Menú contra el algoritmo #2 (Febrero 2026)
Cine, música, conciertos, libros y videojuegos... que creo que merecen la pena
Vuelvo, como prometí, con el segundo menú degustación del Kiribati. El del mes pasado parece que gustó y, sobre todo, parece que funcionó especialmente bien la sobremesa (como a C. Tangana): mucha gente usó los comentarios para recomendar cosas con cariño (gracias a Eduardo Vicent, Cifuliciense, Merchi Cal, Jermanio, Nuevas Vecinas, Diego Ezequiel Cuffaro, Lau Bélula, Jesús Martínez Sevilla, Brai, Alba Pastor Fuentes y FANZINE CORRIENTE por animarse a participar con sus recomendaciones). Allí aparecieron el Fear de John Cale, varios clásicos de Lou Reed, Dance Para Se Salvar de Diogo Strausz o el Actos inexplicables de Nacho Vegas. También se colaron Nine Months de Márta Mészáros o La linterna mágica de Timothy Garton Ash. Y Hamnet se repitió un par de veces. Con mucha razón, como veremos luego. Apuntadas todas las demás, espero poder degustarlas pronto.
Ese aluvión de intercambios me lleva hoy a comentar una cuestión que se nos puede olvidar y no debe: que la cultura se disfruta mejor cuando es dialógica, cuando hay ida y vuelta y cuando la recomendación pone a trabajar al criterio propio. En esa línea, la aportación más determinante para cimentar la filosofía de esta segunda entrega ha sido el texto publicado por Raúl G. Rico titulado La película que me recomendaste resultó ser un mierdón. Y sí, ese “mierdón” (para Raúl) fue una de las películas que recomendé en el menú del mes pasado: Cure, de Kiyoshi Kurosawa.
Raúl habla en su texto sobre una patología contemporánea que conozco demasiado bien por haberla sufrido: la obsesión por acercarse solo a obras blindadas por reseñas positivas, como si el objetivo último de ponerse a ver o escuchar algo fuera evitar a toda costa el “coste de oportunidad”. Y cómo, al delegar el criterio en agregadores de puntuaciones, en críticos reputados o en algoritmos de afinidad, vamos amputando dos placeres: el del descubrimiento fortuito y, más importante todavía, el de la anécdota del fracaso. Sin duda, el gusto estético es un músculo que se educa con ensayo y error, y no deberíamos entender como tiempo perdido el tragarte una obra fallida, irritante o directamente desagradable, porque es un ejercicio heurístico fundamental. De hecho, es importante ver tanto lo que “te gusta” o crees que va contigo como lo contrario, porque las cosas que te gustan te gustan porque dialogan (a veces sin que te des cuenta) con las que no. Ahí está o empieza a nacer lo bueno.
A pesar de que en estos “menús” recomiendo arte y cultura, reconozco que atreverse a probar cosas sin el escudo de la prescripción es el acto de resistencia definitivo en la era del contenido predigerido. El texto de Raúl es un recordatorio sano de que las recomendaciones son más una invitación que un contrato; de que a veces hay que apagar el piloto automático y tragarse algo que supuestamente “no era para mí”; y de que incluso el fracaso cultural (salir del cine diciendo “menudo mierdón”) tiene valor, porque también te devuelve agencia. Me quedo con la idea de fondo: si solo consumimos lo que viene con garantía ajena (o con el algorítmico “creemos que te gustará”), podemos acabar pasando más tiempo eligiendo que viviendo la experiencia. Y eso es un auténtico rollo.
Ahora sí, al lío. Este febrero vuelve a ser heterogéneo en lo que os traigo, pero vais a ver que la sección de cine la atraviesa el cierre del ritual anual de los premios, que culminará con la gala de los Oscars 2026 a mediados de marzo. He podido ver las diez nominadas a Mejor Película: un paquete que, para bien y para mal, funciona como (un) canon hegemónico de la industria del último año y permite estar, más o menos, al día. Hoy os recomiendo las tres que más me han gustado de las nominadas, y las acompaño con otros rescates que tenía pendientes desde hace tiempo y otros estrenos.
Cine
Crash (David Cronenberg, 1996). [Disponible en Filmin]
Collateral (Michael Mann, 2004). [Disponible en SkyShowtime]
¿Venís juntos? (David Wain, 2014). [Disponible en el Kiribati (en realidad está disponible en Lionsgate+, pero eso no sé ni lo que es)]
Cómo deshacerte de tu jefe (Set It Up) (Claire Scanlon, 2018). [Disponible en Netflix]
Tardes de soledad (Albert Serra, 2024). [Disponible en Movistar Plus+]
Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson, 2025). [Disponible en HBO Max]
Marty Supreme (Josh Safdie, 2025). [En cines]
Hamnet (Chloé Zhao, 2025). [En cines]
No hay otra opción (Park Chan-wook, 2025). [En cines]
Little Amélie (Mailys Vallade, Liane-Cho Han Jin Kuang, 2025). [En cines]
Aunque la vi en septiembre cuando se estrenó en cines y no ahora en febrero como todas las demás de esta sección, la corona de esta temporada cinematográfica recae, para mí y para mucha más gente, sobre la ya multilaureada Una batalla tras otra, dirigida por mi adorado Paul Thomas Anderson. En su segunda incursión en el universo literario de Thomas Pynchon (tras la fallida Inherent Vice), PiTiEi (perdón) adapta y actualiza la (dicen que compleja, no la leí) novela Vineland al presente sociopolítico. La peli no deja de ser un "pastiche" frenético, que amalgama la violencia coreografiada de un thriller de Michael Mann con el humor absurdo de las mejores películas de Wes Anderson. La tragedia y el patetismo (la escena de la contraseña, por ejemplo) coexisten de manera indisoluble, en una cinta de dos horas y media que se erige como un monumental manifiesto sobre el supremacismo, la paranoia estatal y la perpetua necesidad de resistencia civil, todo ello envuelto en la hipnótica banda sonora de Jonny Greenwood. Siendo la que más me gusta de todas las nominadas al Oscar, sigo pensando que PTA tiene en su brillante filmografía (la más brillante de su generación) una película aún mejor: El hilo invisible.
En segunda y tercera posición, y también muy recomendables, aterrizan dos películas muy distintas entre sí. Compartiendo el nervio cinético de PTA pero enfocándose en la desintegración del ego, Marty Supreme es el formidable debut en solitario de uno de los hermanos Safdie. Josh, el hermano bueno. En ella, muy scorsesiana, somos espectadores de las peripecias de Marty Mauser en todo un carnaval de usura, glamour y mecenazgos tóxicos, orbitando en torno a personajes sin escrúpulos, pero ninguno con tan pocos como su protagonista. La cámara de Safdie captura el deporte como un combate callejero mediado por el capital, donde el protagonista sacrifica cualquier anclaje moral en aras del éxito individual. Increíble Abel Ferrara en los minutos que aparece en escena. De la petan… ejem, del ping-pong no se puede vivir. Por otro lado, la alquimia de transformar la catástrofe en arte es el núcleo de Hamnet, la adaptación dirigida por Chloé Zhao de la célebre novela de Maggie O'Farrell (que tampoco he tenido el gusto de leer). La película escruta el ecosistema íntimo de William Shakespeare y su esposa Agnes tras una pérdida devastadora. La maestría visual de Zhao es incuestionable: a través de tomas largas, el uso majestuoso del silencio y la iluminación, el filme materializa el tiempo suspendido, sobre todo en una media hora final que me pareció exquisita. Buckley está portentosa como protagonista de la historia y canaliza el dolor crudo y la conexión telúrica con la naturaleza, demostrando que el proceso creativo (la génesis de Hamlet) a veces nace a través de las heridas incurables. Cuántas obras maestras surgen del drama más absoluto.
Dejamos los Oscars y paso a recomendaros Tardes de soledad. Albert Serra en estado puro. Documental, sí, pero sin subrayado, sin pedagogía. Serra filma la tauromaquia con primeros planos, sonido físico y no te dice qué tienes que pensar. Él solo coloca la cámara, generalmente, en el mejor lugar posible. Y gane o pierda uno (el torero, el toro, el espectador…), lo que queda es el temblor moral y el mal cuerpo de haber mirado de frente a ese “espectáculo”. Su acercamiento es de una frialdad antropológica deslumbrante. Despoja a la tauromaquia de cualquier romanticismo folclórico empleando lentes de teleobjetivo para aplastar la perspectiva, situando al hombre y al animal en un mismo plano bidimensional donde el sudor y la sangre se estremezclan. La decisión técnica de prescindir absolutamente de música extradiegética, apoyándose únicamente en los sonidos guturales y orgánicos del ruedo, aísla el rito (o al menos así lo entiendo yo) de cualquier sociedad civilizada contemporánea. Su montaje por reiteración destruye el arco narrativo clásico, convirtiendo cada faena en un bucle eterno. Se sufre, pero no puedes dejar de mirar.
El entorno laboral como trampa mortal es explorado desde la comedia negra y el thriller en No hay otra opción del maestro de maestros Park Chan-wook. Una sátira capitalista que presenta a un mando intermedio de una fábrica de papel despedido tras 25 años de servicio debido a una reestructuración corporativa. Enfrentado a la obsolescencia frente a la digitalización y a la amenaza del desahucio, el protagonista aplica las lógicas de mercado hasta sus últimas consecuencias. Entre la violencia estilizada y una comedia física magníficamente narrada gracias a un montaje exquisito, se disfruta mucho contemplando a dónde nos lleva la absoluta deshumanización del sistema.
También en cines tenemos Little Amélie, o Amélie et la Métaphysique des tubes (el título original deja más claro que estamos ante una adaptación de Amélie Nothomb): una película de animación bellísima que, como la novela (que mi mujer lleva recomendándome años y tampoco he leído), recorre varios años de su primera infancia desde una mirada muy personal sobre el arte, la familia y la identidad (la propia y la colectiva) cuando creces fuera de lo que se supone que es “tu país”. La animación y el uso del color son magníficos. Tiene ritmo y, en tiempos donde 140 minutos son la norma, dura lo que tiene que durar: setenta y cinco.
Y mi parte favorita del mes es (y va a ser siempre) la de rescatar cosas que no son de actualidad pero siguen siendo muy recomendables. Collateral es Tom Cruise haciendo de amenaza continua con sonrisa y canas postizas, y Jamie Foxx sosteniendo el contraplano más humano con el clásico “lo que más se valora es la tranquilidad, yo solo quiero acabar la jornada”. En manos de Mann, Los Ángeles se convierte en un tablero nocturno que expone la inmensidad indiferente de cualquier metrópolis: texturas sucias, luces de neón y un mundo urbano donde la muerte violenta puede pasar desapercibida durante horas en el transporte público. Y luego, en una ciudad de la vecina del norte, Toronto, Crash es el cuerpo como laboratorio: Cronenberg filmando el deseo como una cosa rara, fría, insistente, obsesiva. Roger Ebert la definió como una película “pornográfica en forma, pero no en resultado”. Magnética. Si disfrutasteis de Titane hace unos años, estos son los polvos de donde vienen los lodos.
Para equilibrar el menú, dejo de postre dos comedias románticas (ese género que siempre viene bien para desengrasar el paladar) a las que llegué bicheando por Letterboxd entre las que no tenía vistas: Set It Up (2018), con Zoey Deutch y Glen Powell (dos musos linklaterianos que siempre están bien), y ¿Venís juntos? (They Came Together, 2014) con Paul Rudd y Amy Poehler. Son películas que entran fácil, pero que no te tratan como si fueras un mueble: están construidas con oficio, ritmo y respeto por el espectador en tiempos, los actuales, de comedia romántica de piloto y escritura automáticos. Set It Up juega con un modelo más clásico (química entre los protas, timing, diálogos efectivos) sin cinismo ni excesivo artefacto; y ¿Venís juntos? hace justo lo contrario: rompe la estructura convencional y se dedica a destripar los tropos del género con mala leche en clave de parodia absurda (ZAZ en espíritu, Scary Movie o cualquier otra spoof), pero sin quedarse en gags sueltos. ¡Vamos, tiene un 4,2 sobre 10 en FilmAffinity, no te la puedes perder!
Música
Karnivool - In Verses (2026): A pesar de que el rock y el metal progresivo me tiran mucho, a Karnivool no los tenía en el radar. Y me han pillado tarde: se ve que In Verses llega tras trece años sin álbum y suena a metal progresivo profundamente melódico y dinámico. Percusión atronadora, bajos musculares, gravedad rítmica y una producción muy clara y pulida. Encima, las melodías de Ian Kenny flotan sobre huecos medidos, con una madurez compositiva que se nota en los detalles: en algunos arreglos orquestales y en las distintas capas sonoras que te obligan a volver a ponértelo para ir desenredando, poco a poco, su densidad tímbrica y complejidad textural.
Blanca Adelfa - Algo Tan Bonito Para Ti (EP) (2026): Aterrizando en Granada de nuevo tras mi recomendación de yaveremos el mes pasado, la prolífica cantera independiente nazarí se revitaliza (una vez más) con la irrupción de este trío de chicas que define su propuesta musical como lesbian grunge postpunk. Sin mucho artificio, entregan una sonoridad directa, de guitarras oscuras y bastante auténtica: cuatro temas, letras entre la tristeza y el cabreo, y pop tocado con nervio. Queremos más.
NEU! - NEU! ‘75 (1975) y The Feelies - Crazy Rhythms (1980): Estos dos discos los rescaté (y quemé este mes) gracias a una iniciativa de escucha que han montado en el Discord de Hipersónica: ir tachando, poco a poco, los discos del canon 1001 discos que hay que escuchar antes de morir. Estas semanas no tocaban ni Neu! ni The Feelies, sino un disco de Faust (que me llevó a dedicarle una mañana entera al kraut, con la sagrada tríada NEU!, Can y Faust) y Rip It Up de Orange Juice, que, aunque me gustó, me hizo pensar inmediatamente en otro disco cercano que me gusta más: Crazy Rhythms. En él, The Feelies reventaron el paradigma del postpunk estadounidense, apostando por un jangle pop hiperquinético, casi ansioso. Sus canciones de combustión lenta son un diez absoluto: introducciones largas donde guitarras limpias pero tensas se entrelazan con percusiones poco ortodoxas antes de dejar entrar la voz, y esa precisión neurótica sin pose que sembró semillas estéticas que luego capitalizarían gigantes del alternativo como R.E.M. Y bueno, lo de NEU! admite poca literatura. Su influencia es transversal y está más que documentada en la devoción que hacia los alemanes tuvieron figuras tan grandes como David Bowie. Este disco funciona como un manual de instrucciones de la modernidad. De todo lo kraut que escuché en aquella mañana temática este es, sin duda, mi favorito, y una puerta de entrada fascinante.
Joyce Manor - I Used to Go to This Bar (2026): 19 minutos. Nueve canciones pop-punk de dos minutos que tocan nueve palos distintos. “All My Friends Are So Depressed” roza los tres minutos. Casi emo-prog (perdón). Pero en tan poco les da tiempo a despachar el paso del tiempo, la fatiga suburbana y el estancamiento existencial con una precisión letal. Cero relleno: la inmediatez del gancho y sus hits te empujan a la reproducción compulsiva, y terminan destilando el género a su esencia más pura (y más melódica). Muy bien producido también. De momento, es el disco de 2026 que más me he disfrutado (y el que más estoy escuchando).
Concierto de Sharp Pins en la sala Lemonrock (Granada): Pude verlos en directo el 7 de febrero (con la fantástica compañía de Serj), y me lo pasé como un crío. Su disco Radio DDR me fascinó hace un año y pico, y en directo sus temas crecen una barbaridad: actitud a reventar, sonido pulcro, armonías vocales medidísimas. Los Beatles y los Byrds están como referencia, pero ese día, además, yo escuché hasta un eco de Grateful Dead en las armonías vocales (cosa que no me pasa con los discos). Kai Slater, majísimo, me firmó un par de vinilos que les compré. Le pregunté por el tambor de la portada de Radio DDR y me soltó: “Razones no hay para haberlo puesto. ¿Why not? Está guapo”. Pues vale. Hubo covers de The Hollies y The Who. Recomiendo escuchar tanto Radio DDR (mi favorito) como Balloon Balloon Balloon (del año pasado). Dos discos increíbles.
Mod Lang - Borrowed Time (2026): Y en conexión con Sharp Pins y Kai Slater, una recomendación que viene directamente de ahí (Kai la compartió en sus redes): Borrowed Time es el debut de los americanos Mod Lang y se acaba de estrenar. Guitarras rockerillas y armonías pop; un poco power pop, un poco racaraca jangle, un poco Beatles también. Si ese es tu rollo, p’alante: se escucha fantásticamente bien.
Faenna & Manu Beats - Julia y Manuel (2024): Y por último, hip hop del bueno buenísimo. La rapera malagueña Faenna acaba de sacar un nuevo LP en 2026, Hasta mañanita si Dios quiere: lo he escuchado un par de veces y se le pueden poner pocas pegas (los sordos hipersónicos, al parecer, sí encuentran alguna). Pero hoy no vengo a recomendar ese, sino el anterior: el de 2024 que firma junto a Manu Beats, y que me sigue pareciendo una joya absoluta. Homenaje no escondido a Lole y Manuel, reivindica la mixtura y el mestizaje de estilos con un boom bap arrollador. A falta de escuchar más veces el último, de momento, me gusta más este. Puro flow el de Faenna.
Literatura
La prueba de audición (Eliza Barry Callahan; Anagrama, 2025): Nadie me recomendó este libro, no conocía a su autora ni leí nada sobre la novela en ninguna parte; simplemente lo vi en una librería, me gustó el título y la portada, ojeé la contraportada y me lo llevé. Pudo salir mal, pero no fue el caso. Eso sí, no creo que sea para todo el mundo, ya que trasciende la mera narrativa de ficción para adentrarse en una especie de ensayo somático sobre los límites de la percepción. Su premisa, con tintes autobiográficos, arranca el 29 de agosto de 2019 (un guiño conceptual, ya que coincide con el aniversario del estreno de 4’33” de John Cage, la máxima expresión del silencio musical). Ese día, la protagonista, una joven artista afincada en Brooklyn, despierta padeciendo una sordera repentina y severa en su oído derecho, la cual es inmediatamente sustituida por el cerebro mediante un incesante y atronador zumbido interno. En su debut literario, Callahan construye algo parecido a una odisea donde la escritura opera como anclaje ante una realidad que ella misma no comprende. La prosa es clínica, irónica y muestra una sorprendente falta de autocompasión. Deambula en sus páginas describiendo cómo la pérdida de un sentido reconfigura drásticamente la comunicación, la identidad y las relaciones interpersonales. Entre medias, entrelaza digresiones culturales: se acerca a obras cinematográficas o escruta el exilio acústico de otros artistas que, como ella, perdieron un sentido. Con todo, la novela articula una tesis poderosa: el silencio es una entidad física abrumadora más que una simple ausencia de sonido. Y ante esto despliega una meditación brutal sobre la vulnerabilidad de la carne y lo humano y sobre cómo el arte intercede cuando la biología fracasa.
Videojuegos
Mewgenics (Edmund McMillen y Tyler Glaiel, 2026) [Disponible para PC (Steam)]: algunos videojuegos contemporáneos adolecen frecuentemente de una sobreprotección del usuario, ofreciendo bucles de retroalimentación diseñados para maximizar la dopamina sin generar fricción ni rozamiento. Basta acercarse a prácticamente cualquier juego pensado para smartphone. No es el caso de Mewgenics, el nuevo juego de Tyler Glaiel y Edmund McMillen (célebre por crear y mantener con expansiones The Binding of Isaac durante muchos años, posiblemente mi juego favorito de todos los tiempos). Tras más de una década de complejo desarrollo, Mewgenics emerge como una amalgama de géneros aparentemente incompatibles: un juego de rol táctico por turnos con desplazamiento en cuadrícula, un roguelite de alta dificultad (si vienes de Isaac sabes dónde te metes) y un simulador profundamente retorcido de cría genética y gestión. La propuesta mecánica invita a formar escuadrones de gatos callejeros, asignándoles clases de fantasía medieval, para enviarlos a explorar mundos hostiles generados procedimentalmente. Lo verdaderamente revolucionario del título es su tratamiento descarnado de la biología y la supervivencia. El juego incorpora permadeath gatuna; si un felino cae en combate, se pierde para siempre. Sin embargo, aquellos que sobreviven y retornan al hogar pueden cruzarse genéticamente (si eres un gato y estás leyendo esto, +18). Es aquí donde opera como un simulador de eugenesia moralmente ambiguo: los descendientes heredan estadísticas, cicatrices de guerra, traumas y extrañas mutaciones (desde extremidades extra hasta habilidades sobrenaturales), y el jugador se ve empujado a cruzar linajes indiscriminadamente, incluso forzando la endogamia que genera severos defectos, todo con el objetivo utilitario de engendrar un espécimen marginalmente más eficiente para la próxima incursión militar. A nivel de tono, la obra tiene una dirección de arte macabra y caricaturesca, rebosante de un humor intencionalmente soez y grotesco (de nuevo, similar al arte de Isaac). Sin embargo, bajo esta capa de humor grueso reside uno de los motores tácticos más profundos, creativos y maleables de los últimos años. Una especie de cruce entre Into the Breach y Slay the Spire, pero con mucha más aleatoriedad y posibilidades. Con más de 900 objetos y una infinidad de combinaciones genéticas, ninguna partida es idéntica a la anterior. Mewgenics exige una capacidad de adaptación táctica constante, obligando a improvisar a partir de las caóticas herramientas que el juego proporciona en cada ciclo. Una fascinante exploración del caos emergente y una bofetada a la pulcritud genérica de otros juegos que buscan ser redondos. [Nota: Al igual que me pasó cuando escribí sobre Absolum, he jugado solo un poco, no he llegado a pasarme una run completa, pero me ha parecido suficientemente bueno en sus primeras horas como para recomendarlo sin dudar. Siendo de McMillen durará centenares. Llevo más de 300 horas jugadas al Isaac en la última década y sigo con cosas sin desbloquear]
Y ya estaría. Segundo menú servido. Podríamos ver en las recomendaciones de hoy, si forzamos un poquito, un frágil hilo conductor: la necesidad del choque estético. Y es que pienso sinceramente que la recomendación cultural o la prescripción paniagüesca que rehúye la confrontación está condenada a la esterilidad. En el menú de hoy, la aplastante visceralidad en la tauromaquia de Serra, el absurdo paródico de ¿Venís juntos?, la claustrofobia acústica descrita por Callahan, la rigidez rítmica del motorik alemán o el abismo ético de criar mutaciones en Mewgenics comparten una virtud fundamental: exigen receptores activos dispuestos a confrontar, a cuestionar y a enemistarse. Abajo la tibieza. Atreverse a abrazar lo impredecible, desactivar los filtros de seguridad impuestos por el consumo pasivo y exponerse voluntariamente a la fricción (incluso bajo el riesgo inminente del desagrado y el error sistemático) sigue siendo una de las mejores vías transitables para mantener un criterio cultural verdaderamente vivo y autónomo. ¿Y tú, de qué has disfrutado especialmente en este mes de febrero? Recomiéndame algo, déjame un comentario, que te leo.





