Si hay algún lugar parecido al infierno en la tierra, ese es, sin duda alguna, un grupo de WhatsApp. En un momento de inspiración a alguien se le ocurre que, para “facilitar las cosas”, va a crear un grupo para que nos organicemos. Casi siempre se hace con la mejor de las intenciones, para ahorrar trabajo, llamadas, gestiones, para coordinar… pero antes de que nos demos cuenta ya nos han echado un cargo nuevo: atender al grupo. Grupos que se crearon para organizar una cena que ya fue, pero que siguen activos porque alguien ha entendido que esas personas necesitan recibir cada mañana un sticker que dé los buenos días. El objetivo del grupo pereció, pero la obligación de “convivir” digitalmente permanece. Puede incluso que la cena nunca llegara a celebrarse, pero el grupo ahí sigue, abierto y a la espera de que lo atiendas. No vaya a ser que un día se haga (o se repita) la cena y haya que abrir una negociación para fecharla que ni en la ONU. Y a ver quién se atreve a salirse.
Se me ha ocurrido hablar de este tema esta semana porque hace unos días contemplé una escena dantesca en uno de estos grupos que me heló un poco la sangre. No daré muchos detalles para que no se identifique a nadie (aunque parece haber más grupos de WhatsApp que personas). Era un grupo de índole laboral, con varios centenares de personas, y allí presencié cómo gente con mucha formación acababa insultándose solo por discrepar ideológicamente sobre un tema de actualidad. Se vertieron insultos, ofensas gruesas, amenazas de denuncias, y parte de la gente fue colocándose en un bando o en otro dependiendo de su posicionamiento. Al final no se solucionó nada, se perturbó la paz, se perdió de vista la finalidad concreta de ese grupo y se nos quedó a todos un sinsabor muy grande por haber presenciado tal disparate.
Llevo un tiempo rumiando sobre la (in)utilidad de este tipo de espacios digitales perpetuos que utilizamos para lo familiar, para las amistades, para lo laboral, para lo educativo… Y es que a pesar de lo centrales que son estos grupos en nuestras vidas, nos paramos poco a pensar en sus posibles consecuencias sobre nosotros mismos o sobre las actividades, eventos o comunidades que decidimos dinamizar o gestionar mediante ellos. Porque cuando trasladamos una relación al espacio que nos cede Meta también solemos introducir unas expectativas sobre cómo tiene que funcionar: cuánto debemos aparecer, de qué modo hay que contestar o cuánto es normal esperar una respuesta. Y lo hacemos, casi siempre, de forma tácita, sin haber hablado ni negociado nada de eso con nadie.
De la escena anterior que os contaba me interesa especialmente el hecho de que todo el conflicto sucediera en presencia de público, de mucho público. Fulanito de Copas escribió con la familiaridad que otorga el estar repanchingado en el sofá de casa, pero lo hizo ante varios centenares de personas que leían desde lugares, humores y momentos distintos. Y es importante lo de “leían”, porque hay bastantes estudios sobre nuestra tendencia a sobreestimar lo bien que transmitimos el tono a través del lenguaje escrito digital. En un estudio, tiempo ha, sobre la comunicación por correo electrónico se explicaba que nosotros oímos mentalmente el tono con el que escribimos, pero que el destinatario no tiene por qué recibirlo igual1. Nosotros ponemos la ironía, la sonrisa cómplice o la intención de conciliar; al otro lado llegan solo las palabras. Y si eso pasaba con los emails, imaginad lo que pasa en un grupo donde un malentendido tarda poco en convertirse en una gigante disputa que, además, sentimos que debemos ganar delante de los demás. Y donde no tardan en surgir aliados, buscadores de la hemeroteca, emoticonos que ofenden tanto como las palabras o quien llega tarde a la discusión, pero no duda en reabrir algo que los demás daban por terminado. ¡Ojo! Aquí no se salva nadie, he visto este tipo de numeritos en todo tipo de grupos, independientemente de la edad, la procedencia, los títulos o del nivel formativo de sus participantes. Seguro que tú también.
Si pasamos a los grupos de la familia, lo de convivir permanentemente a través de un grupo puede añadir una extraña obligación de tener que demostrar cariño, afecto o presencia. Constante. Hay que estar, felicitar, reaccionar a las fotos y a los mensajes, agradecer lo que se comparte y dar alguna señal de vida de vez en cuando para que nadie interprete el silencio como desinterés por la familia. No es nada grave, pero poco a poco, gesto a gesto, mensaje a mensaje, la acumulación se empieza a convertir en una carga a modo de lista de tareas del buen hijo o el buen primo. Y eso siempre que todo vaya bien. En cuanto hay un mínimo conflicto digital con cualquier familiar, toda la familia queda expuesta. Y algo que se podría solucionar de forma sencilla se enquista como conflicto compartido. Nunca habíamos necesitado tal hiperconexión para querernos, pero ahora la frecuencia diaria (a veces, horaria) parece imprescindible. Y no parece ser una dinámica de la que podamos escapar con sencillez. En una encuesta realizada en Brasil en 2018 y publicada en 2021, la mitad de los participantes respondió que no abandonaría jamás un grupo familiar por miedo a herir los sentimientos de los demás2. Confundimos querer dejar de leer un grupo de WhatsApp con dejar de querer a la familia, como si lo primero estuviera per se vinculado con lo segundo. Como si la mediación tecnológica de la familia vía Silicon Valley fuera imprescindible.
Con las amistades, el grupo de WhatsApp puede terminar ocupando el lugar de la propia relación entre amigos. Y confundimos tener noticias continuas de alguien con saber realmente cómo está, qué necesita o cómo podemos estar presentes en su vida. Vemos sus bromas, fotos y respuestas, pero quizás llevamos meses, años, sin hablar realmente con esa persona con un poco de calma. Escuchando de verdad. Por no hablar de cómo afectan estas dinámicas a diferentes tipos de amistades: algunas funcionaban estupendamente con encuentros espaciados y momentos de silencio entre medias, y ahora parece que les exigimos actividad casi diaria. Se empieza compartiendo un espacio y lo que apetece, y se termina interviniendo simplemente para dar señales de vida, para que no se note la ausencia, de algún modo como si hubiera que mantener el afecto de los demás vía suscripción.

Esta hiperexposición, además, nos lleva frecuentemente a descubrir cosas bastante desagradables de aquellos a quienes teníamos por colegas. Aquel amigo con quien compartías estupendas pachangas de futbito, o conciertos y gustos musicales, ahora se encarga de reenviar al grupo memes o imágenes homófobas, machistas, xenófobas, fake news o cualquier cosa que le sirva para conseguir complicidad con el resto de los participantes. No quiero quitarle culpa al individuo, que tiene la mayor parte de la responsabilidad por dejarse infectar por ese tipo de discursos, pero el grupo y el diseño de la app añaden otra presión: la ocurrencia se lanza delante de todos y parece que toca celebrarla. Y si alguien protesta (algo que, personalmente, he hecho decenas de veces), se le acusa de estropear el ambiente, de ver cosas donde no las hay, de no entender “una simple broma”… La convivencia parece que se mantiene porque hay quien traga, quien decide dejar de ver la gravedad de las cosas, mientras el de la gracieta conserva intacta su libertad para seguir incordiando o enmierdando. Me faltan dedos en las manos para contar los grupos de los que me he salido en la última década por motivos parecidos a este, sin mirar atrás. Y habrá quien seguro me llame asocial o inadaptado por ello.
En lo laboral, negarse a seguir el ritmo vía WhatsApp tiene otras consecuencias, porque aquí se entrelazan diversas cuestiones. La principal es que posiblemente sea tu jefe quien ha creado el grupo y quien decide tus horarios o tus tareas a través de esta vía. Mensajes de trabajo un domingo, aderezados al final con un inocente “sin prisa”. Un pequeño esquirol que de repente contesta “me pongo con ello, no te preocupes”, y otro que anuncia que ya había empezado la tarea por la mañana porque aprovechó el madrugón. Tú, mientras, que estabas haciendo el arroz celebratorio del finde con toda la tranquilidad del mundo, de repente observas que se ha abierto una competición de disponibilidad laboral en la que quizás convendría dejarse ver, que ese ascenso que necesitas no se va a ganar solo. No vaya a ser que piense tu jefe que te falta compromiso. Nadie te obligó a trabajar un domingo, pero la presión de grupo, la hipercomunicación, la sobredisponibilidad… ya te han jodido la paella. Y del disgusto, vaya por dios, se te ha pasado el arroz.
A esto, a ese impulso por responder cuanto antes a los mensajes de trabajo, lo llamaron “telepresión laboral” en estudios sobre comunicaciones laborales hace unos años, y la asociaban con más burnout y una peor calidad del sueño3. Ahora, en tiempos de WhatsApp, esto se magnifica y quizás sería mejor renombrarlo como teleprisión. Y es que empezamos a trabajar antes incluso de contestar a un mensaje que no debía haber entrado, porque de repente pasamos a estar pendientes de lo que tendremos que resolver, aunque no nos pongamos a hacerlo. El grupo facilita que la empresa disponga de nuestra atención fuera del horario laboral, y los propios compañeros son quienes se vigilan entre sí, exhibiendo lo que hacen, comparándose y recordando a los demás lo que tienen pendiente. Solo intentan ayudar, pero el resultado es que las jornadas, gracias a los grupos, se alargan hasta ocuparlo todo, 24/7.
En lo educativo podemos hablar también de dos casos: los grupos de WhatsApp de padres (los grupos del “que se mejore”4) y los grupos de WhatsApp de gente en formación. En los primeros se juntan varios factores: la necesidad familiar de obtener información, el deseo manifiesto de querer ayudar y los miedos compartidos a estar haciéndolo mal con las criaturas. Tres componentes fantásticos para agitar la conversación. Una investigación cualitativa realizada en Chile describe cómo estos grupos sirven para supervisar la agenda escolar de los hijos, compararse con otras familias y demostrar que se está pendiente5. Performatividad pura y dura. Una familia pregunta por el examen de mañana, otra escribe sobre los contenidos que entran, otra comenta que su hijo lo lleva muy bien, que ha estado yendo a extraescolares, y después hay quien de repente coge el móvil al final de la tarde, mira el grupo, y se encuentra treinta mensajes y diez audios sobre un simple test de las tablas de multiplicar hasta la del nueve. Mientras tanto, minamos la autonomía de nuestras criaturas para estar pendientes de su propia formación, porque siempre habrá un padre o una madre (de su familia o de otra) que se encargará de solventar la papeleta. ¿Cómo? ¿Que no has hecho los deberes con tu hijo? Mal padre, no es lo que se estila en el grupo de abnegados.
Le quitamos a los chavales la oportunidad de aprender a organizarse, porque tienen inmediatamente a adultos que consiguen la descripción de la tarea, el horario, los ejemplos e incluso una foto del cuaderno de su amiguito Manolo, que es muy aplicado. El “problema” desaparece mucho antes de que el niño se haga cargo. Y bueno, lo haces una vez porque el nene se ha despistado y queda poco día y mucho por hacer, pero eso de asumir la tarea “solo por esta vez” termina convirtiéndose con facilidad en tu dedicación del resto de las tardes.
Por no hablar del polvorín que puede ser un grupo de este tipo si ha habido algún conflicto en clase. Se crean bandos en las familias e incluso la relación con el centro se puede ver dinamitada si, de repente, aparece una interpretación incompleta de lo ocurrido. Vemos cómo la conversación escala y se convierte en una acusación colectiva contra un docente, una familia, un alumno… que a veces ni siquiera está en ese espacio para explicarse o defenderse. La bronca se cocina fuera, en el espacio digital, pero luego será la escuela la que tendrá que gestionarla, mediar, desmentir falsedades… o simplemente sufrirla.
En lo universitario todo esto tiene su propia versión. El curso pasado tuvimos que dar un toque al estudiantado para que se fiara exclusivamente de la información que aparece por los cauces oficiales (correo electrónico y plataformas Moodle de gestión de la docencia), porque resulta que los y las estudiantes representantes de cada grupo nos comentaron que gran parte de sus compañeros pedía que la información se rebotara a través de los grupos de WhatsApp. Tareas, materiales, calificaciones… que estaban disponibles en los servidores de la universidad (con datos sensibles) y que, de repente, se reenviaban por una aplicación de Meta porque a don Vago Vaguez no le apetece o no se le ocurre entrar a su correo: él lo quiere en su teléfono, en la misma app con la que liga.
También nos comentaron estos representantes que sentían mucha presión a través de los grupos, porque la gente les demandaba no solo canalizar la información oficial, sino también resumir qué se había hecho en clase, qué entraba en el examen, qué había que llevar… Algo que, por supuesto, les generaba mucho agobio y ansiedad, y que claramente no formaba parte de sus obligaciones como representantes del grupo. Los grupos, de ese modo, parecen conformarse como espacios donde se pregunta y hay quien ayuda, donde algunos se acostumbran a que otro siempre averigüe cómo es la tarea que hay que entregar y donde se reparte el esfuerzo de formas muy desiguales. Hay quien organiza sus estudios y, de paso, les organiza parte de los suyos a los demás. Y hay quien se queda a la espera de que le avisen de todo. Pobres estos últimos.
No se me ocurriría en la vida tener los grupos de WhatsApp con las notificaciones activas en mi teléfono, pero, por lo que he preguntado en clase en los últimos años, esto es más frecuente de lo que parece. En esos grupos se buscan documentos, se recuerda lo acordado, se aclaran confusiones o se intentan calmar las aguas ante un conflicto. Para quien pregunta, eso supone apenas un puñado de segundos, pero para quien se para a responder puede ser la quinta vez que una notificación interrumpe lo que estaba haciendo. Son, además, grupos inútiles para gestionar la información misma, porque lo necesario y lo imprescindible queda mezclado con todo lo demás. Fuiste a buscar una fecha, pero de repente tienes que atravesar saludos, comentarios, discusiones, imágenes no solicitadas o emoticonos inoportunos. La comodidad de unos solo se entiende gracias al tiempo y la paciencia de otros, hasta que a estos se les inflan las narices, dejan de participar y el resto empieza a cuestionar su sociabilidad.
Y si hablamos de la captura de la atención, el problema no desaparece cuando el teléfono deja de sonar. En una investigación con más de doscientos participantes, desactivar las notificaciones durante siete días no redujo significativamente ni las consultas al móvil ni el tiempo de uso. Tampoco se observó una reducción significativa en la distracción que decían sentir. Pero sí que aumentó el miedo a perderse algo6. El puñetero FOMO. Estar hiperconectado en grupos que continuamente notifican cosas modifica lo que creemos que los demás esperan de nosotros. Quitas el sonido, pero sigues esperando esa respuesta, algún aviso importante o ese mensaje que tenía pendiente enviar tu jefe. Y entras a comprobar si alguien ha dicho algo, aunque no hayas recibido notificación alguna. Por eso, reducir grupos y silenciar las notificaciones me parece algo imprescindible, pero también insuficiente. Nuestro móvil deja de sonar, pero el trabajo continúa ahí, seguimos esperando que alguien nos pase la información académica, la invitación a la fiesta de cumpleaños de Mocosillo Pérez en el parque de bolas no te va a llegar por correo postal y tu madre se va a cabrear como no le contestes dos días seguidos.
Existe un problema de gestión individual de la atención, eso es innegable, pero también creo que debemos cambiar colectivamente, incluso por vía legislativa. Habrá que ir tocando esa fea costumbre adquirida en las últimas décadas de dar por hecho que todos estamos siempre disponibles. Por nuestro bienestar, las empresas tienen que decidir mejor cuándo y por dónde se comunican con sus empleados; los centros educativos tienen que procurar que la información esté bien organizada, sea accesible y, a ser posible, no salga de sus servidores; y entre amigos deberíamos dejar de convertir la participación digital en una prueba de pertenencia o incluso en la amistad misma. Porque con todo esto dejamos de vernos, de hablar de verdad entre nosotros y la vida así es siempre más mierda.
A pesar de todo, este infierno de los grupos de WhatsApp está lleno de gente que queremos y de cosas que verdaderamente nos importan, y por eso ahí seguimos, perdonamos las turras que recibimos, los mensajes a deshoras, los audiopódcasts de diez minutos e incluso alguna vez pedimos perdón por ser nosotros quienes damos la tabarra. Pero el cariño y el afecto también necesitan que podamos ausentarnos sin tener que dar explicaciones a nadie, sin presentar un justificante; discrepar sin organizar un espectáculo dantesco; y llegar a una cena con colegas con ganas genuinas de escuchar a los demás, porque no nos sabemos su vida minuto a minuto. Si abrimos un grupo para vernos y, cuando por fin nos juntamos in real life, ya estamos hartos los unos de los otros de tanto leernos, es que el sistema nos ha jodido bastante por el camino. Todavía habrá a quien, después de eso, se le ocurra abrir un grupo para solucionarlo.
Justin Kruger, Nicholas Epley, Jason Parker y Zhi-Wen Ng (2005). «Egocentrism over e-mail: Can we communicate as well as we think?». Journal of Personality and Social Psychology, 89(6), 925–936. Cinco experimentos sobre la confianza en la transmisión del tono por correo electrónico, no sobre grupos de WhatsApp. https://doi.org/10.1037/0022-3514.89.6.925
Ana Cristina Bicharra Garcia y Adriana S. Vivacqua (2021). «Should I stay or should I go? Managing Brazilian WhatsApp groups». First Monday, 26(2). Encuesta realizada en Brasil en 2018; el 49 % corresponde a las respuestas sobre no abandonar grupos familiares por miedo a herir sentimientos. https://doi.org/10.5210/fm.v26i2.10641
Larissa K. Barber y Alecia M. Santuzzi (2015). «Please respond ASAP: Workplace telepressure and employee recovery». Journal of Occupational Health Psychology, 20(2), 172–189. Define y estudia la telepresión en comunicaciones laborales como el correo electrónico y su asociación con indicadores de agotamiento y recuperación. https://doi.org/10.1037/a0038278
Mensaje típico del resto del grupo siempre que hay una criaturica que se pone enferma y su familia lo comunica.
Camila Moyano Dávila e Ismael Tabilo Prieto (2024). «Performing parenthood through digital communication technologies at school: the case of WhatsApp parents’ groups in Chile». Families, Relationships and Societies, 13(2), 253–270. Investigación cualitativa con 36 progenitores y docentes sobre supervisión, comparación y disponibilidad en la crianza. https://doi.org/10.1332/20467435Y2024D000000022
Cynthia A. Dekker, Susanne E. Baumgartner, Sindy R. Sumter y Jakob Ohme (2025). «Beyond the Buzz: Investigating the Effects of a Notification-Disabling Intervention on Smartphone Behavior and Digital Well-Being». Media Psychology, 28(1), 162–188. https://doi.org/10.1080/15213269.2024.2334025



Sabio y divertido
Que articulazo bien aterrizado. Y aquí va un gran suspiro de alivio, pensé que sólo yo pensaba de ese modo. Muy bien logrado, objetivo. Nada, que me lo he leído de un tirón, hasta las citas.