La semana pasada os presentaba la primera mitad de esta selección de 50 discos que me fascinan, y hoy vengo con lo que faltaba: otro buen puñado de discos, más recientes, pues sigo con el orden cronológico que me marqué en el primer texto. De ese modo, estos van desde el año 2002 hasta el pasado 2025. Para no sacralizar demasiado pronto discos muy recientes, no he incorporado de momento ninguno de 2026, y he elegido del último lustro un puñado que, a pesar de ser muy nuevos, he escuchado infinidad de veces y marcan, desde luego, quién soy musicalmente a día de hoy.
Si la semana pasada había muchos casetes de la mili de mi padre, en esta tanda hay muchos discos que hicieron el camino inverso, es decir, que fui yo quien se los puso a mi padre, con dispar resultado, eso sí. La segunda parte de la lista es algo más ecléctica en cuanto a géneros y, sobre todo, algo más diversa (países, presencia de mujeres, etc.) que la primera. De nuevo, no es algo buscado: me he limitado a enumerar MIS discos, y por supuesto que hay sesgos, ausencias, etc., pero esta selección me define a mí como individuo y habla un poco de las sendas que han seguido mis oídos en los últimos 25 años. Sin más, os dejo con la imagen con todos los discos y empiezo a hablar de ellos. Gracias a todos y a todas los que os pasasteis por la primera parte, comentasteis o me dedicasteis unas palabricas. Siempre es un placer sentir que hay alguien al otro lado.
El adolescente metalero que os presentaba la semana pasada tuvo un idilio con Dream Theater, pero también con Symphony X. Si Neruda se colaba en la música de Los Jaivas y Tolkien lo hacía en la de Blind Guardian, en el fantástico The Odyssey (2002) es Homero quien hace acto de presencia. Historias enormes para discos enormes. La pieza que da nombre al disco, orquestal, inmensa, ocupa más de 24 minutos y se divide en siete partes. Pero más allá de ella tenemos temazos como “Inferno” o “Accolade II”, que demuestran la capacidad del grupo para hacer canciones mucho más digeribles que la sinfónica odisea. Las guitarras de Romeo y, sobre todo, la excelsa voz de Russell Allen tienen mucho que ver con ello. Siempre imaginé poder ver algún día a Dream Theater con la precisión vocal de Allen, más contenido, menos estridente que Labrie. Aquí podría haber entrado algún otro álbum como The Divine Wings of Tragedy, alguno de Angra o incluso de Rhapsody. Muy buenos años para estas mezclas de metal, sinfonismo y progresivo entre finales de los noventa y principios de siglo, pero de entre todos ellos me quedo con la odisea de Symphony X.
Para aterrizar en lo siguiente tenemos que dar un salto de las canciones de veinticuatro minutos a los hits masivos de tres minutos que encadenan Linkin Park en Meteora (2003), un disco gigantesco que los consagraría para toda una generación después de su también bueno (aunque inferior a mi parecer) Hybrid Theory. Escuchar Meteora con atención más de veintitrés años después es un viaje fascinante. Cada canción tiene su entrada reconocible, su intercambio de voces, su tensión bien medida y su estribillo memorable. Todas ellas, con lo difícil que es hacerlo solo una vez. El áspero diálogo entre Chester y Shinoda, entre el rap y el metal, es siempre muy preciso y magnético. Cómo vivimos esto en 2003, sin embargo, fue otra cosa. El nu metal y el metal alternativo llevaban años barriendo, arrasando con todo, y muchos los entendieron como géneros menores, como algo que no era “metal metal”. Sin embargo, permitieron a muchísima gente acercarse a nuevos sonidos, a nuevas ruideras, a nuevas formas de entender la música popular. Para muchos, entre los que me incluyo, tanta hibridación, tanta mixtura, era algo no del todo positivo, pero el tiempo nos puso a todos en nuestro sitio. El White Pony de Deftones, el Follow the Leader de Korn o el Iowa de Slipknot también podrían estar en esta lista mía. No tanto Limp Bizkit, con quienes nunca llegué a congeniar del todo más allá de un par de singles.
Y nos alejamos un pelín del metal (volveremos pronto) para aterrizar en otro de esos grupos de mi vida y en un disco que le puse tanto a mi padre que él también terminó adorándolo, con lo que eso supone para un hijo. Funeral (2004), de Arcade Fire, es un disco que no te lo crees de bueno que es. Es íntimo, es cercano, es expansivo, es multitudinario, es posiblemente uno de los discos más influyentes de este siglo. Cómo construyen la tensión en las diferentes “Neighborhood” o cómo van entrando las voces en “Wake Up” son ejemplos de una maestría incomparable a la hora de hacer música en este siglo. Después vendrían otros dos pepinos como Neon Bible o The Suburbs, para mí los mejores discos de sus respectivos años, pero a los que siempre vuelvo un poco menos que a este Funeral. En esta misma lista vamos a encontrar varios grupos que claramente también vuelven mucho aquí.
Si antes hablaba de Linkin Park, de Deftones, de Korn o de Slipknot y no de System of a Down, era porque les estaba guardando un párrafo especial en esta lista. De toda esa escena son claramente mi grupo preferido y el que más he escuchado y escucho. Y de toda su discografía, que me encanta al completo, siempre me quedo con Mezmerize (2005), la primera entrega de la pareja que completarían ese mismo año con el inferior Hypnotize. Un disco lleno de sorpresas, en el que casi nunca sabes qué va a ocurrir dentro de diez segundos: acelerones, paradas súbitas, guturales entre exquisitas armonías vocales, continuos cambios de carácter y estribillos fantásticamente medidos que quedan en el recuerdo entre tanto jaleo. En temas como “B.Y.O.B.” conviven la violencia musical y lo político; en “Radio/Video” nos encontramos con una complicidad vocal soberbia entre Serj y Daron, y en “Lost in Hollywood” aparecen los S.O.A.D. más melódicos y claros. El disco está lleno de mala leche y de canciones ultrapegadizas que marcaron a toda una generación de chavales de instituto para los que esto era su biblia. Welcome to the soldier side.
En 2007 estuve en mi primer concierto de Dream Theater, en la gira en la que presentaban su disco menor Systematic Chaos. En ese mismo concierto, unos chavales polacos, de caras quemadas posiblemente por haber estado disfrutando horas antes de las hermosas playas de la costa granadina, salieron a hacer de teloneros. Se llamaban Riverside, no los había escuchado nunca, y siempre digo que sonaron mejor que Dream Theater aquella noche. No pusieron el volumen al 11 y, de ese modo, la horrible plaza de toros de Atarfe, con sus techos metálicos, no convirtió todo su sonido en una pelota de reverberación, como sí pasó con los americanos minutos después. Mi padre, pobre hombre, que me acompañó porque le gustaba Dream Theater “en disco”, dijo que no volvía jamás a un concierto de esta gente, de lo mal que sonó. Llegué a casa con todo el disgusto (y con sordera temporal) y lo primero que hice fue buscar a esos Riverside que tan buenos me habían parecido. Al escuchar su discografía, uno de sus discos, especialmente, me acompañaría para siempre. Second Life Syndrome (2005) es el nombre del disco y, posiblemente también, el de su mejor tema. Prog de muchos quilates, pero sin tanta querencia por la exhibición técnica como sus compañeros de concierto. Aquí caben el silencio, la melancolía, las frases de guitarra alargadas… varias características que luego voy a destacar en otro de mis grupos favoritos: Leprous. Podrían ocupar este lugar, perfectamente, dos obras maestras de lo suyo como son In Absentia o, sobre todo, Deadwing, de los genios Porcupine Tree.
Con Vivalaguerra (2006) saltamos al panorama nacional y también cambiamos de idioma, como los propios Standstill hicieron en su también redondo disco homónimo de 2004. La banda se aleja del post-hardcore que practicaba en sus primeros discos cantados en inglés y nos entrega una obra mayúscula, donde lo cotidiano, la incomodidad, la conversación, la insistencia y la tensión conviven con una emocionalidad siempre creciente que, sin embargo, se encuentra muy cómoda en la repetición. Por conectarlo con otros sonidos de esta lista mía, me recuerda a Slint en la forma de administrar la espera y a Arcade Fire en la dimensión colectiva de la obra, donde Montefusco y los suyos se distribuyen el liderazgo sonoro de cada pieza, como también hacen los del siguiente párrafo. Este Vivalaguerra es un disco, pero también una función teatral, algo que después seguirían explorando con mucho acierto en su eterno Adelante, Bonaparte y en Rooom, el espectáculo con el que lo presentaban y que tuve la oportunidad de ver/vivir varias veces. Standstill abandonaron las armas hace unos años, Montefusco publicó en solitario varios discos (dos de ellos bastante buenos: Meridiana y Diagonal) y ahora han vuelto a girar juntos, con nuevo disco en el horizonte. Si me preguntan, siempre es buen momento para subirse a su tren.
Y de un grupo muy especial para mí, a posiblemente mi grupo favorito de siempre, el que más he escuchado, al que más admiro por su obra y del que nunca me canso: Radiohead. Podrían haber aparecido en el post de los primeros 25 con OK Computer, Kid A, The Bends o Amnesiac, todos ellos hiperrecomendables, pero aparecen con el que para mí es su cima creativa: In Rainbows (2007). El ritmo de cinco por cuatro de “15 Step”, el movimiento de “Weird Fishes/Arpeggi”, la belleza y delicadeza de “Nude” o la parte rítmica y vocal de “Reckoner”, todo para un disco cálido, cercano, pero a la vez complejo y desafiante, donde la voz de Thom Yorke convive con el resto de la composición eligiendo siempre el mejor camino. Donde se escucha la herencia de Talk Talk y se encuentran sonidos que luego reconoceremos en otros grupos más recientes como Squid, que aparecerán más tarde en esta lista. El disco es fantástico, pero cómo lo interpretan en este From the Basement es mejor aún:
Y del coqueteo electrónico que podemos encontrar en Radiohead pasamos a mi disco favorito de electrónica de todos los tiempos. Como dice el bueno de Ferraia: “Todo el mundo recuerda la primera vez que escuchó a Burial. Porque para la mayoría, nada fue lo mismo después”. Tampoco para el mismo Burial, que no ha publicado otro álbum de estudio después de este soberbio Untrue (2007), un disco más grande que la vida misma, aunque sí haya seguido entregando música en otros formatos. Aquí va construyendo por fragmentos, recortando y recomponiendo palabras, siempre a favor de desbordar emocionalmente a quien escucha. El dubstep, luego tan manoseado, toma aquí la forma que Burial quiere darle: la de la excelencia. Después encontraríamos muy visible su impronta en artistas como James Blake o Jamie xx. Electrónica íntima, siempre en movimiento, recuerdos del ayer siempre presentes hoy.
Hace bastantes meses despedíamos por aquí al Robe, que, por supuesto, por lo que para mí y para tantos otros ha supuesto, tiene aquí un lugar privilegiado. De entre todo lo que Robe es, o lo que Extremoduro fue y será, La ley innata (2008) representa el centro de todas las cosas. El punto de inflexión en una discografía que venía de lo “transgresivo” y que va a parar a otro lado. Si en Pedrá ya habían coqueteado con la idea del tema/álbum largo, aquí abrazan lo orquestal, lo sinfónico, lo expansivo y nos regalan uno de los mejores discos en español de todos los tiempos. Extremoduro sigue siendo reconocible en cada movimiento, pero aquí tenemos mucho más, de todo. Textos deslumbrantes, una banda perfectamente calibrada, medida siempre entre lo limpio y la distorsión, entre guitarras y violines… Una joya atemporal. Canciones de que el tiempo no pasara, donde nunca pasa nada.
Hace una semana también os contaba que había otro disco nacional de mi etapa más “indie” que, sin duda, había sobrevivido al paso del tiempo sin que lo aborreciera. Ese es Un día en el mundo (2008), el debut en formato largo de los madrileños Vetusta Morla después de casi una década haciendo música. Vetusta, que siempre me sonaron más a Elbow que a Radiohead, aunque las comparaciones siempre se hicieran con estos segundos, construyen en su debut un disco magnético de canciones que giran en torno a la voz de Pucho y también, muchas veces, más en torno a la percusión que a las guitarras. Me sigue funcionando cuando lo escucho casi veinte años después de su lanzamiento. Su discografía posterior tiene sus altos y sus bajos, y creo, eso sí, que nunca han superado el nivel de su primer disco. Tras un breve parón, vuelven este 2026 a los escenarios, en un circuito de conciertos y festivales dominado por un nefasto e infame indietex que lo inunda todo. En lo que a mí respecta, siempre ha sido un placer mayúsculo verlos en directo desenvolverse, juguetear con la dinámica y la agógica de sus temas, con una sincronía entre sus seis miembros envidiable. Si el sonido de Los Planetas fue ampliamente buscado por infinidad de bandas, se podría decir lo mismo del de Vetusta Morla en las últimas dos décadas. Con muy poco éxito, imho.
El placer inmediato de una voz, su grano y su forma de llevar el ritmo, a medio camino entre la chanson francesa, el pop y el swing, es lo que me conquista de Zaz. En su disco debut, Zaz (2010), demuestra el tremendo control vocal que tiene, que se va desplegando poco a poco, entre lo cantado y lo narrado, acompañada por una instrumentación exquisita, solos vocales jazzísticos y numerosos registros en apenas cuarenta minutos. El gran éxito le llegó con la archiconocida “Je veux”, kazoo en mano. Pero si me tengo que quedar con alguna, prefiero la hermosísima “Les passants”, con la que abre el disco, o “Éblouie par la nuit”, que sirve para cerrarlo. No es ninguna rareza dentro de mi lista, porque aquí el vínculo con Sabina o incluso con Los Delinqüentes es evidente. Y en dos párrafos vamos a encontrar otro enlace cercano.
Antes hacemos otra parada en el prog, con el que posiblemente es mi grupo más escuchado de los últimos quince años: Leprous. En Coal (2013), los noruegos entregan su mejor disco, el más redondo y con un sonido más reconocible. Salvo en la última, “Contaminate Me”, donde todo termina de desbordarse, Leprous mantienen una misma atmósfera, un mismo contexto sonoro, siempre preciso instrumentalmente y siempre al borde de romperse. El virtuosismo existe, porque no es nada fácil hacer lo que hacen, pero nunca es exuberante: prima el conjunto sobre la exhibición técnica. Todo funciona en piezas perfectas como “The Cloak” o, sobre todo, “The Valley”, su mejor canción. Es un disco que recoge las esencias del rock y el metal progresivo, pero siempre para avanzar, para sonar muy Leprous, muy único. Puede gustar más o menos la voz de Einar, que precisamente es el único al que se le permite lucirse individualmente, pero si te gusta, como a mí, esto es un espectáculo. En discos posteriores de Leprous, sobre todo en los más recientes, ese equilibrio desgraciadamente desaparece.
Veníamos de Francia, pasamos por Noruega y aterrizamos ahora en la Bélgica de Stromae, con quien sí podemos establecer vínculos con Zaz. En Racine carrée (2013), la lírica es importante por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, pero además, antes de que quieras darte cuenta, Stromae ya te ha puesto a bailar. Un disco que habla de ausencia, de fragilidad, de conflictos de pareja, y que continuamente te invita a moverte entre hermosas melodías y estribillos que, como pasaba con Pulp o con Supertramp, facilitan la entrada a asuntos que ni son cómodos ni son banales. Fascinante la capacidad de Stromae para hacer accesible una canción sin vaciarla de contenido. Jacques Brel podría ser una referencia clara anterior, o Cesária Évora, a la que el propio Stromae homenajea en su fantástica “Ave Cesaria”. Después seguiremos hablando de malestar y de canciones bailables con otro disco de esta lista.
Hay que tener mucho dominio del ritmo, de la palabra, de la respiración y de los acentos para hacer lo que hace Javier Ibarra, a.k.a. la palmera que se dobla pero aguanta el huracán, a.k.a. Kase.O. Y, además, tener algo que contar, no como en su último (e infame) disco. En El círculo (2016), la voz más reconocible del rap en español despliega sus mejores artes con toda la seguridad de quien lleva años sabiendo que es era el mejor en lo suyo. “Esto no para”, “Yemen”, “Repartiendo arte”, “Basureta”… En todas ellas se muestra inteligente, cercano, involucrado, también frágil… y entre medias, un disco enorme, cargado de vacile, dolor y crítica social. Podría haber elegido alguno de Violadores o incluso el Jazz Magnetism, pero, como él mismo afirmaría en un divertimento posterior, lo elijo porque me da ascazo todo el que no pueda ver que El Círculo es un discazo.
Y seguimos en Españita para acercarnos a uno de esos discos de los que tanto se ha hablado. Tanto que a veces parece que se nos olvida hasta escucharlo. El mal querer (2018) de Rosalía es una barbaridad de disco, incluso si consigues apartar por un momento todo lo que rodea a nuestra artista más internacional y todo lo que significa. Si el otro día os hablaba de La leyenda del tiempo o de Omega, aquí tenemos otro LP que se empeña en acercarnos a la tradición, que se mete dentro de ella y que empieza a sacudirla hasta que empiezan a caer cosas. Desde las palmas, las voces dobladas, el “tra trá” o los silencios de “Malamente” hasta la tensión de “Pienso en tu mirá” o el cierre de “A ningún hombre”, todo está medido con una precisión tremenda. El disco está basado en una novela medieval occitana, con su historia y sus capítulos, como buen disco conceptual. Aquí la Rosalía está mucho más comedida (y precisa) que en su LUX, bastante más ambicioso e incoherente, y sabe en todo momento qué elementos del flamenco debe tocar para mezclarlos con el mejor pop contemporáneo. El tiempo lo pondrá en su sitio, el de la excelencia más absoluta, si no está ya ahí.
Tiempo también el que se tomó Tool para sacar este Fear Inoculum (2019) tras trece años de silencio discográfico. Y justo cuando todos esperaban el batacazo, se sacan de la manga un discazo incontestable con todo en su sitio, siendo ese sitio el que a Tool le da la gana. Danny Carey firma algunas de sus mejores aportaciones al mundo de la batería prog (pienso en “Pneuma”, por ejemplo), y el resto de sus compañeros están también soberbios. Todo se repite, todo cambia, todo desaparece y luego vuelve a aparecer, y cuando regresa de repente estás en otro lugar totalmente distinto. No deja de ser el sonido textural de Pink Floyd, pero mucho más físico y pesado, también más matemático y complejo. Importantísimo escucharlo con atención, sin estar a otras tres cosas distintas a la vez. A mucha gente le gusta más el Lateralus o el Ænima. Yo me quedo mucho antes con su último trabajo.
Y ahora sí, retomo aquello que decía del malestar y las canciones bailables. La noche interior (2022) de Betacam tiene mucho de ambas cosas, con sintetizadores, melodías que entran como cuchillo caliente en mantequilla y unas letras que se mueven entre lo doméstico, lo sentimental y todo lo que se nos va colando en casa y en nuestros adentros sin haberlo invitado. El Carras tiene una habilidad innata para encontrar canciones en ese terreno. Un disco que incluye algo titulado “El capitalismo ha hecho llorar a Merche” ya os puede dar alguna pista de por dónde van las cosas, aunque en el tema musicalmente haya bastante más que en la propia ocurrencia del título. “Tan solo algo de ayuda” o “Yo nací para quererte” funcionan por lo que cuentan y por cómo lo cuentan, con una naturalidad que no te la crees. Me enamoró desde la primera escucha. Creo que, a estas alturas de la lista, aquello que decía la semana pasada de las orejas refractarias al pop ya no hay quien se lo crea.
Con Tercer cielo (2022) de Rocío Márquez y Bronquio se juntan muchas de las cosas que han ido apareciendo entre estos cincuenta discos. Por un lado, el flamenco de Camarón y Morente, esa posibilidad de seguir buscando dentro de una música que algunos preferirían inmóvil. Por otro, la electrónica, el sonido trabajado hasta convertirse en otra cosa, las voces que se fragmentan y los ritmos que cambian el propio sustento de lo que estás escuchando. Aquí encontramos cante, ruido, espacio, golpes, repeticiones y, sobre todo, infinitos momentos de una belleza sin igual. Aunque tiene buenas canciones que funcionan de forma independiente, aquí merece la pena hacer, siempre que se pueda, el recorrido al completo. Otro hijo prodigioso de aquel Omega del que hablamos.
Y llegamos por fin a uno de aquellos hijos de Slint de los que os hablaba en la primera parte de este texto. Aunque en O Monolith (2023) de Squid hay mucho más que Slint: sus guitarras resuenan con las de Television, tienen cierto apego por la inquietud rítmica de Radiohead y también cierto gusto por lo progresivo, aunque en menor dosis que otros grupos como Black Midi. Este disco, el monolito, tiene temazos como “Swing (In a Dream)” o “The Blades” (la más inrainbownera), donde todo parece estar en movimiento continuo, donde las canciones eligen el camino que no ves venir y donde cada instrumento tiene algo que hacer, algo importante, aunque pudiera parecer que están todos discutiendo. En medio de todo ese follón, Ollie canta y toca la batería, que no es cosa menor. Entrar aquí de primeras posiblemente sea duro si no tienes el oído acostumbrado a cosas similares, pero, una vez que llegas, todo resulta fascinante.
De Inglaterra nos vamos a Corea del Sur, donde Parannoul, una de las figuras más interesantes de los últimos años (ya sea como Parannoul, como Mydreamfever o como Huremic, sus otros alias dependiendo del palo/genero que toque), construye en After the Magic (2023) numerosos muros de sonido con centenares de capas que, en vez de sacarte de la propuesta, te meten muy dentro. Su voz queda muchas veces cuasienterrada entre las múltiples capas de efectos y de distorsión shoegazera que lo nublan todo. Sin embargo, a pesar de estar en esa nube, las melodías consiguen encontrar su sitio, como pasa en temas míticos como “Polaris”, “We Shine at Night” o en mi favorita, “Insomnia”. Este chico suena a haber pasado largas temporadas con el Loveless de My Bloody Valentine. Posiblemente mi coreano favorito no haya escuchado nunca a Los Planetas, pero estoy seguro de que, si lo hiciera, le sonarían cercanos.
Y de las mil capas y el “ruido” coreano pasamos a la simplicidad, el minimalismo y la pausa de la voz de Ana Arsuaga. Bajo el nombre de Verde Prato, Ana construye en Adoretua (2023) un disco fenomenal donde la electrónica convive con los ritmos latinos, donde las melodías, la repetición y los acompañamientos tienen siempre peso y sentido. Cada frase dura lo que tiene que durar, y Ana deja claro que conoce cómo funciona la canción tradicional y cómo hacerla convivir con lo moderno. Siete temas, cinco en euskera, dos en español. Disco breve, pero muy intenso sin levantar la voz. Ponedle “Su pelo” a todo aquel que os diga que el reguetón es una porquería de música, para que deje de decir tonterías.
Maruja es el nombre de otra de las bandas que más he escuchado en los últimos tres o cuatro años. Desde Manchester firmaron Knocknarea (2023), un EP de apenas cuatro temas que es la única excepción extended play en esta lista de largos. Podría haber puesto su álbum debut del año pasado, Pain to Power, que también me parece un disco excepcional, pero es que este EP es mejor o, al menos, me gusta a mí más aún, si cabe. Si en el largo suenan más a RATM, aquí controlan un poco la fiereza y dejan girar las canciones en torno al saxofón, que, casi como si lo tocara Colin Stetson, entra en bucles (respiración circular mediante) sobre los que se va construyendo y destruyendo la tensión de forma constante. La sección rítmica y sus ganas de llevarlo todo al límite hacen que cada uno de los cuatro temas sea ultradisfrutable. No he podido disfrutarlos en directo aún, pero, por lo que he visto en vídeo, parece que la experiencia puede ser bastante catártica, casi como de trance colectivo.
Tienen también su huequito en la lista Vampire Weekend y, en concreto, su último disco, Only God Was Above Us (2024), donde trenzan melodías exquisitas con un sonido ligeramente más revuelto que el de sus elegantes discos anteriores. “Ice Cream Piano”, “Capricorn” o “Hope” son temas increíbles, pero es en “Classical” donde, a través de una letra excelsa, elevan este álbum a los altares del pop. El disco está lleno de detalles y, sobre todo, de canciones a las que esos detalles les sientan estupendamente.
Untrue, unkind and unnatural
How the cruel, with time, becomes classical
I know that walls fall, shacks shake
Bridges burn and bodies break
It's clear something's gonna change
And when it does, which classical remains?
Casi llegando al final aterrizamos en mi tierra, en Granada, con Solo postres (2024) del cuarteto Ramper, del que ya os hablé brevemente en mi repaso por la historia musical de Granada: “un doble LP de hora y cuarto al que no le sobra un minuto. La música de Ramper es monumental, épica y extrañamente frágil; contrapone la vulnerabilidad extrema de sus letras a un paisaje textural y casi camarístico, tan bello como amenazante”. Ramper construyen canciones largas, largos silencios, desarrollos que crecen con una paciencia que solo ellos saben desplegar. En Ramper hay Swans, hay Low, hay GY!BE e incluso un poco del grupo que me he reservado para el último disco de mi lista. Pronto sacarán su tercer LP, que yo ya he escuchado, y os garantizo que el viaje va a merecer la pena.
Y terminamos con otra de mis obsesiones de este último lustro, Black Country, New Road, aunque precisamente con un disco que se aleja de los parentescos con Slint, muy claros en su debut, For the First Time. En Forever Howlong (2025), su último disco, ya sin Isaac Wood, el que fuera cantante y frontman de sus dos primeros discos, se alejan del spoken-word y se abren al folk, al pop camerístico y también ligeramente a lo progresivo (neoprog burgués, dicen las malas lenguas). Los arreglos son una barbaridad, a veces por su complejidad, a veces por su simplicidad hipermedida, pero siempre hay una melodía a la que agarrarse, una voz que te acompaña al siguiente lugar. Siempre les encontré vinculación con Arcade Fire, pero es en este disco donde más se les nota. Por lo ecléctico y diverso de esta lista, tiene bastante sentido terminar con una banda que ha cambiado tanto en tan poco tiempo, después de escribir dos textos completos hablando de cómo han ido mutando mis propios oídos.
Y hasta aquí los cincuenta discos (hasta el momento). Se quedan muchos en el tintero; otros tantos los he ido deslizando como posibles derivas del camino principal. Pero, viéndolos todos juntos, me he dado cuenta de que hay bastante menos distancia de la que parecía entre los casetes de mi padre y algunos de los discos que he ido escuchando con pasión durante estos últimos años. Sigue habiendo mucho prog, muchas canciones largas, mucho disco conceptual, mucha querencia por la melodía y las voces portentosas, y mucha gente empeñada en experimentar mezclando cosas. También hay muchas ausencias, pero bueno, este es el listado que me ha salido y con el que me siento muy cómodo. Cualquiera de estos cincuenta discos es comfort zone total para mí, y puedo decir que el viaje de pararme a pensar y elegirlos ha merecido mucho la pena. Espero, eso sí, seguir escuchando música nueva y no tan nueva que mueva mi lista y también desplace y amplíe mi zona de confort. Será síntoma de que sigo en movimiento, será que sigo aprendiendo. Ah, y, si puede ser, también pido seguir poniéndoselos a mi padre, aunque no quiera salir mucho de Pink Floyd este hombre.
¿Y tú y tus discos? ¿Coincidimos en alguno? ¿Se parecería tu lista a la mía? ¿Cuál de los tuyos crees que debería de escuchar después de mi repaso? Os leo.
Salud.




