Como conté en Hipersónica, hace unos días fui a escuchar el futuro disco de Ramper, su tercer LP que sale en noviembre, con otras personas. Si queréis saber qué me pareció, allí podéis leerlo, pero, más allá del disco, hoy me interesa especialmente detenerme en el acto en sí, en lo que no conté en la crónica. En cómo esa tarde lo único que hicimos un puñado de amantes de la música en general y de este grupo en particular fue quedar para escuchar música con otros y otras. Ese era el plan, sin más.

Pudiera parecer una tontería, una cosa nimia, porque la música está en todas partes y compartirla es hoy más fácil que nunca. La podemos enviar en dos segundos, hacer playlists colaborativas o publicar continuamente lo que estamos escuchando en redes sociales. Sin embargo, quedar en un lugar, habitarlo, poner un disco y concederle juntos el tiempo que dura y la atención que pide empieza a ser una actividad lo suficientemente exótica como para que necesite un anglicismo: listening party. Horrorosa etiqueta si me preguntan.
Con el cine conservamos, aunque ande un poco maltrecho, un pacto parecido. Pasamos por taquilla, nos sentamos entre desconocidos y aceptamos que, durante un rato, sea la película quien organice nuestro tiempo. Desgraciadamente (de ahí lo de maltrecho) rara vez no presenciamos una pantalla de móvil iluminada, una molesta conversación a destiempo en el asiento de al lado o alguien convencido de que las notificaciones de su smartphone no incomodan al resto de espectadores. Pero, aun con todas estas circunstancias, el acuerdo es reconocible y la película sigue siendo el centro de la actividad cultural.
Con la música, en cambio, no estoy tan convencido de que ese pacto sea igual de habitual. La música hoy nos acompaña principalmente como fondo. Dejamos que suene mientras contestamos correos, mientras trabajamos, en la ducha, cuando conducimos o cuando recogemos la cocina. No hay nada malo en escuchar música mientras hacemos otras cosas. El problema es que ese tipo de escucha se convierta en la única forma que se nos ocurre y nos cueste horrores prestar atención completa a un disco de otro modo. Me apena que siempre tenga que servirnos para algo más: música para correr, relajarnos, para estudiar…
Sin embargo, es precisamente con la música, al igual que pasa con el cine, donde encontramos obras que necesitan tiempo, pausa y tranquilidad para mostrar qué están haciendo. Discos donde una repetición insiste una y otra vez hasta que algo varía mínimamente o donde un pasaje tranquilo cambia de sentido cuando desemboca violentamente en una masa de ruido. Si entramos y salimos continuamente, si no enfocamos la atención, seguimos oyendo (no escuchando), pero perdemos las relaciones que convierten los fragmentos en un todo. Con Ramper, y en especial con este nuevo disco que viene, esto os va a resultar especialmente evidente. Dadle una oportunidad cuando salga.
Hay quien ya ha pensado acerca de todo esto. Christopher Small, por ejemplo, propuso hacerlo en torno al concepto musicking1 (que se suele traducir como “musicar”), un planteamiento que incorpora a quienes escuchan dentro de la propia actividad musical y que sitúa las relaciones entre los participantes de toda experiencia musical en el centro del significado mismo. Escuchar, desde la perspectiva de Small, bellísima, es también participar en algo que está ocurriendo, aunque solo pongamos las orejas.
Situarnos en esa lógica nos permite mirar de otra manera a quienes tenemos al lado. Ese mismo disco se puede escuchar a solas o acompañados, con más o menos atención en ambos casos, pero las condiciones cambian. Cuando sabemos que nos rodea gente que también está prestando atención, el compromiso se comparte. De repente, nos resulta más fácil concederle unos minutos o una hora, a algo que todavía no entendemos, pero en donde nos vamos a sumergir juntos o juntas. Aguantamos mejor la tentación de saltar el tema o intentamos reservar un comentario para después. Curiosamente, la atención ajena, compartida, nos ayuda a sostener la propia.
También la psicología social se ha encargado de estudiar fenómenos cercanos. En 2014, por ejemplo, varios investigadores encontraron, en dos pequeños experimentos, que probar chocolate al mismo tiempo que otra persona, sin conversar, intensificaba ciertos aspectos de la experiencia2: el agradable gustaba más y el desagradable, menos. No podemos saltar directamente del chocolate a los discos, pero sí que creo que su hallazgo nos permite plantear una hipótesis interesante equivalente: saber que alguien comparte lo que estamos viviendo puede modificar cómo lo vivimos. Quizá ahí haya una parte de lo que buscamos cuando vamos al cine y una razón para plantear escuchar más discos juntos.
Y ojo, no para salir todos y todas de acuerdo. Uno puede encontrar insoportable lo que al otro le ha fascinado. Pero en ese espacio post escucha, en el de compartir, llega la conversación y alguien pone la mirada en un detalle que otros habían pasado por alto. Cuando vuelves a escuchar, ese segundo momento ya contiene algo de esa opinión prestada. Por eso también merece la pena escuchar con otros, porque nos permite salir un poco de los límites de nuestro imaginario sonoro y nuestras preferencias, algo tan delimitado hoy en día por lo algorítmico.

Los conciertos han sido habitualmente un sitio donde esto sucedía con mayor intensidad, pero no estoy tan seguro de que esa experiencia siga ocupando siempre el centro. Por supuesto que hoy sigue habiendo salas pequeñas, espacios donde se cuida la experiencia musical e incluso grandes conciertos donde todavía ocurre esa suspensión maravillosa de lo individual. Pero creo que hoy deberíamos pararnos a pensar y a discutir hasta qué punto el negocio dentro de lo musical, y en especial el tema de la exclusividad en el mundo de la música en directo, se nos ha ido de las manos. Hoy para los conciertos hay entradas por categorías, colas virtuales, accesos preferentes, zonas reservadas, servicios de meet and greet, zonas sin visibilidad, y los encuentros colectivos se organizan mediante separaciones que explican, con claridad, cuánto ha podido pagar cada cual. Además, esa exclusividad luego nos invita a performar que hemos podido pagar la entrada o conseguir el ticket para ver a ese artista tan demandado en nuestras redes favoritas. Y podemos acabar pasando buena parte del concierto grabando desde nuestro móvil, para luego lucir una marca digital que certifique que hemos estado allí. Todo mientras la experiencia de escucha pasa a un periferiquísimo lugar.
La música corre el riesgo de quedar subordinada a todas las capas que se organizan a su alrededor: el rendimiento económico, la distinción social, la “creación” de “contenido”, la circulación promocional… No ha dejado de sonar nunca, pero en todas esas condiciones su lugar deja de ser central. Y esto pasa en grandes eventos y, a veces, desgraciadamente, también en lo pequeño.
Compartir una escucha plena, sin embargo, puede abrir grietas frente a esas prioridades. Una tienda de discos, una biblioteca, un centro social, un salón o un coworking, como pasó con Ramper. Un lugar donde quepa quien quiera venir, donde alguien propone una obra, donde se explica brevemente por qué quiere compartirla y donde se le hace sitio, para después dialogar (o no). Sin más. Sin mayor rendimiento que el placer de escuchar y de compartir la escucha. Habrá sesiones estupendas y otras que no funcionen, pero no hay problema, otras saldrán mejor. Igual que organizamos clubes de lectura o cinefórums, ¿por qué no colectivizar la escucha?
Precisamente en el Kiribati llevamos meses muy intensos con eso de la captura de la atención y con cómo solemos tratar su cuidado o la desconexión como obligaciones individuales. Ese “escuchar con”, juntos, invita a pensar también en las condiciones que podemos crear para ayudarnos. Reservar un rato, un lugar, aceptar una duración y saber que alguien quiere transitar esa experiencia con nosotros.
Frente a la eficiencia que reclaman los modelos de captura algorítmica, escuchar de este modo, con otros, creativamente, no consistiría en otra cosa más que en dedicar atención sin exigirle rendimiento, ni medición, ni resultados… En dejar que una obra nos sorprenda, nos incomode o nos golpee con fuerza. En darle la oportunidad de hacer algo en nosotros que todavía no sabemos ni nombrar.
Quizá merezca la pena intentarlo más a menudo. Elegir un disco, convocarnos y escuchar hasta el final. Cuando termine, ya veremos si tenemos algo que decirnos.
Small, C. (1998). Musicking: The meanings of performing and listening. Wesleyan University Press. https://archive.org/details/musickingmeaning0000smal
Boothby, E. J., Clark, M. S. y Bargh, J. A. (2014). Shared experiences are amplified. Psychological Science, 25, 2209–2216. https://doi.org/10.1177/0956797614551162




Justo ahora, que acabo de montar el Club del Disco en Sevilla, tenía todas estas ideas en la cabeza, pero las consigues argumentar y sistematizar de un modo muy interesante. Cien por cien alineado en todo esto (y alienado en las estrategias estratificadoras que surgen por doquier) ¡Un saludo!