Menú contra el algoritmo #3 (Marzo 2026)
Cine, música, apatía y videojuegos... que creo que merecen la pena
Este va a ser un menú un poco más corto de lo habitual y no me voy a disculpar por ello, pero sí quiero explicar qué me pasa. Antes, agradezco de nuevo a toda la gente que dejó su comentario en el menú anterior: Eduardo Vicent, Cifuliciense, Samuel, Serj, Raúl G. Rico, Jesús Martínez Sevilla, Diego Ezequiel Cuffaro y Brai. Entre las recomendaciones que cayeron en los comentarios, la película Primate, de Johannes Roberts; el My Ghosts Go Ghost de By Storm (del que Jesús hacía una fantástica crítica aquí); los dos discos que han sacado Los Sara Fontán (también les dedicó Jesús un texto); o el libro Mood Machine de Liz Pelly. Como podéis ver, si de aquí te vas de vacío es porque quieres.
Marzo, sin embargo, ha sido para mí uno de esos meses en los que parece que no entra nada. He tenido mucho trabajo, poca energía sobrante, y me ha inundado esa especie de apatía difusa que no llega a ser tristeza, pero tampoco permite sentarte a disfrutar nada en buenas condiciones. Esos días en los que llegan las diez de la noche con los críos dormidos, abres Letterboxd o Record.club, miras las listas de cosas que quieres catar o tienes pendientes, y acabas cerrando todo para quedarte mirando el techo o para volver a ver treinta minutos de esa peli que te gusta tanto. ¿Desazón de marzo? ¿Astenia primaveral? No os preocupéis, todo está bien. Simplemente, el gusto también necesita descansar, y seguro que vendrán meses mejores. O también puede que lo que voy a recomendaros en la sección de videojuegos haya influido en tener menos tiempo para lo demás, no os engaño.
He estado dándole vueltas a la idea de que, en la cultura del “estar al día”, reconocer que llevas semanas sin ver, leer o escuchar nada nuevo se percibe a veces casi como una confesión de culpabilidad. El FOMO o el MAPA del que tanto se habla (Miedo A Perderse Algo) hace mucho daño. Como si existiera una obligación tácita de tener siempre algo reciente que comentar, una opinión formada sobre el último estreno, una recomendación fresca que soltar. Vamos, que me autoculpo, he caído en mi propia trampa al mensualizar esta sección, aunque pretendiera lo contrario cuando arranqué hace tres meses. Por eso, creo que es recomendable tener en mente que el algoritmo plataformero no solo quiere que consumas sus productos: quiere que lo hagas constantemente, que nunca haya un hueco, que la rueda no pare. Pero claro, eso es contrahumano, pues la rueda a veces para, y no pasa absolutamente nada por frenar.
Me gusta pensar en estos meses como meses de semibarbecho cultural. El agricultor que deja descansar la tierra es alguien que entiende que la fertilidad necesita parar, necesita pausa. Algo parecido pasa con el gusto estético del que hablábamos el mes pasado a propósito de Raúl y su texto sobre los mierdones. Tragarte obras nuevas sin detenerte no te hace más culto ni más sensible, sobre todo si no te dedicas a ello; a veces te vuelve más sordo, más insensible a lo estético, más incapaz de distinguir lo sincero, lo que de verdad te sacude de lo que solo ocupa espacio. Este mes he visto menos pelis, he escuchado menos discos y he leído poco o nada (ahora estoy con Mierdificación, de Doctorow; después empezaré el nuevo libro de Lea Ypi) aunque repito, no pasa nada. Así que aquí va: un menú ligeramente más breve, (creo que) honesto y sin mucho relleno, como debe ser cualquier plato que se sirve cuando los ingredientes escasean.
Cine
Cara a cara (John Woo, 1997). [Disponible en alquiler/compra o en el Kiribati]
Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004). [Disponible solo en el Kiribati1]
Dolor y Gloria (Pedro Almodóvar, 2019). [Disponible en Netflix]
Las dos caras de la justicia (Jeanne Herry, 2023). [Disponible gratis en RTVE Play]
Hoppers (Daniel Chong, 2026). [En cines]
Amarga Navidad (Pedro Almodóvar, 2026). [En cines]
De todo lo que he visto en marzo, lo que más me ha conmovido es una película de 2004 que no había visto antes y que tenía apuntada desde hace años. Las tortugas también vuelan es la tercera película de Bahman Ghobadi, un cineasta kurdo-iraní que se formó como asistente de Kiarostami en El viento nos llevará y que ganó la Concha de Oro en San Sebastián con esta cinta. Rodada en la frontera iraquí-turca con actores no profesionales, un guion ligerísimo y el resto improvisado sobre el terreno, la película sigue a un grupo de niños que desminan campos para vender las minas a intermediarios mientras esperan la inminente invasión estadounidense de Irak. La peli se limita a mostrar lo que significa sobrevivir cuando la geopolítica te pasa por encima. Satélite, el niño que lidera al grupo, comercia con información occidental, traduce la CNN para los adultos (inventándose la mitad), instala antenas y organiza cuadrillas infantiles para seguir desminando. Es un emprendedor del desastre, una especie de CEO de diez años que ha entendido las reglas del mercado mejor que muchos adultos. No es difícil conectar la película con la Gaza actual y argumentar que Ghobadi subvierte las definiciones del Primer Mundo sobre la inocencia infantil: niños y niñas como agentes en un sistema que les ha robado la infancia sin pedirles permiso. Aviso: se sale de la película con el cuerpo raro. Hace falta un rato de silencio después de los créditos.
Y luego, en las antípodas de la anterior, Cara a cara (Face/Off), que es puro espectáculo y que en marzo volví a ver después de muchos años. No hay nada de contención, ni falta que le hace. John Woo en 1997, con presupuestazo americano y carta blanca de la Paramount, trasplantó su liturgia de Hong Kong al corazón de Hollywood. El resultado es probablemente una de las últimas grandes películas de acción analógica del siglo XX. En ella, Cage y Travolta juegan una especie de ajedrez del acting donde cada uno imita al otro imitándole a él. La premisa es un disparate, pero Woo se la toma completamente en serio, y ahí reside su grandeza. Recuerdo que leí en su momento que el guion original estaba ambientado cien años en el futuro con orangutanes conduciendo tranvías. Woo eliminó el 95% de la ciencia ficción y lo convirtió en lo que realmente le interesaba: un estudio sobre la identidad y el ponerse en la piel de otro. Hay hasta cierto subtexto homoerótico (la obsesión mutua entre Archer y Troy es más intensa que cualquier relación heterosexual) en un pseudomelodrama masculino intensísimo. Cine para padres. Una película que demuestra que el cine de acción puede ser operístico sin ser pretencioso. Entretenimiento puro, hecho con oficio y convicción. Conecta además con cine posterior: Andrew Lau cita a Face/Off como inspiración directa de Infernal Affairs, que a su vez engendró la oscarizada Infiltrados de Scorsese. El cine, como el resto de la cultura y el arte, se alimenta siempre de sí mismo. P.D.: Me encanta la review de poliptoton en Letterboxd.
Pasamos a Almodóvar, que este marzo trae dos platos a este menú. La primera es Amarga Navidad, lo nuevo de Pedro, estrenada en cines el pasado viernes 20 de marzo, y a la que fui con una mezcla de escepticismo y ganas: las dos últimas películas no me habían gustado nada y necesitaba saber si remontaba. Y sí: me parece su mejor película desde Dolor y Gloria. La estructura es como una matrioshka: en 2004, Elsa (Bárbara Lennie, enorme) lidia con el duelo por la muerte de su madre y empieza a “vampirizar” las miserias de su entorno para escribir; en 2025, un cineasta en crisis creativa (Sbaraglia, nuevo alter ego de Pedro tras Banderas) escribe un guion que resulta ser la historia de Elsa. Las capas se comentan entre sí y comentan la propia filmografía de Almodóvar. Metaficción, cine dentro del cine. Lo que más me interesa es el tema del vampirismo creativo… ¿es legítimo convertir el dolor ajeno en arte? Así como también el humor con el que Almodóvar parece reírse de las críticas que habitualmente se le hacen. Es, en el fondo, una deconstrucción de todos sus tropos, ejecutada por él mismo, con una lucidez que roza la autoparodia. Sobre todo en un final que bien podría (debería) ser un punto y aparte en su filmografía. Además, la banda sonora de Alberto Iglesias parece no subrayar tanto como en las dos anteriores. Se celebra. Pero tras ver Amarga Navidad pasó un poco lo que tenía que pasar: por cómo está hecha, por lo mucho que está conectada a Pedro como director, me apeteció muchísimo volver a ver Dolor y Gloria. Un autorretrato de una delicadeza apabullante, y que cada vez que la veo me gusta más. Banderas, que lleva el peinado y los jerséis llamativos del propio Almodóvar, interpreta a Salvador Mallo, un cineasta casi retirado que lidia con dolores crónicos, adicciones y el peso de los recuerdos. Es un film sobre la creación como salvación, sobre la memoria como material y sobre el cuerpo como cárcel. Penélope Cruz hace de madre con una verdad física asombrosa, y la escena de Asier Etxeandia haciendo el monólogo de Mallo es de esas que se recuerdan para siempre. Si Amarga Navidad es la deconstrucción del universo Almodóvar, Dolor y Gloria es su verdadero homenaje al cine (y una película bastante mejor). Si no habéis visto Dolor y Gloria, dejad lo que estéis haciendo.
Cierro la sección de cine con dos pelis más breves de comentar. Hoppers es lo nuevo de Pixar. En ella, una universitaria ecologista transfiere su conciencia a un castor robot para infiltrarse en una comunidad animal. Suena raro. Es raro. Pero funciona, y funciona sobre todo porque Pixar ha recuperado algo que había perdido un poco en los últimos años: el nervio y el buscar divertirse sin pretensiones. Hay un delirio cómico que recuerda a los Looney Tunes, mala leche visual, y un mensaje ecologista que se articula bastante bien a través de la acción colectiva. No está al nivel de sus obras maestras, pero es la Pixar más fresca y divertida en mucho tiempo, y mi hijo de cinco años no parpadeó en cien minutos, que es la mejor recomendación que puedo darte sobre ella. Salió encantado, pero también diciendo que le había gustado más Zootrópolis 2. Le tengo que abrir un Letterboxd al pequeño Boyero.
Y, por último, Las dos caras de la justicia, una película francesa sobre justicia restaurativa que llevaba mucho tiempo en mi lista de pendientes. Entrelaza dos historias: un grupo de víctimas de robos que se sienta frente a un grupo de condenados por robos similares, y una mujer (Adèle Exarchopoulos, fenomenal, ganadora del César por esta película) que busca un encuentro mediado con su hermanastro, que abusó de ella en la infancia. El tema es durísimo, pero está narrado de forma muy naturalista, sin subrayados, sin manipulación, con una confianza absoluta en la capacidad del espectador para sostener la incomodidad. Te coloca en el centro del proceso. En Francia arrasó hace unos años y, lo que es más llamativo, su estreno aumentó las solicitudes reales de programas de justicia restaurativa. Unos programas de los que yo no conocía mucho hasta este momento. Cine del que importa.
Música
Sigo escuchando de lunes a viernes un disco del canon de “1001 discos que escuchar antes de morir” con la gente de Hipersónica, y los fines de semana nos toca (sí, han hecho un bot para aleatorizar todo el proceso) un disco de otro canon, el de los “600 mejores discos latinoamericanos”. Buena forma de descubrir cosas del pasado que uno desconoce, y también, cómo no, alguna cosa que no te explicas cómo está “canonizada”. Hoy, sin embargo, los discos que recomiendo no son de esos cánones, sino que provienen directamente de las tier lists de Hipersónica, de alguna búsqueda por RYM y puede que de alguna que otra conversación digital. Todos de este año. ¡Allévoy!
Bill Callahan - My Days of 58 (2026): Callahan, al que yo no tenía muy controlado, lleva tres décadas aparentemente siendo uno de los mejores letristas del planeta y, como buen letrista, aquí deja doce canciones donde un tipo de 58 años habla de la paternidad, del matrimonio, de la vejez, de un reciente susto de salud, y lo hace con esa voz grave y pausada que transmite calma. En “Computer” su estribillo dice: Well, I'm not a robot and I never will be, I'm not a robot and I never will be, Sing it, sing it, sing it with me. En tiempos de bazofIA, Callahan hace del error humano, de la duda y del titubeo una declaración de principios. Siéntate con calma a escuchar a alguien que ha entendido que la claridad llega cuando dejas de buscarla. Y lee a probertoj, que escribió algo precioso sobre un disco precioso.
Caterina Barbieri & Bendik Giske - At Source (2026): Barbieri y Giske han grabado juntos cuatro piezas, 33 minutos, sin percusión, donde los arpegios del sintetizador modular de Barbieri y el saxofón de Giske se persiguen, se superponen y, en los mejores momentos, se fusionan en algo que no es ni máquina ni cuerpo sino las dos cosas a la vez. En “Impatience, Magma” encontramos más de once minutos de trance hipnótico donde Giske golpetea las llaves del saxofón para crear pulso rítmico mientras Barbieri construye espirales de sonido que suben y suben sin llegar nunca al clímax que podrías esperar. Tras escucharlo mucho fui a buscar info, y encontré que los patrones escalonados de Barbieri eran casi imposibles de traducir para el saxofón de Giske, y que tuvieron que recurrir a “resoluciones más matemáticas que musicales” para sincronizar la interpretación. Esa hibridación entre lo humano y lo maquínico parece, precisamente, el tema del disco. Hay ecos de Philip Glass y, por supuesto, mucho de don Colin Stetson Parera.
Erik Urano - Stalker (2026): Urano lleva quince años haciendo algo bastante único: meter en la misma coctelera el grime, el dancehall, Kraftwerk, Tarkovsky, la psicogeografía de Valladolid y la ciencia ficción, y hacer que suene coherente. Stalker es su quinto álbum. El concepto-marco es la Zona de la película Stalker de Tarkovsky, un espacio mental donde nunca se tiene el control total, donde el camino nunca es recto. Va cambiando de productor por temas, y cada uno (Merca Bae, Zar1, Harto Rodríguez, Louis Amoeba) aporta un territorio emocional diferente: del caribe reguetonero más oscuro pasamos a sonidos UK, del extrañamiento al futurismo sin despeinarse. Y Urano rapea encima con flow vallisoletano, marca registrada, entre la calle, el laboratorio y la biblioteca.
Ghetto mental, illness
A bajo cero y con fiebres
Máquinas duermen felices
En bloques despierto, siempre
Todos mejores, antes
Hoy todos tristes, mientras
Displays con logos mienten
Avalon Emerson & the Charm — Written into Changes (2026): Avalon es DJ de club y compositora. De los warehouses de San Francisco a Berghain, de Berlín al norte del estado de Nueva York: cada salto va depositando capas en su música, y estas se notan en su segundo disco con banda. El primero, & the Charm (2023), sonaba íntimo y doméstico; este segundo está pensado para sonar en un escenario grande sin perder lo cercano del primero. Un disco muy accesible y disfrutón AF.
heavensouls — westside trapped (2026)
Siete cortes de jazz-funk nigeriano pasado por el filtro de un chaval de Houston que graba entre Padua, Texas y Nueva Orleans, y que declara en las notas de Bandcamp al disco que su LP es una carta de amor a Nigeria y un dedo levantado al imperialismo yanqui. El disco tiene guitarras eléctricas, percusiones de marching band, saxo y un sentido del groove que debe tanto al afrobeat de Fela Kuti como a la producción maximalista contemporánea. “Shed a tear for me” tiene nueve minutos de percusiones fantásticas y líneas de bajo profundísimas que escalan hasta un clímax de guitarra y batería que no te esperas; y “o di gbere” cierra el disco con una especie de paisaje sonoro vivo y cósmico que justifica, por sí sola, la escucha entera del álbum.
Varios Artistas — HELP(2) (War Child Records, 2026): En 1995, War Child juntó a un buen puñado de grandes bandas británicas en un estudio (Oasis, The Stone Roses, Radiohead, Suede o Blur entre otras), grabaron un disco en un día y vendieron 70.000 copias en 24 horas para ayudar a niños en Bosnia. Treinta años después, con uno de cada cinco niños en el mundo viviendo en zonas de conflicto, han repetido la jugada: una semana en Abbey Road con un cartel que da vértigo (Arctic Monkeys, BCNR, Pulp, Fontaines D.C., Big Thief, Beth Gibbons, King Krule, Foals, Olivia Rodrigo, Depeche Mode, Wet Leg, Cameron Winter…). Temas originales y versiones, todo grabado con la urgencia de quien sabe que no hay tiempo que perder. Jonathan Glazer (director de la recomendabilísima La zona de interés) firma la dirección creativa del proyecto audiovisual, coordinando metraje filmado por niños en Ucrania, Gaza, Yemen y Sudán, conectando así las canciones con las vidas que pretenden proteger. Veintitrés canciones que son un retrato de la escena alternativa de UK en 2026 (mezclando grandes bandas de siempre con otras más emergentes), pero sobre todo un recordatorio de que el mundo de la música, cuando quiere, todavía sabe organizarse para algo que importa. No os perdáis los temas de English Teacher o el de Beth Gibbons, mis favoritos. Por supuesto, War Child destina todos los ingresos obtenidos con este álbum a proteger, educar y defender los derechos de los niños y niñas que viven en zonas de conflicto en todo el mundo.
Videojuegos
Slay the Spire 2 (Mega Crit, 2026) [Disponible para PC (Steam)]: tres menús este 2026, tres roguitos que recomiendo. Creo que está quedando bastante claro cuál es mi género favorito en lo que a juegos se refiere (su loop de partidas arcade cortas me viene fenomenal). Los que leísteis el menú de enero sabéis que recomendé Absolum, un cruce entre roguelite y beat ‘em up que me encantó. Y en febrero tocó la fiesta de los gatos con Mewgenics. Pues bien: este mes el que me está absorbiendo el tiempo es Slay the Spire 2, la secuela de un juego casi perfecto que prácticamente inventó el género de los roguelike deckbuilders. Su idea es sencilla: subes una torre, combates enemigos por turnos usando cartas que vas adquiriendo, y si te matan empiezas de cero. Suena repetitivo, pero es completamente adictivo. Y llevo una enzarpada curiosa este mes con él. Esta secuela está en early access desde el 5 de marzo (es decir, todavía no es la versión definitiva del juego), vendió tres millones de copias en la primera semana y ha tenido un pico de más de 570.000 jugadores simultáneos (récord para un roguelike), por lo que no es algo ni pequeño ni muy nicho, es todo un fenómeno. Está construido sobre Godot, un motor open source, y no tiene nada de micropagos, nada de atajos, nada de cosméticos. Cuando un estudio independiente vende tres millones de copias rechazando explícitamente las microtransacciones y el engagement del F2P, algo estará haciendo bien.
[Nota: llevo unas veinte horas jugadas, las suficientes como para saber que esto me va a acompañar meses, posiblemente años. Solo me he pasado la primera ascensión con cuatro de los cinco personajes disponibles. Quedan muchas cartas, reliquias y pociones por desbloquear. Si os gustó el primero, no necesitáis más recomendación que saber que, al menos, es igual de bueno]
Y ya estaría. Tercer menú servido, más corto que los anteriores, y espero que no por ello menos nutritivo. Si algo de lo de arriba os acompaña un rato (una peli que os deja sin poder dormir del shock, un disco que os hace cerrar los ojos para buscar una escucha atenta, un juego que os roba un par de horas sin que os deis cuenta) me doy por satisfecho. Pero también quiero decir algo: si este mes no os ha entrado nada, si habéis pasado marzo sin ver pelis, sin escuchar discos nuevos, sin abrir un libro, sin tocar un mando, no pasa absolutamente nada. A veces la mejor prescripción/recomendación cultural es la pausa. Los meses de barbecho también cuentan. Vendrán meses mejores, y cuando vengan, lo que encontréis os va a llegar con más fuerza precisamente porque habéis descansado. La prisa por acceder a productos culturales es del algoritmo y de las lógicas actuales de consumo, no nuestra.
Yo seguiré apuntando en mi libreta, con más o menos método según el mes, lo que me vaya rescatando el ánimo y el apetito. Y si os apetece, nos vemos el último jueves de abril para repetir: otras pelis, otros discos, otra excusa para compartir lo que hemos encontrado por el camino. ¿Y tú, de qué has disfrutado especialmente en este mes de marzo? ¿O has estado un poco apático como yo? Comparte este menú, recomiéndame algo, déjame un comentario, que te leo.
No hay forma legal de adquirirla digital o de verla en streaming. Solo queda acudir al mercado físico de segunda mano o abrazar el Kiribati.





