Pensar sobre uno mismo y sobre su historia es siempre una tarea gratificante. Muchas veces damos por hecho que lo sabemos todo de nosotros, pero basta pararse a pensar, a elegir y a descartar para descubrir que tampoco lo tenemos todo tan claro. La música atraviesa mi vida por completo: me dedico profesionalmente a ella, la he estudiado durante décadas y no hay día en que me acueste sin haber escuchado algo nuevo. Todos los mejores momentos de mi vida los puedo relacionar con una canción, desde ligar con mi mujer al ritmo de “I Follow Rivers” de Lykke Li hasta cambiarle muchos pañales a mi primer hijo al son de Dua Lipa y su maravilloso Future Nostalgia. La música me conecta a la vida, me ayuda a establecer vínculos con el resto de la cultura y a encontrar mi sitio en el mundo. Siempre fue así y quiero creer que así seguirá siéndolo. Por eso no puedo parar de escuchar ni quedarme solo con la música de un género o una década que me fascine. Necesito volver al pasado, pero también escuchar explorar nuevos sonidos o lo que está sonando ahora. Necesito seguir vinculado.
Hace unos meses empecé a pensar en mis discos favoritos para preparar este texto. Algunos me vinieron a la cabeza de inmediato, otros fueron apareciendo poco a poco. Las únicas reglas que me marqué fueron no pasarme de 50 discos (porque podrían ser muchos más), que fueran álbumes que a día de hoy me siguen gustando, que no fueran discos de música clásica (que podría tener su lista aparte) y que ningún artista o banda apareciera dos veces, por mucho que me fascinara su discografía. Así que me puse a indagar en mis recuerdos musicales y salió esta lista, de la que hoy os presento los primeros 25, los más “antiguos”. Sobra decirlo, pero es MI lista, de mis gustos personales, y no tengo intención alguna de decir que estos sean los mejores discos, los canónicos ni nada por el estilo. Son simplemente MIS discos, con los que más me identifico, los que me definen a MÍ y a mi historia de vida. Eso sí, si alguien quiere conocer un poco más sobre lo que escucha “el kiribatis”, pues como ejercicio cotilla puede acercarse al listado sin problema. Vamos con la primera mitad, por orden en el que fueron publicados.
El primer CD (como artefacto) que vi en mi vida formaba parte de una antología triple de los Beatles. La compramos en un Alcampo y sirvió para estrenar la primera minicadena que entró en casa. No fue hasta años más tarde cuando me dio por obsesionarme con la discografía de los de Liverpool, y cuando llegué a Revolver (1966) no supe salir de ahí. Es un disco sobre el que se ha escrito mucho y que aparece en todos los cánones habidos y por haber. La experimentación psicodélica de “Tomorrow Never Knows”, el dramatismo de “Eleanor Rigby”, la sequedad de “Taxman”… Cada canción busca su lugar en un álbum que mira todo el rato a sitios distintos sin dejar de sonar siempre a los puñeteros Beatles, magos a los que se les caían las canciones de los bolsillos. Imprescindible.
En mi cronología personal, mi acercamiento al pop fue posterior y menos intenso que mi roneo con todo el mundo rock y, sobre todo, con el metal. Fue en esos buceos hacia atrás de metalero que busca la genealogía de sus gustos donde llegué a otro de esos discos fundacionales en los que están las esencias de multitud de géneros posteriores. En Paranoid (1970) de Black Sabbath, los riffs de guitarra son el centro de gravedad sobre el que orbita todo lo demás. Pasajes de suspensión, secciones rítmicas pesadas pero móviles, grandes hits como “Iron Man” o “War Pigs”, pero también desvíos psicodélicos como “Planet Caravan” completan un disco sublime. Aquí podría aparecer cualquiera de los primeros cuatro discos de los Sabbath, pero este es el que más he escuchado. Mi favorito de Ozzy and co.
En esta primera tanda hay un puñado de discos que asocio directamente a escucharlos de niño, en el coche, a través de los casetes que mi padre se agenció en la mili y que reproducíamos obsesivamente en cada viaje, en cada trayecto de 80 kilómetros al conservatorio desde el pueblo… El primero es El patio (1975) de Triana, disco seminal del rock andaluz, con un lenguaje propio dentro del progresivo, que muchas veces se ha intentado imitar por estos lares sin mucho éxito, al menos en lo que a conquistarme a mí se refiere. Introducciones extensas y desarrollos largos que conviven con rasgueos flamencos, teclados sostenidos y la imponente voz del malogrado Jesús de la Rosa. Melodías que forman parte ineludible de la historia musical de nuestro país, y también de mi vínculo con mi padre. El pobre siempre me cuenta que, con 16 añitos, pudo verlos en concierto por 800 pesetas y que prefirió escucharlos desde fuera y gastarse el dinero en cuatro copas. Arrepentido toda la vida, pero la inconsciencia juvenil es lo que tiene.
Y saltamos del rock progresivo andaluz al que para mí es el disco tótem del rock progresivo en general. Vais a ir viendo que mi obsesión con “lo prog” es una constante. También es, posiblemente, uno de los discos que más he escuchado, tocado y cantado de mi vida. En Wish You Were Here (1975), Pink Floyd orbitan alrededor del concepto de ausencia, de la memoria de Syd Barrett y de un gran desencanto con las lógicas de una industria musical a la que pertenecían. El disco tiene una estructura casi circular: las dos mitades de la enorme “Shine On You Crazy Diamond” lo abren y lo cierran sin prisa. Brillantez acústica en el tema que da nombre al álbum (mi canción favorita de la historia, a años luz de la segunda) y peleas entre lo acústico y lo sintético en “Welcome to the Machine”. No le sobra ni un minuto. Su huella va a reaparecer unas cuantas veces en esta lista.
Después de estudiar guitarra clásica durante un par de décadas, por mucho que escuches a unos y a otros, más clásicos o más flamencos, al final siempre terminas aterrizando en Paco de Lucía. En Almoraima (1976), su disco que más me gusta, continuó la renovación de la guitarra flamenca que ya venía desarrollando en el también fantástico Fuente y caudal. Aquí la presencia de la percusión y el bajo eléctrico es más evidente, y sigue explorando más allá de los caminos rumberos que tanto éxito le habían dado piezas como “Entre dos aguas”. Hasta aparece un laúd árabe en la última falseta del tema que abre el disco. Podrían haber entrado en la lista Ciudad de las ideas de Vicente Amigo o algún disco de Tomatito, pero Paco es Paco. Número 1. Eterno.
Para el hueco que ocupa Marquee Moon (1977) también podría haber propuesto el Crazy Rhythms de los Feelies o el Horses de Patti Smith, pero el disco de Television, de cuerda similar, tiene algo magnético que me atrapó desde la primera escucha. Guitarras fantásticas, claras, que se responden y se entrecruzan, desbordando la idea fundacional del punk de canciones cortas y elementales. “Friction”, “See No Evil” o el tema que da nombre al álbum: todo hits que no te los acabas. Aquí puedes fijar tu atención a una guitarra seducido por un riff y al rato descubrir que la otra lleva un buen rato haciendo algo distinto pero igual de interesante.
Tres casetes tenía mi padre del bueno de Mike Oldfield: QE2, Tubular Bells y este maravilloso Platinum (1979), que escuché hasta la saciedad de pequeño. Años más tarde he vuelto a ponérmelo y confirmo que sigue siendo un lugar feliz. Oldfield dialoga aquí con el minimalismo de Philip Glass (del que incorpora “North Star”) y con un sonido cuasi-progresivo que podría estar cerca de grupos como Camel o The Alan Parsons Project. El disco completo es muy disfrutable, pero me quedo especialmente con esa suite instrumental en cuatro partes que ocupa la cara A. Me la pongo y entiendo perfectamente por qué no nos cansábamos de darle la vuelta a la cinta en la vieja furgoneta.
De Oldfield pasamos a otra de las obsesiones de mi padre que tan bien me han entrado desde siempre: Supertramp. En Breakfast in America (1979), su mejor disco, también tenemos algunos de sus mejores temas: “The Logical Song”, “Goodbye Stranger” o “Child of Vision”. Estribillos sofisticados, música luminosa y letras cargadas de duda, desencanto y frustración. Instrumentación precisa, abundancia melódica y arreglos exuberantes para un disco que, a mi parecer, está ligeramente por encima de otros como Crime of the Century o Crisis? What Crisis?, siendo estos también muy disfrutables. He dudado un poco, pero me quedo el desayuno.
Y si con Triana y Paco podía parecer que ya teníamos el cupo nacional-flamenco cubierto, no podíamos estar más equivocados. No podemos abandonar los setenta sin mencionar La leyenda del tiempo (1979). Camarón, esta vez sin Paco, trabaja con Ricardo Pachón y se rodea de gente como Tomatito, Raimundo Amador o Kiko Veneno para dejarnos uno de esos discos perfectos. Los versos de García Lorca atraviesan buena parte del álbum, y su manera de abrir el cante a otros sonidos resonará en obras de décadas posteriores que también me fascinan. Siempre se destaca el tema que da nombre al disco y que, por supuesto, es glorioso. Pero hoy quiero romper una lanza por la “Nana del caballo grande”, que, como pasaba con “Tomorrow Never Knows”, cierra el disco con un sitar capaz de hacernos caer del asiento.
A Rush, grupo del siguiente disco, llegué a través de Mike Portnoy, batería de Dream Theater, que siempre los ha señalado entre sus grandes referencias, especialmente por cómo tocaba la batería Neil Peart. Así que primero llegué al alumno y luego aterricé en el maestro. De toda su discografía, Moving Pictures (1981) es el disco en el que creo que mejor se sintetiza su sonido: canciones algo más accesibles que en otros álbumes, pero que no abandonan la complejidad instrumental del grupo. Prog en dosis más concentradas, aunque también se permitan los casi once minutos de “The Camera Eye”. En “Tom Sawyer”, “Red Barchetta” o “Limelight” juegan con los compases y los acentos sin que las canciones dejen de fluir. He puesto a Rush y no a Yes o a Porcupine Tree, pero podéis tirar por ahí si este sonido os hace clic.
Hace unos 15 o 20 años, obsesionado con Pink Floyd como estaba, llegó a mis manos un disco de los conocidos como “los Pink Floyd chilenos”. En Alturas de Macchu Picchu (1981), Los Jaivas musicalizan a Neruda con instrumentos andinos, pianos, guitarras y desarrollos cargados del lenguaje del rock progresivo. Si te dejas llevar, el viaje es intenso. El álbum pide escucharse entero, pero es en “Sube a nacer conmigo hermano” o en el recorrido de “La poderosa muerte” donde encuentra la excelencia más absoluta. Si os animáis a escuchar los discos del listado, podéis comparar la forma de acercarse al progresivo de los chilenos con la de Triana para descubrir dos vías muy distintas de llevar al rock los elementos de cada folclore. Una delicia.
Y del prog chileno saltamos a la habilidad de Michael Stipe y compañía para crear temazo tras temazo. En Reckoning (1984), obra cumbre del jangle pop, las conversaciones entre la voz de Stipe y los coros de Mike Mills son continuas. Las guitarras luminosas y las armonías que remiten a grupos como The Byrds construyen un disco que tampoco me canso de escuchar. Vuelvo siempre por esa mezcla de familiaridad y misterio que encuentro en pequeños detalles como el cierre de “Harborcoat”. Me sé las canciones y, aun así, Stipe siempre parece guardarse algo nuevo para cada escucha.
Al saltar de década podríamos haber caído en el In Utero de Nirvana o en el Dirt de Alice in Chains, que también me parecen joyas atemporales. Pero el que más he escuchado y el que más me ha acompañado de esta época es Ten (1991) de Pearl Jam, una colección soberbia de canciones con raíces en el rock más clásico (ligeramente punk, si me preguntan) que acabarían convertidas en himnos de estadio. “Even Flow”, “Alive”, “Jeremy”, “Black”… Basta enumerarlas para que empiecen a resonar en la cabeza. ¿La voz de Eddie Vedder ha sido ya declarada patrimonio inmaterial de la humanidad o todavía no? Vamos tarde.
Spiderland (1991) de Slint es un disco que escuché por primera vez no hace muchos años. Nunca se me había cruzado por delante hasta que leí en Hipersónica (dónde si no) el texto que dejo por aquí enlazado. Como pasó con Rush y Portnoy, aquí pasaron primero por las orejas los hijos (Shame, BCNR, Squid…) y luego los jefes de todo esto. La tensión es continua en sus apenas 39 minutos: la guitarra tantea, la batería parece medir cada golpe y la voz, medio cantada, medio hablada, siempre me remueve las tripas. Los desarrollos se toman su tiempo y, cuando rompen, te llevan a otra dimensión. Como en ningún otro disco. Llegué tarde a Spiderland, pero creo que llevaba mucho tiempo escuchando sus ecos. Denle una oportunidad a “Good Morning, Captain”, por ejemplo.
Y si con Eddie Vedder hablaba de voz prodigiosa, se me acaban los adjetivos con el tristemente desaparecido Chris Cornell. En Superunknown (1994), Soundgarden pasan sin inmutarse de lo psicodélico a las guitarras pesadas, casi inmóviles, dejando siempre aire a las melodías y a una de las voces de la década. Rock de muchos quilates. Generalmente nos fijamos en los riffs y en el desempeño vocal de Cornell, pero en temazos como “Spoonman” os invito a dejaros llevar por el juego de acentos de la batería y la percusión. Debajo de todo ese peso guitarrero hay muchísimo movimiento rítmico.
Allá por 2012 andaba yo pendiente de las confirmaciones del festival SOS 4.8 de Murcia, para el que había comprado las entradas después de disfrutar muchísimo de la edición de 2011. De repente confirmaron a Pulp y yo, por aquel entonces, con mis hermosas orejas refractarias al pop de tanto metal (como dice mi buen amigo P. Roberto J.), apenas conocía “Common People” y poco más. Fue escuchar Different Class (1995) al completo y con atención, y se me quitó toda la tontería de golpe. El britpop cercano a Oasis siempre me había producido cierto rechazo, pero aquí todo me causaba admiración. Yo encuentro mucho más de The Kinks, por ejemplo, en estas canciones que en lo de los Gallagher, y la voz de Jarvis Cocker me seduce al instante. Además, cuando prestas atención a las letras, hay mucho que rascar sobre temas que me interesan: deseo, incomodidad y, sobre todo, sobre clase social y política de la buena. Todo ello en canciones que, además, puedes cantar gritando. ¿Qué más quieres?
No recuerdo, y me jode, cuándo fue la primera vez que me dejé llevar por el Omega (1996) de Morente y los Lagartija Nick. Supongo que lo he puesto tantas veces después que he perdido la pista de la primera. Enrique conserva en él toda la fuerza de su cante y lo pone a chocar con el nervio eléctrico de Antonio Arias y compañía. Lorca convive con Cohen, el quejío con la distorsión. Escuchar cómo la voz de Enrique se enfrenta a las masas de sonido de los lagartijos sigue siendo siempre un viaje. El disco toma mil decisiones arriesgadas y parece acertar en todas. La regla autoimpuesta de no repetir artista me impide meter Su de Lagartija Nick, un disco mucho menos ambicioso que este, pero igualmente fantástico. Entrar en la espiral de Antonio Arias te cambia la vida.
Como decía antes, un poco de soslayo, fui un niño metalero. Mis amigos eran metaleros y considerábamos que había una supremacía total del metal como género. Todo estaba por debajo. En nuestras cabezas por hacer todos los grupos querían hacer metal y, como no podían técnicamente, terminaban haciendo pop, rock y todas esas otras músicas menores. El metal era lo más para ese Ramón de 10 o 12 años al que sus amigos le grababan el Keeper of the Seven Keys Part II o el Brave New World. Y, dentro del metal, por encima de todos, estaba Blind Guardian. Obviamente, esto lo pensaba el Ramón de hace casi tres décadas, no el actual. Pero, a pesar haber echado algo de talento, hoy vuelvo a ponerme Nightfall in Middle-Earth (1998) y se me sigue erizando el vello. Todo el contexto de los primeros años del nuevo milenio ayudaba: las películas de El señor de los anillos, el auge de la fantasía, la fiebre repentina por Tolkien… Y allí estaban unos alemanes a los que, antes de aquella moda, se les había ocurrido hacer un disco conceptual sobre El Silmarillion, ese libro que todos intentamos leer después de El señor de los anillos y que el 90 % abandonamos por infumable turra. En el disco, sin embargo, encontrábamos guitarras velocísimas en “Into the Storm”, coros memorables en “Nightfall” o temazos absolutos como mi favorita, “Mirror Mirror”. Todo ello forma parte de un disco que siempre me acompañará. Creo que la lente de aquel Discman del que os hablaba en el primer Kiribati se rompió de tanto escucharlo.
Primero fui metalero y luego fui “indie”, una etiqueta que nunca entendí mucho y que posiblemente siga sin entender del todo. Al ir soltando las cadenas, las calaveras y los pinchos en la muñeca, me acerqué a grupos que hacían pop y rock por circuitos que hasta entonces apenas había pisado. Cuando hoy, en 2026, echo la mirada atrás, son pocos los discos nacionales de aquella etapa que aguantarían en una lista de mis favoritos. Pero uno de ellos (el otro lo veréis en la siguiente tanda) es, sin duda, Una semana en el motor de un autobús (1998) de Los Planetas. Obra central para toda una cohorte de grupos que durante décadas imitarían el ruidoso sonido de los granadinos sin llegar, imho, a sus niveles de calidad. Desde el arranque de “Segundo premio” hasta el cierre de “La copa de Europa”, hay melodías que se nos agarran entre la distorsión, las vueltas a lo mismo y la forma peculiar de cantar de J. “Cumpleaños total”, “Toxicosmos”, “Línea 1”… Al final, aquí seguimos por lo inmortal de sus canciones.
Lo mío con Sabina duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks. Pero tampoco quiero faltar a la verdad: por mucho que actualmente me repela un poco la figura de Joaquín y no gustándome mucho el resto de sus discos, pocos álbumes he escuchado tanto como 19 días y 500 noches (1999). Aquí su voz aparece más rota, más al descubierto, y eso cambia radicalmente la relación de quien escucha con las letras. Sabina cuenta sus historias y tú te las crees, porque su interpretación es casi física. Duele. La métrica es exquisita, por momentos puro flow, y temas como “Ahora que…” o “Donde habita el olvido” son redondos. Lo que pienso hoy de él no borra todas las veces que he escuchado, cantado y disfrutado este disco.
Alguien desde fuera podría pensar que mi obsesión con el prog empezó con Pink Floyd, pero no. Aquel niño de conservatorio se inició en la escucha de “lo progresivo” a través del metal de los americanos Dream Theater y su Metropolis Pt. 2: Scenes from a Memory (1999). Recuerdo cuando JC, mi dealer metalero de confianza, me dejó su disco y me dijo algo así como: “Esto en pocas dosis, que es bastante más complejo que el power metal al que estás acostumbrado, pero no dejes de intentarlo”. Y sí, la primera reacción fue un poco de rechazo, sobre todo a la voz de un LaBrie que siempre pensé que sobraba (especialmente en directo) en un grupo en el que todo lo demás iba sobre ruedas. Excelencia técnica, virtuosismo prodigioso, droga pura sin cortar para alguien al que le flipaba escuchar todo “lo imposible”, todo lo que no podía tocar con sus propias manos sobre su guitarra. El disco desarrolla la historia de una canción de Images and Words (1992), otro que me parece un 10 como disco, y consigue mantener el hilo entre pasajes muy distintos: el vértigo frenético de “The Dance of Eternity” y la claridad emocional de “The Spirit Carries On”, por ejemplo. Tanto lo técnico como la habilidad para contar una historia a lo largo del álbum me fascinaban hace veinte años y lo siguen haciendo hoy. Aunque posiblemente ahora escuche mucho más álbumes como Train of Thought, en la historia de mi vida es mucho más importante este Scenes.
Con la llegada de los dosmiles, algunos grupos iban encontrando hueco en mis listas y mis CDMix entre tanto metal y tanto prog. Unos fueron Muse; otros, Coldplay. No me pongo ahora un disco de Coldplay ni con vuestras orejas, pero hay algo en su debut, Parachutes (2000), que conecta directamente conmigo. Sin las fanfarrias, lucecitas y colorinchi que vendrían después, aquí todo gira alrededor de la voz cercana de Chris Martin. Arreglos sencillos, acústica y piano, sin mucho artificio. “Shiver” tiene nervio; “Sparks”, precisión y sencillez; y “Trouble” juega de forma muy bella con el espacio y la pausa. Pero, si tengo que quedarme con una, no puedo renunciar a los escasos dos minutos de “Don’t Panic”, que funciona casi como introducción al disco. No necesita ni un segundo más.
Ahora, otro volantazo para acercarnos al sonido que Los Delinqüentes desplegaron en, también, su disco debut: El sentimiento garrapatero que nos traen las flores (2001). Un par de años antes, Estopa había arrasado acercando la rumba al pop (su primer disco también podría estar en esta lista). Y aquí los jerezanos la mezclaban con blues y rock, y con una forma de decir las cosas que era muy suya, muy garrapatera. Para mí es un disco muy importante por acompañarme en mis primeros años de universidad, por cómo me conecta con determinados colegas y con un tiempo que recuerdo con mucho cariño. Podría haberme tirao el pisto y haber nombrado aquí Veneno de 1977, el Échate un cantecito o el Blues de la frontera de Pata Negra, que también me encantan y de los que Los Delinqüentes beben mucho. Pero estaría faltando a la verdad: prefiero el de los jerezanos. Es más mío.
Casi en último lugar de la tanda de hoy, toca acercarnos a la electrónica. En Drukqs (2001) de Aphex Twin hay sitio de sobra para perderse durante sus 100 minutos. Si te gustan el piano de Satie o los experimentos de Cage con el piano preparado, aquí hay por dónde entrar. Don Richard D. James maneja los sonidos como nadie. Lo que más me ha fascinado siempre es el salto entre los ritmos que parecen atropellarse y esas piezas de piano en las que cada nota tiene espacio para quedarse resonando. Pasar del vértigo de “Vordhosbn” a la delicadeza de “Avril 14th” da una idea de todo lo que cabe en el disco: precisión, humor, extrañeza e incluso cierta ternura que aparece cuando menos la esperas.
Y para terminar esta tanda, el viaje entre emisoras de radio ficticias que propone QOTSA en Songs for the Deaf (2002). Guitarras y batería se responden entre cortes secos y repeticiones que beben mucho del Paranoid que mencionaba al principio. Con Dave Grohl a las baquetas, el protagonismo de las voces va rotando entre Homme, Oliver y Lanegan, en canciones que continuamente van cambiando de carácter sin perder nunca el rumbo. El disco, con temas como “No One Knows”, “First it Giveth” o “Go with the Flow” (curiosamente elijo tres donde canta Homme), no puede ser más americano, más desértico, y, a pesar de mi alergia al mundo yanqui, no puedo dejar de escucharlo. Son canciones para mí, un sordo más.
Hasta aquí los primeros 25, una primera tanda ampliamente influenciada por los gustos de mi padre y por mi culto al progresivo, pero creo que, aun así, bastante ecléctica (será más ecléctica, mucho más, cuando publique los otros 25). Una lista que me sirve para recordar la cantidad de grupos y de sonidos a los que, en un inicio les puse pegas antes de escucharlos en profundidad y que al final terminaron formando parte de mi historia, de quién soy o de cómo soy. Posiblemente ahora mismo haya otros muchos discos que estoy “descartando” o que se me están escapando del radar y que, cuando los descubra en profundidad dentro de unos años, terminen colándose entre mis preferidos. Pronto vuelvo con los otros veinticinco que quedan, y allí os prometo que no va a haber tantos casetes de la mili de mi padre.
¿Y tú, te has parado alguna vez a hacer una lista como esta? ¿Puedes compartir conmigo algunos de tus discos favoritos? Salud.





Nunca dejará de fliparme lo cerca y lo lejos que estamos, a la vez, en todas partes. Esto de lo favorito es algo verdaderamente curioso.
No he hecho click más rápido en mi vida jajajaja