Menú contra el algoritmo #1 (Enero 2026)
Cine, música, libros, series y videojuegos... que creo que merecen la pena
Inauguro una sección nueva para este invento híbrido (web, blog, newsletter, lo que toque…) que es Viernes en Kiribati. La idea es sencilla: el último jueves de cada mes, cuando por fin cae el viernes en nuestra república favorita, vengo con una pequeña degustación cultural. Sin la intención de cubrir nada en particular, ni para estar al día por deber cívico o profesional, sino para contaros unas palabrillas sobre ciertos productos culturales que, de verdad, he disfrutado ver, escuchar, leer o jugar durante el mes.
Aquí solo va a entrar lo que más me ha gustado, no todo lo que haya consumido. Intentaré hacer (un poco) de filtro. Si lo quieres leer como recomendación o como prescripción, todo tuyo. A diferencia de las recomendaciones algorítmicas, a mí no me paga nadie. Eso sí, aviso para evitar malentendidos: esto va solo de gusto personal, del mío, del de Ramón, no de perseguir una objetividad cultural o artística que ni existe, ni ha existido, ni existirá. No habrá puntuaciones, ni rankings, ni ese teatrillo del veredicto. Para eso hay otros sitios, muy buenos además. Aquí solo títulos (pelis, discos, libros, series, juegos) que he gozado y unas cuantas razones, lo más honestas que pueda, de por qué considero que merecen la pena. Todo lo que traigo es, para mí, bueno y recomendable: lo menos bueno y lo malo directamente me lo guardo.
Tampoco esperes “crítica cultural” al uso. No soy periodista que tiene que cubrir estrenos ni tengo ningún tipo de contrato con la actualidad. Por esto y porque me acerco a la cultura de cualquier año sin obsesionarme con la fecha de caducidad, no me voy a centrar solo en novedades: habrá cosas recientes (en el fondo sí que me gusta un poco estar al día) y otras que no. Iremos viendo. Yo voy apuntando durante el mes, en una libreta, lo que me ha alegrado el ánimo (o lo que me lo ha sacudido con fuerza) y luego lo traigo aquí, sin más pretensión que compartir. Si con esto alguien descubre algo que no tenía en el radar, fantástico. ¡Ea!, sin más dilación: ahí va el primer menú contra el algoritmo.
Cine y series
Nostalgia (Andréi Tarkovski, 1983). [Disponible en Filmin]
U.S. Go Home (Claire Denis, 1994). [Disponible en el Kiribati]
Cure (Kiyoshi Kurosawa, 1997). [Disponible en Prime Video]
A tiempo completo (Éric Gravel, 2021). [Disponible gratis en RTVE play]
Hit Man. Asesino por casualidad (Richard Linklater, 2023). [Disponible en Prime Video]
Bugonia (Yorgos Lanthimos, 2025). [En cines y VOD]
Maspalomas (Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, 2025). [Disponible en Filmin]
Nouvelle Vague (Richard Linklater, 2025). [En cines]
Romería (Carla Simón, 2025). [Disponible en Movistar+]
Un simple accidente (Jafar Panahi, 2025). [En cines]
Pluribus [Temporada 1] (Vince Gilligan, 2025). [En Apple TV]
En primer lugar os hablo de cuatro películas no muy recientes que son de palos diferentes, pero que tienen alguna que otra cosilla en común que voy a intentar explicar. Para los que trabajamos y tenemos críos pequeños, la francesa A tiempo completo convierte la logística diaria en género cinematográfico: vemos a una madre sola corriendo entre su empleo, el crío, entrevistas y una huelga de transporte, tan de actualidad hoy por todo el tema de Rodalies, filmada como si fuera una cuenta atrás. Es casi como un thriller de lo cotidiano sostenido por un montaje fantástico, y por una Laure Calamy colosal. La recomiendo por su artesanía (cómo maneja el tempo y la dosificación de tensión) y porque retrata fielmente la precariedad sin convertirla en una postal: es nervio puro. Cure arranca como thriller procedural y luego acaba en otro lugar. Kurosawa (Kiyoshi, nada que ver con Akira) desplaza la investigación hacia un terror de espacios y sonido, y lo realmente inquietante es la idea que subyace: que el contagio no necesita monstruos, solo una sociedad cansada y gente lo bastante sugestionable como para que lo terrible parezca, con el tiempo, casi normal. Y luego, dos formas distintas de entender la melancolía: la de Nostalgia, que convierte un viaje por Italia en deriva moral y ritual (la vela, la piscina, la insistencia como método que comentaba hace unas semanas que no funcionaba a 2x); y la de U.S. Go Home en una noche adolescente sin pedagogía ni psicologismo, donde la música ordena más que los diálogos y la incomodidad convive con la ternura sin aparentemente resolver nada. La recomiendo como una especie de coming-of-age en voz baja, observacional: breve, concreto, y con una verdad física que no necesita subrayados. En estas cuatro pelis hay una misma idea de cine: no te sobre-explican, te lo hacen sentir. A tiempo completo cuenta la precariedad con cronómetro; U.S. Go Home deja que la adolescencia sea eso que es: cuerpos que se buscan, se miden y se (mal)protegen; Cure fabrica el terror con encuadres y efectos sonoros trabajando la tensión a fuego lento, hasta que el miedo se instala en el cuerpo. Y Nostalgia juega en otra liga: Tarkovski nos dice que lo importante ni se cuenta, ni se narra: se atraviesa.
Después, en mi enero cinéfilo, apareció Linklater en modo “¿cuántas películas buenas quieres que te haga en 2025?”. Nouvelle Vague (de este año pasado al igual que la también recomendable Blue Moon) recrea el rodaje de Al final de la escapada con muchísimo cariño y admiración hacia Godard y su troupe, pero también con una ligereza juguetona que le sienta de maravilla. Los vengadores versión baguette. Puro Linklater. De dos años antes es Hit Man, también suya, donde todos están en estado de gracia, director y actores: una romcom con giro, muy sexy, divertidísima, con Glen Powell jugando un poco a la versión cuqui y controlada del Kevin de Split de Shyamalan, y con el mejor uso que se me ocurre de la app Notas del iPhone (cuando la veáis me entenderéis, es una escena fantástica). ¡Ah! Este sábado, por cierto, en Hipersónica me han chivado que tendréis (cortesía de Pedro Gallego) una tier list completa de todo el cine de Richard Linklater: cojo palomitas para disfrutar leyéndola.
Enero siempre es buen mes para hablar de ese ritual anual que hacemos muchos de nosotros los cinéfilos: intentar ver todas las películas nominadas que podamos antes de las galas anuales de premios. Con las nominaciones de los Goya y los Oscars ya publicadas, tocaba ponerse. Si nos centramos en el cine español, Maspalomas llega fuerte: 9 nominaciones, incluida Mejor película y Mejor dirección. Totalmente merecidas porque, prácticamente, lo hace todo bien. Está fenomenalmente contada, es soberbia en uso del color, en dirección y en casting; el segundo acto tiene un bromance de los que se construyen con pausa, piensas que no van a funcionar, pero te equivocas y acabas dentro; brilla en eso de filmar el sexo sin tabúes, con una elegancia rara; y, además, cuando enseña la homogeneidad forzada de ciertos espacios (esa “igualación” final de nuestros mayores) se vuelve genuinamente terrorífica. Bravo por los Moriarti. Romería también me dejó completamente epatado al verla: tiene 6 nominaciones (dirección, guion adaptado, etc.), pero se ha quedado fuera del quinteto de Mejor película, y esa ausencia, a mí me parece difícil de defender. El tercer acto, desde la subida de la escalera hasta la escena donde suena Siniestro Total (sí, la de las sábanas), es tan bueno que no te lo crees cuando la estás viendo. Carla, no te merecen.
Y luego están las dos que, por motivos distintos y con pocas posibilidades reales de premio, he visto este enero y orbitan en torno a la conversación de los Oscars. Un simple accidente tiene ese raro don de mezclar registros sin romperse: drama, comedia, sátira (lo del datáfono es una de esas ocurrencias que podría firmar Berlanga), violencia, terror… y un magnífico final que, por el fantástico uso de lo sonoro, te deja clavado, mirando a la nada. De esas películas que te mueven por dentro a muchos niveles. Y Bugonia, de la que solo puedo decir que me lo pasé mejor de lo que esperaba: el idilio Lanthimos–Emma Stone da alguna señal de agotamiento por repetición, pero este remake de la surcoreana Save the Green Planet! tiene nervio, mala leche y una BSO de Jerskin Fendrix que es una maravilla. Y sí, Yorgos: a mí tampoco se me ocurre mejor método de tortura contemporánea que ponerle Green Day a alguien en bucle.
Cierro esta sección audiovisual hablando de Pluribus, y de algunos de los temas sobre los que orbita. Sin ser yo muy de series, su primera temporada me ha parecido magistral porque 1) se toma su tiempo; y 2) no juega a la alegoría política cómoda: te coloca delante de una forma de asimilación totalizante (ese “nosotros”) que se vende como remedio, y ahí tú eliges bando. Disfruté especialmente al ver cómo la serie se siente menos como una crítica a la vida en común y más como una lucha contra una especie de tecnopoder que aplana. No veo crítica a una utopía fallida (una sociedad comunista, por ejemplo) ni una igualdad mal entendida: veo una invasión, una negación del ser. Y lo inquietante es precisamente su tono de normalidad, esa oferta de bienestar y eficiencia que llega con la letra pequeña de la que solemos hablamos aquí en el Kiribati: renuncia a la agencia, a la singularidad, al consentimiento.
En ese marco, hace unas semanas debatía con O último vampiro en el Discord de Hipersónica que uno de sus personajes, Manousos, no creo que funcione como símbolo de propiedad sagrada ni como estampa del liberal ilustrado como he leído por ahí; funciona como alguien que intenta sostener una ética mínima, humana, en medio del derrumbe de la civilización: responsabilidad, límites, cuidado. La mente colmena de Pluribus busca borrar, y su “igualdad” pretendida es la del aplanamiento del yo, la homogeneidad como anestesia. Por eso Pluribus acaba siendo, para mí, una defensa feroz de lo humano por encima de todo: una advertencia contra la tentación contemporánea de delegar nuestra vida interior en sistemas (pienso en nuestras queridas plataformas, algoritmos y/o redes sociales) que prometen paz mientras nos convierten en piezas intercambiables. Te quiero, Vince Gilligan.
Música
También quiero hablar brevemente de cinco “discos” que he tenido en rotación durante este mes de enero: tres de ellos procedentes de la zona más alta de las tiers de Hipersónica, ya sabéis, mi web de confianza para estas cosas (si no os gustan, culpadles a ellos), y otros dos que proceden de coordenadas geográficas muy distintas: Corea y Graná. Dejo el bandcamp de cada uno de ellos para que los escuchéis y, si os gustan, colaboréis a la causa. Que el músico también quiere comer, y de Spotify no se puede vivir.
The Ruins of Beverast - Tempelschlaf (2026): Hay discos de metal que parecen hechos para mí, con esa mezcla rara de oscuridad y líneas melódicas claras y contundentes. El año pasado fue el maravilloso (y más accesible) The Spin de los italianos Messa. Y este año he empezado con este. Metal sombrío, gótico, grandilocuente cuando toca, y con voces limpias (a veces guturales) gravísimas y reverberadas. Me resulta fascinante lo omnipresentes que son The Cure como fantasma transversal: da igual el género, siempre acaba apareciendo un primo lejano en algún acorde o en alguna voz. Su influencia aquí es evidente. Dicen en Hs que, si te gustan Paradise Lost, esto es para ti.
good flying birds - Talulah’s Tape (2025): Otro excel hipersónico. “Racaraca punki biencantao” se me ocurrió escribir cuando lo escuché por primera vez. Jangle pop ramplón en el mejor sentido: canciones que parecen montadas con cinta aislante, pero con suficiente gancho y nervio como para ponerte a bailar, aunque sea en tu casa. Suena a indie pop noventero del bueno.
Westside Cowboy - So Much Country ‘Till We Get There (EP) (2026): 14 minutos, cinco temas y una sensación clara tras escucharlos: “apunta este nombre”. Empieza con una Strange Taxidermy muy Adrianne Lenker-core, pero enseguida se calza la zapatilla; a mí sus armonías me suenan a los primeros Fleet Foxes/Arcade Fire, pasando por un guitarreo que mira a Pavement o Pixies… pero con ese punto de country/folk americano cantado desde Manchester (ellos mismos lo llaman “Britainicana”, no me parece mal) que es el que le otorga verdadera autenticidad. Bastante mejor que Geese, por ejemplo. No sé si de aquí saldrá un discazo pronto, pero los cimientos están.
Mydreamfever - 4. Mountain Still Breathing (2026): Mydreamfever es uno de los alias/proyectos de Parannoul (otro de mis coreanos favoritos, artista detrás de tres álbumes perfectos de shoegaze/indie pop/rock como To See the Next Part of the Dream, After the Magic y Sky Hundred), y se nota en esa sensibilidad suya para hacer que lo lo-fi suene íntimo en vez de pobre. Este cuarto álbum (salido hace un par de semanas de su habitación en Seúl) vuelve a esa zona misteriosa suya: texturas interconectadas, ruido suave, algo de folk espectral, ritmos casi rituales… música perfecta para estos días lluviosos y para cuando el mundo está un poco demasiado nítido. Me encanta porque no busca redondear ni los temas ni el propio disco: busca la superposición de capas, el temblor y el experimento sonoro. El LP que firmó bajo el sobrenombre Huremic el año pasado es también para hacerle la ola.
yaveremos - ya nada es tan fácil (2026): Disco debut de este grupo de chavales de Graná, en el que desde sus primeros minutos se nota esa tradición local (tan nuestra, tan granaína) de hacer pop con brillo pero con distorsión de fondo (como si los sintes sonrieran con la boca llena de piononos). Indie pop luminoso, guitarras y teclados bien medidos, melodías cantables, y un dúo vocal (estupendos juegos armónicos de voces) que tiene en la voz de Adriana algo de Amaia en la forma de caer “natural” sin parecer poco trabajada. Hablando con ellos me dicen que claro que han escuchado mucho a Amaia, pero también a Oklou y el último disco de Alvvays. También asoman, a ratos, esos giros vocales heredados de Los (primeros) Planetas en la voz de Mariano (por generación son ya casi bisnietos de J.) y una ligereza que me recuerda, no sé por qué, a Las Ligas Menores: pop pegajoso, honesto, letras para la generación Z y cero artificio. Lo presentan en Madrid este viernes 30 de enero en la sala Cadavra (con Candace), por si a alguien le pilla cerca y le apetece ver cómo empieza a coger cuerpo el asunto. ¿El futuro? yaveremos. Entiéndanlo como quieran.
Literatura
Este enero pasado por agua, doble ración de Lea Ypi, tanto en formato novela autobiográfica, como en formato ensayo de rabiosa actualidad. Ambos hiperrecomendados.
Libre: El desafío de crecer en el fin de la historia (Lea Ypi; Anagrama, 2023) - Mi mujer, Ana, llevaba meses (igual medio año) diciéndome: “léetelo, te va a encantar”. Y por supuesto, tenía razón, al igual que también la tenían quienes lo iban avisando por el Discord de Hipersónica (Sergv y Javi Ramos principalmente). Lo que me ha atrapado de esta novela, sobre todo, es la mezcla de memoria íntima y radiografía política que la autora hace sin ponerse a pontificar. Ypi cuenta cómo una niña en la Albania de 1990 ve derrumbarse un mundo (su mundo) y su historia (con sus estatuas, consignas, silencios y secretos familiares) y cómo, al otro lado del cambio, la palabra libertad empezaba a significar otra cosa: primero un dogma, luego una promesa, y después, casi siempre, un malentendido práctico y una desilusión. En la segunda parte del libro me he visto subrayando (casi) páginas enteras por puro placer de volver a leer su prosa. Ver cómo la autora desentraña, a través del relato familiar, conceptos filosóficos y políticos fundamentales (a un lado y otro del muro ideológico que dividió su vida) ha sido toda una experiencia.
“Mi mundo está tan lejos de la libertad como aquel del que mis padres intentaron escapar. Ambos distan mucho de ese ideal. Pero sus fracasos adoptaron formas muy diferentes y, si no hacemos un esfuerzo por entenderlos, continuaremos divididos para siempre. He escrito mi historia para explicar, para reconciliar y para continuar la lucha” (Libre. Lea Ypi, 2023)
Fronteras de clase: Desigualdad, migración y ciudadanía en el Estado capitalista (Lea Ypi; Anagrama, 2025) - Imprescindible ensayo para los tiempos que corren, sobre cómo, a veces, se nos olvida que el antónimo de democracia es frecuentamente capitalismo, y cómo este deshumaniza a quienes se ponen delante para “anular el progreso”. Este es el libro perfecto para cuando te cansas del debate sobre migración en modo tertulia de bar que también está tan de actualidad a este lado y al otro del charco: identidad por aquí, integración e inclusión por allá, y la clase social siempre escondida debajo de la alfombra. Ypi pone esto en primer plano sin rodeos: las fronteras (las de papel, las del mercado laboral y las de la meritocracia) se abren para unos y se cierran para otros, y muchas políticas migratorias no solo reflejan esa división, la profundizan y la explotan económicamente. Es un ensayo breve pero con mala leche bien afinada: te obliga a mirar el Estado “garante” con ceja levantada y a recordar (de forma incómoda) que a veces lo que llamamos crisis de la democracia es, simplemente, el sistema económico haciendo de las suyas.
Videojuegos
Por último, para los más jugones: un jueguico que ha dado justo en la diana conmigo, porque mezcla dos vicios que llevo años defendiendo sin pudor.
Absolum (Guard Crush Games y Supamonks, 2025): [Disponible para PS5, Xbox Series X/S, Nintendo Switch 1 y 2, y PC (Steam)] mezcla lo mejor de los roguelikes (la repetición con sentido, la partida que te sale redonda, el “una más y lo dejo” con progresión sana, nada de micropagos ni atajos) y lo mejor de los beat ’em up clásicos, los yo contra el barrio de toda la vida, con su coreografía de combos, sus empujones a la esquina y esa satisfacción infantil de limpiar pantalla a base de manotazos. Como un Golden Axe clásico, pero hipervitaminado. Su estructura es claramente de runs (con rutas que bifurcan, encuentros que cambian y progresión entre partidas), muy en la órbita de Hades pero llevada al desplazamiento lateral y al contacto físico propio del género. Lo mejor es que, cuando estás pegando, se nota que quienes lo han hecho entienden el peso del golpe, el timing, el “paro, esquivo, castigo” y esa sonoridad rítmica del combate que convierte el machaqueo en algo fino, casi musical. Encima, tiene un arte bellísimo y una animación que parece cómic europeo en movimiento, todo muy expresivo, muy caricatura con mala leche, de las que hacen que te apetezca simplemente “ver” el juego incluso cuando has perdido la run por enésima vez. Normal que mi hijo se quedara embobado mirando. En resumen: si te gusta entrar en el bucle de los “roguitos”, o te pasa como a mí y tienes poco tiempo de jugar y quieres despachar la partida en 20-30 minutos y, a la vez, echas de menos esa violencia elegante del género arcade, este es de los mejores cruces recientes. Y sí: en Steam Deck se juega sorprendentemente bien, por si alguien, como yo, lo quiere probar en modo portátil. [Nota: he jugado un poco, no he llegado a pasármelo ni a ver el endgame, pero me ha parecido suficientemente bueno en sus primeras horas como para recomendarlo sin dudar]
Y ya estaría. Primer menú servido. Si algo de lo de arriba te acaba acompañando un rato (una peli con la que te ríes o que te deja con el cuerpo raro, un disco que te mejora una tarde tonta, un libro que te reordena dos ideas, un juego que te roba media hora con alegría) me doy por satisfecho. Yo seguiré apuntando en mi libreta, sin mucho método ni épica, lo más guay que me vaya encontrando por el camino. Y si te apetece, nos vemos el último jueves del mes que viene para repetir la jugada: otro plato mixto, otra tanda de nombres, y otra excusa perfectamente válida para seguir compartiendo arte y cultura. ¿Y tú, de qué has disfrutado especialmente en este mes de enero? Recomiéndame algo, déjame un comentario, que te leo.







Venga, va, me animo a recomendar algo. Estos días la estoy flipando muchísimo con el Fear de
John Cale, el Blue Mask y el New York de Lou Reed, pero el verdadero coup de coeur se lo lleva el Actos Inexplicables de Nacho Vegas.
¡Gracias por las recomendaciones!
100% de acuerdo con tus impresiones de Un Simple Accidente. Alucinante final y con unas escenas que ponen la piel de gallina.
Por mi parte, te recomiendo mucho Hamnet, la fui a ver el otro día y, a pesar de ser la película de moda... lo es por algo. Preciosa. Sin más.