplear tiempo hablando con una amiga (aunque sea por Whatsapp), devanarse los sesos intentando resolver la mazmorra de un Zelda o pasar las horas haciendo scroll infinito delante de una ristra de vídeos cortos son cosas muy distintas, y tienen usos y diseños distintos. Radicalmente distintos. Decir “las pantallas”, sin más, enmierda la conversación y nos permite discutir durante horas sin nombrar las decisiones empresariales que son las que están dinamitando algo tan bonito como era el desarrollo tecnológico y LA INTERNET. Meterlo todo en el mismo saco es como estudiar el aumento de la obesidad agrupando bajo la categoría “cosas que se meten por la boca” una manzana y dos litros de Coca-Cola.
Titula El País: “Las causas del desmoronamiento educativo en PISA: los alumnos no leen, están menos dispuestos a esforzarse y crecen con el móvil”. Culpar al adolescente, a sus familias o al profesorado es lo fácil, es lo que te vas a encontrar en casi todos los medios todos estos días, hasta que aparezca un tema mejor. Mucho más interesante me resulta pensar en quién ha decidido que el siguiente vídeo empiece solo sin que tú tengas que clicar nada, en quién calcula qué notificación consigue que vuelvas a su aplicación cuando estabas leyendo esa novela que sacaste hace dos meses de la biblioteca, o en quién ha convertido el contexto que rodea a todo lo educativo en un escenario cada vez más carente del bien más escaso de estas últimas décadas: la atención. No es lo mismo decir “los alumnos no leen” que plantear que existen empresas que compiten 24/7 por conseguir que dediquemos el mayor tiempo posible a consumir (en) sus productos. Meta ingresó en 2025 196.175 millones de dólares únicamente en publicidad, sobre unos ingresos totales de 200.966 millones. Su negocio necesita atención porque la atención genera impresiones publicitarias, datos y capacidad de segmentación2. Y todo esto tiene un gran coste social.
Le pedimos al chaval autocontrol, a sus padres vigilancia, al profesor clases tan estimulantes y pirotécnicas que compitan por capturar el interés del estudiantado con el más hiperespídico de los influencers. Y a los que están fomentando llenar el escenario digital de la más absoluta basura infecta (por contenido y por diseño adictivo) los dejamos que se vayan de rositas3.
Nuestra permanencia en sus redes (en esas o en cualquier otra, posiblemente también en esta) sostiene sus negocios. Ante esto me sale decirte: apaga las notificaciones (todas las que puedas), pon límites o no le abras la puerta del infierno a tus hijos. Todo eso ayuda. Pero no olvides que también debemos llevar al debate público lo demás: cuestionar qué diseños deberían estar permitidos por ley y cuáles no, qué límites deberíamos imponerles a estas empresas o a qué obligaciones deberían someterse para poder operar en nuestros países. Por nuestros chavales y también por nosotros mismos, que también somos presas de la misma infamia digital.
Termino este “breve” texto con otro de los datos que más me ha preocupado al leer parte del informe. Solo el 2 % del alumnado español evaluado alcanza el nivel 5 o superior en lectura (en 2022 era el 5%). Un nivel que implica ser capaz de comprender textos extensos y distinguir hechos de opiniones a partir de pistas implícitas en el contenido. El informe no dice que el otro 98 % sea incapaz de distinguir un hecho de una opinión, pero sí que muy pocos estudiantes llegan a dominar esta competencia a esas edades4.
Imagínense la gravedad de esta circunstancia en un momento vital en el que se están conformando las identidades sociales, políticas y ciudadanas del futuro de nuestro país. Hablamos de una capacidad imprescindible para detectar cuándo alguien nos presenta una gráfica tramposa, un contenido generado íntegramente con IA, una promesa electoral irrealizable o un vídeo al que le falta precisamente el contexto que explicaría todo lo ocurrido antes. Leer con atención nos permite detenernos allí donde otros prefieren que simplemente reaccionemos. No hay democracia sin comprensión lectora.
Podemos seguir indagando en cómo conseguir que los chavales aguanten hasta el final de una página. Pero también deberíamos preguntarnos quién se está llenando los bolsillos mientras dejan de hacerlo.
Un estudio de la OCDE publicado en junio, con datos de PISA 2022, estima casi 35 horas semanales de uso de redes entre adolescentes de quince años. Una jornada laboral. https://www.oecd.org/en/publications/growing-up-in-the-social-media-age_a1132839-en/full-report/component-5.html
La Comisión Europea parece que esté apretando un poco (menos mal), y en febrero presentó conclusiones preliminares contra TikTok y en julio contra Instagram y Facebook, por presuntos incumplimientos de la normativa de servicios digitales en todo lo vinculado al diseño adictivo: el scroll infinito, la reproducción automática y la personalización de las recomendaciones. Veremos a ver en qué queda la cosa.
La ficha-resumen de 2025 señala que el 32 % del alumnado español no alcanza siquiera el nivel 2 en lectura (el suelo que PISA considera necesario para manejarse con cierta autonomía ante un texto), frente al 24 % en 2022. https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i-country-notes_2d4ff9ea-en/spain_748275c0-en.html



Una maravilla de texto. Muchísimas gracias.
hemos relegado la crianza, el desarrollo y la ciudadanía en las pantallas. Deja que crezcan, aún no hemos visto nada.